Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XIV - DIFAMACIÓN
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XIV - DIFAMACIÓN

Apenas era posible observar al señor Blensop desempeñando sus funciones sin reflexionar sobre la cruel injusticia que la Naturaleza comete a menudo con sus vástagos, al esconder cualidades sumamente loables dentro de envolturas carnales de aspecto irremediablemente frívolo.

Los amplios gestos de aquel joven, sus acentos aflautados, sus ojos poéticos y su bigotito modestamente zalamero, así como el preciosismo de su gusto en el vestir, casaban de un modo singular con una austera devoción al deber, rara si no afectada.

Sin lugar a dudas, fuera o no por naturaleza un hombre de temperamento estudioso y concienzudo, el señor Blensop representaba admirablemente el papel de uno de ellos.

Sentado, con la luz tamizada de la lámpara como aureola para su rubia y joven cabeza, trabajó laboriosamente con una hermosa pluma estilográfica con montura de oro durante cinco buenos minutos después de que Lanyard se hubiera deslizado en el rincón cubierto por las cortinas de la puerta vidriera, haciendo pausas solo de vez en cuando para coger una hoja de papel en blanco o consultar uno de los legajos de documentos que tenía ante sí.

Al fin, sin embargo, dudó con la pluma en alto y la mirada abstraída fija en el vacío, sacudió la cabeza, desconcertado, y se levantó, dirigiéndose directamente hacia las ventanas.

Durante unos treinta segundos interminables Lanyard permaneció en la duda; existía la remota posibilidad de que, en su preocupación, Blensop pasara al jardín sin reparar en aquella figura oscura aplastada contra la mitad de la puerta que se abría hacia dentro, en la densa sombra de la portière .

De lo contrario, todo habría acabado; Lanyard no veía forma de evitar la necesidad de dejar tambaleándose a Blensop con un golpe, huir para salvarse y abandonar por completo cualquier otro intento de averiguar el motivo por el que «Karl» se hacía pasar por Duchemin.

Se preparó, esperó tenso, listo para cualquier eventualidad... y bendijo a su buena estrella al descubrir que sus temores eran infundados.

A tres pasos de las ventanas, el señor Blensop dejó claro que, después de todo, no tenía intención de pasear por el jardín.

Haciendo una pausa, giró un sillón orejero de respaldo alto hacia la esquina de la habitación, encendió una lámpara de lectura, se sentó y eligió un volumen de alguna obra de consulta de las bien surtidas estanterías.

Durante varios minutos, sentado al alcance de la mano del intruso, estudió con atención, luego, con un chasquido de satisfacción, devolvió el volumen a su sitio, apagó la luz y reanudó su escritura.

Pero pronto se detuvo con una pequeña exclamación de fastidio, sacudió la pluma con impaciencia y la miró con el ceño fruncido en un reproche dolido.

Pero no sirvió de nada. La terquedad de lo inanimado era fuerte en aquella pluma: como su depósito estaba completamente vacío, se negaba tercamente a seguir prestando servicio sin ser rellenado.

Con un suspiro de resignación, el señor Blensop encontró un cuentagotas en uno de los cajones del escritorio y desenroscó el plumín de la estilográfica.

Hecho esto, se detuvo, escuchó por un momento con la cabeza ladeada inteligentemente, soltó el instrumento desmembrado y se levantó ágilmente.

En ese mismo instante se abrió la puerta del pasillo y entraron dos mujeres, al parecer hermanas: una señora de encanto maduro y distinguido, la otra una criatura igualmente atractiva y mucho más joven que ella; la primera, fuertemente animada por un interés inteligente en la vida; la segunda, una presa apática del hastío habitual.

Hacia ellas revoloteó el señor Blensop, ofreciéndose a relevarlas de sus abrigos.

—Permítame, señora Arden —se dirigió a la mujer mayor, que le toleró desapasionadamente—. Y señora Stanistreet... ¿No llegan ustedes un poco tarde?

—Espantosamente —asintió la señora Stanistreet con voz cansada—. Debe de ser cerca de medianoche.

—Apenas eso, Adele —dijo la señora Arden con una mirada divertida.

—¡La cena, el teatro, la recena y en casa antes de las doce! —comentó Blensop, escandalizado—. Caramba, eso es darse prisa.

—George insistió en que volviéramos pronto a casa —se quejó la joven esposa—. Espantosamente aburrido. Además, estábamos tan a gusto en el Ritz...

—¿En el Crystal Room ? —Una envidia disimulada envenenó los acentos de Blensop.

—Espantosamente interesante... estaba todo el mundo. Tenía tantas ganas de bailar... te eché de menos, Arthur.

—Vaya, no lo dices en serio, ¿verdad?

—¡Pobre señor Blensop! —terció la señora Arden con un atisbo de malicia—. Qué lástima que deba estar usted encadenado por un deber inexorable, mientras nosotras revoloteamos y nos divertimos.

—No debo quejarme —declaró Blensop con la humildad propia de un mártir abnegado, una pose que creyó conveniente descartar rápidamente cuando otro hombre entró con paso enérgico en la habitación—. Ah, buenas noches, coronel Stanistreet.

—Buenas noches, Blensop.

Con un brusco asentimiento, el coronel Stanistreet se dirigió directamente al escritorio y se detuvo allí para tomar y examinar el trabajo en el que su secretario había estado ocupado: un caballero bastante mayor que su esposa, de porte grave y robusto, con la costumbre de plantarse firmemente sobre sus pies y prestar toda su atención al asunto que tenía entre manos.

—¿Ha surgido algo de importancia? —inquirió de forma distraída, pasando las hojas de papel ennegrecidas por la tinta.

—Han venido tres personas —admitió Blensop con discreción—. Una vuelve a medianoche.

Stanistreet le dirigió una mirada penetrante.

—¡Ah! —dijo, sacando una rápida deducción, y se volvió hacia su esposa y su cuñada—. Son casi las doce. Perdonen si las apuro.

—Paciencia —dijo la señora Arden con indulgencia—. Por nada del mundo entorpecería tus importantes asuntos, querido, pero duermo más tranquila por las noches cuando sé que mis joyas están bajo llave en tu caja fuerte.

Con un gesto elegante se desabrochó un magnífico collar y lo depositó sobre el escritorio.

—Una tontería espantosa —comentó su hermana desde la puerta—. Como si alguien fuera a atreverse a entrar aquí a robar.

—¿Por qué no? —inquirió la señora Arden con calma, quitándose los anillos de los dedos.

—Con un vigilante patrullando los jardines toda la noche...

—Letty es sensata —interrumpió Stanistreet—. Howson es bastante fiel, y estos policías americanos son de fiar, pero los ladrones de pisos suceden en los vecindarios mejor vigilados. Hazme caso, Adele: deja tus cosas aquí con las de Letty.

—No tengo miedo —replicó su mujer fríamente—. Es demasiado espantosamente raro...

Atravesó el umbral flotando, y luego dudó, una bonita figura de desdén e insatisfacción.

—Pero, en serio, el coronel Stanistreet tiene razón —intervino Blensop con vivacidad—. ¿Se imaginan lo que he oído esta noche? ¡El Lobo Solitario está en América!

—¿Qué dice usted? —preguntó la señora Arden con brusquedad.

—El Lobo Solitario... Un hecho. Lo tengo de muy buena tinta.

—¡El Lobo Solitario! —arrastró las palabras la señora Stanistreet—. Si quieren mi opinión, creo que el Lobo Solitario no es más que un chivo expiatorio de la estupidez policial.

—No dirías eso —replicó la señora Arden— si hubieras vivido en París tanto tiempo como yo. Allí, en los viejos y queridos tiempos, pagábamos a ese granuja un impuesto demasiado alto como para no creer en él.

—Espantosas tonterías —insistió la otra—. Me voy. Buenas noches, Arthur. ¿Tardarás mucho, George?

—Oh, media hora más o menos —respondió su marido distraídamente mientras ella desaparecía.

Con un pequeño gesto que confiaba sus joyas, amontonadas sobre el escritorio, al cuidado de su cuñado, la señora Arden dio las buenas noches y siguió a su hermana.

Blensop se inclinó respetuosamente para acompañarla a la salida, cerró la puerta y volvió al escritorio.

—¿Qué es eso del Lobo Solitario? —inquirió Stanistreet, sentándose para examinar los papeles con más atención.

—¡Oh! —Blensop rió ligeramente—. Me limitaba a repetir la afirmación del propio individuo. Es decir, se jactó de ser el Lobo Solitario.

—¿Quién se jactó de ser el Lobo Solitario?

—El tipo que vino esta noche y dio el nombre de Duchemin.

.. André Duchemin. Llevaba pasaportes franceses y cartas del Ministerio del Interior recomendándole bastante bien.

Un tipo útil, me imagino, con sus conocimientos sobre la forma correcta de hacer las cosas incorrectas.

¿No le parece? Debería sernos de especial ayuda para dar caza a los hunos por aquí.

—¿Es este el hombre que vuelve a medianoche?

—Sí, señor. Pensé que era mejor concertar la cita.

—¿Por qué?

—Dijo que había cruzado en el Assyrian , y lo dijo significativamente, ya sabe. Imaginé que podría ser la persona que usted estaba esperando.

Stanistreet levantó la vista con el ceño fruncido.

—Lo dudo —dijo—... si es, quiero decir, quien realmente dice ser. Me pregunto cómo ha conseguido esas cartas.

—Parece extraño, ¿verdad, señor? ¡Un delincuente confeso!

—Un hombre extraordinario, según todos los indicios... Esos otros visitantes...

—Nadie de importancia, diría yo. Un hombre que dio el nombre de Ember y se puso un poco borde cuando le pregunté a qué venía. Le dije que tal vez usted consintiera en verle a las nueve de la mañana.

—¿Y la otra persona?

—Una joven... una chica muy guapa... también reticente. ¿Cómo se llamaba? Brooke... eso era: Cecelia Brooke.

—¡Diablos! —exclamó Stanistreet, dejando caer los papeles—. ¿Qué le dijo usted?

—¿Qué podía decirle, señor? Se negó a divulgar una palabra sobre sus asuntos con nosotros. Le dije que...

Advertido por un gesto del coronel Stanistreet, Blensop se interrumpió. Walker estaba abriendo la puerta.

—¿Bien, Walker?

—Un señor Duchemin, señor, dice que el señor Blensop concertó una cita con usted para las doce de esta noche.

—Hágale pasar, por favor.

El lacayo salió y cerró la puerta. Blensop agarró nerviosamente las joyas de la señora Arden.

—¿No será mejor que ponga esto primero en la caja fuerte?