XVIII - DANSE MACABRE #2
Al otro lado de la puerta alguien soltó un chillido enfurecido.
Unas manos airadas tamborilearon sobre el panel de cristal.
Con un estremecimiento premonitorio la cabina arrancó espasmódicamente, se movió hacia abajo al principio con suavidad, luego a mayor velocidad, y se detuvo bruscamente en el nivel de la calle con una sacudida que casi hizo perder el equilibrio a sus pasajeros.
A lo largo del hueco continuaba aquel absurdo castigo del panel. Alguna otra mente concibió la idea de llamar para que la cabina regresara: su avisador zumbó estridente, sin interrupción.
Descorriendo el pestillo de la puerta inferior, Lanyard la abrió, salió y se encontró con que el vestíbulo estaba desierto a excepción de un grupo de chicas del guardarropa con sonrisa boba, a una de las cuales lanzó un dólar de plata.
—Busque los abrigos de esta señora... ¡y dese prisa!
Atrapando ágilmente la moneda, la chica le arrebató el resguardo a Cecelia Brooke y se precipitó en el probador de señoras.
A lo largo de una espera de angustioso suspense, el ascensorista permaneció acobardado en un rincón de la cabina, mirando a Lanyard como a una forma de terror, mientras el zumbador ignorado zumbaba sin cesar a la insistente presión de arriba.
De la oscura entrada al comedor de la planta baja salió el diplomático barbudo con la mirada distraída de un muñeco de caja de sorpresas a punto de ser despojado de sus crías.
—¿ Monsieur no se marcha? —protestó agudamente, lanzándose hacia delante.
Lanyard le detuvo con una mirada cuya amenaza era como una patada.
—Acompaño a esta señora a su taxi —dijo con voz fría y pausada.
La chica del guardarropa salió de su guarida con un brazo lleno de abrigos y pieles.
De nuevo el barbudo hizo ademán de bloquear la puerta.
—Pero, monsieur ... ¡ mademoiselle ...!
Lanyard agarró al individuo por el brazo y le hizo dar vueltas como a una peonza.
—¡Apártate de mi camino, rata! —espetó; y luego a la joven—: ¡Dese prisa!
Mientras ella se introducía a empujones en un compartimento de la puerta giratoria, empezaron a resonar gritos incoherentes por el hueco de la escalera. Al fin se les había ocurrido a los de arriba utilizar aquel medio de descenso.
Encajado en la puerta giratoria, un último vistazo al vestíbulo mostró a Lanyard la máscara asustada y pastosa del maître d'hôtel en lo alto de la escalera y, más allá de él, la cabeza de alguien que, aunque en la sombra, se parecía extraordinariamente a Ekstrom.
.. pero Ekstrom tal y como era en los viejos tiempos, sin barba.
Aquella imagen pasó como un destello en la pantalla de un cine.
Estaban en la acera y la chica corría hacia un taxi, el único vehículo de ese tipo a la vista, en el bordillo, justo encima de la entrada.
Sin abrigo y sin sombrero, Lanyard se giró para hacer frente al portero, un animal corpulento y fornido vestido de librea, seguro de sí mismo y con más que ganas de intervenir; pero su boca, que se abría para proferir algún tipo de protesta, se cerró de repente sin llegar a articular palabra cuando Lanyard le enseñó una automática Colt del calibre . 22. Y el hombre retrocedió con rapidez.
Lanyard abrió la puerta del taxi de un tirón y la joven entró a trompicones y se refugió en el rincón más alejado del asiento. El motor rugía de manera prometedora y el chófer se estaba acomodando al volante. Lanyard metió en su mano un billete de diez dólares.
—Al Knickerbocker —ordenó—. No se detenga por nadie. Si le siguen, diríjase al policía más cercano. No hay vuelta.
Cerró la puerta bruscamente, se inclinó sobre ella y dejó caer la pequeña pistola en el regazo de la chica.
—Lo más probable es que no la necesite... pero tal vez sí.
Ella se inclinó hacia delante con rapidez, con los ojos oscuramente lustrosos de alarma, y posó una mano en el brazo de él.
—¿Pero y usted?
—Es a mí a quien buscan, no a usted. No la someteré al riesgo de mi compañía.
Lanyard le levantó con suavidad la mano de la manga, se la rozó galantemente con los labios y la soltó.
—¡Buenas noches! —dijo riendo, y luego retrocedió y le hizo una seña al chófer—: ¡Vamos!
El taxi salió disparado como un sabueso de carreras soltado de la correa. Con un suspiro de alivio, Lanyard se entregó por entero a la cuestión de su propia salvación.
La fila de coches a motor que aguardaban no ofrecía ninguna esperanza: todos menos uno eran coches de ciudad particulares y limusinas, conducidos por chóferes uniformados.
Un solitario coche descubierto en cabeza de la fila le tentó, pero fue rechazado; aunque no tuviera un chófer guardián —algo de lo que no podía estar seguro—, sería alcanzado antes de que pudiera arrancar el motor y cogerle el truco al mecanismo de cambio de marchas.
Incluso en aquel momento, Au Printemps estaba en una erupción frenética, y sus puertas expulsaban violentamente a un hombre a cada vuelta descontrolada.
Por Broadway avanzaba un autobús de la línea de la Quinta Avenida, a una velocidad no inferior a los treinta kilómetros por hora, sin pasajeros y con un cartel luminoso de «Especial» sobre el asiento del conductor.
Saliendo a la calzada a toda prisa, Lanyard se lanzó hacia la estrecha plataforma del pesado vehículo y, a pesar de un grito de advertencia del revisor, aterrizó a salvo en el escalón y se volvió para repeler a los asaltantes.
Pero su maniobra había sido ejecutada con demasiada rapidez y de forma inesperada.
El grupo ante Au Printemps se apiñó en una inacción ridícula, como aturdido.
Luego uno de ellos se abrió paso enfurecido entre la muchedumbre, soltando codazos viciosos.
Al detenerse contra la luz, Lanyard identificó inconfundiblemente la silueta de Ekstrom.
¡Así que, después de todo, aquel había escapado de la red de su propia traición!
El revisor del autobús le estaba sacudiendo el brazo a Lanyard con mano poco amable.
—Oiga, usted, no tiene nada que hacer subiéndose a un Especial.
Lanyard sacó del bolsillo el primer billete que encontraron sus dedos.
—Repártaselo con el chófer —dijo secamente—; dígale que conduzca como un demonio. ¡Es una cuestión de vida o muerte para mí!
Los ojos saltones del revisor daban testimonio de la magnitud del soborno.
—¡Hecho! —respiró con voz ronca, y corrió hacia delante por el interior del vehículo para avisar al conductor.
Subiendo por la escalera curva hasta el techo, Lanyard se dejó caer en el asiento trasero, mirando hacia atrás.
El grupo en torno a la puerta se estaba recuperando de su estupefacción. Tres de ellos se dirigieron hacia la fila de coches aparcados. El primero de ellos era Ekstrom.
Simultáneamente, el autobús, avanzando de forma tambaleante, se metió en Columbus Circle, y el coche descubierto abandonó la acera llevando, además del conductor, a dos pasajeros: Ekstrom iba en el estribo.
Tardíamente, Lanyard se arrepintió del impulso que le había movido a entregar su única arma a Cecelia Brooke.
El aire de la noche era cortante. Una lluvia fría había empezado a caer en forma de diminutos glóbulos de niebla, que daban a cada farola su propio nimbo dorado y deslucían engañosamente el asfalto pulido, haciendo que su superficie fuera resbaladiza y traicionera.
Más de una vez Lanyard temió que el autobús patinara y volcara; y antes de que el viejo edificio de ladrillo rojo entre Broadway y la Octava Avenida ocultara el sector oeste del Circle, vio cómo el coche descubierto, conducido de forma demencial, salía disparado de lado hacia la acera, para luego responder a un desesperado giro de volante y dar vueltas locamente, ejecutando una media vuelta tan violenta que Ekstrom perdió el agarre y fue arrojado a varios metros de distancia.
Y las posibilidades de Lanyard mejoraron ostensiblemente gracias al retraso que requirió recoger al que yacía despatarrado, volver a arrancar el motor y girar con más cautela para reanudar la persecución.
Al cruzar en diagonal por Broadway, el autobús giró hacia la calle Cincuenta y Siete en el momento en que el coche descubierto doblaba la esquina de Columbus Circle.
La cabeza del revisor se asomó por el borde del techo. Aferrándose a los soportes de la escalera, se dirigió a Lanyard con acentos en los que se mezclaban la sospecha y el respeto.
—Mire, jefe: ¿va todo esto en serio, sin trampas?
—Absolutamente, a menos que ese coche de carreras nos alcance, en cuyo caso tendrá a un muerto —es decir, a mí— entre manos.
—Bueno... nosotros no queremos perder el empleo, eso es todo.
—No lo perderán a menos que yo pierda la vida.
—¿Hay algo que quiera que haga?
—Baje, espere en la plataforma, y si alguien intenta subir, échele a patadas en el acto.
—¡Desde luego que lo haré!
El revisor desapareció.
Dando bandazos como una barcaza en mar encrespada, el autobús cruzó la Séptima Avenida y bajó a toda velocidad hacia la Sexta con un impulso peligroso.
Sin embargo, en breve, la velocidad empezó a ser modificada por los frenos, una precaución contra posibles contratiempos que incluso el fugitivo debía aprobar.
Por delante se alzaba la escuálida estructura del metro elevado de la Sexta Avenida, que cruzaba la calle a tan poca altura que apenas le dejaba al autobús el espacio justo para pasar.
Una vez debajo, un solo bote de más sobre los raíles de los tranvías supondría un choque.
Pero la persecución estaba a menos de media manzana de distancia y ganaba terreno con rapidez, a medida que la velocidad del autobús iba disminuyendo desesperadamente.
A un ritmo que no parecía mucho mayor que el de un caracol, empezó a pasar por debajo del puente del metro elevado.
Como un purasangre de carreras, el coche descubierto se acercó hasta ponerse a la par, con el motor cantando triunfalmente y el estribo a la altura del escalón de la plataforma.
Ekstrom, preparado para saltar a bordo, vaciló; la pistola que llevaba en la mano se disparó; y un cristal destrozado cayó con estrépito.
Hubo un grito del revisor, no de dolor, sino de susto. Al parecer ejecutó una retirada a lo von Hindenburg. Sin encontrar ya resistencia, Ekstrom se subió a la plataforma.
En un santiamén Lanyard se puso en pie. La viga más baja del metro elevado estaba justo encima de su cabeza. La agarró, dobló las piernas debajo de él y quedó colgando. El autobús salió disparado de debajo de él, escoltado por el coche descubierto.
Irguiéndose, se agarró a un montante redondo de hierro de la barandilla y se coló por el borde del andén de la estación rodeando la torre de cambios, que a esa hora estaba a oscuras y desocupada.
En la calle de abajo chilló el silbato de un policía y un tiroteo despertó ecos escandalosos.
Doblado casi por la mitad, Lanyard avanzó rápidamente hacia el norte por la pasarela peatonal que discurría junto a las vías del lado oeste, y llegó así a la antigua estación del lado oeste de la calle Cincuenta y Ocho, consagrada desde hacía años al desuso.
Se deslizó a través de ella, luego bajó las escaleras y se encontró en el rellano inferior con una verja de hierro que le obligó a trepar y saltar.
Ni un alma prestó la menor atención al hecho de que un caballero vestido de etiqueta, sin sombrero ni abrigo, se dejara caer por las escaleras de una estación de metro elevada en desuso a las dos de la madrugada.
En Nueva York puede ocurrir cualquier cosa, y ocurre casi todo, sin despertar impulsos entrometidos en transeúntes inocentes.