Primera inspección
RECORRIERON PASILLOS, SUBIERON y bajaron escalones, atravesaron un puente interno de piedra, hasta finalmente llegar a los aposentos del rector.
Entraron, y en la sala de estar los recibieron tres hombres de pie, con miradas estupefactas.
Uno de ellos, un viejo con un bastón en cada mano dijo:
—¿Y ustedes quiénes son?
Arjen dio varios pasos firmes hacia el viejo, hasta estar a unos tres pasos de distancia y lo miró con firmeza, para establecer su autoridad.
—Soy el capitán Arjen, sabueso del rey. Desde este momento estoy a cargo. ¿Cuál es su nombre y su cargo?
El viejo le regresó la mirada fría:
—Soy Caladis. Decano.
—¿Decano de qué?
—De medicina, si necesita tal precisión.
—Sí necesitamos tal precisión —dijo el sargento Zark, muy serio y con voz grave.
—Yo soy Jorán —se presentó un hombre delgado y lampiño, vestido de sacerdote—. Decano de teología.
—Asterán —dijo el más joven de los tres—. Decano de filosofía.
Arjen hizo nota mental de eso, pues había escuchado de él. Más joven de lo que pensé, se dijo. Los tres se veían nerviosos y asustados.
—Muy bien, caballeros —dijo el capitán—. ¿Qué hacen aquí?
—El prefecto nos llamó —respondió Caladis—. Somos los únicos que sabemos. Bueno, nosotros y el asesino, claro está.
—Gracias por venir tan rápido —dijo el decano de teología—. Es un honor tener entre nosotros a la Honorable Compañía.
El nombre oficial de los sabuesos del rey era la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.
Había sido establecida cinco años atrás por Su Majestad, y desde entonces adquirió fama rápidamente.
En parte porque era el brazo fuerte de la justicia real, la mano dura de la ley.
Fue formada puesto que, después de cincuenta años de guerra, y con el enfoque de la Corona en salvaguardar los territorios del reino, muchas bandas criminales habían tomado barrios enteros de la ciudad, e incluso territorios grandes en el reino.
Aiván III, el rey, gran devoto de Eluvá, y cansado de escuchar las plegarias de sus súbditos, decidió fundar la Honorable Compañía y darles dinero y poder.
Los requisitos para ser un sabueso —como les llamaban a los soldados de la Compañía— eran significativamente más duros que para entrar al ejército o incluso para ser parte de la guardia real de la ciudad.
Tan solo al pensar en su entrenamiento, el capitán Arjen sintió un escalofrío, pero puso esos pensamientos a un lado y dijo:
—¿Quién encontró los cuerpos?
—Yo, capitán —dijo el prefecto.
—Muy bien. Muéstranos —dijo Arjen.
—Y ustedes, caballeros —se dirigió el sargento a los decanos—, quédense aquí, si les place bien.
—Aquí estaremos —respondió Jorán.
—No creo que tengamos mucha opción —farfulló Caladis.
Los dos sabuesos encendieron unas velas que llevaban consigo, y el prefecto los guió hasta la recámara del rector, que tenía la puerta abierta.
Por Dios, pensó el capitán al ver los cuerpos.
Ambos estaban en la cama, uno junto al otro. Del lado izquierdo, el cuerpo de la mujer, decapitado y desnudo. Junto a ella, y en la misma posición, el cuerpo también desnudo y arrugado del rector, sin la cabeza.
—¿Alguien ha tocado algo? ¿Movido algo? —preguntó el sargento Zark.
—No, nadie. Así los encontré, exactamente así.
—¿Ni los decanos?
—No, cuando les avisé vinieron, pero todo está exactamente como yo lo encontré.
—¿Y las cabezas? —preguntó el capitán.
—Por ningún lado —respondió Flenden.
—¿Han revisado bien?
—Pues…, ahora que lo pienso, no hemos revisado de manera exhaustiva. Por lo menos yo no. Simplemente miré por aquí y por allá, sin ver nada. Pero no hemos abierto armarios, cajones, nada así. Prefiero que lo hagan ustedes.
—Buena decisión —le dijo el sargento Zark—. Nosotros nos encargaremos de buscar.
El capitán se acercó primero al cuerpo de la mujer, y sacó su lente de aumento, la cual guardaba en uno de los bolsillos de su cinto en una funda de tela suave. Era circular, con un armazón metálico, y cabía en la palma de la mano.
Mientras, el sargento hizo lo mismo con su propia lente, revisando el otro cuerpo. Inspeccionaron minuciosamente en silencio y, al terminar, se intercambiaron de lugar, cada uno el otro cuerpo, de nuevo sin decir palabra alguna.
Al erguirse, dijo el capitán:
—¿Qué conclusiones?
—El cuello del rector fue cercenado con rapidez. Me parece que primero le abrieron la garganta y, muerto o moribundo, le cortaron la cabeza.
—Probablemente moribundo, porque el corte no es limpio. El rector se movía mientras le cortaban el cuello.
—Concuerdo.
En ese momento el prefecto eructó y vomitó.
Estaba pálido y a punto de desmayarse. Le pidieron que por favor esperara afuera, y eso hizo, sentándose en un sillón mientras que el profesor de medicina le echaba aire con la mano y sacaba un pequeño frasco de su manto, ordenándole que le diera un sorbo.
—¿Por qué lo habrán matado con premura? —dijo el sargento.
—Quizás por temor a que lo encontrara el prefecto, si es que él es inocente.
—Tendremos que averiguar la razón por la que vino.
—Así es.
—El otro cuerpo es diferente. Está ya comenzando su putrefacción, comienza a heder, y el corte en el cuello es delicado y contundente.
—El profanador tuvo tiempo para hacerlo.
—Sí. La pregunta es cómo por todos los demonios pudo traerse un cuerpo desnudo hasta aquí sin que nadie lo viera.
—Asumiendo que nadie lo vio.
—Es verdad —respondió Zark—. Otra cosa que habrá que investigar.
—Al rector lo mataron aquí —dijo Árjen, parándose frente a la cama—. Los patrones de la sangre apuntan a eso. Cuando lo degollaron, la sangre salió expelida del cuello y manchó el borde de la cama.
—Lo que significa que tomaron al rector por sorpresa. Por la espalda.
—Sí. No dudo que el asesino se escondió en esa esquina, la más alejada de la ventana y por lo tanto más oscura.
—¿Lo estaba esperando, o es el rector daño colateral?
—dijo el sargento colocándose en la esquina.
Efectivamente, con su ropaje oscuro, difícilmente se veía.
Incluso si el rector entró con una lámpara, lo cual era lo más probable, pues había una ya apagada en una mesita junto a la puerta, no habría notado a alguien allí a menos que mirara específicamente en esa dirección.
—Las dos son opciones. —El capitán se dirigió a la ventana y se asomó—. Por todos los demonios —dijo—. Creo que ya sé la manera en que trajeron el cuerpo de la mujer.