Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XX - CONTRAATAQUE
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XX - CONTRAATAQUE

La llovizna se había vuelto más espesa, la noche más negra y el aire de la madrugada aún más frío.

Pero Lanyard se movía demasiado deprisa para verse afectado por esta última circunstancia; a la primera la maldijo con la amargura superficial de un artesano experto que ve cómo su trabajo va camino de verse obstaculizado por la depravación de los elementos.

Otro de su oficio habría calificado esas condiciones meteorológicas de ideales, y lo mismo habría hecho el Lobo Solitario en un trabajo cualquiera; pero la perspectiva de un equilibrio inseguro por culpa de la lluvia triplicaba los riesgos que entrañaba un plan de campaña que no admitía ni revisión ni demora.

Solo había una forma de entrar en la casa de la calle Setenta y Nueve; esto lo había apreciado Lanyard en su primer reconocimiento de la tarde anterior.

Le habría gustado disponer de más tiempo para preparar y reunir equipo probado en lugar de confiar en el azar para procurarse las herramientas necesarias; pero aun con todo el tiempo a su disposición, las dificultades mecánicas del problema persistirían.

Lejos de mostrarse indiferente ante ellas, Lanyard se aplicó a superarlas con tenacidad y con una economía de movimientos propia de un profesional.

Evitando los caminos públicos, saltó el muro del parque como un gato, cruzó la ciudad a toda velocidad por la calle Ochenta y llegó así a aquel solar en el que se estaba construyendo un edificio de apartamentos, justo al norte de la sede estadounidense del sistema de espionaje prusiano.

Con muros de piedra de dos pisos de profundidad, su descarnado esqueleto de acero se había ensamblado hasta el séptimo nivel. A qué altura estaba destinado a elevarse no importaba; para el propósito de Lanyard bastaba con que el armazón ya hubiera superado a su vecino del sur.

Un amasijo de madera, enormes vigas de acero y otros materiales reducían la calle lateral a la mitad de su anchura normal.

El espacio de la acera era de tierra apisonada y estaba techado con pesados tablones para proteger las cabezas de los peatones, un pasadizo iluminado por bombillas eléctricas muy espaciadas; a mitad de camino, una entrada a la estructura estaba flanqueada por una caseta de madera, de día almacén de herramientas, después de las horas de trabajo refugio para el vigilante nocturno.

Esta alardeaba de una ventana acristalada y opaca con luz naranja.

Acercándose con la debida precaución, Lanyard atisbó en el interior.

La luz provenía de una única bombilla eléctrica y de una estufa panzuda de chapa de hierro, al rojo vivo.

Cerca de allí, en una silla reclinada contra la pared, estaba sentado el vigilante, con una pipa de mazorca en la mano, la cabeza gacha, los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Un ronquido de primera magnitud parecía hacer vibrar las mismísimas paredes.

En el suelo, junto a la silla, había un cubo de hojalata de dos litros lleno de árido vacío.

Descartando la consideración del vigilante como un factor, y satisfecho de que todo el vecindario estuviera también profundamente dormido, Lanyard subió a toda velocidad por el camino de tablones que conducía al interior del edificio, y luego se detuvo para orientarse.

Los efluvios de argamasa y madera húmeda le saludaron en un lugar lúgubre cuya oscuridad se veía ligeramente atenuada por un tenue resplandor refractado por el bajo manto de nubes y por unos haces igualmente tenues de luz callejera difusa.

Había más o menos suelo de carácter provisional sobre un oscuro abismo de sótanos, y por encima un cielo huraño y lloroso cruzado por rígidos herrajes negros.

Con infinita paciencia, Lanyard se abrió paso a tientas a través de aquel oscuro laberinto hasta el pie de una escalera que ascendía por un hueco abierto en el que colgaba un aparejo de elevación.

Allí tropezó con lo que había estado buscando, un gran rollo de cuerda de cáñamo de una pulgada, del cual midió a ojo lo que necesitaría, si sus cálculos eran correctos, y un poco más.

Volvió a enrollar esta longitud y se la echó al hombro: un hándicap incómodo y pesado. Sin embargo, empezó a trepar.

Por encima del tercer nivel no había más que armazón de acero; tenía algo más de luz para guiarse, con una vista de la pared norte de la casa de la calle Setenta y Nueve, brillante bajo el resplandor de las farolas de la avenida.

La pared estaba completamente en blanco.

En el séptimo nivel terminaban las escaleras. Se bajó a una viga de un pie de ancho, se detuvo para asegurarse de su equilibrio y empezó a caminar por las vigas con una seguridad de pies que cualquier aviador habría envidiado.

A intervalos regulares encontraba montantes: entre ellos tenía que confiar en su sentido de la orientación y del equilibrio para guiarse a salvo por aquellos estrechos paseos de acero resbaladizos por la lluvia.

Pero, gracias a su previsión, su juego de pies era impecable: llevaba zapatos viejos, bien domados, muy suaves, flexibles y silenciosos.

El edificio tenía forma de E achatada, con dos patios orientados al sur.

En este séptimo nivel el primer patio estaba salvado por una sola viga, cuyo centro era el objetivo inmediato de Lanyard.

Puesto que carecía de montantes, lo abordó con precaución a gatas hasta que estuvo aproximadamente a la misma distancia de ambos extremos, momento en el que se sentó a horcajadas, se quitó la cuerda de los hombros, desenrolló un tramo y lo amarró alrededor de la viga con un ballestrinque: un trabajo vertiginoso, en aquella oscuridad, en aquel tramo grasiento, formando a base de mero sentido del tacto el nudo del que habría de depender su vida, la mitad del tiempo echado de bruces sobre la viga y pescando a ciegas por debajo de ella en busca del extremo de la cuerda, sin nada más que una caída de setenta pies entre él y la eternidad, ni siquiera otra viga para amortiguar una caída. ..

Se encontraba ahora justo enfrente del minarete, a una altura de unos veinte pies por encima del tejado que deseaba alcanzar, y a esa misma distancia, o tal vez un poco más.

Aun así, no detectó signos de vida en aquel nido de espías: si la radio funcionaba, su aparato estaba bien alojado; no se oía el sonido de la chispa, ni se veía el menor atisbo de su destello violeta.

Laboriosamente —una vez completado el nudo a su satisfacción—, Lanyard regresó por el brazo este de la E, soltando cuerda enrollada a medida que avanzaba, bordeando el lado norte del patio.

Deteniéndose una vez más frente al minarete, anudó el extremo de la cuerda sin apretar alrededor de un montante que conectaba con el sexto nivel, lo dejó deslizarse hacia abajo, lo siguió, repitió el proceso y descansó por fin en el quinto.

Ahora su calvario se acercaba a un clímax que contempló con la calma de que fue capaz mientras se aseguraba la cuerda por debajo de los brazos.

En los siguientes sesenta segundos, o menos, se demostraría si sus cálculos le dejarían sano y salvo en el tejado o le estrellarían contra las paredes de la casa de la calle Setenta y Nueve, para luego retroceder y quedar colgando impotente en el aire hasta que la luz del día y la policía lo descubrieran.

.. a menos que, escapando de sufrir heridas, fuera capaz de izarse a pulso hasta la viga.

Con un brazo rodeando el montante para evitar que el pandeo de la cuerda le arrastrara prematuramente, intentó un reconocimiento final.

O bien la oscuridad engañaba o Lanyard había juzgado con astucia. Sus pies estaban en un nivel aproximado a la cornisa que rodeaba el tejado, y él se encontraba tan lejos de la viga superior a la que estaba amarrada la cuerda como lo estaba esta de la cornisa.

Una mirada hacia arriba y alrededor a aquellos cielos huraños, tenuemente sonrosados por las luces apagadas de la ciudad: sin más preámbulos, Lanyard soltó el montante y encomendó su cuerpo al espacio.

Si el descenso fue de dejar sin respiración, lo que siguió fue sobrecogedor: una vez pasado el nadir de aquel gigantesco columpio, fue impulsado hacia arriba por un ímpetu que iba disminuyendo constante y sensiblemente.

Fueron instantes con alas de plomo mientras el muro, que se alzaba como la ladera de una montaña, parecía a punto de derrumbarse, empeñado insensatamente en aniquilarle; aun así, su propio impulso, que decrecía con espantosa rapidez, parecía poseído por el deseo demoníaco de frustrarle.

Tras una agonía de dudas que le pareció una eternidad, se hizo evidente que no estaba destinado a estrellarse contra la pared, pero no que fuera a alcanzar la cornisa: en fracciones de segundo atrozmente prolongadas, esta última se acercaba, se acercaba, lentamente, cada vez más despacio.

Y él giraba de forma mareante...

Con un esfuerzo frenético, enganchó un brazo en la cornisa en un momento en que, de no haber actuado al instante, habría retrocedido. Se produjo un tirón desgarrador, como si le estuvieran arrancando el brazo del sitio.

Al final de un forcejeo aún más agotador, lanzó el otro brazo al otro lado de la cornisa, y durante un tiempo se quedó colgando allí, en el extremo de una cuerda casi tensa, incapaz de superar su resistencia e izarse por encima de la cornisa, negándose obstinadamente a soltarse.

Al poco tiempo, presa de la desesperación, se soltó con la mano derecha, agarrándose solo con la izquierda, rebuscó en un bolsillo, encontró su navaja, la abrió con los dientes y empezó a serrar la cuerda que le rodeaba el pecho.

Los hilos se partieron a regañadientes uno tras otro hasta que la cuerda se soltó por completo y la reacción a su tensión le arrojó contra la cornisa con tal violencia que casi le hizo perder el agarre.

Dejando caer la navaja, elevó el brazo derecho y volvió a enganchar los dedos en el interior del saliente.

A lo lejos se oyó el sugestivo tintineo de la navaja contra la piedra.