Los sabuesos del rey: Libros 1-5
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Perros rabiosos
Ya los esperaba el barón Samde Samane, vestido con una túnica espléndida de diversos colores y un turbante en la cabeza adornado con una piedra preciosa color azul encima de la frente.
Era un hombre entrado en carnes, con el semblante de un perpetuo lujurioso. Se encontraba tumbado en un sillón, donde una mujer con un vestido ajustado y muy corto le daba de comer fruta en la boca.
—¡Ah, capitán, bienvenido a mi humilde hogar! —dijo el barón Samane, sonriendo y masticando.
—Gracias por recibirnos —respondió Arjen.
El hogar no tenía nada de humilde. Era un pequeño castillo a una legua al sureste de la ciudad de Tresden, y todo lo que el capitán había visto desde que llegó eran lujos.
Los pisos de madera o alfombras de piel, además de tapices coloridos en las paredes.
Esta habitación, por ejemplo, tenía una pared entera de escudos, espadas y lanzas.
Colgada encima de la chimenea, la cabeza de un rinoceronte blanco.
—Es para mí un privilegio recibir a uno de los sabuesos del rey —dijo el noble—. Y a uno tan famoso como usted, capitán Dabidji.
El capitán sacudió a la cabeza:
—Famoso…
—¡Pues claro! ¿Quién no ha leído uno de los folletines de Brisbán el Bardo? ¡Ustedes dos son los personajes principales!
Arjen escuchó detrás de sí el apenas audible resoplido del sargento Zark.
Los folletines de Brisbán se leían con gran entusiasmo por todo el reino.
El escritor, Brisbán el Bardo, un año atrás había decidido publicar Los sabuesos de Tresden, basadas —supuestamente— en las investigaciones de Arjen y Zark, sabuesos del rey.
Dichas historias, de un momento para otro, los habían catapultado a la fama. Cada mes se publicaba un episodio nuevo, y la gente devoraba las historias por los cientos.
Pero al sargento Zark Sedare no le gustaba que su personaje era más bien torpe y, sin razón alguna, lo describía obeso y carente de gracia.
«Es verdad que no tengo gracia —había dicho Zark al respecto—, pero obeso no soy». Y tenía razón. Aunque de estatura menor que la de Arjen por un palmo, el sargento era delgado y musculoso, al igual que el capitán.
El barón Samane miró con curiosidad al sargento:
—¿Él es el sargento Zark?
—El mismo —respondió el sargento, a secas.
—Diferente a lo que… me esperaba —dijo mirándolo de arriba a abajo, posando su mirada en un bolsón de cuero que sujetaba con la mano. El bolsón tenía la parte de abajo húmeda.
El sargento resopló de nuevo, esta vez más audiblemente.
—Los folletines no son del todo acertados —dijo Arjen.
—¿No? —dijo Samane, divertido—. Según los folletines, ustedes son los sabuesos más despiadados del rey. Perros rabiosos, furiosos, inmisericordes. ¿Eh?
El capitán se encogió de hombros.
Samane despidió a la mujer, su sierva, mirándola con lascivia mientras se retiraba.
—Una mujer deliciosa —dijo, más para sí. Luego a los soldados—: Y bien, díganme, ¿qué puedo hacer por ustedes? Tomen asiento, por favor.
—De pie estamos bien — dijo el capitán, dando unos pasos hacia delante, acercándose al noble—. Barón, ¿sabe la razón por la que estamos aquí?
Los ojos del hombre brillaron:
—No me lo puedo ni imaginar.
—¿De verdad? Vaya. Pensé que un hombre con la reputación de usted sabría perfectamente bien la razón.
—¿De qué reputación habla, mi estimado capitán?
—De un hombre astuto —le respondió el sargento Zark.
Samane sonrió, aunque solo con los labios; los ojos permanecieron serios:
—Soy tan manso como un gatito.
Tan ladino como una serpiente, pensó Arjen.
—La razón por la que estamos aquí, barón Samane, es porque hemos realizado una investigación de más de tres meses con respecto a las actividades que vuestra merced realiza en esta provincia.
—¿A qué actividades se refiere, capitán? Soy comerciante y mercader respetado en este pueblo. Pago mis impuestos al rey, mes tras mes, año tras año.
—Su Majestad agradece la contribución al tesoro que hace, barón.
—Me da gusto escuchar eso.
—Pero como sabe, nuestro rey Aiván III es apodado «el Justo».
—¿Sí…?
—Su Majestad tiene un sentido de justicia muy estricto. Es un hombre moral, seguidor de nuestra fe y devoto del Gran Creador. Incluso siendo joven, y con tan solo cinco años en el trono, está limpiando el reino de cualquier rastro de maldad.
—Por lo cual estamos todos sumamente agradecidos —dijo el barón, muy quieto—. Lo que no entiendo es qué tiene que ver conmigo. ¿Necesitan mi ayuda para capturar a algún bandido de estos territorios? Tengo muy buena relación con el alguacil local, puedo ponerlos en contacto con él.
—No será necesario —dijo el sargento—. El alguacil está preso.
Los ojos y la boca del barón se abrieron. No se esperaba esa noticia. Por primera vez, una sombra de duda pasó por los ojos de Samane.
Arjen sabía la razón. El alguacil estaba asociado con Samane, proveyéndole protección a cambio de una sustanciosa tarifa en monedas de plata y en otros placeres carnales.
El noble, que había estado recargado cómodamente en el sillón, ahora se sentó con la espalda bien recta.
—¿De qué se acusa al alguacil?
—Se le acusa de estar involucrado en actividades ilícitas —dijo el capitán—. En específico, de proveer protección para dichas actividades a cambio de, ¿cómo decirlo?
—De mordidas, sobornos, coimas, o como le quiera decir vuestra merced —agregó el sargento.
—Esto es inadmisible. No puedo creer, y tampoco permitiré, que la autoridad en esta región actúe de esa manera. Cuenten con mi completa disposición para ayudar en esta situación, y para aplicar todo el peso de la ley a ese bellaco.
El capitán sonrío, una sonrisa cansada:
—Qué interesante. Es casi exactamente lo que el alguacil dijo cuando lo fuimos a arrestar. Pero dijo eso sobre usted, barón.
—¡Sobre mí!
—En específico —dijo el sargento Zark—, sobre el tráfico ilícito de mujeres y niños que usted dirige.
—El tráfico de personas ilícito, sean ciudadanos del reino o no, conlleva condena de muerte, como debe saberlo —dijo Arjen.
El noble se puso de pie. Tenía la cara roja por la furia y le temblaban las mejillas.
—No permitiré dicha infamia, ¡y en mi casa! No toleraré semejante injuria, y menos de… de… —escupió en el suelo—, unos bastardos como ustedes. ¡Les exijo que se larguen!
—De hecho, barón Samane, venimos con orden de arresto —dijo el sargento sacando de su túnica una hoja de papel.
—¡Qué!
—El día de hoy por la mañana desmantelamos la operación que tiene tanto en el río, como en la taberna de los Dos Pasos, como en la bodega roja, donde encontramos a diecinueve mujeres y trece niños, quienes ya han sido liberados.
—Así que si por favor puede acompañarnos, lo llevaremos al calabozo —dijo Zark.
Samane lanzó una carcajada.
—Nunca saldrán de aquí. Tengo a veinte hombres que me resguardan.
—¿A cargo de uno que llaman Tres Dedos? —preguntó el capitán.
—Sí… —dijo el barón, entrecerrando los ojos—. Tres Dedos es el capitán de mi guardia.
Arjen le hizo al sargento una señal con la cabeza, y Zark le lanzó al barón el bolso de cuero que tenía en la mano.
Samane lo atrapó en el aire, dudó, pero finalmente lo abrió por la parte de arriba y lanzó un alarido.
Soltó el bulto que, al caer al suelo, se abrió revelando su contenido: una mano cercenada por la muñeca con dos dedos faltantes.
El capitán se acercó al noble:
—Tus hombres están capturados o muertos, Samane. Así que ven con nosotros si no quieres problemas —agregó lanzando hacia atrás su capa gris y poniendo la mano sobre el pomo de la espada.
—¡Ya les dije que se larguen de aquí! ¡Ustedes no son nadie! Yo soy un barón. No me pueden tratar así, ¡es contra la ley!
Apenado, Arjen dio un paso hacia atrás.
—Vuestra merced me dispense. —Se dirigió luego al sargento—: El barón dice que tratarlo así es contra la ley. Deberíamos pedir disculpas, ¿eh, sargento? Hasta estar seguros de la verdad, por lo menos.
—«La verdad se arranca con sangre» —contestó Zark.
Con un movimiento asombrosamente rápido, Arjen golpeó de un puñetazo la nariz y el labio superior del barón Samane. La nariz hizo crac, un par de dientes saltaron, la sangre emanó a borbotones de los orificios nasales, y el barón se desplomó en el suelo, apenas consciente.
Arjen se puso de cuclillas y se acercó a Samane, para que lo escuchara bien:
—Los folletines no son acertados en todo —le dijo—, pero en una cosa sí: somos los perros rabiosos del rey.