Los sabuesos del rey: Libros 1-5 El rector
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El rector

MORLEN ALVANA, YA metido el sol, estaba lívido.

No era fácil organizar la búsqueda de un cadáver sin levantar sospechas.

Estaba seguro que los rumores ya se esparcían por la ciudad universitaria. Comenzaría con los estudiantes de medicina, y de allí a las demás facultades. Era inevitable. No se podía esperar que los alumnos mantuvieran la confidencialidad, no en un asunto así.

Demasiada, pensó.

Con la manera en que tronaban sus huesos con cada paso, vislumbraba un futuro no muy lejano en el que no podría ya salir del castillo. Mandaría que todas las juntas se llevaran a cabo en sus aposentos. Ya no estaba en edad para andar por aquí y por allá, como en el pasado.

Sí, él, Morlen Alvana, había sido un hombre vigoroso. Decano de jurisprudencia por veinticinco años hasta ser elegido rector hacía… ¿cuántos años? ¿Treinta?

Qué importaba ya.

—Buenas noches, rector —le dijeron un par de alumnos al verlo pasar. Un joven y una jovencita que andaban muy cariñosos. El muchacho tenía los ojos verdes y la jovencita las mejillas salpicadas de pecas.

—El sol ha caído, regresen a sus dormitorios —les dijo, severo.

—De inmediato, rector. —Pero no se movieron. Esperaban a que se fuera él.

—¡Largo, ya! —les dijo, y se pusieron en movimiento de un salto.

Qué daría por poder saltar así de nuevo, por andar como antes.

Este último año había considerado el retiro, pero por desgracia, retirarse no se acostumbraba en la rectoría de la Universidad Real.

Era un puesto vitalicio. Muy pocos hombres habían pedido retiro en la larguísima historia de la institución.

Moriré aquí adentro , pensó. Probablemente me partiré el cuello en algún escalón.

Tristemente, en la historia de la universidad más de un rector había finalizado su gobernanza con el cuello roto por una caída.

La imagen de cuellos rotos le hizo pensar en el robo del cuerpo. No podía creer que Caladis le ocultara ese dato por todas estas horas. ¡Maldito anciano!

Aunque, a decir verdad, ese viejo médico tenía un ojo más astuto que la gran mayoría de los profesores. Andaba con sus dos bastones, pero se movía sigilosamente. Conocía la universidad mejor que cualquiera, y era él quien…

Sacudió la cabeza.

Ya habrá tiempo para eso.

Se puso en marcha.

Al llegar a la puerta principal del castillo vio al prefecto primero Flenden, su asistente, quien inclinó la cabeza y dijo:

—Su cena y su baño está ya listo, rector.

—Gracias, prefecto. Alguna noticia del… —miró a su alrededor, y decidió no pronunciar la palabra «cuerpo», porque algunos estudiantes cruzaban el umbral en dirección a los dormitorios. Había puesto al tanto de la situación al perfecto después de la junta con los decanos.

Flenden negó con la cabeza:

—Nada, todavía. Pero el profesor Caladis no ayuda, tampoco. Quiere mantener la investigación hermética. Solo con su gente de más confianza, como su asistente, creo que se llama Kladen, o Kalden, algo así. Dice que no podemos dejar que la Santa Hermandad se entere.

—Ese Caladis tiene un cerebro brillante pero ya endurecido. Y odia a la Santa Hermandad. Aunque en eso estoy de acuerdo con él. No en el odio, sino en que yo, también, no quiero a esas mujeres inquisidoras aquí.

Le dio un escalofrío tan solo al pensar en ello. Hace un par de años tuvo una conversación con la priora de la Santa Hermandad, una mujer anciana, rígida, y a decir verdad, inteligente y astuta. Esperaba no tener que conversar con ella jamás en su vida de nuevo.

—De todas maneras, el decano Asterán está comandando su propia investigación. Acabo de tener una conversación con él.

Asterán, pensó.

El rector no podía evitar tener cierta envidia del decano y profesor de filosofía. A su corta edad, era ya un hombre famoso. Además era bien parecido, con su cabello rubio y rizado.

Hubo un tiempo en el que Morlen disfrutó de la admiración generalizada en el reino, sobre todo cuando adquirió la rectoría.

La Universidad Real era uno de los tesoros más grandes del reino entero, una institución antigua y venerada de donde habían salido todos los más grandes pensadores y poderosos, y en la que se educaban los miembros de la realeza y la nobleza.

No solo eso, sino que la universidad admitía a plebeyos desde hacía trescientos cincuenta años.

De hecho, en el Concejo de los Siete, dos eran plebeyos: Asterán y Uladis, decano de Literatura, y eso había sucedido durante su regencia.

Sí, Morlen Alvana había sido un hombre de nuevas ideas, dispuesto a hacer cambios significativos incluso en una institución tan arraigada en sus tradiciones.

Por ejemplo, fue él quien contrató a las primeras profesoras, y estaba seguro que algún día habría mujeres en el Concejo. Todo a su tiempo.

Si logro evitar un escándalo. Si logro evitar que todo arda.

El rector miró a su prefecto y le preguntó:

—¿Y qué dijo Asterán?

—Que no han encontrado nada, todavía. Pero que hay cosas extrañas que le gustaría hablar con usted el día de mañana.

El rector exhaló, cansado:

—Está bien. Mañana hablaré con él. De todas maneras, tengo una conversación pendiente con el decano.

Flenden evitó su mirada. Luego dijo:

Rector, ¿podrá ser verdad lo que dicen? ¿De la sociedad secreta? ¿De los sacrificios humanos?

—No me digas que tú también crees en esas cosas, prefecto.

—No, rector. Aunque tampoco me parece una teoría descabellada. Todos hemos escuchado los rumores, que la Hermandad Roja anda merodeando por las calles de la ciudad.

—Siempre han habido rumores. Desde que yo era estudiante.

—Pero más que antes. Por lo menos, eso es lo que dice la gente.

—¿Cuál gente, prefecto? Te aseguro que lo has escuchado de una o dos personas. No puedes hacer una generalización así.

—Tiene usted toda la razón, rector.

—Pues bien. Me retiro a mis aposentos.

—¿Necesita que le asista?

—No. Puedo solo. — Estoy viejo, pero no tanto para que me lleven de la mano.

—Lo que usted necesite, rector.

—Gracias, Flenden.

Era un buen prefecto, ese Flenden. Tenía unos cuarenta y cinco años, de cabello negro aunque ya salpicado de canas, y él era sus ojos y sus manos en la ciudad universitaria.

Al ser el prefecto, tenía a su cargo a un pequeño ejército de alumnos, tanto hombres como mujeres, que fungían las labores de supervisores, que incluían la vigilancia de los alumnos, e incluso el patrullaje de los dormitorios a todas horas del día, por turnos.

Tan solo pensar en la cantidad de escalones que tendría que subir y bajar para llegar a sus aposentos, sintió que desfallecía.

Pero necesito dormir. Me urge dormir.

Así que emprendió el camino hacia su cuarto, saludando a alumnos y profesores, a intendentes y sirvientes, a porteros y supervisores.

Finalmente llegó hasta sus aposentos. Abrió la puerta doble que hace mucho dejó de cerrar con llave, y encendió una lámpara de mano que le dejaban dispuesta en un buró de la entrada.

Sus aposentos constaban de un estudio y sala de estar grande, con una mesa cuadrada de un lado, y varios sillones del otro, frente a una chimenea. A la derecha, su baño privado, y a la izquierda su recámara, una habitación grande, y la única que mantenía con llave.

En la mesa estaba servida su cena en un plato tapado con un domo de plata, y junto al plato una jarra de vino de excelente calidad.

Del baño salía el vapor del agua caliente que el prefecto, con la ayuda de los siervos, le preparaba una vez a la semana.

Caminó a la puerta de su recámara, sacó la llave que llevaba en una cadena larga al cuello, abrió la puerta y entró. Inmediatamente puso la lámpara en la mesa junto a la puerta y comenzó a quitarse sus túnicas para irse a bañar.

Estoy exhausto.

Casi se le cerraban los ojos.

Pero tengo que bañarme. Eso me ayudará a relajarme un poco.

Fue entonces que notó que una persona estaba acostada en su cama.

Soltó un grito de sorpresa, aún más al notar que era una mujer completamente desnuda.

—¡Por Eluvá! —dijo—, ¿quién eres?

La mujer no respondió. Estaba muy quieta, boca arriba, los brazos a los lados.

Tomó de nuevo la lámpara y alumbró en dirección de ella.

Volvió a gritar, y esta vez con más fuerza, pues al cuerpo desnudo le faltaba la cabeza.

Mareado por el espanto, dio un par de pasos hacia atrás. Nunca vio la sombra que se aproximaba a sus espaldas.

Una mano le tapó la boca, y antes de que pudiera reaccionar, un cuchillo le rebanó el cuello.