Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XX - CONTRAATAQUE #4
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XX - CONTRAATAQUE #4

Con una sacudida de preocupación, Lanyard cruzó hasta la repisa de la chimenea, agachó la cabeza y se metió en el enorme hogar.

Una sola mirada hacia arriba bastó para desbaratar sus esperanzas: no había por allí ninguna salida que, aunque ardua, fuera viable; justo por encima de la chimenea el conducto se estrechaba de tal manera que ni siquiera el hombre de estatura normal más ágil podría tener esperanza alguna de lograr ascender por él.

Volvió con un mero gesto de desconcierto en respuesta a la mirada de súplica de la chica.

—¿No podemos hacer nada? —preguntó ella, levantando un poco la voz para que se oyera por encima del tumulto en el pasillo.

—Me temo que no hay remedio —dijo él, dirigiéndose al escritorio y cogiendo las pistolas—.

.. No hay nada que hacer, salvo abrirnos paso a tiros, si es que podemos.

Tome esto —añadió, ofreciéndole una de las armas, que ella aceptó sin entusiasmo—.

Si no es capaz de decidirse a usarla, démela cuando haya vaciado la otra.

Ella respiró un consternado «Sí...» y observó su rostro con asombro, ya que él no se movió sino de forma pensativa para volver a dejar la pistola sobre el escritorio, y luego se quedó mirando sus palmas manchadas de hollín.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella con nerviosismo—. ¿Por qué duda?

Como el que se irrita por unas preguntas intrascendentes, él se limitó a sacudir la cabeza, mirando de soslayo una vez al prusiano inconsciente, y luego calculando hacia la puerta.

La vio temblar bajo repetidos golpes.

Con decisión brusca dijo:

—Coja una silla... cálcela bajo el picaporte, ¡por favor!

Y dejándola sin más explicaciones, se volvió hacia la chimenea.

Inmóvil, sumida en una muda confusión, la joven se quedó mirándole hasta que se despertó al oír un golpe de una fuerza tan astilladora como para sugerir que se había empezado a usar un hacha contra la puerta.

Entonces corrió hacia un pesado sillón y, con gran esfuerzo, logró llevarlo hasta la puerta y volcarlo, encajando el respaldo debajo del picaporte.

Para entonces se había hecho indiscutiblemente patente que un hacha estaba aporreando los paneles. Pero la puerta, a juego con la habitación, era una sólida pieza de artesanía y se necesitarían bastantes golpes, incluso de un hacha, para derribar su barrera de roble macizo.

Miró a su alrededor para descubrir a Lanyard arrodillado junto a Ekstrom, dedicado de forma demencial —así le pareció a la muchacha— a ennegrecer la mitad superior de la cara del hombre con un puñado de hollín.

Proferiendo inconscientemente un gritito de angustia, se apresuró hacia él y le agarró por el hombro con mano insistente.

—¡En el nombre de Dios, monsieur Duchemin, ¿qué está haciendo?! ¿Acaso es momento para niñerías...?

Él le respondió con una sonrisa de travesura juvenil tan genuina, que las dudas de ella sobre la cordura de Lanyard parecieron confirmarse demasiado bien.

—Maquillar a mi suplente —dijo simplemente.

Y cepillándose las manos sobre la alfombra para librarse del hollín sobrante, Lanyard se levantó.

—Por favor, vuelva y quédese junto a la puerta... del lado de las bisagras. Estaré con usted en un minuto.

Resignada a complacer a aquel capricho de lunático —pues, ¿qué otra cosa podía hacer?

—, la chica se retiró a la posición indicada, y con dudas cada vez más oscuras sobre su cordura, observó cómo Lanyard sacaba a toda prisa los cartuchos de su automática y colocaba cuidadosamente la culata en el agarre aflojado de los dedos de Ekstrom.

Luego, levantando de una mesa cercana un gran jarrón de cristal tallado con flores, el aventurero lo volcó sobre el cuerpo de Ekstrom.

Al descargar toda su fuerza sobre el pecho del hombre, aquel diluvio en miniatura salpicó a lo ancho, mojándole la cara, y llenándole a medias la boca abierta. Parte del hollín desapareció por el agua, pero no mucho: la cantidad que se quedó pegada era suficiente para el propósito de Lanyard.

Despertado por el frío golpe y también medio atragantado, Ekstrom tosió con violencia, se retorció, escupió un trago de agua y se apoyó en un codo, todavía más que medio aturdido.

Al reunirse con la joven junto a la puerta, Lanyard vio que el prusiano se sentaba y miraba a su alrededor sin comprender, una figura de comicidad trágica, empapado, lamentablemente desfigurado, y con los ojos desorbitados por el espanto en medio de los amplios espacios que Lanyard había dejado sin ennegrecer.

Al apartar el sillón de la puerta, el aventurero lo colocó de espaldas a la habitación.

—Póngase ahí detrás —le indicó secamente, y sacó la llave de su bolsillo—. No se deje ver, por nada del mundo. Y déjeme esa pistola, por favor.

Una cuña de acero triangular y brillante rompió uno de los paneles justo cuando él encajaba la llave en la cerradura y la giraba.

Al despejársele el ingenio, Ekstrom le vio y, con un aullido de furia, se puso en pie tambaleándose, aferrando la pistola descargada y tratando de nivelarla para apuntar con firmeza.

Al mismo tiempo, Lanyard giró el picaporte y dejó que la puerta se abriera de golpe, manteniéndose al lado de la silla que ocultaba a la chica.

Un grupo de espías, con O'Reilly y Velasco entre ellos, irrumpió como un torbellino en la habitación y se detuvo en seco ante la vista de aquella extraña y siniestra figura, disfrazada más allá de todo reconocimiento por su media máscara negra, que les hacía frente y les amenazaba con una pistola.

O'Reilly disparó en la respiración siguiente, y su disparo tuvo el eco de media docena más tan apiñados que parecían el tableteo de una mitrailleuse .

Al primer estallido, la pistola cayó de la mano de Ekstrom. Llevó una mano vagamente a la garganta, dio un solo paso tambaleándose, profirió un gemido estrangulado y cayó hacia delante, con el cuerpo bastante acribillado, y su muerte poco menos que instantánea.

Mientras aún resonaba el tiroteo, Lanyard agarró a la joven por la muñeca, la sacó sin contemplaciones de detrás de la silla y la empujó por la puerta, y él retrocedió tras ella de cara a los presentes, con la pistola preparada.

Ninguno del grupo le hizo caso alguno, pues la atención de todos estaba totalmente absorbida por la tragedia que sus violentas manos habían provocado. Velasco, el primero en reaccionar, corrió hacia delante y cayó de rodillas junto al muerto. Otros lo siguieron.

Con suavidad, Lanyard cerró la puerta, echó la llave por fuera, y al oír un grito ahogado de Cecelia Brooke, giró en redondo, dispuesto si era necesario a cumplir su promesa de abrirse paso a tiros hacia la calle aunque se le opusieran todos los habitantes del establecimiento.

Pero la primera cara que vio fue la de Crane.

El hombre del Servicio Secreto estaba a menos de una yarda de distancia. Hacia él, como hacia una roca de refugio, había volado Cecelia Brooke; a su mano se aferraba como una niña asustada, tratando de hablar, y fracasando porque se ahogaba en sollozos y jadeos de horror.

A sus espaldas, en el descansillo de la cabecera de la escalera, y subiendo corriendo a los pisos superiores, había una veintena o más de hombres de aspecto robusto y eficiente, e indudablemente de porte estadounidense.

De estos, dos estaban acorralando en un rincón a un pequeño grupo de atemorizados sirvientes alemanes.

La mirada de asombro de Lanyard se cruzó con la sonrisa torcida de Crane.

—Amigo mío —dijo, con toda la calma de que era capaz con aquel peculiar acento suyo—, no puedo menos que reconocerle el mérito.

Cada vez que intento hacer algo a la chita callando, usted se me adelanta limpiamente.

En cualquier sitio que yo crea que no está y que no puede estar, es justo ahí donde se encuentra usted.

Pero no me quejo; he de admitir que, de no haber montado su numerito para mantener ocupada la mente de esos caballeros de ahí dentro, habríamos tenido muchísima más dificultad para hacer una redada en este antro.

Rápidamente pasó un brazo por la cintura de Cecelia Brooke cuando, sin previo aviso, ella se tambaleó a ciegas y habría caído.

—¡Hala, vamos! —protestó él—. ¡Esa no es forma de hacer las cosas!

... ¡Vaya, si se ha desmayado! Bueno, monsieur Duchemin-Lanyard-Ember, a simple vista esto parece un trabajo para usted.

Quíteme de encima a esta damita y acompáñela a casa, y yo, como es natural, intentaré terminar lo que empecé.

.. o lo que hizo usted. Porque, muchacho, tengo que darle crédito: ¡no cabe duda de que es usted un grandísimo buscavidas!