Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XV - RECONOCIMIENTO #2
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XV - RECONOCIMIENTO #2

Se había colado en aquella casa como un ladrón porque había empeñado su palabra y a la fuerza se le había obligado a faltar a ella, porque había sido despojado de la prueba tangible de la confianza depositada en él sin pedirlo, y porque había sabido que quien se la había arrebatado iba a reunirse con Stanistreet en esa misma habitación a medianoche.

Se encontraba allí únicamente para cumplir su palabra, para llevarse aquel cilindro, de poder encontrarlo, y devolvérselo a la joven... no para robar...

¡Jamás eso!...

De manera lenta, reacia e inevitable, extendió la mano y, de entre aquellos brillantes símbolos de la profunda condena de su alma, seleccionó el collar, una sarta de diamantes a juego con maestría, un riachuelo de fuego helado, cada piedra tan hermosa como la anterior.

—¡Admirable! —susurró—. ¡Oh, admirable!

Dudando en hacer aquella cosa que para él, según la extraña medida de su retorcido código, significaba deshonra, quería y no quería; y mientras vacilaba, le asaltó el recuerdo curiosamente vívido de los ojos claros y sinceros de Cecelia Brooke, le pareció verlos de verdad escrutando los suyos con su mirada de triste asombro.

.. los ojos de una mujer que le había considerado merecedor de su confianza. ..

Casi obtuvo la victoria en aquella lucha que estaba condenado a perder. Bajo la mirada serena y firme de aquellos ojos, su mano se extendió para volver a dejar el collar, se movió con inseguridad, titubeó...

Más allá de las ventanas sonó un paso incauto. Afuera, en la oscuridad, alguien chocó contra un mueble de mimbre y lo movió con un leve sonido de raspadura, casi inaudible, pero para el ladrón tan estridente como el pitido de la policía.

De forma instantánea e instintiva, con dos movimientos simultáneos, Lanyard se guardó el collar en un bolsillo interior de la chaqueta y apagó la luz del cuadro.

Con unas manos ahora tan firmes y seguras como vacilantes habían sido un momento antes, cerró la puerta de la caja fuerte sin hacer ruido, echó los cerrojos y, agachado tras un sillón a varios metros de distancia, ya estaba a cubierto antes de que el hombre que estaba fuera terminara de manipular los cierres de la ventana.

Si aquel era el vigilante Howson, es de suponer que se conformaría con encontrar la habitación a oscuras y en apariencia vacía, y seguiría su ronda sin sospechar nada.

Si no lo hacía, o si se percataba de que el panel estaba desplazado, entonces llegaría el momento de Lanyard para salir de su escondite y huir.

Con un leve crujido, una de las ventanas se abrió hacia dentro. Las anillas de las cortinas chocaron sordamente en sus barras. Alguien atravesó los cortinajes y se detuvo, cerrándolos tras de sí. El haz de una linterna eléctrica rasgó la penumbra, y su foco bailó erráticamente por las paredes.

En el ánimo de Lanyard ya no había cabida para la idea de huir, sino más bien una firme determinación de mantenerse firme.

Aquel no era ningún vigilante nocturno, sino un asaltante de casas, alguien con tan poco derecho a irrumpir en aquel lugar como él mismo; y encima, un novato en semejante trabajo, el más inexperto de los aficionados que practicaba métodos tan torpes e infantiles como cualquier actor interpretando un robo en un escenario ante un público de ingenuos.

Ya el ruido que había hecho al entrar lo demostraba, y luego aquel absurdo manejo de la linterna.

Y a medida que avanzaba hacia el interior alejándose de las ventanas, se hizo evidente que ni siquiera había tenido la cordura de cerrar del todo los cortinajes; un destello violáceo de luz de estrellas entraba por un profundo hueco triangular entre ellos en la parte superior.

A pesar de todo, el intruso parecía saber lo que quería y dónde buscarlo, denotaba un buen conocimiento de la habitación y se dirigió directamente a la caja fuerte iluminada por su lámpara.

Al llegar debajo de ella, emitió un leve sonido que podía interpretarse como sorpresa al encontrar el panel ya fuera de su sitio.

De ser así, la sorpresa es evidente que no despertó en él sospecha alguna de que no todo fuera como la seda.

Por el contrario, localizó y encendió con toda calma el interruptor que controlaba la luz del cuadro.

En el acto, al brotar los rayos de luz y dejar al descubierto al hombre, Lanyard se irguió audazmente desde su escondite. Ya no había necesidad de ocultarse; su enemigo había sido entregado en sus manos.

El hombre era «Karl».

De espaldas a Lanyard, ajeno a la felina aproximación de este, el espía guardó su linterna, buscó en el bolsillo de su chaleco y sacó un trozo de papel, acercó el rostro a la esfera de la combinación para estudiar sus números; pero de repente, como un animal asustado, se dio la vuelta rápidamente hacia las ventanas.

Una de las hojas de la ventana se abrió de golpe, y una figura vestida con el uniforme gris de un vigilante privado separó las cortinas y entró en la biblioteca.

—¿Todo bien por aquí, señor Blensop?

Lanyard vio el brillo del acero azulado en las manos de «Karl» y saltó demasiado tarde: en el mismo momento en que caía sobre los hombros del espía, la pistola se disparó.

El vigilante retrocedió tambaleándose con un grito ahogado, se agarró a las cortinas con desesperación y las arrastró consigo en su caída.

Sus gritos de agonía hicieron que la noche se volviera espantosa. Y apenas había proferido el segundo grito cuando Lanyard, aun en el fragor de su pelea, oyó sonidos que indicaban que ya se había dado la alarma en la casa.

Pero la puerta aguantaría un rato; no era probable que al primero que bajara las escaleras se le ocurriera traer consigo la llave.

Tiempo habría para pensar en huir cuando Lanyard hubiera saldado su cuenta con aquel individuo: una empresa nada baladí; la cuenta no solo era larga, más larga de lo que Lanyard soñaba entonces, sino que, como había aprendido a sus expensas, el hombre era un antagonista de habilidad y fuerza nada desdeñables.

No obstante, ayudado por la sorpresa de su ataque, Lanyard logró desarmar al espía, forzándole a soltar la pistola desde el principio, y al atacar por la espalda lo dejó en una desventaja aún mayor.

A pesar de todo, tuvo las manos ocupadas hasta que, mediante una llave de jiu-jitsu , le retorció uno de los brazos a la espalda con tanta violencia que casi se lo disloca por el hombro, y empujándole el antebrazo hacia los omóplatos, le mantuvo temporalmente indefenso.

—¡Quédese quieto, canalla asesino! —gruñó—. ¿O tengo que arrancarle el brazo de su sitio? ¡Quieto, le digo!

«Karl» emitió un gruñido de dolor y dejó de forcejear.

Inmovilizándolo contra la librería, Lanyard le registró los bolsillos a toda prisa, sacando al primer intento un fino fajo de billetes estadounidenses en el que destacaban las cifras de 1.000 dólares en el superior.

—Diez mil dólares —dijo con torva expresión—; precisamente mis honorarios por el uso de mi nombre... ¡por no hablar de su abuso!

Una sarta de blasfemias alemanas intraducibles le dio réplica. Inteligible fue la pregunta casi histérica: —¿Quién diablos es usted?

—Eche un vistazo, asesino... ¡compruébelo usted mismo!

—Lanyard obligó al espía a girarse hacia él, reteniéndole inerme contra la pared con una rodilla en el estómago y una mano que le oprimía el cuello inexorablemente—.

¿Me conoce ahora... el hombre al que creía ahogado a cien brazas de profundidad?

Llovieron golpes sobre la puerta del pasillo. Ninguno prestó atención. El espía miraba el rostro de Lanyard, con los ojos desorbitados por el horror y el miedo.

—¡Lanyard! —jadeó—. ¡Santo Dios! ¿No se morirá nunca?

—Desde luego no por su mano... —empezó Lanyard, pero se detuvo en seco.

Durante un instante clavó su mirada con incredulidad y en ese mismo instante reconoció a su enemigo.

—¡Ekstrom! —exclamó; y el hombre que estaba a su merced hizo una mueca de dolor y se acobardó.

El alboroto en el pasillo arreció. Unas voces reclamaban a gritos la llave. Alguien se arrojó contra la puerta con tanta fuerza que la hizo temblar.

La emergencia se impuso en la consciencia de Lanyard y no cabía negarla.

Su disyuntiva parecía pensada para hacerle perder la cordura.

Si se demoraba, estaba perdido. O bien concedía a aquella criatura un nuevo plazo de vida, o bien era atrapado y pagaba la pena de asesinato por una ejecución tan indudablemente justa como cualquier otra en la historia de la humanidad.

Era un trago amargo, demasiado amargo para haber llegado hasta su anhelada hora, tantas veces aplazada, buscada con tanto ahínco, y ver cómo los frutos de la misma le eran arrebatados de su mano anhelante.

No pudo resignarse a esta renuncia; lentamente sus dedos se cerraron sobre el cuello del otro.

Empujado a la desesperación por la luz de locura que comenzaba a brillar en los ojos de Lanyard, el prusiano concentró de repente toda su fuerza y furia en un esfuerzo final y desesperado, se sacudió a Lanyard de encima y le atacó a su vez, peleando como un lunático para ganar terreno, buscando el espacio suficiente para girarse y correr hacia las ventanas.

A pesar de todos sus esfuerzos, Lanyard vio al hombre zafarse de la pared y maniobrar de espaldas a las ventanas; entonces se abalanzó sobre él con redoblada furia, asestándole golpe tras golpe hasta derribar la defensa de Ekstrom y hacerle tambalearse indefenso, hasta que un gancho que se coló por debajo de sus antebrazos levantados puso fin al combate.

Ekstrom salió despedido hacia atrás un par de metros, tropezó con el cuerpo inerte del vigilante, y se estrelló de cabeza contra los ventanales, cayendo en medio de una lluvia de cristales rotos.

En ese mismo instante, Lanyard retrocedió y se dejó caer de rodillas en la sombra del sofá del club, y la puerta que daba al pasillo se abrió de golpe.

Un grupo de hombres, media docena, irrumpieron en la biblioteca, vieron a aquella figura debatiéndose entre los escombros de la ventana y se abalanzaron hacia él, pasando por el otro lado del sofá, entre este y la chimenea.

Sin ser visto, Lanyard se levantó, corrió agachado al otro lado de la habitación; encontró la puerta lateral, la abrió lo justo para permitir el paso de su cuerpo, y la cerró tras él.

La calle Noventa y Cinco era un callejón solitario y sumido en la quietud de la medianoche. Corrió a través de ella como la sombra de una nube perseguida por el viento.