XXI - INTERROGATORIO #2
Pues su fin aún no había llegado. Aún tenía que representar un papel cuyas líneas aún no estaban escritas, y cuyos asuntos estaban por inventar.
No se atrevía a eludir aquella cita, por razones de estrategia, ni tampoco lo deseaba, mientras quedara una reparación por cumplir, un entuerto por deshacer, justicia por impartir, una pregunta que responder.
Solo cuando estos asuntos se hubieran resuelto sentiría su honor descargado de su peso, y él mismo se sentiría de nuevo libre para retirarse y seguir en paz sus solitarios caminos por la vida, unos caminos que a partir de entonces serían a la vez solitarios y sin rumbo.
Pues, cuando se esforzaba por atisbar el futuro, solo un vacío se presentaba ante él. Con Ekstrom liquidado por fin y para siempre, no quedaba nada por venir, salvo el ajuste de cuentas final del Lobo Solitario con esa civilización que le había engendrado y soportado.
Se le presentaba un medio para saldar aquella cuenta. La Legión Extranjera de Francia no hace preguntas embarazosas a sus reclutas, y el alistamiento en sus filas ofrece, junto con el anonimato, una certeza consoladora.
Solo así podría encontrar el camino de regreso al corazón de aquel enigma del que había surgido, un huérfano sin nombre extraviado en las lúgubres callejuelas parisinas...
Conformándose con esta visión de su final, comenzó a urdir un plan de campaña para el día que resultaba bastante sencillo en perspectiva: un poco de artimañas con Stanistreet, una petición personal a Crane para que le devolviera los pasaportes de monsieur André Duchemin, que debían de haberse encontrado en el cadáver de Ekstrom, una litera en algún vapor con rumbo a Europa, y luego la desaparición definitiva.
Un solo detalle le inquietaba: su promesa a la joven Brooke de que ella cenaría con él aquella noche.
Al acordarse de esta obligación, en sentido figurado agarró a Michael Lanyard por el cogote y le zarandeó con mano salvaje.
¡Qué insensata locura era siempre la suya, qué falta de ingenio y de fuerza para mantenerse alejado de los caminos de la tentación!
¿Por qué tenía que haber aceptado con tanta facilidad su sugerencia?
¿A qué venía esa sed infatuada de simpatía, ese afán por violar los sellos de la reticencia ante el deseo de una mujer extraña?
¿Había alguna explicación razonable a la extraña falta de su habitual autosuficiencia en compañía de Cecelia Brooke?
No importaba. Si no lograba zafarse de algún modo de aquel compromiso, al menos podía educarse en una reticencia decente.
Se prometió a sí mismo hacer que su relato de la aventura del submarino resultara aburrido, escueto y trillado, minimizar al máximo su papel en él y, por encima de todo, abstenerse de pintar al Lobo Solitario con colores románticos.
Ella era una chica demasiado buena, demasiado íntegra, sincera, justa y honesta... la clase de chica que merecía al tipo de hombre como Thackeray, y nunca a un ladrón.
Si ella siquiera lo soñara...
Lanyard sacó el collar de su escondite, lo sopesó en la mano y lo examinó minuciosamente.
Dando por sentada su maravillosa perfección, ya no reconoció su belleza, repasó desapasionadamente una por una cada piedra de incomparable hermosura, y ya no se sintió susceptible a su seductora pureza, percibiendo en ellas solo guijarros duros, brillantes y translúcidos, fríos, desalmados y crueles.
Se escurrieron uno a uno entre sus dedos como las cuentas de un rosario impío.
Finalmente, aplastándolos juntos en el hueco de su palma, se quedó un rato pensativo, luego se dirigió a su escritorio y envolvió el collar en papel de seda blanco que aseguró con unas gomas elásticas, contó con cuidado el fajo de billetes que le había quitado a Ekstrom, guardó toda la suma en un sobre liso y alargado que selló, y lo dejó a un lado junto con el collar.
Ya habían transcurrido dos horas y, puesto que su intención era presentarse en la casa de West End Avenue con bastante antelación a la hora en que Cecelia Brooke pudiera estar allí —suponiendo que Blensop le hubiera dado la misma cita que al «señor Ember», es decir, a las nueve—, ya era hora de prepararse.
Al regresar a su alcoba, preparó una muda de ropa cuidadosamente seleccionada, se afeitó, se medio coció en un baño caliente, se heló hasta la médula en uno de agua helada, y se vistió con escrupulosa atención al detalle, borrando a conciencia todo rastro de su noche de insomnio.
Aquélla experiencia no se podía adivinar en absoluto por su aspecto cuando salió a desayunar al Plaza.
A las ocho en punto, al presentarse en la residencia de los Stanistreet, pidió al lacayo que le anunciara como el autor de un determinado telegrama de Edgartown.
Apenas tuvo que esperar un minuto; el lacayo regresó a toda prisa para pedirle que pasara a la biblioteca.
Aquel aposento —que encontró más o menos como lo había visto por última vez, ocho horas antes, con la ventana destrozada, los cortinajes bajados y los muebles en cierto desorden— estaba ocupado, a su llegada, por dos personas: una, un caballero de edad avanzada y pelo gris hierro, de vestimenta desaliñada y hábitos discretos, a pesar de su mirada fría y perspicaz; la otra, el señor Blensop, luciendo un impecable chaqué de un solo botón, con unos pantalones a rayas ni demasiado elegantes ni demasiado sobrios para aquel estado de la vida al que Dios había tenido a bien llamarle, y unas polainas blancas inmaculadas.
Si su atuendo era radiante, el humor del secretario era igualmente soleado. Se adelantó con paso de lo más vivaz, ofreciendo unas manos cordiales al visitante hasta que le reconoció, e incluso entonces solo se sintió desconcertado durante el más breve de los momentos.
—¡Mi querido señor Ember! —ronroneó con tono apaciguador—.
¿Por qué no me dijo usted anoche que era quien había enviado aquel telegrama?
¡Si hubiera sospechado la verdad por un momento, habría tenido usted su cita con el coronel Stanistreet a cualquier hora que hubiera deseado, por muy intempestiva que fuera!
Lanyard hizo una grave inclinación de cabeza.
—Gracias —dijo—. ¿Y el coronel Stanistreet...?
—Está terminando de desayunar. Bajará enseguida. Le ruego que tome asiento y póngase usted cómodo. ¿Y me disculpa un momento...?
—Con mucho gusto —le aseguró Lanyard, sin alterar su gravedad.
Una duda enturbió los brillantes ojos del señor Blensop, pero su tránsito fue instantáneo. Acto seguido se giró para reunirse con el hombre de pelo gris hierro ante el retrato que ocultaba la caja fuerte.
—Y ahora, señor Stone —dijo el señor Blensop, con indulgencia.
—Bien, señor —dijo el señor Stone en voz baja—, si tiene usted la amabilidad de enseñarme cómo funciona este artilugio, tal vez descubra algo interesante, o tal vez no.
El señor Blensop se dispuso a complacerle accionando la palanca y haciendo a un lado el retrato.
—Gracias —dijo el señor Stone, sacando una lupa del bolsillo del chaleco y empezando a atisbar con miopía el frente de la caja fuerte—. Supongo que nadie habrá estado toqueteando por aquí desde la última, como usted diría, desavenencia.
—Ni un alma la ha tocado. Por orden del coronel Stanistreet, se cubrió en cuanto descubrimos que había sido forzada.
—Mmm... —reconoció el señor Stone, inclinándose sobre su trabajo.
En parte, quizás, a modo de administrar una suave reprimenda a Lanyard por su disposición a prescindir de su compañía, el señor Blensop se mantuvo en las inmediaciones del señor Stone, revoloteando a su alrededor como un colibrí domesticado.
—¿Ha encontrado algo? —preguntó, cuando Stone se enderezó.
—Un montón de huellas dactilares —admitió el señor Stone con un deje de mal genio—, una barbaridad de esas malditas cosas. Parece que han tenido que llamar a los vecinos para que les ayudaran a montar un buen espectáculo. En cualquier caso, ya veremos qué podemos sacar en claro.
Hizo aparecer por arte de magia, de algún escondrijo de su ropa, una botella rechoncha; de otro, un tapón en el que iba encajada una cerbatana; unió ambas cosas, se acercó a la caja fuerte con un extremo del tubo entre los labios y la roció con una fina película de polvo blanco, el contenido de la botella.
—Oiga, dígame, ¿para qué sirve eso?
—Eso —dijo el señor Stone con paciencia—, es para resaltar las huellas dactilares y poder obtener una buena imagen de ellas.
Dejó a un lado la botella, parpadeó con aprobación hacia la caja fuerte y, mediante un nuevo ejercicio de sus poderes de prestidigitación, materializó una cámara Kodak de bolsillo y una pistola de flash.
—¿No puedo ayudarle? —se ofreció Blensop con entusiasmo—. Yo antes era bastante bueno en la fotografía de aficionados, ¿sabe?
—Bueno, soy un poco partidario de apretar el botón yo mismo —confesó Stone, ajustando el enfoque—. Pero si quiere ocuparse usted del flash, no me importa.
—Encantado —aseveró el señor Blensop—. ¿Y cómo funciona esto ahora?
—Así. —Stone posó su cámara para hacer una demostración—. Ahora colóquese detrás de mí —concluyó—, y apriete el gatillo cuando yo diga «ya».
—Haré lo que pueda, pero... oiga... ¿pegará un estallido?
Stone había vuelto a coger la cámara. Su única respuesta fue un gruñido al que sus oyentes dieron dos interpretaciones distintas... la de Lanyard le proporcionó una considerable satisfacción.
—Si está usted listo —dijo Stone—... ya.
El señor Blensop entrecerró los ojos con gesto poco favorecedor y apretó el gatillo. Un vívido destello se elevó desde la cazoleta de la pistola y se apagó en una nube de vapor que se disipó lentamente.
—¿Eso es todo?
—Sí, señor... con eso ya está. —Stone se guardó la cámara encima de sí y de otro resquicio sacó una pequeña caja de cartón con placas de cristal, una de las cuales le ofreció—. Ahora, si tuviera la bondad de pasarse los dedos por el pelo y apoyarlos sobre esta placa, de forma ligera pero firme...
—¿Para qué? —preguntó Blensop con una risita de nerviosa reticencia—. No creerá que yo soy el ladrón, ¿verdad?