XVII - ESTRATAGEMA
La persona que vestía ropa de noche de buen corte se presentó como el señor Revel. Para beneficio de Lanyard y el suyo propio, dejó vacía la silla junto a Sophie Weringrode y se sentó a un lado de Cecelia Brooke, quien tenía a Velasco entre ella y la supuesta princesa.
Un camarero ya había colocado copas para Lanyard y la chica, y las estaba llenando.
Con la mejor disposición que pudo reunir, el aventurero se sentó, aceptó un cigarrillo de la pitillera de la Weringrode y, con ojos abiertamente impertinentes, inspeccionó con sentido crítico a la intrigante.
Ella soportó bien la prueba, sonriendo con confianza, una criatura hermosa con un cuerpo bellísimo y vestida de forma hechicera.
El tiempo, consideró él, había sido amable con Sophie.
.. el tiempo, los misterios de la toilette moderna y la asombrosa adaptabilidad de las mujeres.
Espléndidamente vital, como todas las de su especie que sobreviven, parecía misteriosamente capaz de renovar aquella vitalidad mediante la propia extravagancia con la que la derrochaba.
Había vivido mucho en los últimos años, de forma rápida pero intensa, había aprendido mucho y había sacado provecho de sus lecciones.
Aquella noche parecía legítimamente la princesa de sus pretensiones; los modales de grande dame sentaban bien a su tipo; sus gestos eran tan impecables como su gusto; más guapa que nunca, en el peor de los casos no aparentaba tener mucho más de la mitad de su edad.
Y su rápida inteligencia se burló de la intimidad de sus reflexiones.
—Hermosa, coqueta y cuarentona —interpretó ella con una sonrisa.
Él fingió asombro.
—¡Nunca! —protestó débilmente.
La mujer reafirmó sus palabras con una serie de rápidos asentimientos.
—¿Acaso he tenido alguna vez secretos para ti? Eres demasiado rápido para mí, monsieur : no tengo intención de empezar a engañarte a estas alturas... ni de intentarlo.
—La adulación —declaró él— es mi pan y mi vino. Cuéntame más.
Ella rió por lo bajo.
—No, gracias; la vanidad no es propia de los hombres; no me interesa hacerte vanidoso.
Consciente de que Cecelia Brooke estaba escuchando mientras parecía encantada con la verborrea del señor Revel y las observaciones menos insulsas de Velasco, Lanyard buscó apartar de sí mismo las alusiones personales.
—¡Y ahora una princesa!
—¿No sabías que me había casado? Sí, una princesa de España... y con castillo allí, por si te interesa.
—Un buen cambio de aires con respecto a Berlín —comentó él—. Pero no te ha hecho ningún daño perceptible.
Aquello le valió una mirada ceñuda.
—¡Oh, Berlín! —dijo ella con labios despectivos—. No he vuelto por allí desde el principio de la guerra. Ojalá no volviera a ver aquel lugar en mi vida. Cierto es que nací austriaca, ¿pero es esa alguna razón para que deba amar a Alemania?
Se inclinó hacia delante y le dio unos golpecitos en los nudillos de la mano con el abanico.
—Préstame menos atención a mí —insistió, con un movimiento de cabeza hacia el centro de la sala—. Te estás perdiendo algo. Yo nunca me canso de verla.
La pista se había despejado. Un baterista en el estrado estaba haciendo sonar el redoble in crescendo .
Al estallido culminante, las luces se apagaron en todas partes salvo por un foco de color naranja instalado en el techo, justo encima de la pista de baile.
A ese campo circular de luz abrasadora saltó una mujer que llevaba poco más que una falda corta de fibras de hierba con algunos festones de flores artificiales.
Los aplausos rugieron hacia ella, la orquesta hizo sonar los compases iniciales de una melodía hawaiana americanizada, y la mujer, con una vivacidad extraordinaria, comenzó a ejecutar un hula desnaturalizado: un animal salvaje y leonado, soberbio en lo físico, que confiaba con razón en la cruda sensualidad de su cuerpo para compensar los movimientos censurados del baile primitivo.
El suelo resonaba como un gran tambor al golpeteo de sus pies descalzos, hasta el punto de que uno se maravillaba de la solidez de una carne capaz de soportar semejante castigo.
Sophie Weringrode se recostó de forma descuidada sobre la mesa, acercando su cabeza al hombro de Lanyard.
—Juega limpio —dijo entre unos labios que apenas se movían.
Sin girar la cabeza, Lanyard respondió del mismo modo:
—¿Por qué pides más de lo que estás dispuesta a dar?
—La policía ya te echó una vez de América. Solo nos hace falta publicar que el señor Anthony Ember es el Lobo Solitario...
—¿Y bien?
—Deja a Berlín al margen de todo esto delante de esta chica.
Lanyard se encogió de hombros y rió por lo bajo.
—¿Qué más?
—No podemos hablar ahora. Pídeme el próximo baile.
La mujer se recostó en su silla, atenta a las posturas de la bailarina, abanicándose lentamente.
La apariencia de Lanyard de tener un interés similar no era más que eso; furtivamente, su vigilancia se alternaba entre dos zonas de la sala.
En el extremo más alejado del círculo de resplandor tropical había localizado una mesa en la que estaban sentados dos hombres, Dressler y O'Reilly.
Ya no había dudas sobre los integrantes de la conspiración; incluso Velasco se había quitado la careta.
El enemigo había salido audazmente a la luz, denotando una sensación de descarada seguridad, denotando aún más un desprecio por la oposición.
Ya sin miedo, no se escondían en las sombras.
Lanyard experimentó el presentimiento de acontecimientos inminentes.
Además, no le quitaba ojo a la puerta del hueco del ascensor.
Ya se había abierto una vez, dejando entrar una brillante ventana en la pared más alejada de la sala en sombras, y revelando la figura del maître d'hôtel a contraluz, con una actitud de ansiedad.
Esperaba a alguien, esperaba con tensión.
Lo mismo hacían los demás, todo aquel equipo y sus colaboradores dispersos entre los invitados.
Lanyard se dijo a sí mismo que podía adivinar a quién.
Solo faltaba Ekstrom para completar el círculo. Cuando él apareciera —si por casualidad lo hacía—, deberían empezar a suceder cosas.
Aun estando tolerablemente seguro de que Ekstrom no vendría —no aquella noche, en cualquier caso—, Lanyard, no obstante, siguió vigilando celosamente aquella puerta.
Pero el hula llegó a su fin sin que ni su vigilancia ni la impaciencia del maître d'hôtel se vieran recompensadas.
Retorciéndose con gracia serpentina hasta el borde del área iluminada, la bailarina saltó de nuevo a la oscuridad y a los pliegues de un chal que sostenía una doncella, prenda con la que se la vio, haciendo reverencias y riendo, cuando volvieron a encenderse las luces.
Sin dejar de tocar, y cambiando únicamente el ritmo de la melodía, la orquesta se lanzó a un fox-trot . Lanyard miró a través de la mesa para ver cómo Cecelia Brooke se levantaba en respuesta a la invitación del apuesto señor Revel.
Por su parte, él se levantó con Sophie Weringrode.
—Ten paciencia conmigo —rogó—. Hace mucho que no bailo al son de una música más frívola que un cañoneo.
—Pero es sencillo —prometió la mujer—... sencillo, al menos, para alguien que sabe bailar como tú lo hacías en los viejos tiempos. Limítate a seguirme hasta que le cojas el paso. En cualquier caso, no importa; solo deseo tener la oportunidad de conversar.
Entregándose a sus brazos, cambió al francés cuando volvió a hablar.
—Lo haces admirablemente, amigo mío. No vuelvas a despreciar tu forma de bailar. ¡Si supieras cómo se sufre a los pies de estos americanos!...
—¡Excelente! —dijo él—. Ahora que eso está aclarado: ¿qué es lo que te han encargado que me propongas?
Ella se echó a reír por lo bajo.
—¡Siempre tan directo! En verdad, nunca brillarías como agente secreto.
—No como brillan ellos —replicó Lanyard—... en la oscuridad.
—No seas farsante. Somos lo que somos, y tú también lo eres. No empecemos a censurar los métodos del otro para ganarnos la vida.
—De acuerdo. Pero, ¿cuándo empezamos a hablar de negocios?
—¿Por qué sigues mostrándote tan persistentemente hostil?
—Soy francés.
—Eso es una tontería. Eres un proscrito, un hombre sin patria. ¿Por qué no cambiar todo eso?
—¿Y cómo se obran los milagros?
—Alemania te ofrece refugio, seguridad y libertad para ejercer tu oficio sin trabas... dentro de unos límites razonables.
—¿Y a cambio qué doy yo?
—Tus servicios, según y cuando se requieran, en nuestro servicio.
—¿Empezando cuándo?
—Esta noche.
—¿Con qué actuación en concreto?
—Queremos, y debemos tener sin falta, ese documento que le quitaste a la chica Brooke.
—Tal vez sea mejor que sigamos en inglés. Estás hablando un idioma que desconozco.
—No digas sandeces. Sabes muy bien a qué me refiero. Sabemos que lo tienes. No lo robaste para entregárselo a Inglaterra ni a los Estados Unidos. ¿Cuál es tu precio para Alemania?
—Sea lo que sea lo que tengas en mente, créeme cuando te digo que no tengo nada que vender a la Wilhelmstrasse.
—Pero, ¿qué otra cosa puedes hacer con él? ¿A qué otro mercado...?
—Mi querida Sophie, palabra de honor que no tengo lo que quieres.
—Entonces, ¿por qué tenías tantas ganas de ponerte en contacto telefónico con la chica Brooke en cuanto te enteraste de dónde se alojaba?
—Por cierto, ¿cómo te enteraste de eso?
—Atribúyele el mérito al señor Velasco. Te vio a ti primero.
—Eso me imaginaba... No obstante, no tengo lo que buscas.
—¿Se lo has devuelto a la señorita Brooke?
—Al no tener nada que darle, no le he dado nada.
La mujer guardó silencio durante una vuelta entera a la pista; luego:
—Dime una cosa —pidió.
—¿Puedo ocultarte algo?
—¿Estás enamorado de la inglesa?
Lanyard casi pierde el paso, y luego se rió a carcajadas de la idea.
—¿Qué te ha metido eso en tu cabecita, Sophie?
—¿Acaso no lo sabes tú mismo, amigo mío?
—Es absurdo.
Ella rió con malicia.