Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Conversaciones nocturnas
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Conversaciones nocturnas

EL SARGENTO SE asomó por la ventana.

—Así que así fue, ¿eh? —dijo.

—Casi sin duda —confirmó el capitán.

La ventana tenía una vista espectacular hacia el oeste.

Debido a la altura se veía hasta más allá de la ciudad universitaria, hacia la ciudad en sí, aunque a esas horas de la noche no se apreciaba del todo.

La luna, sin embargo, daba suficiente luz para distinguir los miles de techos hasta donde la vista alcanzaba.

Había un montacargas de madera que, atado con gruesas cuerdas, pendía de una viga, la cual salía de una almena uno o dos pisos más arriba de la ventana.

Funcionaba con un sistema sencillo de polea que se operaba desde la plataforma de elevación, que era una plancha de madera en la cual cabían unas dos personas y se usaba para subir y bajar material de construcción.

Dicha plataforma estaba justo afuera de la ventana.

—Entonces el asesino no huyó por aquí —dijo el sargento.

—No, solamente subió con el cuerpo, pero huyó por la puerta principal después de matar al rector.

—Habrá que investigar sobre el montacargas.

—Ajá. —Arjen se rascó la barba corta y negra, que a pesar de sus cuarenta años no se teñía todavía de blanco, aunque ya comenzaba a tornársele pelirroja en la barbilla.

—Estarán construyendo algo arriba, en la torre.

—Sí. Mañana que haya luz subiremos para ver.

—Vaya vista —dijo el sargento.

—Impresionante.

Se quedaron un momento allí, perdidos en sus pensamientos. No con frecuencia presenciaban una vista así, y Arjen solamente se imaginaba cómo se vería el día de mañana, a plena luz del día.

—A como veo las cosas hasta ahora —dijo el capitán—, el asesino es osado. Aprovechó la polea y diseñó su plan alrededor de ella, por así decirlo.

—Es decir, no la puso él para después usarla.

—Exactamente, no creo que sucediera así. Imposible, por el esfuerzo que representa.

Zark asintió. Luego dijo:

—Si le parece bien, capitán, registraré la habitación, no sea que la cabeza, o cabezas, estén por aquí.

—Está bien. Aunque no creo que encuentres nada. Algo me dice que son trofeos de caza. Pero de todas maneras hay que revisar.

Mientras que el sargento lo hacía, Arjen volvió a inspeccionar los cuerpos para ver si algo se le escapaba, sobre todo porque pediría que fueran movidos.

Aunque el asesino le cortó al rector la cabeza con premura, se tomó el tiempo de colocarlo con cuidado en la cama, con las manos a los costados, imitando el cuerpo de la mujer.

También le quitó la ropa, que por cierto tampoco se veía por ningún lado.

Había una mancha carmesí en el suelo que iba desde donde fue asesinado hasta donde fue colocado en la cama, con la mancha de sangre extendiéndose alrededor del cuello.

—Nada, capitán. No están aquí. La ropa tampoco.

Salieron. En la sala de estar, los tres decanos y el prefecto, sentados en sillones y sin hablar. Al prefecto le había regresado el color de la piel.

—¿Terminaron su inspección? —preguntó Jorán.

—¿Y qué encontraron? —preguntó el médico.

—Las cabezas, no —digo Zark.

El decano de teología hizo la señal de la veneración a Eluvá, tocándose primero el corazón con los dedos índice y anular, luego rozando los labios, para luego tocar su frente. 4

—Pero es que no lo puedo creer —dijo Flenden a nadie en particular, con la mirada perdida—. ¡Acababa de hablar con él! Quizás si…, quizás si me hubiera quedado con él esto no habría acontecido. Le pregunté si quería ayuda, pero me dijo que no, como siempre.

Asterán, quien encendía una pipa, dijo:

—No puedes culparte por esto, prefecto. De ninguna manera es tu culpa. Estoy seguro que los sabuesos encontrarán al responsable de tan horroroso acto.

—Sí… —murmuró Flenden.

—¿Qué se hará con los cuerpos? —dijo Caladis—. Aunque el cuerpo de la mujer recibió un tratamiento para retrasar la descomposición, comenzará pronto a llenarse de gusanos. Con el cuerpo del rector es diferente, todavía está cálido, pero de todas maneras habrá que moverlo.

—Hay que moverlo ya —dijo el capitán—. ¿Quién se encargará de ello? ¿Ya fue avisado el comisario?

La ciudad universitaria tenía su propio comisario asignado.

—Ya le avisamos, pero no ha llegado —dijo el prefecto.

—Podemos encargarnos Flenden y yo —dijo Caladis—. Le pediremos a cuatro alumnos prefectos de confianza que traigan un par de camillas y lleven los cadáveres a la sala mortuoria.

—Cuando llegue el comisario —dijo el prefecto—, le pediré que resguarde los cuerpos.

—Háganlo.

—¿Ya? —preguntó Flenden.

El viejo médico estaba por contestar, pero dudó y miró al capitán.

—Ya —confirmó Arjen.

Antes de salir, Caladis le hizo una seña al capitán. Salieron de la habitación y Flenden, entendiendo que tendrían una conversación privada, se alejó lo suficiente como para no escuchar.

—¿Algo que tenga en la mente, decano? —le preguntó el capitán al médico, que no se decidía si hablar o no.

—Lo que ha sucedido aquí, capitán, va más allá de lo que parece.

—¿Sí? ¿Cómo?

—La manera en que el rector fue asesinado. Parece una muerte ritual. ¿Ha escuchado de la Hermandad Roja?

—Algo he oído —asintió el capitán.

—Le sugiero investigar al respecto, capitán Arjen.

—¿Por qué, profesor¡

El médico se quedó pensando. Luego dijo:

—Una de las características de la Hermandad Roja, ¿sabe cuál era?

—No.

—Degollar a sus víctimas.

Sin darle oportunidad para hacer más preguntas, el viejo hombre se dio la vuelta y se fue junto con Flenden.

Arjen regresó a la habitación.

—Yo, mis señores —dijo Jorán al verlo entrar—, puedo quedarme más tiempo si me necesitan. De lo contrario, iré a descansar. Si es que puedo conciliar sueño.

—Puede irse a descansar, padre —le dijo el capitán—. El día de mañana hablaremos con usted, de ser necesario. Quizás esté de más decirlo, pero todos ustedes asegúrense de arrancar bien sus puertas.

Con una leve inclinación de la cabeza, el teólogo abandonó la sala.

—¿Y nosotros, capitán? —preguntó Zark. ¿Nos iremos a dormir? ¿Dónde?

—Por Eluvá, olvidé pedir posada —refunfuñó Arjen.

—No se preocupen, estimados señores —dijo el joven Asterán, lanzando una bocanada de humo—.

La Facultad de Medicina tiene una pequeña casa para huéspedes con dos recámaras.

Está siempre preparada para recibir visitas, y será para mí un honor ofrecérselas, para que descansen.

¿Imagino que prefieren eso, o regresaran a su cuartel?

—No, habrá que quedarnos aquí —dijo el capitán—, y continuar la investigación mañana.

—Sería bueno mandar un mensaje al comandante para que esté enterado —dijo el sargento.

—Yo puedo encargarme de enviar el mensaje con un corredor —dijo el profesor de filosofía.

Zark sacó un pedacito de papel, además de tizón de escriba, 5 redactó el mensaje y se lo dio al filósofo.

Al recibir el papel doblado en tercios y guardarlo en su túnica, Asterán dijo:

—Los dos famosos sabuesos, ¿eh?

—Me anticiparé a su próxima pregunta —dijo el sargento, pero antes que pudiera decirle que efectivamente, no era obeso, el profesor se le adelantó:

—Yo nunca pensé que fuera obeso.

—¿Ah… no?

—Bueno, los folletines siempre exageran las cosas. Además, Brisbán el Bardo es dado a los estereotipos. Sabe que un contraste entre los dos personajes será más divertido para sus lectores. Así que exagera las diferencias, tanto físicas como mentales.

—¡Exacto! —dijo el sargento.

—Me sorprende que sea usted lector de folletines —dijo el capitán, al que se le antojaba sacar también su propia pipa, pero prefería no hacerlo por cuestión de la hora.

—Bueno, ya sabe, también me gusta relajarme, divertirme. Soy pésimo en deportes y malo para los naipes. Aunque disfruto del teatro y, por supuesto, de la lectura de recreación.

—Pensaría que un filósofo tan reconocido como usted solamente lee…, filosofía, pues.

—Me gusta la poesía, me fascina leer las antiguas epopeyas, pero cuando mi mente está cansada, nada mejor que un folletín. Y nada más divertido que las aventuras de Arjen y Zark, los despiadados sabuesos del rey.

—Ese Bardo tiene mucha imaginación —dijo el sargento.

—Imagino que tomó alguna historia y la desarrolló como quiso.

—Exactamente —le contestó al capitán—. En realidad fue muy astuto, nos engañó diciendo que estaba escribiendo un tomo sobre la historia de la Compañía, y que por lo tanto necesitaba información de algunos de sus miembros.

—Es un hombre de apariencia tan inofensiva —agregó el sargento—, que no pensamos que hablar con él tendría repercusiones significativas. Entre conversación y conversación, que por cierto casi toda fue sobre los orígenes de la Compañía, le contamos sobre el último caso que habíamos resuelto.

—El último «caso» —dijo Asterán—. Hasta donde he podido investigar, esa palabra no se había usado así hasta el folletín. Oficialmente la acuñó el Bardo, aunque ¿proviene de ustedes?

—De nosotros en específico, diría que no —respondió el sargento—. Pero es lenguaje común entre nosotros.

—¿Entre sabuesos?

—Así es.

—Fascinante. Cómo me gustaría que estuviera aquí el profesor Orne, el decano de gramática. Estaría con los ojos así —dijo abriéndolos grande.

—Pues bien, le contamos sobre el caso del estrangulador noble, ¡y buá!, lo convirtió en toda una historia, con diálogos y todo.

—Una historia fascinante. Sensacional —dijo Asterán—. Un miembro de la nobleza que asesinaba a mujeres nobles.

—Las seducía, las llevaba a un parque y las mataba a plena luz del día —agregó Zark.

—Historia, que por cierto, todavía no termina —dijo el filósofo—. En los folletines, es decir.

—En los folletines, no —concordó el sargento—. En la realidad, el conde Adarán está en el calabozo.

—¿Será ejecutado?

El sargento asintió:

—Esperamos que sí. Con los nobles nunca se sabe. Solamente que, mientras que su ejecución probablemente sería privada, ahora que todo mundo está al tanto de la historia quizás sea ejecutado públicamente, para satisfacer la curiosidad del gentío.

—Una completa desgracia para él y para su familia.

—Una ignominia. Y se lo merece.

—Eso sí —dijo el capitán—, el folletín ha agregado muchas cosas completamente ficticias. Que el conde era un hechicero, que se acostaba con brujas, que de pequeño degolló a su abuela… ¡puras ficciones!

—Cosa que le ha encantado a los lectores —dijo el filósofo, con una leve sonrisa.

—Y cómo no —dijo el sargento—. A la gente le gusta esas cosas, y el Bardo lo sabe bien.

—En el folletín todavía no se revela cómo ustedes lo atrapan.

—Hasta yo quiero saber —dijo el sargento.

—¡También lo están leyendo!

—No —respondió el sargento—. Pero puesto que todo el mundo sí, nos lo cuentan.

—Ya es tarde dijo el capitán. Mejor aprovechar lo que queda de la noche para descansar y poder despertar temprano. Habrá mucho quehacer.

El filósofo se puso de pie y dijo:

—Síganme, estimados señores.