Cabezas
ACABABAN DE SUBIR al barón Samane al carruaje para llevárselo al calabozo cuando un corredor mensajero se acercó al sargento Zark. Le entregó un pedazo de papel cerrado y con sello.
Lo abrió, leyó, y se lo dio al capitán.
—¿Qué es esto?
—Parece que hoy no iremos a dormir temprano.
El capitán maldijo y, de malas, leyó. La carta era una orden del comandante. Decía:
Dos cuerpos en la Universidad. De inmediato.
—Por el Gran Creador —dijo Arjen—. Dos cuerpos, dice.
El sargento encendía su pipa. 3
—«No hay paz para los justos» —dijo, citando uno de los Siete libros, concentrado en prender el hornillo.
—Ni para los impíos —respondió el capitán sorprendido de la cita del sargento, quien no era muy devoto a la religión—. Mejor ir de una vez. Eso quiere el comandante.
—¿Nos llevamos gente?
—No, vamos solo nosotros dos. Si se necesita, mandamos traer a más. Que la unidad descanse, por si la necesitamos mañana.
La unidad del capitán Arjen constaba de un total de siete personas, incluyéndolo a él, al sargento Zark, un sargento segundo y cuatro cabos, o soldados «piqueros», llamados así por la lanza que portaban.
—Bien —respondió Zark.
—De todas maneras ya es tarde, no podremos hacer demasiado.
—Y yo que quería celebrar la captura de ese bastardo.
—También yo.
Normalmente el capitán y su unidad se pasaban a una taberna después de una captura, para celebrar.
Un sargento no tendría siempre tanta confianza con su capitán, pero el caso de Arjen y Zark era diferente pues los dos se habían hecho grandes amigos durante la «gran guerra», antes de convertirse en sabuesos del rey.
El sargento segundo de la unidad, de nombre Traco, se quedó encargado de llevar al prisionero hacia el calabozo del séptimo cuartel de distrito de los sabuesos del rey, escoltado por los cuatro piqueros de la unidad, además de una guardia real de dos a caballo, dos arqueros y tres soldados.
Arjen hizo tiempo para que el sargento pudiera por lo menos terminarse su pipa.
Entonces montaron y se dirigieron hacia la universidad, que estaba al noreste de la ciudad cerca de la muralla externa.
La manera más rápida de llegar era tomando una vereda directa hacia el norte que después volteaba hacia el oeste, pero solía ser peligrosa a estas horas de la noche.
Aunque iban armados, podían ser fácilmente emboscados por una banda de ladrones, sus cuerpos abandonados junto alguna piedra como comida para los coyotes.
Prefirieron acercarse a Tresden sin entrar a la ciudad en sí, sino que se aproximaron primero a la muralla y siguieron por la vereda exterior que rodeaba la ciudad entera. Éste camino estaba mejor patrullado, y además era de ladrillo.
La universidad estaba a unas tres leguas de distancia, por lo que les tomaría más de un par de horas llegar hasta ahí.
La ciudad de Tresden, con medio millón de habitantes, era enorme, y su extensión era de unas seis leguas de norte a sur dentro de sus murallas, e incluía suburbios, grandes explanadas, cerros medianos e incluso bosquecillos internos.
La noche era fresca y amenazaba con llover, pero por la providencia del Gran Creador, ni una gota cayó del cielo.
Estando cerca, entraron a la ciudad por la Puerta del Conquistador, llamada así por ser la primera puerta erigida por Tresden el Magnífico, aunque había sido reconstruida tres veces más grande en la época de la dinastía Asken.
Aunque la puerta ya estaba cerrada, la guardia los dejó pasar cuando se identificaron como sabuesos del rey.
Ese medallón plateado que llevaban al cuello, con el escudo real y la inscripción «Verdad y honor», literalmente les abría muchas puertas.
Además iban de uniforme, todo gris: la capa, la túnica, los guantes.
Solo los botones de la túnica eran pequeños y dorados, el cinto de armas era de cuero marrón, al igual que las botas.
Casi nunca llevaban puesta coraza, la cual era plateada, y algunas veces se ponían la cota de malla, aunque no en esta ocasión.
La ciudad universitaria era incluso más grande que el palacio real en su extensión, pues incluía el castillo universitario en el centro, además de múltiples construcciones a su alrededor, incluyendo un teatro, un hipódromo, bodegas, establos, un hospital, el jardín botánico, varias capillas, salones, muchas casas y hasta una cárcel.
Dejaron los caballos en el primer establo que vieron, dándole un cuarto de bronce al somnoliento mozo de cuadra.
Caminaron, entonces, hacia el castillo de la universidad, al cual se le llamaba coloquialmente la «Torre Antigua», aunque los estudiantes preferían decirle la «vieja prisión».
—Por Dios que es el castillo enorme —dijo el sargento Zark.
—¿Hace mucho que no lo veías?
—Años, capitán. Desde que regresamos de la guerra.
—Cinco años, entonces.
—Más, ahora que lo pienso bien. Unos diez o doce años la última vez que lo vi, y de lejos.
Ciertamente era una vista impresionante.
El nombre de la Torre Antigua no le hacía justicia.
El castillo contaba con múltiples torres, Arjen no sabía cuántas.
Puesto que estaba construido sobre una montaña rocosa, daba la impresión de ser todavía más grande, las primeras paredes comenzaban en las faldas del cerro y las últimas cuatro torres terminaban en la cima.
—Usted pasó a tiempo aquí, capitán, en su juventud, ¿cierto?
—Así es —respondió.
—¿Y qué estudio?
—Tendrás que preguntarle a algún profeta.
—¿No me lo dirá?
—No te lo diré. Ya sabes que no me gusta…
—Hablar de su pasado, sí. Pero ¿y si adivino? —insistió, socarrón.
Al principio el capitán no respondió, sino que continuaron por un callejón que parecía abandonado, con construcciones derrumbadas a su alrededor.
—Adivina, pues —le dijo Arjen.
—Jurisprudencia.
—No. Tienes una oportunidad más.
—Si acierto, ¿me lo confirmará con veracidad?
—Quizás.
—¡Quizás!
—Quizás.
—Gramática.
—No. Por Dios, claro que no.
—Maldita sea.
Siguieron; tomaron un callejón a la derecha y de nuevo a la izquierda, y continuaron por un camino principal y ancho que los llevaría directamente a una de las entradas.
—¿Y tú? —le pregunto al capitán, más por cortesía porque sabía la respuesta.
—Siempre soldado, capitán, desde que tengo memoria.
Un portero los detuvo al llegar. Se identificaron, e inmediatamente los dejó pasar por una puertecilla lateral, les encendió una linterna de aceite y les pidió que por favor esperaran mientras mandaba buscar al prefecto.
Se quedaron esperando en un salón mediano, con techo de madera abovedado y sin ningún ornamento adicional, excepto una antorcha apagada en cada una de las cuatro paredes.
Tiempo después escucharon los pasos apresurados de alguien, y del umbral frente a ellos emergió un hombre delegado, de cuarenta y tantos años pero con un rostro tan atribulado que parecía tener unos diez años más. Se identificó como Flenden, el prefecto primero de la universidad.
—Gracias por acudir tan rápido, caballeros —les dijo—. No pensé que vendrían hoy mismo.
—Recibimos un informe de nuestro comandante —replicó Arjen—, y decidimos venir de una vez, sobre todo si la situación es apremiante.
—Vaya que lo es —respondió el prefecto, los ojos perdidos.
—La información que nos dieron —dijo el sargento— es que hay dos cuerpos.
—Sí. Dos cuerpos, por Eluvá. ¡Dios! ¿Cómo puede ser…?
—¿Quiénes son los muertos? —preguntó el capitán.
—Uno de los cuerpos no sabemos, quizás el profesor Caladis nos pueda decir. Es el cuerpo de una mujer, sin cabeza, el cual fue robado de la cámara mortuoria.
Los dos investigadores se miraron entre sí.
—¿Y el otro? —preguntó el sargento.
El hombre se estremeció. Se rascó la mejilla con unos dedos huesudos y temblorosos, y respondió:
—El otro es el rector Alvana. Lo han asesinado.
—¿Asesinado? ¿Y cómo sabes que ha sido asesinado? —preguntó Arjen.
—Porque al rector también le falta la cabeza.