Sueño atribulado
SALIERON DEL CASTILLO. De acuerdo al profesor, la casa para huéspedes estaba a media milla de distancia.
Caminaron por una calle empedrada y ancha, después doblaron a la derecha en dirección suroeste, anduvieron por algunos callejones hasta finalmente llegar a otra calle pobremente adoquinada, la cual recorrieron hasta la esquina, en donde les dijo Asterán:
—Es aquí.
Una casa sencilla, de adobe, un solo piso y sin adornos. El profesor sacó un llavero, les abrió la puerta, y al entrar encendió una vela que yacía encima de una pequeña y vieja mesa redonda de madera.
—Esas son las dos recámaras —dijo, apuntando a un par de puertas—. No tienen llave, pero se atrancan por dentro. La puerta principal tiene candado, y lo pueden cerrar con esta llave —dijo sacando una del llavero y poniéndola sobre la mesa.
—Gracias —dijo el sargento.
—La despensa es pequeña, pero encontrarán agua, jamón y fruta seca, algunas nueces, aguamiel y algo más habrá. Suficiente para una cena y desayuno ligero. Si mañana prefieren almorzar algo más sustancioso, hay una fonda en esta misma calle, cuya comida es bastante buena.
—Agradecemos sus atenciones, decano. —El capitán hizo una inclinación de la cabeza.
—Es un placer atenderles. Elevaré una plegaria al Gran Creador para que se encuentre pronto al responsable.
—¿Alguna idea? —preguntó el capitán.
—¿Idea?
—De quién podría haberlo hecho.
El decano de filosofía se quedó pensando. Abrió la boca para decir algo pero la volvió a cerrar.
El capitán le preguntó:
—¿Qué me puede decir de la Hermandad Roja?
El decano de filosofía lo miró, curioso.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó el sargento Zark, quien no había escuchado la conversación que Arjen tuvo con Caladis al respecto.
Asterán respondió:
—Probablemente el profesor Pasmán, de historia, pueda darles información más concreta —respondió el filósofo.
—La Hermandad Roja, si recuerdo bien, es una especie de leyenda urbana —dijo el capitán.
Asterán arqueó las cejas:
—Ah, ¿usted fue alumno aquí? Sabe sobre la Hermandad. Los Rojos.
—Sé lo mismo que todos, supongo. Una leyenda. Adoradores del Maligno en la universidad. Sacrificios humanos y todo eso.
—Sí —dijo Asterán—. Pero siempre consideré que eran esas historias que los alumnos se cuentan por la noche para divertirse.
Quizás basada en alguna realidad, pero mitificada con el paso del tiempo.
De hecho, ahora que lo recuerdo, Caladis mencionó a la Hermandad el la junta que tuvimos todos los decanos.
—¿Y qué dijo?
—Pues… —el decano se rascó detrás del lóbulo de su oreja derecha—. El profesor Caladis es un hombre, ¿cómo decirlo?, excéntrico. No voy a decir que paranoico, aunque a veces me lo pregunto.
—¿Así que no es más que un cuento? —dijo el capitán.
—Los rumores de sectas secretas siempre han rondado por aquí, desde tiempo inmemorables.
El capitán se pasó los dedos por la barba:
—¿Es cierto que la Hermandad degollaba a sus víctimas?
—Eso es verdad, capitán. Por lo menos, eso también he escuchado yo.
—Interesante. Quizás no tiene nada que ver, o quizás algo. Siempre está la opción de que alguien quiera confundiros. Hacernos buscar algo que no existe —agregó el capitán.
—Cierto —dijo Asterán—. Hacerles creer que una sociedad secreta y antigua está detrás de todo esto, cuando en realidad es algo completamente diferente.
—Gracias, profesor. Investigaremos más al respecto —dijo Arjen.
Al despedirse, el filósofo salió y cerró la puerta tras sí. El sargento puso el candado con la llave. Aunque era ya muy tarde, tenían el estómago vacío, así que comieron un poco de carne, unas ciruelas y queso curado. Además se sirvieron medio tarro de aguamiel y se sentaron a la mesa.
—¿Qué piensas de lo que dijo el filósofo? —preguntó Zark.
—Habrá que investigar. Todavía hay muchas incógnitas.
—Sí. Primero, debemos investigar la razón por la que se robaron el cuerpo y se tomaron, o se tomó, el tiempo para subirlo hasta la recámara del rector.
—Sí, y luego está la muerte del rector. ¿Tenía el asesino la intención de matarlo a él, o solamente quería asustarlo con el cuerpo, pero lo mató al no poder huir de la habitación a tiempo? Lo que pienso es que la muerte del rector fue premeditada. De lo contrario, no le habrían quitado la cabeza.
—Concuerdo con usted, capitán. Cuestionemos bien al médico. Algo me dice que sabe más de lo que ha dicho.
—Sí. Y no perdamos de vista ni al prefecto, ni al filósofo.
—¿El prefecto?
—¿Y por qué no? Es verdad que vomitó. Pero pudiera ser un buen actor. Además, si él fue el primero en encontrar los cuerpos, habría tenido todo el tiempo para esconder las cabezas y luego llamar a los profesores.
—Es cierto —dijo Zark—. Encontrar las cabezas será misión imposible, ¿no cree, capitán?
—Tan difícil como encontrar un tesoro en el fondo del mar.
Dicho eso, el capitán se puso de pie y se retiró a su habitación, el sargento haciendo lo mismo.
Arjen atrancó la puerta, se quitó el cinturón, puso la espada cerca de la cama, como siempre. Después se deshizo de sus botas y se quitó la capa y la túnica, quedando solamente en la ropa interior.
Se tiró en la cama, un poco dura, pero estaba tan cansado que casi inmediatamente se quedó dormido.
Tuvo un sueño atribulado, en donde cuerpos decapitados lo estrangulaban por la noche mientras dormía, sin que él pudiera hacer nada para salvarse.
Despertó antes del crepúsculo de la mañana. Se sentía exhausto. La última misión lo dejó sin energía. A veces lograba descansar un poco entre una misión y otra, pero la verdad es que, en general, había demasiado trabajo y no suficientes personas para hacerlo.
Eso sí, le encantaba ser un sabueso del rey.
Estaba hecho para ello. El entrenamiento había sido arduo, tanto mental como físico, y novedoso en muchos aspectos.
Aunque la ciencia de la investigación, como les gustaba llamarle, estaba apenas en sus inicios, el comandante Virlán Acklen era un genio.
Su mente brillante estaba detrás de todo en lo que la Honorable Compañía se estaba convirtiendo: en una agencia de detección, investigación y aplicación de la ley.
Nunca en la historia del reino había existido un grupo dedicado específicamente a la investigación de crímenes.
Por lo menos no de la manera que lo hacían, tan metódicamente.
Es verdad que algunos de los «métodos» eran bastante crasos, y dependían más de la fuerza bruta que la inteligencia.
Por ejemplo, en la opinión de Arjen, la interrogación brutal era en algunos casos necesaria.
Con los criminales, los asesinos, los violadores, los estafadores, los secuestradores…
no se podía jugar. Había que aplicarles la mano dura.
Esa era la instrucción del rey. Esa era la razón por la que les daba dinero y la autoridad de la ley (y a veces por encima de la ley) para llevar a cabo la justicia.
El capitán Arjen había hecho un juramento de lealtad a la Corona, al rey Aiván III el Justo, no solo al entrar al ejército, sino de nuevo cuando fue admitido a los sabuesos.
No era para nada común que un rey de tan solo quince años se hubiera ya ganado ese apodo.
Arjen no era profeta ni hijo de profeta, por lo que saber el corazón del rey le resultaba imposible.
Pero su olfato, su sexto sentido, su tripa le decía que realmente el rey quería un reino justo.
Que realmente era un monarca devoto a la justicia de Eluvá, y que veía como su misión divina dispensar dicha justicia a lo largo y ancho del reino de Tresden.
Después de cinco décadas de guerra, el reino se había llenado de criminales y bandas dedicadas a la maldad. Eso era de esperarse, pues los recursos iban todos hacia la guerra. Pero entonces, al consolidarse en el trono, Aiván el Justo fundó la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Fue Zark, su sargento desde la guerra, quien lo instó a aplicar junto con él.
Para sorpresa de Arjen, fueron admitidos.
Esto es mejor que la vida soldadesca, se dijo, allí echado en la cama.
La «gran guerra» había sido brutal. Miles de muertos, miles de heridos, miles desplazados. Pero al final el enemigo fue derrotado, y el maldito emperador Glodiaga se replegó con su ejército.
Arjen ganó dos medallas de honor, y tres al valor. El capitán más condecorado de la guerra, se decía. Una leyenda viva.
Al final de la guerra él solamente se había sentido cansado y vacío.
Cansado de matar, vacío por regresar a la capital del reino sin nada mas que dinero en la bolsa.
Pudo haberlo gastado todo en bebida, en mujeres, en placeres.
Pero él no era así. Venía de la pobreza, y logró salir adelante sin la ayuda de muchos.
Antes de salir a la guerra había logrado entrar a la universidad con la ayuda de su mentor, el sabio Joranatán, quien lo rescató de las calles cuando adolescente.
Pero tan solo estudió por un año, pues decidió enlistarse (para la gran decepción de su mentor).
¿Fue eso un error? Quizás algún día lo sabría, en esta vida o en la próxima.
Se quedó tumbado por un tiempo, escuchando el movimiento del sargento en el cuarto contiguo, quien también ya comenzaba su día. Ambos eran mañaneros, por costumbre. Ambos eran malos para dormir. Después de la guerra era imposible dormir bien por las noches.
Arjen se sentó en la cama, se puso de pie, se estiró, y se quedó por un momento de pie, perdido en sus pensamientos.
Escuchó al sargento poniéndose la ropa, las botas, el cinto. Luego los pasos hacia la puerta de su propia recámara, y el rechinar de los goznes al girar y abrir la puerta. Oyó un par de pasos más en la sala de estar, y luego silencio. Después una maldición.
Arjen entornó los ojos. Algo andaba mal.
El sargento Zark caminó hacia su puerta y tocó como siempre lo hacía para identificarse: toc, toc-toc-toc, toc.
Se puso de pie y abrió la puerta.
—¿Todo bien, sargento?
—Me parece que he resuelto uno de los misterios, mi capitán.
—¿Qué? ¿Cuál?
—La ubicación de la cabeza del rector.
El sargento se hizo a un lado. Sobre la mesa de madera estaba, efectivamente, la cabeza de Morlen Alvana.