XXII - ARTIMAÑA
El coronel Stanistreet dejó el último de los papeles y le dio una sonora palmada.
—Esta es una de las recopilaciones de datos más notables, me atrevo a afirmar, que haya caído jamás en manos del Gobierno británico. ¿Tiene usted idea de su valor?
Lanyard alzó una ceja con expresión caprichosa.
—Alguna —admitió secamente.
—¿Y qué pide a cambio, señor?
—Nada.
La mirada del inglés se clavó en sus ojos; pero él respondió al desafío con semblante imperturbable y sonriente.
—Mi querido señor —inquirió Stanistreet—, ¿quién es usted?
—El nombre con el que me embarqué hacia Nueva York a bordo del Assyrian —anunció Lanyard en voz baja—, era André Duchemin.
Sobresaltado por una exclamación, seguida de un ruido de pies que se arrastran y un ligero golpe sordo, se giró con moderada curiosidad y vio a Blensop tambaleándose y con la mirada fija, de pie junto a un montón de documentos que se le habían resbalado de las manos al suelo.
Dominando su emoción con bastante rapidez, el secretario se arrodilló con una disculpa entre dientes y empezó a recoger los papeles.
Sin prestar más atención al incidente, Lanyard volvió a centrar toda su atención en el coronel Stanistreet.
—Tenía otro nombre —confesó—, y una reputación nada envidiable, como me imagino que sabrá.
Gracias a la cortesía de la Oficina de Inteligencia Británica, se me permitió disimularlos; pero en el Assyrian fui reconocido.
.. en resumen, me topé con agentes del Servicio Secreto alemán que me conocían, pero a los que yo no conocía.
En la sexta noche de viaje, las circunstancias se aliaron para hacerme parecer un serio obstáculo para sus planes.
En consecuencia, fui asaltado, robado y arrojado por la borda.
En los minutos siguientes un torpedo alcanzó al barco, y el submarino que lo disparó emergió debajo de mí mientras luchaba por mantenerme a flote.
Haciéndome pasar por un espía boche, conseguí convencer al comandante para que me llevara abajo, y así llegué a la base de Martha's Vineyard.
Allí la casualidad jugó a mi favor: me las arreglé para hundir el U-boat y escapar, tal y como informé en mi telegrama.
Durante un breve silencio, tuvo la oportunidad de observar que el señor Blensop estaba trabajando con unas manos que temblaban de forma singular.
—¡Increíble! —comentó Stanistreet.
—Y sin embargo aquí están las pruebas —afirmó Lanyard, señalando los papeles que estaban bajo la mano de Stanistreet.
—Mi querido señor, no quise decir...
—¡Perdón! —Lanyard sonrió, con la mano levantada—.
Nunca pensé que lo hiciera, coronel Stanistreet.
Pero es su deber asegurarse de que no le engañen aventureros con historias plausibles.
Por lo tanto —puesto que me han robado los papeles—, me alegra poder demostrar mi identidad como André Duchemin remitiéndome a supervivientes de la catástrofe del Assyrian , entre otros al señor Sherry, el segundo oficial, al señor Crane del Servicio Secreto de los Estados Unidos, y a una compatriota suya, una señorita Cecelia Brooke, a quien tuve la suerte de conocer.
Stanistreet asintió pesadamente con la cabeza y consultó su reloj.
—La señorita Brooke —dijo— debería llegar en breve. Blensop concertó una cita con ella anoche, que yo mismo confirmé por teléfono esta mañana.
—Entonces, con su permiso, me quedaré y le pediré que responda por mí —sugirió Lanyard con resignación, puesto que al parecer no se le iba a permitir escapar de aquella muchacha, que el destino aún no había terminado con su enredo.
—Me alegraría que lo hiciera, señor... Monsieur Duchemin —empezó Stanistreet, pero dudó—, ¿o prefiere que le llame de otra manera?
—Me conformo con Duchemin.
—Eso es algo que queda a su discreción, pero debo advertirle de que puede que ya haya adquirido una mala reputación por estos lares. Que yo sepa, se ha utilizado en las últimas veinticuatro horas, y las pretensiones de quien lo llevaba estaban respaldadas por sus credenciales robadas.
—No me sorprende —declaró Lanyard reflexivamente—. ¿Un tipo con barba, tal vez?
—Pues sí...
—Anderson —asintió el aventurero—: ese, al menos, era el alias que usaba cuando se coló en el puesto de segundo camarero a bordo del Assyrian .
Echó una mirada ociosa al otro lado de la habitación, descubrió a Blensop de nuevo paralizado con la mirada fija, y sonrió amablemente.
—Vino aquí anoche —se ofreció a explicar Stanistreet con lentitud— haciéndose pasar por André Duchemin, para venderme un determinado papel, el mismo que posteriormente, estoy convencido, volvió para robar.
—Y lo hizo —añadió Lanyard.
—Y lo hizo —concedió el británico—. Ahora que me ha dicho usted quién es, le prometo que se hará todo lo posible para detenerle y evitar que siga haciendo un mal uso del nombre que usted ha asumido.
—Ya se ha hecho —dijo Lanyard de forma escueta.
—¿Perdón?
—Digo que se ha hecho todo lo posible —y con éxito— para lograr los fines que usted menciona.
—¿Qué dice usted? —preguntó Blensop con voz chillona, acercándose al escritorio.
—Mi secretario —explicó Stanistreet— estuvo presente en la entrevista, y naturalmente está interesado.
—Y me parece muy bien, se lo aseguro —asintió Lanyard—. Iba a explicarle, señor Blensop, que Ekstrom, alias Anderson, murió en el transcurso de una redada en la sede de los espías prusianos en la calle Setenta y Nueve esta mañana.
—¡Asombroso! —jadeó Blensop—. Me alegra oírlo —añadió, y regresó lentamente a su tarea.
—Será mejor que le diga, señor —prosiguió Lanyard—, que tengo todos los motivos para creer que el documento que le vendieron anoche era uno de los que me robaron a mí.
Stanistreet sacudió la cabeza con gesto de disputa.
—No puedo concebir cómo pudo llegar a sus manos, señor.
—Es muy sencillo. La señorita Brooke me pidió que se lo guardara.
La mirada del inglés se volvió pétrea.
—¡La señorita Brooke! —repitió con irritación—. No lo entiendo.
—Era un documento —y no busco saber su naturaleza por usted, señor— de vital importancia en esta crisis actual, con Estados Unidos recién entrado en la guerra.
Stanistreet asintió con una inclinación de cabeza.
—Puedo decirle esto, monsieur Duchemin: si no hubiera llegado a salvo a este país.
.. ¿Qué estoy diciendo? Si no se recupera sin demora, las posibilidades de una participación temprana y eficaz de América en la guerra sufrirán un tremendo revés.
.. Blensop, tenga la bondad de llamar al Servicio Secreto americano de inmediato y preguntar si el documento en cuestión se encontró en el cuerpo de este. .. ejem... Ekstrom.
—Perdón —interrumpió Lanyard mientras Blensop se acercaba titubeante al teléfono—. Sería una pérdida de tiempo. Da la casualidad de que sé, porque yo estaba allí, que no se encontró ningún documento semejante en el cuerpo de Ekstrom.
—¡El diablo! —refunfuñó Stanistreet—. ¿Qué puede haber sido de él? Este asunto se vuelve cada vez más turbio cuanto más profundamente se intenta sondearlo. Debo admitir que estoy completamente perdido. Cómo llegó a manos de la señorita Brooke...
—Creo que puedo explicarlo. El documento estaba al cuidado de dos caballeros, el señor Bartholomew y el teniente Thackeray.
El primero fue asesinado por los hunos en su busca, y el teniente Thackeray sufrió un asalto homicida.
De no ser por la intervención de la señorita Brooke, los asesinos habrían tenido éxito.
Las cosas así, la propia joven lo encontró y, es de suponer, se hizo cargo de él porque su prometido estaba incapacitado, y posiblemente con la idea de que así podría evitar más fechorías de la misma naturaleza.
—¿Su prometido? —repitió Stanistreet, sin comprender.
—El teniente Thackeray...
—¡Su hermano, señor! —rió el británico—. Thackeray era su nom de guerre .
Fue el turno de Lanyard de quedarse mirando fijamente.
—¡Ah! —murmuró—. Una luz empieza a amanecer...
—Para mí también —confesó Stanistreet—. La señorita Brooke y su hermano son huérfanos y, antes de la guerra, eran compañeros inseparables.
No dudo que, al enterarse de que a él se le había encomendado una misión excepcionalmente peligrosa, ella reservó pasaje en el Assyrian sin su consentimiento, para estar cerca de él en caso de peligro.
—Esto explica muchas cosas —concedió Lanyard—... muchas que me dejaban perplejo más de lo que puedo expresar.
—Pero en modo alguno nos hace avanzar tras la pista del documento robado.
—Me temo, señor —mintió Lanyard deliberadamente—, que bien puede usted abandonar toda esperanza de volver a verlo.
Ekstrom se deshizo de él: no hay duda de ello.
Hubo tiempo más que de sobra entre su hazaña aquí y su muerte para que lo entregara en buenas manos.
A estas alturas sin duda ya estará descifrado, y una copia de este irá ya de camino a la Wilhelmstrasse.
—Me temo —repitió Stanistreet—... me temo mucho que tiene usted razón.
Sus dedos gruesos y espatulados de ejecutivo tamborilearon pesadamente sobre el escritorio.
La figura de Stone oscureció las ventanas.
—¿Coronel Stanistreet? —llamó con timidez.
—¿Sí, señor Stone?
—Hay algo aquí sobre lo que me gustaría consultarle, señor, si puede dedicarme un minuto.
—Por supuesto. —El inglés se levantó—. Si me disculpa, monsieur Duchemin... —A mitad de camino hacia las ventanas dudó—. Por cierto, Blensop, me gustaría que llamara a Apthorp y le preguntara por el estado de Howson.
—Muy bien, señor —entonó Blensop con alegría.
—Y hágalo sin demora, por favor. No me gusta pensar que el pobre hombre esté sufriendo.
—Inmediatamente, señor.
Cuando su patrón salió al jardín con Stone, el secretario interrumpió su comprobación y se acercó al escritorio, arrastrando una silla y sentándose para telefonear. Al mismo tiempo Lanyard se levantó y empezó a pasearse de un lado a otro pensativamente.
—Supongo que Howson es el vigilante nocturno herido, ¿no es así, señor Blensop?