Milagros y honores
ARJEN MIRÓ EL cielo azul y sin nubes, dio un sorbo a su taza de té y luego se tronó la espalda.
—Eluvá bendito —dijo—. Eso dolió.
Aunque fue un dolor placentero. Sacudió la cabeza, pensando en lo que daría por quitarse unos diez años de encima.
O veinte, mejor.
Quitárselos de encima sin regresar en el tiempo, porque hacía veinte años, lo recordaba bien, estaría en una trinchera maloliente, o durmiendo a la intemperie en el horrible frío del norte, o comiendo esa sopa desabrida y pan duro que preparaban en cazuelas viejas, sobre un fuego pequeño para no delatar su posición al enemigo.
La maldita guerra. Pudo verse por un momento en un círculo junto a sus hombres más cercanos, hombres que en su mayoría partieron ya al viaje eterno, algunos desde hacía muchos años.
Pero estoy vivo. No sé cómo, pero sigo vivo.
Estaba bajo un árbol grande y frondoso, a un tiro de piedra del refectorio, donde sus hombres desayunaban.
Él no tenía hambre.
Llevaba días sin desayunar y se forzaba a comer para recuperar fuerzas.
Lo sucedido en el Hexágono llegó a oídos de muchos. La muerte del duque, el fallo de su guardia, el papel del hechicero Jarg Marjash y su lugarteniente, incluso la participación de la Sociedad del Eclipse, estaban en boca de la ciudad. Era un escándalo como ninguno desde el fin de la Gran Guerra.
Salir del Hexágono con vida no había sido sencillo, tampoco, sobre todo con tantos cadáveres.
Sin embargo, Arjen fue capaz de convencer al sargento encargado de la muralla externa que este era un asunto de suma delicadeza.
Sin dejarlos salir, el sargento de la muralla mandó a llamar a la guardia real, quien a su vez informó a la Compañía, y en poco tiempo, el mismísimo comandante Acklen arribó a la fortaleza con una veintena de sus hombres.
La Honorable Compañía de los Sabuesos del Rey, bajo el liderazgo del mayor Navadato, auxiliado por el comandante Acklen y varios capitanes sabuesos, estaba profundamente involucrada en desmantelar la red de traidores que buscaron apoyar al duque caído, con la ayuda del vizconde Manadén Rabá, infiltrado dentro de esa red.
Entre los ya arrestados figuraban el barón Frrojen y el general Kladen.
Algunos sospechosos abandonaron la ciudad de manera subrepticia y serían perseguidos por todo el reino.
El rumor decía que Brisbán el Bardo no podía esperar para incorporar esa historia en su próximo folletín. Sin duda se vendería como pan recién salido.
Hoy, siete días después de todo lo ocurrido, era un día especial por dos razones.
La primera era que se celebraría el culto fúnebre por la vida del sargento segundo Traco.
Aunque su cuerpo descansaba ya en campo ungido, un culto especial tendría lugar esa mañana en el templo del padre Darió, con asistencia exclusiva de soldados de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey, además de algunos invitados especiales.
La segunda razón por la que el día era especial tenía nombre propio: Alana Verlán.
Justo entonces el capitán vio acercarse a Zark, Amaret Etán, Lendo, Eladán y Alana.
—Te queda bien el uniforme —le dijo el capitán a Alana.
Ella vestía el uniforme negro de los Sabuesos del Rey. Se pasó la mano por la túnica sin poder evitar una sonrisa.
—Gracias —dijo.
Apenas el día anterior había jurado como miembro de la Honorable Compañía y fue asignada a la unidad del capitán Arjen Dabidji como sargento segundo.
—¿Listos para salir? —preguntó el capitán.
—Listos —respondió el sargento Zark.
—Al padre le dará gusto verte, sargento —dijo Arjen.
—Dirá que es un milagro —respondió Zark—. Y quizás lo sea. Ese maldito Traco me forzó a asistir a un culto.
Se rieron.
—¿Alguien quiere tabaco? —preguntó Eladán. Sacó una bolsita de cuero—. Me acaba de llegar, me lo mandó un primo.
—Es casi imposible decir que no a un buen tabaco de Nurani —dijo Lendo.
Todos miraron al capitán.
—Solo una —dijo—. En honor a Traco.
Cada uno sacó su pipa, rellenaron el hornillo y, poco después, los Sabuesos del Rey fumaban juntos bajo aquel árbol, compartiendo memorias de Traco y riendo con esa punzada de solemnidad propia de quienes han perdido a un amigo y saben que pronto, quizá, se reunirán con él en el viaje eterno.
Monterrey, México
20 de enero, 2026