Los sabuesos del rey: Libros 1-5 Pecado de muerte
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Pecado de muerte

MORLEN ALVANA, RECTOR de la Universidad Real de Tresden, bajó con cuidado los escalones de piedra en dirección a la sala del «Concejo de los Siete».

Al entrar vio a los decanos ya sentados a la mesa, sin saber que la muerte los visitaría antes de finalizar el día.

Se detuvo un momento para recuperar el aliento, se rascó el mentón mal rasurado, y se dirigió a su lugar asignado en la mesa octagonal.

Sentados lo esperaban los siete decanos de la universidad, todos hombres viejos al igual que él con la única excepción del decano de Filosofía, quien a sus treinta y tantos años era un muchacho a comparación de ellos.

—Una disculpa, maestres —les dijo—. Cada vez es más difícil bajar y subir los escalones.

—Por Dios que así es —replicó Caladis, decano de Medicina, el más viejo de todos con casi ochenta años, quien a duras penas andaba con la ayuda de dos bastones. Estaba de malas, como de costumbre—. Por años he insistido que pongamos rampas por todos lados, ¿pero me han escuchado? ¡Nunca!

—No hay dinero —dijo Morlen tumbándose sobre la silla.

—La respuesta de siempre —murmuró Caladis haciendo un ademán de exasperación.

Morlen no lo dignó con una respuesta. Era la verdad y lo sabía.

Aunque ciertamente el alumnado había crecido de manera significativa en los últimos tres años, sobre todo en la Facultad de Filosofía, en parte y gracias al decano Asterán, cuyos escritos lo catapultaron a la fama unos pocos años atrás y cuyas cátedras se encontraban siempre atiborradas tanto de alumnos como de visitantes que, simplemente, querían escuchar al maestro estrella.

De igual manera, la Facultad de Literatura había hecho algunos cambios interesantes hacía un par de años, tanto en su plan de estudios como en la contratación de nuevos profesores más jóvenes que inyectaban energía en las aulas.

El incremento estudiantil en literatura y filosofía causaba problemas internos, sobre todo por la impresión (falsa, en la opinión del rector) que dichas facultades recibían más dinero.

—Bien —dijo el rector—, ¿qué tenemos en la agenda?

Asterán ese año llevaba la agenda. Acercó un códice pequeño de encuadernación de piel que siempre llevaba consigo en un bolsón, y que servía como su cuaderno personal de apuntes.

—Seguimos teniendo problemas con robos —dijo Asterán—. Tan solo esta semana se reportaron cinco. Tres en aulas, y dos en los dormitorios masculinos.

—¿Qué se llevaron? —preguntó Horden, decano de Jurisprudencia.

—Todavía no recibo el reporte completo. El reporte preliminar es que en una de las aulas se llevaron un par de cajas con tiza, una regla larga, y uno de los mapas colgados en la pared.

—Malditos —musitó Pasmán, decano de Historia, pues ese robo había ocurrido en una de sus aulas—. De por sí ese mapa era uno de los mejores que teníamos, ¿y se lo roban? ¿Para qué?

—Para venderlo, evidentemente —dijo el anciano Caladis acariciando su barba larga y gris—. También se robaron un cráneo del aula principal de Medicina. ¡Un cráneo humano! ¿Saben lo que es eso significa?

—Ilumínanos, por favor —respondió Asterán sin mucho ánimo.

—¡Que los ladrones son ocultistas! ¡Adoradores de Doriatán! ¡La Hermandad Roja!

El rector dijo:

—Decano Caladis…, ¡por favor!

El decano de Teología, Jorán, un hombre sumamente delgado y calvo, sin barba, quien vestía la sotana negra, dijo con seriedad pero sin exaltarse:

—Guarda silencio, Caladis. No invoques al Príncipe.

—¡Bah! —respondió el médico—. ¿Qué, Jorán?— dijo dirigiéndose al decano—, ¿le tienes miedo? ¿Y qué podría hacernos el Príncipe de los demonios a nosotros? ¿Matarnos? Ya estamos casi muertos. Nos haría un favor. —Y lanzó una carcajada, pero nadie se le unió.

—No estoy seguro que el robo de un cráneo signifique que el ladrón, o ladrones, sean adoradores del Maligno —respondió Asterán, sabiendo que el decano de Teología apreciaría referirse a Doriatán con un «apodo».

—Eso es lo que ustedes creen, porque no ponen atención —continuo el médico—. Cosas extrañas pasan en nuestra universidad. Escucho rumores de sociedades secretas que se reúnen por las noches para hacer sacrificios humanos. —Miró a su alrededor on ojos entrecerrados.

—¡Caladis, por Dios! —explotó el rector—. Eso es… suficiente … —dijo, aunque un sudor frío le brotó en la frente.

Asterán arrugó el entrecejo. Horden se cruzó de brazos, y Pasmán pasó saliva con dificultad.

Caladis dijo:

—¿Ah, si? No soy el único que piensa eso. Pasmán piensa igual que yo. ¿Eh, Pasmán?

El decano se movió incómodo en su silla, y se lamió los labios:

—Pues…

Jorán, el teólogo, frunció el ceño:

—¿Es verdad, Pasmán? ¿Lo crees?

—Hay rumores, padre —respondió el profesor de historia.

Orne, decano de Gramática, y que hasta ahora no había hablado, dijo:

—¿De sectas ocultistas en la universidad? ¿De sacrificios humanos? ¿Qué clase de ridícula estupidez es esa?

—Los sacrificios humanos eran comunes en esta región, decano —aventuró Pasmán.

—¡Hace cuatro mil años!

—Unos tres mil quinientos años, decano, con todo respeto —volvió a decir Pasmán, que era un hombre bajito de nariz redonda y típicamente evitaba hablar en las juntas, excepto si se trataba de dar un dato histórico—.

Los arogestan, adoradores del dios Balaán, llegaron a sacrificar humanos en el llamado Reino Oscuro.

Gracias al Gran Creador fueron derrotados por Tresden I, el Magnífico, quien habiendo recibido revelación de Eluvá, conquistó los territorios… 2

—De todas maneras —lo interrumpió Jorán—, decir que se están sacrificando personas dentro de nuestras murallas es lo más ridículo que he oído en mi vida entera.

—Sacrificios humanos… quizás no —dijo Caladis, jugueteando con el pomo de uno de sus bastones—. Pero profanación, sí.

—¿A qué te refieres? —dijo Asterán, curioso.

El rector se limpiaba el sudor de su frente.

El viejo cirujano se removió incómodamente en su sitio. Finalmente dijo:

—El día de ayer me avisaron sobre otro robo. En la cámara mortuoria.

—No se me informó sobre ese robo —dijo Asterán, ceñudo.

—Lo sé, lo sé —respondió el médico, malhumorado—. Quería cerciorarme primero. Quería asegurarme de que no era algún tipo de error.

—¿Qué se robaron? —preguntó el rector.

El decano de medicina fijó sus ojos en el centro de la mesa, como si le diera pena mirar a los ojos a sus compañeros del concilio. Chascó la lengua y dijo:

—Un cuerpo.

Hubo un silencio.

Luego:

—¿Dijiste un cuerpo? —preguntó Horden.

—Así es. Desapareció el cuerpo de una mujer de la cámara. Lo acabábamos de recibir para su disección en clase, y posterior disecación. Pero… ya no está.

—Por Eluvá —dijo Horden, haciendo la señal de la invocación.

El rector Morlen estaba estupefacto. Sentía la cara caliente y un tintineo en el cuerpo por el enojo.

Intentó tranquilizarse, pero su voz entre dientes salió como el de uno que está a punto de estallar:

—¿Y cómo, por todos los demonios del infierno, no había sido yo informado?

—Apenas me enteré ayer por la noche, rector —dijo Caladis—. Toda la mañana la hemos pasado buscando el cuerpo.

—Pero ya es la hora sexta, ¿y apenas me entero? ¡Has tenido toda la mañana y casi toda la tarde para decirme! Maldita sea, Caladis, ¡no puedes ocultarme este tipo de información!

—No es mi intención ocultarla, rector —respondió, con las mejillas teñidas de rojo y sin levantar la vista—. Simplemente quería asegurarme de que no era algún tipo de error, alguna broma. Usted sabe cómo son los estudiantes.

—¡Robar un cuerpo es pecado de muerte! ¡Tendremos a la maldita iglesia respirándonos en el cuello! Si la Santa Hermandad nos visita, ¡nunca las sacaremos! —gritó Morlen. Luego, con más mesura—: Con todo respeto, padre Jorán.

La Santa Hermandad era probablemente la orden religiosa más poderosa en el reino.

Estaba compuesta por mujeres que dedicaban su vida a la pureza de la Santa Fe y la destrucción de la herejía.

Las inquisidoras de la Santa Hermandad, con sus vestiduras color sangre, eran la pesadilla de hasta los más valientes.

—Ya hablé al respecto con Jorán —dijo Caladis—. Le pedí que no avisara al magisterio eclesiástico, no todavía. No antes de investigar un poco más.

Morlen miró a Jorán, quien asintió.

—No daré aviso, no todavía. Ninguno de nosotros quiere un escándalo, mucho menos de este tipo —dijo el teólogo.

—¿Y cuál es el plan? —dijo el rector.

—Encontrar el cuerpo —respondió el médico.

—¡Pues encuéntrenlo… ya !