Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XXI - INTERROGATORIO #3
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XXI - INTERROGATORIO #3

—No, señor, no lo creo. Pero si no tengo sus huellas dactilares, ¿cómo voy a distinguirlas de las del ladrón?

—Oh, ya veo —dijo Blensop con una nota de aprensión disipada, y procedió a dejar constancia de ellas.

Al abrirse la puerta para dejar paso al coronel Stanistreet, Lanyard se puso en pie.

Al verle, el inglés se detuvo y le miró inquisitivamente, con los ojos ensombrecidos por unas cejas marcadas por la preocupación; pues resultaba evidente que, si los acontecimientos de la noche no habían deprimido el ánimo del secretario, su patrón no había conocido apenas el sueño desde el robo.

—Coronel Stanistreet —dijo Blensop con voz melodiosa, abandonando a Stone a sus manejos sin supervisión—, le presento al señor Ember, el caballero que vino anoche antes de que usted llegara a casa. Al parecer es la persona que nos envió aquel telegrama desde Edgartown anteayer.

—¿Ah, sí? Ember no es el nombre con el que se firmó el mensaje.

—El mensaje se dejó sin firmar a propósito —explicó Lanyard.

Stanistreet asintió en señal de aprobación.

—Me alegro de conocerle, señor Ember —dijo, tendiéndole la mano—. Tome asiento. En primer lugar, estoy muy ansioso por expresarle nuestra gratitud, y en segundo lugar, por saber cómo consiguió su información.

—Verá usted que es una historia interesante.

—De eso no me cabe duda. —Stanistreet ocupó la silla del escritorio, abrió un humidor de puros y se lo ofreció—. Me interesará aún más, no obstante —dijo con un rastro evanescente de humor—, saber quién diablos es usted, señor.

—Eso es algo que estoy dispuesto a demostrarle a su entera satisfacción.

—Si fuera usted tan amable... Pero discúlpeme un momento. —Stanistreet se giró en su silla—. ¿Señor Stone?

—Sí, señor.

—¿Ha terminado usted con la caja fuerte? Si es así, quiero que mi secretario compruebe su contenido con atención y se asegure de que no falta nada más.

—Ya he terminado con ella, coronel Stanistreet. Ahora, si no le importa, voy a husmear por ahí a ver si puedo olfatear algo más que sea de utilidad.

—Como usted desee. Ahora, Blensop —Stanistreet asintió al secretario—, asegurémonos...

—Sí, señor.

Con alegría, el señor Blensop se dirigió a la caja fuerte.

—¿Ha habido algún tipo de accidente, coronel Stanistreet? —preguntó Lanyard cortésmente, asintiendo con la cabeza hacia la puerta vidriera destrozada.

—Un robo, señor.

—¿El criminal logró escapar...?

Stanistreet asintió.

—Nuestro vigilante le sorprendió y se llevó un tiro por su esfuerzo... no gravemente, me alegra decir. El ladrón se enredó en esa ventana, pero logró soltarse a tiempo y saltó el muro del jardín antes de que pudiéramos determinar qué camino había tomado.

—Confío en que no haya perdido usted nada de valor.

Stanistreet se encogió de hombros.

—Por desgracia, sí... un collar de diamantes, propiedad de mi cuñada, y... ejem... un documento del que no podíamos permitirnos desprendernos... Pero usted se ofreció a mostrarme sus credenciales, creo.

—Tal como son —respondió Lanyard—. Mis pasaportes y cartas me los robaron. Pero estos, creo, deberían servir igualmente para probar mi buena fe.

Colocó en orden sobre el escritorio el botín de la caja fuerte a bordo del U-boat —todo menos el dinero—: los tres códigos de cifrado, el cuaderno de bitácora, el diario del comandante, el directorio de los agentes secretos alemanes y todos los demás documentos que había seleccionado.

El primero que tomó el coronel Stanistreet fue recibido con un ceño dudoso que se iluminó rápidamente, cediendo, a medida que proseguía su examen de los papeles y empezaba a reconocer su incalculable valor para la causa de los Aliados, a un apagado destello de excitación congratulatoria.

Pero se tomó la molestia de asegurarse de la autenticidad de cada papel, uno por uno, lo que proporcionó una pausa por la que Lanyard no se mostró desagradecido, ya que le daba la oportunidad de ajustar su entendimiento a un giro inesperado del asunto.

Se reclinó cómodamente, fumando, con los ojos semicubiertos por los párpados bajos, pasando revista con agudeza a la habitación y a sus ocupantes.

Stone, el detective (un agente, dedujo Lanyard con acierto, del Servicio Secreto Estadounidense, prestado a los británicos con el fin de mantener el robo fuera de los registros policiales y de los periódicos), había salido a deambular por el jardín que resplandecía con el sol de principios de abril al otro lado de las ventanas.

De vez en cuando se le veía agacharse e inspeccionar la tierra con la gravedad de un sabueso de la vieja escuela, formal, eficiente y serio.

Blensop estaba atareado ante la caja fuerte, extrayendo el contenido de cada casillero, uno a uno, hojeando los legajos de documentos y marcando cada uno de ellos en una lista mecanografiada de varias páginas de longitud.

Hacia aquella figura ágil y elegante se desviaba con mayor frecuencia la mirada de Lanyard.

¡Así que no solo habían robado el collar, sino «un documento» del que el Servicio Secreto Británico «no podía permitirse desprenderse»!

Lanyard no albergaba la más mínima duda en cuanto a la identidad del documento en cuestión. No podía haber más que uno, pensó, que Stanistreet caracterizara de tal modo.

Ese documento no estaba en la caja fuerte cuando Lanyard la había abierto a medianoche.

Al cabo de un momento, el señor Blensop profirió una nota musical de fastidio. Se le había roto la mina del lápiz. Lo dejó a un lado con gesto petulante, se acercó al escritorio, cogió un portaplumas, lo mojó en el tintero y volvió a su tarea.