Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XVIII - DANSE MACABRE
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XVIII - DANSE MACABRE

Educado en la vieja escuela de danza, Lanyard no estaba versado en ese correteo sin gracia que hoy en día pasa por ser el vals para una generación en su mayor parte demasiado indolente o demasiado inepta de pies para aprender a bailar.

Lo suyo era el vals fluido de ritmo cadencioso, el vals del ayer, ese baile de bailes a cuyos compases una civilización más sosegada en sus diversiones, menos celosa de su tiempo, bailó, coqueteó, amó y rompió sus corazones.

En el movimiento oscilante de aquel vals anticuado, Lanyard se sumergió sin el menor atisbo de duda, ignorante como era de su propia y absoluta ignorancia; y al instante, con la soltura y la grácil seguridad de una bailarina nata, Cecelia Brooke se adaptó a su paso y a su guía, e hizo que cada uno de sus movimientos, con una rara flexibilidad, se sincronizara exquisitamente con los de él.

No había necesidad de guiarla, no había necesidad de más que la más leve de las presiones sobre su dócil cintura, no había necesidad de nada más que una rendición absoluta a la magia del momento...

Sin esfuerzo, como criaturas de la música a la deriva sobre sus sonoras mareas, dieron la vuelta a la pista una, dos y otra vez, antes de que Lanyard, a su pesar, se decidiera a romper el hechizo de aquel encantamiento.

Mirando hacia abajo con una sonrisa de disculpa, preguntó:

— Mademoiselle , ¿sabe que puede ser usted una excelente actriz?

Como si se sintiera ofendida, la joven levantó la vista bruscamente, con los ojos nublados.

—Como la mayoría de las mujeres, en caso de emergencia.

—Quiero decir... tengo algo serio que decir; nadie debe adivinar sus pensamientos.

Ella dijo sencillamente: —Haré lo que pueda.

—Debe hacerlo... debe parecer usted de lo más encantada. Además, si me pilla a mí sonriendo como un idiota embobado, recuerde que solo estoy haciendo mi propio e indiferente esfuerzo por actuar.

La risa tembló deliciosamente en su voz: —¡Prometo fielmente tener presente su falta de corazón!

—Soy un asno —enunció él con la humildad de la convicción—. Pero no se le puede hacer nada. Présteme atención, si es tan amable... y no se asuste. Este lugar resulta ser un nido de espías prusianos. Me han traído aquí con engaños. Tengo entendido que la orden es que no salga vivo.

Representando su papel tan bien que casi avergonzó al propio Lanyard, la joven le miró a los ojos con una sonrisa audaz.

—¿Por culpa de aquel paquete? —susurró.

—Por eso mismo, mademoiselle .

—¿Dónde está?

Por un instante Lanyard perdió la compostura por completo. Por pura casualidad, la chica bailaba en aquel momento con la cara apartada, y su cabeza casi rozaba el hombro de él, hasta el punto de que parecía descansar sobre este.

No obstante, fue a costa de una lucha heroica como reprimió todos los indicios de aquella conmoción con la que había comprendido que no se atrevía a asegurar a la joven que su paquete estaba en buenas manos.

Si había fracasado en sus esfuerzos por restituirle el objeto, para que ella pudiera consignarlo como mejor le pareciera y cumplir así con su encargo personal, hasta entonces Lanyard se había consolado con la vaga idea de que ella, a su vez, se sentiría reconfortada al enterarse de que el documento estaba bajo la custodia del Servicio Secreto de su país.

Imposible decirle eso: su propio acto lo había hecho imposible, un acto fruto de un capricho deliberado por culpa de su flaqueza, su comezón por robar.

De repente, el collar robado, escondido en un bolsillo interior de su chaleco, sobre su corazón, pareció haber adquirido el peso de tanto plomo. La espantosa consciencia de aquello le escocía como la quemadura de unos carbones encendidos.

Esta mujer estaba angustiada; él anhelaba aligerar su carga; podía hacerlo con media docena de palabras; su culpa se lo prohibía.

¡Un ladrón!

Ahora, en verdad, el Lobo Solitario saboreaba la vergüenza y comprendía su amargura...

Desconcertada por su reserva, los ojos de la joven buscaron de nuevo los suyos; y, advertido a tiempo por el movimiento de su cabeza, él reunió el descaro suficiente para responder a su pregunta con la mirada de ternura que correspondía al papel que ella le permitía interpretar.

—¿Qué ocurre?

—Me avergüenza haberle fallado...

—No piense en eso. Sé que hizo usted todo lo que pudo. Solo dígame qué fue de él.

—Me lo robaron; cuando volví a mi camarote aquella noche me atracaron y me robaron. El ladrón me disparó, mató a su cómplice y se largó por la portilla. Yo le perseguí. Otro le ayudó a reducirme y a tirarme por la borda.

—¡Y sin embargo escapó usted...!

¡Qué extraño que pareciera estar más intrigada por aquello que preocupada por su pérdida!

—Escapé, no importa cómo...

—¿No sabe usted quién robó el paquete?

—No recuerdo al hombre entre los pasajeros, pero pudo haber estado en uno de los botes, un tipo más o menos de mi estatura, con una barba poblada...

Describió a grandes rasgos a Ekstrom tal y como le había visto en la biblioteca de Stanistreet.

Los ojos de ella se avivaron.

—Uno así escapó en nuestro bote, el segundo camarero; creo que se llamaba Anderson.

—Sin duda, el mismo.

—¡Entonces ha desaparecido!

Por una vez en el tiempo que llevaba de conocerla, aquel valiente espíritu pareció flaquear: se convirtió en una carga, despojada por un momento de toda gracia y espontaneidad.

Él se vio obligado a llevarla a la fuerza al ritmo del baile.

Casi al instante ella volvió en sí, encubrió su desliz con una risita inocente de cualquier atisbo de falsedad forzada, y le mostró a él y también al resto de la sala un semblante radiante: todo con tal destreza y arte que el incidente bien podría haber pasado desapercibido, o de lo contrario habría pasado por un pequeño juego natural.

Aun así, la angustia era demasiado elocuente en su pregunta entrecortada: —¿Qué puedo hacer?

Con el corazón apesadumbrado y enfermo de sí mismo, él intentó sugerirle que consultara al coronel Stanistreet, pero al no tener el descaro suficiente, tartamudeó y se quedó callado.

Tal vez malinterpretándole, ella exclamó en rápido arrepentimiento: —¡Me olvido de algo! Perdóneme. Debería haber dicho: ¿qué va a hacer usted?

Él reunió todo su ingenio.

—Mire hacia abajo, vuelva la cara hacia un lado, sonría.

.. Tengo un plan, un remedio desesperado, pero lo mejor que puedo idear.

La próxima vez que suba el ascensor, debemos intentar estar cerca de él.

Hay una fila de mesas por la que debemos abrirnos paso a la fuerza.

Déjemelo a mí, sígame mientras despejo el camino, y entre directamente en el ascensor.

Si pasa algo, baje corriendo por la escalera de la izquierda.

La planta baja está dos pisos más abajo.

Si me retraso de algún modo, no se detenga.

.. siga adelante, recoja sus abrigos, coja el primer taxi que vea y vuelva directamente al Knickerbocker. Yo le telefonearé más tarde.

—Si es que vive —susurró ella.

—No tema por mí...

—¿Pero y si lo hago? ¿Se imagina que podría descansar si pensara que usted se ha sacrificado por mí?

—No debe pensar eso. Soy demasiado egoísta...

—Eso no es verdad. Y me niego en redondo a hacer lo que usted desea a menos que me diga cómo puedo comunicarme con usted.

Resignado a complacerla, él le recitó su dirección y el número del teléfono de la casa, y cuando ella hubo memorizado ambas cosas a base de repetirlas, él prosiguió:

—Una vez fuera, si alguien intenta detenerla, no deje que la intimiden para que se quede callada, sino grite, grite a pleno pulmón. Esas bestias abominan a una mujer que grita, o a cualquier otro ruido inoportuno. Eso no solo los espantará, sino que atraerá al policía más cercano.

La música cesó. Ella se quedó sonrojada, sonriente, adorablemente guapa, con los ojos como estrellas solo para él.

—No estamos lejos del ascensor ahora —dijo ella en un susurro apenas audible.

—Pero la puerta está cerrada. Silencio. Aquí viene el bis. Otra vuelta más...

De nuevo se dejaron llevar por aquel hechicero laberinto de melodía y movimiento hechos uno solo.

—Está usted muy callado —dijo ella, al cabo de un rato—. ¿Por qué?

Lanyard respondió con una apretón de advertencia en la mano de ella.

El ascensor estaba parado en la planta, con la puerta abierta de par en par, el maître d'hôtel ocupado en un rincón apartado de la sala, mientras que aquellos cuatro formidables guardianes de la salida cotilleaban animadamente sobre sus copas.

—Tranquila. Ahora es nuestro momento.

Se detuvieron en seco. Una pareja que les seguía evitó la colisión por muy poco. Por encima de la cabeza de su pareja, el hombre frunció el ceño de forma portentosa... y disipó su muestra de mal genio sobre la indiferente espalda de Lanyard.

Con los invitados que estaban sentados entre la pista de baile y el ascensor, Lanyard no malgastó consideración alguna.

Empujando bruscamente entre dos mesas contiguas, levantó en vilo una silla con su asombrado ocupante para apartarla del camino, luego se volvió, pasó un brazo por la cintura de la chica y prácticamente la lanzó a través del pasillo que había creado, y la siguió sin un instante de pausa.

Todo se había logrado tan deprisa que la joven estaba dentro de la cabina antes de que otra persona en la sala se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Y Lanyard, en el acto de dar un portazo sin hacer caso al ascensorista que protestaba, solo vio una sala llena de rostros asombrados con bocas abiertas y ojos desorbitados.

.. y a uno de los cuatro hombres de la mesa cercana en el acto de levantarse vacilante, con mirada estupefacta.

Apartando de un codazo al botones, se apoderó de la palanca de maniobra y la empujó hasta la muesca con la etiqueta «Bajar». Siguió un instante de pausa: al igual que su encargado, el ascensor parecía estancado en la inercia de la estupefacción.