Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XX - CONTRAATAQUE #2
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XX - CONTRAATAQUE #2

Respirando hondo, Lanyard apoyó las rodillas y los pies contra la pared, se afanó, empujó, tiró, se retorció como un loco y, al final, rodó por la parte superior y cayó cuan largo era sobre el tejado, jadeando, temblando, bañado en sudor y atormentado temporalmente por ganas de vomitar.

Poco a poco, tras recuperar el control físico, se sentó, se orientó y se arrastró hacia la base del minarete.

Una puerta pequeña y estrecha en su base estaba sin llave. Pasó a través de ella hasta el rellano de una oscura escalera de caracol con una luz tenue en el fondo de su hueco circular.

Mientras permanecía atento, un sonido estridente e intermitente turbó la quietud, originado en algún punto de los pisos inferiores: la radio prohibida estaba funcionando.

Al no oír más ruidos, Lanyard bajó los escalones y se detuvo al pie de los mismos para espiar por una puerta entreabierta hacia el piso superior.

Nadie se movía por el pasillo. No vio nada más que una hilera de puertas cerradas, presumiblemente de las habitaciones del servicio.

Ahora, sin embargo, el áspero chirrido de la chispa de la radio era perceptiblemente más fuerte y tenía un fondo de ruidos apagados, ecos de voces distantes, sonidos amortiguados de pasos apresurados, de vez en cuando un golpe seco o el portazo de una puerta.

Al salir, dominó a la vista toda la longitud del pasillo. Hacia un extremo había una puerta abierta. No pudo ver más de la habitación contigua que un estrecho trozo de pared iluminado a ráfagas por un juego de luz violeta.

Entonces un hombre salió de aquella sala de operaciones, y se volvió en el umbral para hacer alguna observación de despedida; y Lanyard se retiró apresuradamente al hueco de la escalera del minarete, pero no sin antes reconocer a Velasco.

Un momento después el brasileño pasó por su escondite, caminando con la cabeza gacha, con un ceño preocupado que ensombrecía su tez cetrina; y Lanyard salió a tiempo de ver cómo su cabeza y sus hombros desaparecían por una escalera en el otro extremo del pasillo.

Siguiéndole con discreción, Lanyard se asomó por el hueco de la escalera principal y miró hacia abajo tres tramos de escaleras hasta la planta baja, a la que Velasco estaba descendiendo.

La casa parecía literalmente zumbar con una actividad secreta y, a juzgar por el tono de sus rumores, casi de pánico.

Uno adivinaba un correteo como de ratas a punto de abandonar un barco que se hunde.

Ciertos contratiempos habían sumido a aquel establecimiento en un estado de excitada confusión: su naturaleza, Lanyard no podía adivinarla, pero su coincidencia con sus designios era desesperantemente inoportuna.

Registrar aquel lugar y encontrar a su hombre —si es que estaba allí— sin ser descubierto, mientras sus ocupantes zumbaban como tantos avispones asustados, era algo francamente imposible; intentarlo era buscar la muerte.

A pesar de todo, se mantuvo inflexible en su determinación de seguir adelante, de forzar la suerte hasta el extremo, de doblegar la casualidad a su servicio por pura fuerza y sufrir sin quejarse las consecuencias que pudieran derivarse de su retroceso.

Sin embargo, justo cuando adelantaba un pie para comenzar el descenso, lo retiró.

En la planta baja, el estruendo del cierre de una puerta había sido la señal para un estallido de voces que protestaban de forma destemplada: media docena de hombres soltando sus quejas al mismo tiempo, y sus rugidos de guturalismos polisilábicos se fundían en un clamor totalmente ininteligible.

Hacía pensar en un motín en un manicomio alemán.

Pasó un instante tras otro y la tormenta persistía con una crudeza implacable. Si de vez en cuando amainaba momentáneamente, era solo para transformarse en gruñidos más desagradables y para volver a elevarse de inmediato a un alto frenesí de incoherencia.

Dos de los contendientes aparecieron en el marco cuadrado del hueco de la escalera, unas figuras extrañamente escorzadas que blandían los brazos de forma salvaje; uno de ellos era Velasco, y el otro un hombre a quien Lanyard no logró identificar, pero que parecía unido a él en una cólera común dirigida hacia la cabeza de alguna persona invisible.

Bruscamente, con un gesto de furia casi homicida, el brasileño salió del campo de visión. El otro le siguió.

Entonces, el objeto de su ira se dirigió a las escaleras y se detuvo en la barandilla del primer descansillo, gesticulando salvajemente por encima de las cabezas de su audiencia, mientras Velasco y los demás regresaban en medio de un grupo de hombres para acorralarle en torno al poste de arranque.

Su voz, a pleno pulmón, los acalló a todos... la voz profunda y resonante de Ekstrom, dominando el alboroto y acallando a unos y a otros en un hosco silencio.

Al principio no empleó más que términos y frases de insolencia y reprimendas intraducibles, pero, cuando se aseguró cierta atención, pronunció un breve discurso en un tono de absoluto desprecio.

—¡Exijo obediencia! —bramó—. Que nadie malinterprete mi posición aquí: vengo directamente de Su Majestad el Emperador, con plenos poderes y autoridad para ordenar y dirigir los asuntos que vosotros, de forma individual y colectiva, habéis demostrado ser incapaces de afrontar o estar incapacitados para ello.

Lo que hago, lo hago a mi absoluta discreción, con la plena aprobación y confianza del Káiser.

Aquel que cuestione mi criterio o mis actos, cuestiona la sabiduría del Altísimo.

Que quede bien claro que no rindo cuentas a nadie bajo Dios más que a mí mismo y a mi amo imperial.

A partir de ahora, tengan la bondad de morderse la lengua o atenerse a las consecuencias. .. ¡y que el diablo os lleve a todos!

Se quedó un momento mirando con fiereza hacia abajo a los rostros alzados, luego soltó una carcajada burlona y se dio la vuelta.

—Venga, O'Reilly —dijo—. Traiga a la mujer y no preste más atención a esos perros cerdos.

Su mano se deslizó por la barandilla hacia el primer piso y desapareció.

Si O'Reilly le siguió con la mujer mencionada, ambos se mantuvieron apartados de la barandilla y fuera del campo de visión de Lanyard.

El grupo al pie de las escaleras se alejó, refunfuñando con irreverencia.

Lanyard comenzó a descender de inmediato, rápidamente y sin preocuparse por evitar ser descubierto.

Un tramo más abajo se encontró cara a cara con un criado, evidentemente un lacayo, que llevaba un montón de ropa de una habitación a otra.

El hombre se detuvo en seco, con la mandíbula caída y los ojos desorbitados; con lo cual Lanyard se detuvo y se dirigió a él en alemán con una actitud de desprecio altivo, es decir, metido en el papel.

—Le reclaman arriba en la sala de radio —dijo—... ¡de inmediato!

El sirviente baló una sola palabra de protesta:

—¡Pero...!

—Cállese. Haga lo que le mando. Es una emergencia. ¡Suelte esas cosas y vaya! ¿Me oye, imbécil?

Completamente acobardado y engañado, el hombre obedeció al pie de la letra, dejó caer al suelo la ropa que llevaba y subió las escaleras a grandes saltos.

Franqueó otro tramo sin incidentes; también en ese piso había sirvientes que iban y venían de forma atareada, pero ninguno prestó al aventurero la más mínima atención.

A mitad del tercer tramo se detuvo a un lado del descansillo y exploró el terreno.

Ekstrom se había detenido en el piso inferior, el primero por encima de la calle.

¿Pero en qué lugar de este? La urgencia le prohibía el riesgo de dar un paso en falso.

Si Lanyard quería coger a Ekstrom por sorpresa, debía ser al primer intento.

Desde la planta baja llegaban fragmentos semiconfusos de comentarios malhumorados, como los gruñidos de una tormenta eléctrica alejándose en la distancia:

—En un momento como este...

—... el Servicio Secreto pisándonos los talones...

—... la base de Vineyard al descubierto...

—... redada en Au Printemps, Sophie Weringrode bajo arresto. ¡Dios sabe si se mantendrá callada!

—¡Confíe en ella! Pero este idiota...

—Traer a una mujer aquí, metiéndonos a todos el cuello en la soga...

Justo frente al pie de la escalera, en el primer piso, se abrió una puerta.

O'Reilly salió ágilmente, cerró la puerta tras de sí, se detuvo, buscó en el bolsillo su pitillera, encendió un cigarrillo y dio una calada con profunda satisfacción; mientras tanto, escuchaba las palabras de abajo con la cabeza ladeada y una sonrisa maliciosa ensombreciendo su apuesto rostro irlandés.

A su debido tiempo, se encogió de hombros con indiferencia, se metió las manos en los bolsillos y bajó las escaleras con calma.

En el momento en que desapareció, Lanyard pasó a la acción; salvó el descansillo y las escaleras de dos saltos y, con otro más, se abalanzó sobre la puerta.

Se abrió sin dificultad. Al entrar, le dio la espalda, y con la mano izquierda palpó en busca de una llave, la encontró y le dio la vuelta, mientras en la derecha sostenía preparada la pistola automática que había cogido de las taquillas del U-boat .

La habitación era una combinación de oficina administrativa y estudio, muy hermosamente decorada y amueblada, aunque quizás en exceso, con un ambiente tan distintivamente alemán como el de una Bierstube ; y la sobriedad de sus colores daba peso al conjunto de enormes escritorios, mesas, sillas, librerías y sofás.

Entre unos grandes ventanales con cortinas y una imponente repisa de chimenea enfrente, junto a un escritorio largo y ancho, en una silla de respaldo recto estaba sentada una mujer, amordazada, con las muñecas atadas y unas tiras de tela que, hasta hacía poco, también le ataban los tobillos por el suelo alrededor de los pies.

Aquella mujer era Cecelia Brooke.

Ekstrom estaba de pie a su espalda, en el acto de aflojar los nudos que aseguraban la mordaza.