Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XII - RESURRECCIÓN #2
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XII - RESURRECCIÓN #2

Preguntándose si sería presunción interpretar esto como un presagio de que los astros en su curso luchaban a su favor, Lanyard se dirigió hacia el oeste, a pie hacia Broadway, asediado durante todo el camino por una sensación de incredulidad; le costaba creer que era él mismo, vivo y en libertad en aquella ciudad de maravilla y espacio, donde la gente se movía a sus anchas y sin miedo por calles anchas que parecían canales profundamente horadados para ríos de luz.

Estaba demasiado habituado a las noches de pavor y temblor, a la penumbra medieval que envolvía a las ciudades de Europa de noche, sus sombrías y negras calles desoladas salvo por unas pocas e infrecuentes siluetas de miedo que se escabullían.

.. Mientras que aquí, los mismísimos mendigos caminaban con la cabeza sin agachar, y hombres y mujeres de más feliz condición reían, jugaban y se enamoraban a la ligera en los taxis que los llevaban a casa a toda prisa desde los restaurantes de la febril medianoche.

Un pueblo en guerra, enfrentado de verdad a la Bestia Rubia, dispuesto a defenderse y a defender a toda la humanidad de la conquista de aquel repugnante íncubo encarnado, un pueblo despreocupado, libre de inquietudes e irresponsable, que se negaba a dar crédito a su propio peligro...

Aquí y allá un cartel de reclutamiento, a lo largo de las amplias avenidas de la Quinta Avenida un despliegue de banderas, ningún otro atisbo de espíritu y gravedad de tiempos de guerra...

Longacre Square, un turbulento lago de resplandor caleidoscópico, repleto de multitudes carnavalescas incluso a esta hora tan tardía, sin una sola nota de sobriedad en toda la noche...

Lanyard alzó una mirada de asombro hacia el cielo lívido, cuyas lejanas y claras estrellas se veían palidecidas y avergonzadas por el resplandor ascendente, como ojos de inocencia que escudriñaran las profundidades de un abismo del infierno.

¡Inescrutable!

Y sin embargo, uno difícilmente podía permanecer insensible a la sutil y embriagadora intoxicación de aquellos aires frescos, inmaculados y dulces a mar que barrían las calles, infundiendo confianza en uno mismo y ligereza de espíritu incluso en las cabezas ensombrecidas por la desgracia de una Europa desgastada por la guerra.

Lanyard no había llegado a cruzar la Avenida cuando se descubrió a sí mismo caminando con paso más ligero, manteniendo la cabeza bien alta...

Por impulso, a pesar de lo avanzado de la hora, aunque con recelos justificados al final, paró a un taxi y se hizo llevar a la sede del Servicio Secreto Británico en Estados Unidos, una casa sin ostentación en la esquina noroeste de West End Avenue con la calle Noventa y Cinco.

Allí un educado lacayo acudió a la puerta y respondió a las preguntas de Lanyard con la información de que el coronel Stanistreet había sido llamado inesperadamente fuera de la ciudad y no regresaría antes de la tarde del día siguiente, mientras que su secretario, el señor Blensop, había ido al teatro y tal vez no volviera a casa hasta las tantas de la madrugada.

Más impaciente que decepcionado, Lanyard volvió a subir a su taxi y, tras consultar con su amigable chófer, terminó alojándose para pasar la noche en un hotel de la Octava Avenida de la clase que hizo famoso al senador Raines, un hostal que proclamaba descaradamente alojamiento «solo para caballeros», mientras que ofrecía entretenimiento tanto para hombres como para bestias y atendía más a las bestias que a los hombres.

No obstante, sirvió a su propósito; pasaba desapercibido y no exigía más que el pago por adelantado a un viajero desaliñado y sin equipaje.

Lanyard madrugó, desayunó con la atención fija en las columnas de anuncios del Herald , y a media mañana se había establecido como subarrendatario de un apartamento amueblado para solteros en la calle Cincuenta y Ocho, cerca de la Séptima Avenida, un nido diminuto de pocas habitaciones a nivel de calle, con entradas tanto desde el vestíbulo general como directamente desde la calle: un arreglo admirable para alguien que pudiera decidir entrar y salir sin supervisión ni dar explicaciones.

A falta de referencias locales sobre su carácter, Lanyard se vio obligado a pagar tres meses de alquiler por adelantado, además de hacer un depósito sustancial para cubrir posibles daños en el mobiliario.

Su nombre, elegido en el calor del momento, quedó registrado en el contrato de arrendamiento como Anthony Ember.

Al mediodía trajo a su alojamiento dos baúles rescatados de un almacén en el que habían sido depositados hacía más de tres años, en vísperas de su huida de América con su familia, un asunto de prisa y secreto que prohibía el hándicap de grandes impedimentos.

De este modo Lanyard volvió a ser poseedor de un vestuario tolerablemente completo.

Pero, esos baúles liberaron algo más que sus pertenencias personales; entremezcladas había posesiones que habían sido de su mujer y de su hijo.

Mientras deshacía el equipaje, los recuerdos poblaron aquellas dependencias de transeúnte, de lujo superficial, con fantasmas melancólicos, tan dulces y tristes como la lavanda y la ruda.

El hombre permaneció ocioso durante horas, con la cabeza gacha, mientras sus manos tiraban sin rumbo de unas pequeñas prendas bordadas.

Y si en el torbellino y el tumulto de los últimos acontecimientos parecía haber olvidado por un momento aquella disputa que le había traído allende los mares, despertó de este breve interludio de tristes ensoñaciones con el hierro de un propósito mortífero recién clavado en el alma, y en el corazón un pensamiento dominante, que ahora su hora con Ekstrom no podía, no debía, retrasarse mucho más.

En la calle se levantó un clamor de griterío inhumano.

Lanyard se dirigió a la puerta privada, llamó a uno de los fornidos autores del estrépito, un vendedor ambulante de periódicos, y desembolsó una moneda de cinco centavos por una edición extra especial de un centavo y cuatro centavos de insolencia aullante.

No encontró más interés en el periódico que la información de que el Saratoga había sido avistado frente a Fire Island y se esperaba que atracara en Nueva York a más tardar a las ocho de aquella noche.

Esto, sin embargo, era una lectura aceptable.

Lanyard tenía trabajo por hacer que era mejor hacer antes de que «Karl» y su equipo encontraran la oportunidad de comunicarse directamente con sus colaboradores en tierra firme, trabajo que sería imprudente iniciar antes de que el anochecer prestara un manto de sombras para despistar a cualquier espía alemán accidental y siempre posible.

Tampoco era tan fatuo como para imaginar que le resultaría provechoso presentarse antes de las nueve en la casa de West End Avenue.

No podía esperar encontrar al Honorable Coronel George Fleetwood-Stanistreet cerca del final de su cena a ninguna hora más temprana, y por lo tanto de un humor accesible y receptivo.

Pero no habría ningún mal en hacer un reconocimiento a la luz del día.

Pasó la última parte de la tarde en taxis, arreglándoselas a fuerza de cambios frecuentes para pasar de la manera más casual imaginable por la sucursal de la calle Setenta y Nueve de la Wilhelmstrasse, no menos de cuatro veces.

Poca recompensa obtuvieron estas tácticas, aparte de una fotografía mental bastante exacta del edificio y de su situación.

.. y de la creciente sospecha de que el gobierno de Estados Unidos no había sacado ningún provecho de las lecciones de los primeros días de guerra de Inglaterra con respecto a la única forma de lidiar con los extranjeros enemigos residentes.

La casa se alzaba en una esquina, ocupando la mitad de una manzana de la avenida —la mitad norte de la cual era el emplazamiento de un imponente bloque de apartamentos en construcción—, y se erguía sobre sus vecinos menores como una monumental monstruosidad de la arquitectura, tan formidable como una fortaleza, sus hileras inferiores de ventanas estaban enrejadas con hierro, unas recias rejas de hierro listas para bloquear su entrada principal e incluso unas verjas más pesadas vigilando el patio de carruajes de la calle lateral.

En suma, un bastión nada fácil de forzar para el ladrón más avezado; sin embargo, el corazón de este era la meta de Lanyard; pues allí, creía él, Ekstrom (bajo el nombre de guerra que fuera) yacía escondido o, si no Ekstrom, al menos una pista clara de su paradero.

Con certeza, aquel no podía estar muy lejos de la potente estación de radio mantenida en secreto en el tejado de aquel extraño revoltijo de épocas arquitectónicas, con sus antenas astutamente ocultas en la atrocidad coronadora de su minarete: una estación que se decía que era tan potente que podía recibir las noticias y órdenes emitidas cada noche por Berlín y, en caso de emergencia, transmitirlas a otras estaciones secretas en Cuba, México y Venezuela.

Y, sin embargo, el escrutinio más perspicaz de unos ojos entrenados para detectar a primera vista a los agentes de policía, por muy bien disfrazados que estuvieran, no logró descubrir una sola señal de espionaje de ningún tipo en aquel nido de serpientes de cascabel.

Aparentemente, sus inquilinos entraban y salían a su antojo, sin inmutarse ni preocuparse de la vigilancia gubernamental.

Una hermosa limusina se detuvo junto al apeadero de carruajes mientras Lanyard pasaba en una ocasión, y una mujer bonita y exquisitamente vestida se apeó y fue recibida por las hospitalarias puertas principales, que se abrieron antes de que ella pudiera llamar; a aquella mujer Lanyard la conocía como una de las criaturas más audaces, diabólicamente inteligentes y sin escrúpulos de la Wilhelmstrasse, alguien cuya vida no habría valido la compra de una hora si se hubiera aventurado a mostrarse en París, Londres o Petrogrado en cualquier momento desde el estallido de la guerra.

Continuó su viaje, sumido en el asombro.