Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XVI - AU PRINTEMPS
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XVI - AU PRINTEMPS

En aquellos días, las noches de Nueva York eran largas; esta aún era joven cuando Lanyard salió caminando pausadamente de una calle lateral y se detuvo en una esquina de Broadway a la altura de la calle Noventa; no tuvo que esperar mucho antes de que un taxi en dirección sur apareciera a la vista y se acercara a la acera en respuesta a su señal.

Aún faltaba poco para la una de la madrugada cuando le dejaron en su puerta.

Con cansancio entró por la puerta privada, encendió la luz y, sin molestarse siquiera en quitarse el abrigo, se dejó caer en una silla.

Una pesada depresión oprimía su corazón, y el sabor del fracaso era como acíbar en su boca.

Tres veces en una hora se había quedado corto en sus promesas: a Cecelia Brooke, a sí mismo, a su idée fixe .

Sus tres oportunidades de cumplir su palabra a la muchacha, de estar a la altura de su extraño criterio de honor, de librar a su mundo de Ekstrom, se le habían escurrido entre unos dedos que parecían demasiado débiles para sacar provecho de ellas.

De pronto se sintió viejo; viejo, cansado y solo.

¡Qué tediosas, rancias, sosas e inútiles eran las costumbres de su mundo!

¿Qué era su vida? Un vacío. ¿Y él mismo?

Un volante de bádminton, el juguete indefenso de sus propios fracasos, un ser vano que se pavoneaba y tropezaba alternativamente, ahora jactándose bajo la apariencia de un vengador autoproclamado, ahora escabulluyéndose con los vergonzosos ropajes de un delincuente autocondenado.

¿Qué le había impedido infligir a Ekstrom el castigo que tan bien se había ganado?

Aquella insaciable ansia suya de botín. De no ser por aquella prueba incriminatoria en su contra que suponía el collar robado en su bolsillo, podría haberse cobrado su voluntad sobre Ekstrom, y haberse justificado al ser descubierto demostrando que no había hecho sino impartir justicia a un ladrón que vendía lo que había robado y volvía a robar para robar de nuevo lo que había vendido.

El autodesprecio atacó a la presunción como un ácido. Vio a Michael Lanyard como una figura lamentable, sentado y embrutecido por la autocompasión... llorando sobre la leche derramada...

Se sacudió con impaciencia. ¿Qué importaba que aquella noche hubiera perdido sus oportunidades? Podía crearse otras, es más, lo haría. Tenía que hacerlo...

¿Con qué fin? ¿Sería más dulce la vida si encontrara la forma de devolver a Cecelia Brooke su precioso documento y de restituirle a escondidas a la señora Arden sus diamantes robados? ¿Sería menos punzante este dolor mortal de la soledad con Ekstrom muerto?

Con ojos apagados miró a su alrededor aquella habitación lúgubre, considerando que su pretensión superficial de comodidad era la burla más desoladora.

A alojamientos como aquel estaba condenado de por vida, a una interminable sucesión de aposentos transitorios, sórdidos o espléndidos, ricos o miserables, iguales en esta cualidad común de hueca soledad. ..

Su mirada sin rumbo vagó hacia la puerta que daba al pasillo público, y se quedó fija en un triángulo de papel blanco, la mitad de un sobre encajado entre la puerta y el umbral.

Al poco se levantó y cogió la cosa, sin estar del todo convencido de no ser víctima de una alucinación óptica hasta que la tocó.

Era un sobre cuadrado de papel color crema, con un membrete escrito con una letra que no le resultaba familiar: Anthony Ember, Esq. , con la dirección de su edificio de apartamentos.

Al rasgar el sobre, encontró dentro una hoja doble de papel de carta liso que contenía un mensaje de cinco palabras escritas a toda prisa:

«Au Printemps...» «a la una...» «¡Por favor!».

Nada más, ni una palabra ni un rasguño de pluma...

Abriendo la puerta, Lanyard llamó al conserje del vestíbulo, un negro soñoliento y no demasiado inteligente.

—¿Cuándo ha llegado esto para mí?

—Hace como una hora, señor Ember.

—¿Quién lo trajo?

—Un chico de los recados, señor... parecía el mismo chico.

—¿Qué mismo chico?

—El mismo que entró cuando usted, sobre las once... ¿recuerda?

Lanyard asintió, recordando que, de camino desde la Sexta Avenida, le había irritado subconscientemente el silbido agudo y desafinado de un joven desgarbado con el uniforme de la Western Union, que le había seguido hasta la casa y se había enzarzado en un altercado menor con los conserjes mientras Lanyard abría la puerta de su apartamento.

—¿Qué pasa con él?

—Pues que irrumpió aquí y dijo que habíamos mandado llamar, y le dijimos que no sabíamos nada de ninguna llamada, y se puso a maldecir y a armar un escándalo, y después de que usted entrara preguntó cómo se llamaba, y alguien se lo dijo y se marchó.

Y luego, como media hora después, volvió con esa carta de ahí.

.. y dijo que la metiera debajo de su puerta, si no estaba en casa.

Al menos a mí me pareció el mismo chico. No lo sé con seguridad.

Al no lograr los repetidos intentos extraer más información de aquella fuente, Lanyard volvió a encerrarse con el enigma.

Alguien había enviado a un chico de los recados a seguirle la pista y averiguar su nombre y dirección.

No había sido Crane: Lanyard le había visto desaparecer en el ascensor del Knickerbocker y después se había movido demasiado deprisa para permitir que Crane regresara al vestíbulo, llamara a un chico de los recados y señalara a Lanyard.

En realidad, Lanyard estaba dispuesto a jurar que nadie le había seguido desde el Knickerbocker hasta el Biltmore.

Vagamente parecía recordar una primera impresión del chico en el momento en que salía de la farmacia tras su infructuoso intento de telefonear a Cecelia Brooke: el recuerdo indefinido de una figura desaliñada con la nariz aplastada contra el escaparate de la farmacia, aparentemente fascinada por el despliegue de un remedio para callos de a centavo.

¿Había alguna conexión entre aquella circunstancia y la larga demora que Lanyard había sufrido en la cabina telefónica?

¿Había sido la operadora del Knickerbocker menos estúpida y negligente de lo que parecía?

¿La verdad del asunto era que Crane había supuesto que Lanyard intentaría comunicarse con la muchacha Brooke y había puesto a vigilar la centralita en espera de la llamada?

Suponiendo que el hombre del Servicio Secreto hubiera sido lo bastante astuto para eso, no era difícil comprender que a Lanyard le habían mantenido colgado al otro lado de la línea a propósito hasta poder rastrear la llamada hasta su origen y enviar a un mensajero desde la oficina de la Western Union más cercana con instrucciones de seguir al hombre que saliera de la cabina y de informar sobre su nombre y domicilio local.

Un trabajo fino, si estas deducciones eran razonables. Y, convencido de que lo eran, Lanyard se inclinó a conceder un mayor respeto a las habilidades detectivescas del estadounidense.

Pero esta nota, este garabato apresurado y sin firma de cinco palabras ininteligibles: ¿qué diablos significaba?

Por la evidencia de la letra, la había escrito una mujer.

¿Cecelia Brooke? ¿Quién si no? Crane bien podría haber sido tomado como confidente por ella, tras el hundimiento del Assyrian , y al descubrir que Lanyard había sobrevivido, habría utilizado este medio para aliviar la angustia mental de la joven.

¿Pero su significado?... «Au Printemps» traducido literalmente significaba «en la primavera», y «en la primavera a la una» era un mero galimatías, algo incomprensible.

En París hay unos grandes almacenes que se llaman «Au Printemps»; ¡pero seguramente nadie le estaba sugiriendo a Lanyard en Nueva York una cita en París!

No obstante, aquel «¡Por favor!» le intrigaba con un tono a la vez suplicante e imperativo que decidió a Lanyard a responderle sin demora, en persona.

—«Au Printemps... a la una... ¡Por favor!».

En la pantalla de su memoria brilló la visión borrosa de un letrero luminoso que mostraba la frase «Au Printemps» contra la fachada de un edificio con las ventanas ciegas y oscuras a excepción de las de la planta baja, que resplandecían de un color rosado por la luz filtrada a través de cortinas de seda; un edificio por el que Lanyard ya había pasado tres veces aquella noche sin prestarle atención alguna, absorto como estaba en su propósito; un edificio en Broadway, en algún lugar por encima de Columbus Circle, si no se equivocaba.

Ya era la una. Afortunadamente seguía de etiqueta, y solo necesitaba cambiarse el cuello y la corbata para reparar el desarreglo causado por su encuentro con Ekstrom.

En dos minutos volvió a estar en la calle.

A los cinco, un taxi le dejó frente al Restaurante Au Printemps, una institución del Nueva York nocturno cuyo título de distinción residía principalmente en el hecho de que abría sus plantas superiores para la diversión de los «socios» más o menos a la hora en que otros cerraban sus contraventanas.

La llegada de Lanyard se produjo en el momento de mayor afluencia.

Los comedores de la planta baja estaban cerrados y sin luz: pero hombres y mujeres en parejas y en grupos cruzaban la acera en un flujo incesante procedentes de una cadena interminable de automóviles y eran triturados por las puertas giratorias como el grano en la tolva de un molino impío, los hombres todos de etiqueta, las mujeres con ropas cuya insolencia superaba a las noches más bizantinas de L'Abbaye Theleme .

Arrastrado por la corriente a través de la puerta de torniquete, Lanyard se encontró en un vestíbulo absurdamente pequeño, abarrotado hasta la asfixia, principalmente por gente del medio mundo.

.. aquí y allá algunas celebridades, aquí y allá pequeños grupos apretados de personas respetables que hacían un valiente alarde de sentirse a gusto.

.. todos esperando su turno para ser elevados a regiones deleitables en lo alto, en un ascensor apenas lo bastante grande para servir en una residencia privada.