Leyendas
LA OFICINA DE Pasmán, el decano de Historia, estaba en el tercer piso de una de las torres orientales, con vista en dirección de la muralla externa de la ciudad. A lo lejos, el monte nevado de Sinaminón, imponente y hermoso.
El viejo profesor, de baja estatura, sacaba tabaco de uno de sus bolsillos y lo colocaba en el hornillo de su pipa larga.
Tenía cara de recién levantado, con el poco cabello blanco despeinado.
Vestía una muy vieja túnica marrón, con agujeros y parches mal puestos por aquí y por allá.
Junto al escritorio principal, sentado y con tremendas ojeras bajo los ojos, el prefecto Flenden.
Arjen, quien junto a Zark esperaba en silencio la respuesta del decano, miró con aprecio su despacho.
En cierto modo era un desastre, pero un desastre interesante.
Códices y pergaminos por todos los lugares posibles.
Un librero tenía repisas llenas de especímenes animales dentro de frascos con líquido adentro.
Diversos objetos como piedras, fragmentos de cerámica, esquemas y diagramas en hojas de papel, relojes de arena, y un sinfín de tinteros y plumas de todos los tamaños y colores estaban esparcidos en la mesa, taburete, encima de armarios, incluso en el suelo.
Hace cinco años, sin embargo, el Sagrado Imperio de Ragidán se había regresado a su isla después del Tratado de paz en Soane.
¿Por cuánto tiempo? Esperaban que de una vez por todas.
Aunque, si algo se podía aprender de la historia, es que Ragidán nunca estaba satisfecho con sus tierras. Siempre querían más.
Al capitán le llamó la atención ver en el mapa muchos otros territorios que no conocía.
Por ejemplo, una enorme península al suroeste se llamaba Zurmeldán, y al extremo noroeste, un vasto reino llamado Argoth.
Estaban lo suficientemente lejos como para que el mapa los describiera con la leyenda: «tierras desconocidas».
Una de las principales características de un buen sabueso del rey era la curiosidad, y de eso el capitán tenía mucha.
Por esa razón leía todo lo que podía cuando le daba el tiempo, y típicamente llevaba un libro pequeño en alguno de sus bolsillos.
Un pequeño dato, una información por más trivial que pareciera, podía ser la clave para encontrar la respuesta a algún misterio.
Pasmán encendió la pipa, la chupó, y lanzó un par de bocanadas.
Fue el prefecto Flenden quien rompió el silencio:
—Así que la encontraron afuera de sus recámaras —dijo.
—Justo afuera —le respondió al sargento, distraído viendo una rana azul flotando dentro de un jarrón.
—¿Y la puerta estaba cerrada? —preguntó Pasmán dándole tres golpecitos al tabaco dentro del hornillo con un pequeño presionador metálico.
—El candado era sólido, pero sencillo —dijo el capitán—. Cualquier persona con un poco de práctica podría abrirlo. En este caso, una persona con suficiente práctica, pues no escuchamos nada.
—¿Ni siquiera el girar de la puerta?
El sargento, quien con la uña golpeó tres veces el vidrio, como esperando que la rana resucitara, dijo:
—El bastardo que nos hizo la bromita primero untó con aceite los goznes de la puerta de afuera.
—Vaya —dijo el profesor de historia—. Inteligente.
—Definitivamente estamos lidiando con un criminal astuto, profesor.
Esa mañana, cuando encontraron la cabeza sobre la mesa, encendieron un par de lámparas de aceite para inspeccionarla bien y de cerca.
Era una escena macabra. El semblante había adquirido un extraño rictus, como en dolor perpetuo.
Un ojo estaba en blanco, el iris perdido dentro de la cuenca, y el otro tenía el párpado cerrado a medias.
La quijada no estaba abierta sino cerrada, y entre los dientes un pedazo de hoja de papel.
En el reino de Tresden se importaba papel desde hace unos doscientos años, aunque en las últimas décadas ya se producía en pequeñas fábricas en las grandes ciudades, haciéndolo más económico, por lo menos más que el pergamino y el metal, y más duradero que el papiro.
Cuidadosamente sacaron el pedazo, que estaba doblado en cuartos, y lo abrieron. Adentro, una inscripción:
Si no huyen
Perecerán igualmente
La Hermandad
Era la primera gran pista: la firma de «la Hermandad».
Examinaron el pedazo de papel para ver si podían encontrar en él alguna pista del autor. La letra era educada, caligráfica, escrita con una pluma de punta muy fina. La tinta era un azul oscuro.
—Necesitamos más información sobre la Hermandad —había dicho Zark.
Esa era la razón por la que subieron a visitar al profesor de historia, después de haber llamado al comisario, quien con uno de sus lugartenientes se llevó la cabeza.
—¿Entonces, profesor? —insistió el capitán—. ¿Qué nos puede decir de la Hermandad Roja?
—Probablemente no mucho, pues es una de esas leyendas urbanas. Pero como toda leyenda, tiene un grano de verdad.
—Nos gustaría escuchar lo que usted piensa es ese grano de verdad.
—Supuestamente la Hermandad se remonta a los tiempos anteriores a la tercera restauración. Por lo menos unos mil trescientos años antes de la fundación de Tresden.
—Hace unos cinco mil años al día de hoy, entonces.
—Así es. En aquellos tiempos, el continente entero era habitado por tribus nómadas, pero algunas se asentaron aquí.
Entre ellos los arogestan, adoradores de Balaán.
Llegaron a dominar esta región, si mal no recuerdo, del 356 al 999 después de la tercera restauración.
Sacrificaban humanos, supuestamente, y uno de sus sellos era degollar a las víctimas humanas.
Es decir, de acuerdo a su tradición ocultista, Balaán solo aceptaba la cabeza como sacrificio, no el cuerpo.
La tribu fue conquistada por Tresden el Magnífico, quien fundó esta ciudad en el año mil.
—¿Y qué tienen que ver los arogestan con la Hermandad? —preguntó el capitán.
—Supuestamente los arogestan no fueron por completo erradicados, lo cual no sorprende a nadie.
De acuerdo a la leyenda, algunos de ellos se infiltraron en la universidad cuando fue fundada en el 1017, y fundaron la Hermandad, una especie de cofradía que practicaba las «antiguas tradiciones» de la región.
—¿Como sacrificar humanos?
—Como sacrificar humanos, sí.
—¿Con qué propósito?
—Imposible decirlo con certeza. Quizás, simplemente, con la meta de aplacar la ira de Balaán.
A lo largo de la historia de la universidad han habido muertes, y muchas veces, de alguna manera u otra, se le han atribuido a la Hermandad, sobre todo las muertes extrañas.
Pero nunca se ha comprobado. Las leyendas y tradiciones orales dicen que la Hermandad busca restaurar la antigua religión a todos los territorios, comenzando por este, el de la universidad. Pues aquí vivían los arogestan.
—Matar con propósitos ocultistas, entonces —resumió el capitán.
—Así es. La adoración a Eluvá, el Gran Creador, se instauró en Tresden desde su fundación, pero la adoración pagana a Balaán es más antigua. Por lo menos de acuerdo a los registros que tenemos.
El prefecto, que hasta ahora había estado escuchando sin decir nada, dijo:
—Tengo casi veinte años trabajando aquí, y nunca he oído de la Hermandad, excepto como una leyenda.
El sargento se dirigió a él:
—¿Usted piensa que todo esto es una farsa? ¿Que el mensaje que encontramos en la cabeza, y la firma, no son más que algún juego?
—Eso es lo que pienso. Además, ¿qué motivos tendría la supuesta Hermandad para matar al rector?
—Un sacrificio humano de alguien como el rector serviría para apaciguar la ira de Balaán —dijo Pasmán, muy serio—. Mientras más importante es la persona, mejor el sacrificio.
—¿Qué más nos puede decir sobre la Hermandad, profesor? —dijo el capitán, cruzándose de hombros.
El viejo historiador acercó una vela para volver a encender su pipa, que se le había apagado.
Lo pensó por un momento, mientras chupaba y exhalaba humo.
Luego se dirigió a la pared, que tenía un librero de piso a techo.
Se subió en una escalera de madera que parecía estar por partirse en mil astillas, y que se tambaleó peligrosamente mientras el profesor la subía, pero finalmente y con un grito de triunfo, encontró el libro, lo sacó, y descendió sin caerse y tronarse el cuello.
—Este es un libro fascinante —dijo el profesor—.
Es de la historia del reino, e incluye un tomo de leyendas urbanas, compiladas hace seiscientos años por el venerable Ataki Askendi, profesor de historia.
Algo que me encanta de sus libros es que incluye un índice al final.
No es común en muchos manuscritos. Vaya trabajo debió ser, porque su obra completa es de treinta tomos.
Seguramente puso a su asistente a hacerlo.
¡Eso habría hecho yo! Pero este tomo contiene también leyendas universitarias, y si busco acá al final —dijo pasando las hojas con el pulgar—, bajo «hache», quizás… ¡sí! Tres páginas sobre la Hermandad.
El profesor se puso a leer:
—Sí, eso que les dije aquí viene. Pero… ¡lo que buscaba! Aquí.
El capitán pensó que el profesor de historia había finalmente despertado.
Al parecer, un asesinato en la universidad, y del mismísimo rector, no le producía tanta emoción como encontrar un párrafo perdido en un libro olvidado.
Notó, también, que el libro no tenía tanto polvo en el canto, como algunos otros de los libros.
Casi como si hubiera sido consultado recientemente. Le preguntó:
—Además de usted, profesor, ¿quién más tiene acceso a sus libros en esta oficina?
—Mi oficina nunca está con llave, aunque los estudiantes saben que no tienen permiso para entrar. Sin embargo, los profesores pueden hacerlo con mi permiso, y los decanos cuando quieran.
—¿Quién fue la última persona que estuvo aquí en su biblioteca, leyendo alguno de sus libros?
El decano se rascó la frente:
—Válgame Dios. Puedo recordar lo que leí hace diez años, pero no lo que desayuné ayer. Hm, veamos. Varios profesores han entrado para consultar alguna obra. Jorán, por ejemplo. Caladis también, últimamente. Uladis, por supuesto. No tengo idea quién habrá sido el último.
—Entiendo.
Pasmán dirigió de nuevo su mirada al libro:
—Dice aquí que la Hermandad se reunía en el cuarto rojo, en las grutas del castillo. «Allí sacrificaban a sus víctimas», dice. Agrega que usaban máscaras color de la sangre. De allí el apodo de los Rojos.
—¿Las grutas del castillo? —preguntó el sargento.
—Imposible —dijo el prefecto—. Están selladas. Demasiado peligroso. Cualquiera se perdería. Uno podría morir allá abajo.
—Morir… o sacrificar —dijo Zark.
El capitán miró al sargento.
—Habrá que ir a investigar, entonces —le dijo.
El sargento asintió.
Pasmán siguió leyendo, pero en voz baja. De repente hizo un sonido de espanto.
—¡Por Eluvá! —dijo—. Miren esto, no recuerdo haberlo leído antes: «El sacrificio más grande que puedes dar a tu dios Balaán es uno doble: una víctima inocente, una víctima culpable. Ofrecerás tu sacrificio cortando la cabeza de los cuerpos, pues la cabeza es más aceptable a Balaán».
Flenden se tapó la boca, horrorizado.
Zark dijo:
—Eso explica la razón por la cual había dos cuerpos decapitados. El de la joven, la víctima inocente. El rector, ¿la víctima culpable?
—Lo más probable, entonces —dijo Arjen—, es que mataron al rector, le cortaron la cabeza, hicieron algún tipo de ritual ocultista esa noche, y nos dejaron la cabeza esa madrugada para asustarnos y ahuyentarnos.
—¡Por Eluvá! ¡Esto es una locura! —dijo Flenden, temblando.
El capitán se perdió en sus pensamientos. Luego dijo:
—Vayamos a las almenas, a inspeccionarlas.