Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XVII - ESTRATAGEMA #2
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XVII - ESTRATAGEMA #2

—Piénsalo bien. Es posible que aún no te hayas parado a pensarlo. Cuando conozcas la verdad tú mismo, estarás mejor cualificado para mentir sobre ello. Además, no olvidarás...

—¿El qué? —preguntó él bruscamente, cuando ella hizo una pausa con intención.

—Que mientras ella posea el documento —puesto que tú no lo tienes—, su vida corre aún más peligro que la tuya.

—¡Ella no lo tiene! —declaró Lanyard, lo más cerca del pánico que podía estar.

—¡Ah! —se burló la mujer—. ¡Conque después de todo confiesas tener algún conocimiento de él!

—Querida —dijo él, en tono de broma—, ¿de verdad quieres saber qué ha sido de ese papel?

—Sí, y pretendo hacerlo.

—¿Y si te lo digo?

Sus ojos se alzaron hacia los de él con un candor infantil.

—¿Hace falta que lo preguntes?

—Eres irresistible... Pregúntale a Karl.

Ella exigió bruscamente:

—¿A quién?

—A Ekstrom.

—¡Ah! —La aventurera volvió a guardar silencio durante un rato—. ¿Qué es lo que él sabe?

—Pregúntale. Pregúntale por qué asesinó a von Harden, y luego qué asuntos le llevaron a la calle Noventa y Cinco dos veces esta noche... una hacia las nueve y otra a medianoche.

—Debes de estar loco, monsieur . Karl no se atrevería a...

—No le conoces... o has olvidado que se formó en el Buró Internacional de Bruselas, y allí aprendió a vender a ambas partes a un negocio que no soportaría la publicidad.

—Me pregunto... —reflexionó la mujer—. Nunca he confiado del todo en él.

—¿Quieres que te dé la clave?

—Si quieres a Karl tan poco como yo...

—¿Pero dónde supones que está el buen hombre, en esta noche de todas las noches?

—¿Quién sabe? No estaba aquí cuando yo llegué a medianoche. No le he visto el pelo desde entonces.

—Cuando lo hagas... si es que llega a dar la cara..., mírale bien en busca de señales de desgaste.

—¿Sí, monsieur ? ¿Y en qué aspecto?

—Busca cortes en la cabeza y las manos, y posiblemente en otras partes. Y si confiesa un percance con un parabrisas en un accidente de coche, pregúntale qué le pasó a la ventana del estudio de la casa de la calle Noventa y Cinco.

Un júbilo diabólico bailó en los ojos de la mujer.

—¿Obra tuya, querido amigo?

—Un mero principio... Puedes decírselo, si quieres.

Él fue objeto de un apretón convulsivo.

—¡Nunca me he sentido tan amistosamente dispuesta hacia un enemigo!

—Es cierto, sería mejor enemigo para Alemania si me guardara mi consejo y dejara que Ekstrom siguiera jugando a dos bandas.

Al cesar la música, que fue seguida por el inevitable clamor de otra más, Lanyard ofreció un brazo sobre el que Sophie posó una mano para detenerle.

—No... espera. Bailemos este bis. Tengo más cosas que decir.

Él se sometió amablemente, tanto más por cuanto no estaba descontento consigo mismo. Y cuando volvieron a dar vueltas por la pista, ella se apoyó con más fuerza en su hombro y se quedó pensativa durante más tiempo del que él había esperado. Luego...

—Atención, amigo mío.

—Te escucho, Sophie.

—Si lo que insinúas es cierto... y no dudo de que lo sea..., a Karl le han llegado sus últimos días.

—Más cerca de lo que él sueña —afirmó Lanyard con dureza.

—No me dará pena. Soy alemana de los pies a la cabeza; lo que hago, lo hago por la Patria, y en ello encuentro absolución para muchas cosas que no me importa recordar. Si a través de lo que me cuentas puedo demostrar que Karl es un traidor, te debo una.

—Siempre ha sido mi más ferviente deseo, Sophie, tenerte algún día en deuda conmigo.

Sus dedos se apretaron sobre los de él.

—No bromees a la sombra de la muerte. Puesto que has sido lo bastante imprudente como para aventurarte a venir aquí esta noche, no se te permitirá salir con vida... a menos que te comprometas con nosotros y demuestres tu sinceridad entregando ese papel.

—Eso suena razonable... como lo de Prusia. ¿Y qué más?

—Te he avisado, y así he saldado mi deuda. El resto es asunto tuyo.

—¿Te imaginas que me tomo esto en serio?

—Te saldrá muy caro si no lo haces.

—¿Cómo me van a impedir salir cuando yo quiera de un restaurante público?

—¿Es posible que no conozcas este sitio? Lo mantiene la Wilhelmstrasse. Intenta salir de él sin llegar a un acuerdo satisfactorio y verás lo que pasa.

—¿El qué, por ejemplo?

—Las luces se apagarían antes de que cruzaras la mitad de la sala. Cuando volvieran a encenderse, el Lobo Solitario habría dejado de existir, y ni un alma de las que hay aquí sabría quién le ha apuñalado ni qué ha sido del cuchillo.

—¿Acaso te estás divirtiendo a mi costa?

Una vez más la mujer le mostró sus hermosos ojos: los encontró francamente serios, graves, inquebrantables.

—Si no quieres escuchar, que tu sangre caiga sobre tu propia cabeza.

—Perdóname. No era mi intención ser grosero...

—¡Aun así, no te lo crees!

—Te equivocas. Simplemente me divierte.

—Si lo entendieras, nunca podrías burlarte de tu peligro.

—Pero si no me burlo de él. Me encanta. Lo acepto y me renueva la juventud. Esto podría ser el París de los días en que tú corrías con la Manada, Sophie... ¡y yo a solas!

La mujer movió impaciente sus bonitos hombros.

—¡Creo que o estás loco o... eres la mismísima alma del valor!

El bis terminó; regresaron a la mesa, con Sophie apoyándose ligeramente en el brazo de Lanyard y parloteando alegres intrascendencias.

Dejándose caer en su silla, se inclinó hacia Cecelia Brooke.

—¡Baila adorablemente, querida! —declaró la intrigante—. Pero me imagino que eso ya lo sabe.

La joven inglesa negó con la cabeza, sonriendo.

—Todavía no.

—Entonces no pierda tiempo. Ustedes dos deberían bailar bien juntos, pues son de una talla más parecida.

Creo que el próximo número será un vals.

Bailamos muy pocos últimamente; estos bailes americanos, estos one-steps y fox-trots , no son bailes, son simples retozos, pero a pesar de todo son los favoritos.

Y siempre hay más sitio en la pista; muy pocos bailan el vals hoy en día.

De verdad, no debe perderse esta oportunidad.

Esta insistencia juguetona, el ligero énfasis que puso en su sugerencia de que Cecelia Brooke bailara con él, considerados en conjunto con su reciente advertencia, impresionaron a Lanyard como significativamente incoherentes.

Sophie no era mujer de hacer gestos sin sentido, ni carecía de la sutileza suficiente para hacerle señales apretándole el pie.

Había pura intención en aquella reiteración: «.

.. no pierda tiempo... no debe perderse esta oportunidad».

Algo había sucedido incluso desde su baile; ella había observado algo trascendental, y le estaba advirtiendo de que actuara deprisa, si es que tenía intención de actuar.

Con imperturbable amabilidad, divertido, urbano, Lanyard presentó su petición con una inclinación a través de la mesa, y se vio recompensado con un brillante asentimiento de promesa.

Encendiendo otro cigarrillo, se reclinó, sostuvo su copa de vino con delicadeza, valoró con ojo de experto su pálido matiz ambarino, se lo acercó levemente a los labios, inhalando críticamente su bouquet , dio un sorbo y significó su aprobación de la cosecha con otro sorbo: todo ello sin perderse ni un detalle de una escena que se desarrollaba en el lado más alejado de la sala, justo a sus espaldas, pero reflejada en un panel de espejo de la pared que tenía enfrente.

El diplomático encargado de la tarea de separar el trigo de la paja en el vestíbulo inferior había subido a conferenciar con su colega, el maître d'hôtel del piso superior.

Cuando Lanyard vio al hombre por primera vez, estaba de pie junto al hueco del ascensor, aguardando con no demasiada paciencia a que le atendiera el otro, que, atrapado por inadvertencia a cierta distancia, se movía para reunirse con él, con la rapidez que le permitía el abrirse paso entre las mesas atestadas.

¿Era eso lo que Sophie había advertido? ¿Acaso ella también había recibido, quizás, alguna señal secreta del guardián del portal inferior?

¿Una señal que indicaba, posiblemente, que Ekstrom había llegado?

Se encontraron al fin, aquellos dos, y confabularon discretamente, mostrando el maître d'hôtel una bienvenida mitigación de aquella tensión nerviosa que hasta ese momento le había afectado tan palpablemente; y, cuando el otro regresó al ascensor, Lanyard vio cómo la mirada de aquel se dirigía de forma irresistible a la mesa dedicada al servicio de la Princesa de Alavia.

Algo muy parecido a la satisfacción brilló en los ojos de plomo de aquel tipo: era evidente que anticipaba un pronto alivio de una desagradable carga de responsabilidad.

Luego, a sus anchas en la creencia de que no era observado, se volvió hacia una mesa cercana alrededor de la cual cuatro hombres estaban sentados sin el consuelo de compañía femenina.

.. cuatro hombres cuyo aspecto estaba lejos de ser tranquilizador a pesar de su comportamiento sorprendentemente callado y de su correctísima e inadvertida indumentaria de noche.

Dos de ellos eran inconfundibles hijos de la Patria; todos estaban en buena forma física, con aspecto de hombres que figurarían con ventaja en cualquier asunto que requiriera aptitud física y valor, desde café y pistolas al amanecer en el Parc aux Princes , hasta una batalla campal en un antro del Tenderloin.

Su mesa dominaba ambas salidas, por las escaleras y por el ascensor, demasiado de cerca para la tranquilidad de Lanyard.

Y más de uno le dirigió miradas pensativas mientras el maître d'hôtel rondaba sobre ellos, murmurando confidencialmente.

Cuatro asentimientos sellaron un acuerdo con él. Se alejó pavoneándose con muchos más modales de los que había mostrado en ningún momento desde la llegada de Lanyard, y desahogó un exceso de humor reprendiendo con amargura a un infeliz payaso de camarero por alguna falta trivial.

Los primeros compases de otro número de baile cantaron a través de la confusión de voces: verdaderamente, como Sophie había predicho, un vals.