XXII - ARTIMAÑA #2
—Sí... un hombre excelente... Schuyler nueve, trescientos —arrulló Blensop en el transmisor.
Cabía la posibilidad de que aquella aparente incomodidad cuyos síntomas había observado Lanyard hubiera sido un humor transitorio.
El señor Blensop se encontraba ahora de un humor que parecía de lo más ecuánime y alegre.
Su misma postura ante el teléfono así lo denotaba elocuentemente: se había dejado caer en la silla con pintoresca despreocupación, y estaba sentado con el cuerpo medio vuelto de espaldas al escritorio, la mano derecha sosteniendo el auricular pegado a la oreja y la izquierda metida descuidadamente en el bolsillo del pantalón, tirando así hacia atrás de la solapa de aquel impecable chaqué y dejando al descubierto el brillante capuchón de su pluma estilográfica con montura de oro.
Algo en aquel utensilio parecía ejercer sobre Lanyard una fascinación abrumadora. Su mirada lo anhelaba, y volvía a él una y otra vez.
Cambió de rumbo para pasearse arriba y abajo a espaldas de Blensop, entre él y la caja fuerte.
—Tenía entendido por el coronel Stanistreet que el vigilante no estaba herido de gravedad, creo —observó con interés.
—Un disparo en el hombro, eso es todo... ¿Schuyler nueve, trescientos? Con el doctor Apthorp, por favor. Le habla el señor Blensop, secretario del coronel Stanistreet... ¿Está usted ahí, doctor Apthorp?
Con destreza profesional, Lanyard dejó caer, en passant , una mano sobre el hombro del joven y sacó ligeramente la pluma de su lugar en el bolsillo del chaleco de Blensop; sin interrumpir el ritmo uniforme de su paso, la lanzó hacia la caja fuerte, donde cayó sin hacer ruido sobre una pesada alfombra persa.
—Sí... sobre Howson —continuaron los acentos musicales—, el coronel Stanistreet está muy preocupado...
Rápidamente, Lanyard se acercó a la caja fuerte, miró a través de las puertas vidrieras para cerciorarse de que Stanistreet y Stone estaban abstraídos a salvo, sacó velozmente el sobre que había preparado y lo introdujo en un archivo de papeles que no abarrotaba su casillero; y ejecutó la maniobra completa con tal destreza que, al igual que el asunto de la pluma, pasó completamente desapercibida para el secretario.
—Muchísimas gracias. Buenos días, doctor Apthorp.
Lanyard pasaba junto al escritorio cuando Blensop se levantó y el lacayo entraba con su bandeja.
—Una señora quiere ver al coronel Stanistreet, señor... con cita previa, dice.
Blensop echó un vistazo a la tarjeta. Al mismo tiempo Stanistreet entró desde el jardín, dejando a Stone en la distancia, visiblemente ocupado en sus tareas.
—La señorita Brooke está aquí, señor —anunció el secretario.
—Pídale que pase, por favor.
El lacayo se retiró.
—El doctor Apthorp informa que Howson descansa tranquilo —añadió Blensop, volviendo a la caja fuerte—. ¿Ha descubierto el señor Stone algo de interés, señor?
—Huellas dactilares —respondió Stanistreet con un resoplido de moderada impaciencia—. Está bastante contrariado desde que le he informado de que el hombre que las dejó es...
—¡Buen Dios!
La interrupción fue de Blensop, con una voz extrañamente desafinada. Stanistreet se volvió bruscamente hacia él.
—¡Qué diablos...! —espetó.
Por todos los indicios, el secretario había sufrido la sacudida más severa de su vida. Tenía el rostro lívido y la mirada perdida; las rodillas le temblaban; una mano se apretaba convulsivamente contra el pecho del chaleco. Sus esfuerzos por responder solo evocaron un sonido ronco y áspero.
—¿Qué diablos le ha pasado? —insistió Stanistreet.
El sonido ronco se articuló:
—¡La he perdido! ¡Ha desaparecido!
—¿Qué ha perdido usted?
—N-nada, señor. Es decir... quiero decir... mi pluma estilográfica.
—Por cómo se lo toma, yo diría que ha perdido usted la cabeza —comentó Stanistreet—. Debe de habérsele caído por ahí. Mire a su alrededor, a ver si no la encuentra.
Ante aquella admonición, el secretario empezó a registrar el suelo con miradas frenéticas, y justo cuando el lacayo introducía a Cecelia Brooke, Lanyard vio cómo el joven se abalanzaba hacia delante y recuperaba la pluma con un sobresalto de alivio casi tan abrumador como le había parecido la conmoción por la pérdida.
Con ello el interés de Lanyard por aquel individuo menguó; era un ser demasiado insignificante como para tenerle en cuenta seriamente; mientras que allí tenía a alguien que le obligaba de nuevo, como siempre que se encontraban, a rendirle el homenaje de una admiración sincera y maravillada.
Otro más de aquellos milagros de la capacidad de adaptación y de la inventiva femeninas había llevado a la joven a esta cita con el aspecto de alguien que nunca hubiera conocido una mala noche o una hora de preocupación, con una expresión de tranquilidad tan fresca que apenas parecía posible que pudiera ser la misma mujercita marchita a la que Lanyard había dejado en la grisácea luz del alba a la entrada del Hotel Knickerbocker.
Un traje de sastre, forzosamente un plumaje prestado, le sentaba tan bien que resultaba difícil creer que no fuera el suyo propio.
Sus ojos eran serenos y dulces de candor; su color era un resplandor claro y natural; la mano que ofreció al británico no tenía el menor temblor.
—¿El coronel Stanistreet?
—Soy yo, señorita Brooke. Es muy amable por su parte que haya venido tan temprano para tranquilizarme sobre su hermano. Conozco a Lionel desde hace tanto tiempo...
—Descansa tranquilo —dijo la chica—. Su completa recuperación es una mera cuestión de tiempo y cuidados.
—Me alegra oír eso —dijo Stanistreet—. A monsieur Duchemin, supongo que ya le conoce.
—He tenido suerte en eso, al menos.
Lanyard saludó con gravedad la mano que a su vez se le tendía.
— Mademoiselle es de lo más cortés —dijo con humildad.
—Entonces... tengo entendido... ¿ monsieur Duchemin debe de haberle dicho...? —La chica se dirigió a Stanistreet.
—Permítanme que les deje... —interrumpió Lanyard.
—No —rogó ella—, ¡por favor, no! No tengo nada que decir que usted no pueda oír. Ha estado usted demasiado involucrado...
—Si mademoiselle insiste —objetó Lanyard—. Siento que no es correcto que me quede. Y sin embargo... si me lo permiten... me gustaría mucho demostrar la verdad de un viejo refrán...
Por toda respuesta, obtuvo dos miradas de confusión.
—Me temo que yo, por mi parte, no le sigo —admitió Stanistreet.
—Me explicaré muy brevemente —prometió Lanyard—. El adagio que tengo en mente es tan antiguo como el ingenio humano: pon a un ladrón a atrapar a otro ladrón. Y la última vez que lo oí citar, no fue en mi beneficio. Recuerdo, de hecho, que me ofendió enormemente.
Hizo una pausa intencionada, bajando la mirada hacia el escritorio. Un bloc de papel en blanco le llamó la atención. Lo cogió y lo examinó de forma distraída.
—Bueno, monsieur , ¿cuál es la aplicación de su adagio?
—Coronel Stanistreet, ¿qué pensaría si le dijera la combinación de su caja fuerte?
—Me inclinaría a sospechar que es usted el mismísimo diablo —rio Stanistreet por lo bajo.
—Según todos los indicios, un caballero de inteligencia: uno se siente halagado... Muy bien: procedo a demostrar magia negra con la ayuda de este bloc de papel blanco. La combinación, monsieur , es la siguiente: nueve, veintisiete, dieciocho, treinta y seis.
Un grito ahogado de desconcierto acogió esta revelación. Blensop se había acercado y miraba a Lanyard como bajo la influencia del hipnotismo.
—¿Cómo... cómo sabe usted eso? —preguntó con voz quebrada.
—Clarividencia, señor Blensop. Me parece ver, mientras sostengo este bloc, a alguien anotando en él la combinación para informar a otro que no tenía derecho a tenerla.
.. alguien usando un lápiz con una mina dura, señor Blensop; lo cual fue muy tonto por su parte, ya que dejó una marca clara en la hoja de abajo.
Así que ya ve que mi magia es bastante incolora, al fin y al cabo.
.. Ahora bien, un hombre más sensato, señor Blensop, habría usado una pluma, preferiblemente una estilográfica, con un plumín de oro suave, bien domado.
Eso no dejaría ninguna marca. Si me presta la hermosa pluma que veo en su bolsillo, haré una demostración más.
Los ojos del secretario se movían de forma frenética. Titubeó, humedeciéndose los labios secos con la punta de una lengua nerviosa.
—Y no intente escaquearse, señor Blensop, porque voy armado y no pienso dejar que se escape. Además, ese buen señor Stone patrulla el jardín. —El tono de Lanyard cambió a uno de mando—. ¡Esa pluma, monsieur !
La mano de Blensop se dirigió temblorosa hacia el bolsillo de su chaleco, vaciló, se retiró, y tendió débilmente la pluma.
—Creo que sí es usted el diablo —tartamudeó en voz baja—... ¡el mismísimo diablo!
Desenroscando hábilmente la punta de la pluma, Lanyard invirtió el depósito sobre el escritorio.
El cilindro de papel cayó de su interior.
—Y ahora, coronel Stanistreet, si llama al señor Stone y hace que se lleven a este traidor...