Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) XII - RESURRECCIÓN
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XII - RESURRECCIÓN

Las primeras ediciones de aquellos periódicos vespertinos de Nueva York que Lanyard compró en Providence, cuando hizo transbordo de tren allí de camino de New Bedford a Nueva York, publicaban reportajes a varias columnas y de lo más pintorescos sobre el desastre del Assyrian .

Pero la verdad entera no estaba en ninguno.

Lanyard dejó a un lado el último periódico íntimamente convencido de que, por motivos propios sin duda dignos de elogio, Washington había creído conveniente ordenar la supresión de una serie de circunstancias y hechos sumamente pertinentes que difícilmente podían haber escapado al conocimiento del gobierno.

Ya se adivinaba que estaba en marcha una especie de censura, precursora eficaz aunque comparativamente modesta de aquel noble comité de voluntarios que pronto se aferraría con conmovedora espontaneidad a un asombrado Buque del Estado antes de que este pudiera cobrar velocidad suficiente para eludir tan cirrípedas adherencias.

Es de suponer que no se consideró prudente desconcertar a un gran pueblo en la complacencia de su despertar al hecho de que estaba remotamente en guerra con el huno, con la información de que un sumergible boche operaba, o había estado operando últimamente, en las cercanías de Nantucket.

De forma unánime se atribuía el hundimiento del Assyrian a una explosión interna de origen desconocido.

Ningún periódico insinuó que agentes secretos alemanes pudieran haber viajado de incógnito entre sus pasajeros.

No se mencionaba en absoluto la bengala que había ardido en su cubierta de popa para convertir al Assyrian en un blanco visible en la noche, ni ninguno de los otros lamentables acontecimientos que habían precedido a la explosión.

No se dijo absolutamente nada del disparo efectuado contra el U-boat sumergido por un destructor torpedero de los Estados Unidos que acudía a toda velocidad al rescate.

Aun así, los meros hechos eran de por sí lo suficientemente espantosos.

Al leer lo que se había permitido publicar, Lanyard experimentó una punzada de horror unida a la idea de que, incluso de haberse ahogado como había esperado ahogarse, semejante destino casi habría sido preferible a la participación en aquellos espantosos diez minutos precipitados por aquel pálido mensajero de la muerte que tan por poco no había alcanzado al propio Lanyard mientras descansaba sobre el pecho del mar.

A los diez minutos de recibir su golpe de gracia, el Assyrian se había hundido; apenas de ese tiempo había dispuesto una lista de pasajeros de setenta y dos y un personal de casi trescientas almas para despertar de los sueños de seguridad y echarse a los botes salvavidas.

A causa de la prisa frenética impuesta por el rápido hundimiento del barco, más de un bote había zozobrado.

Otros habían sido hundidos —literalmente empujados hacia abajo— por masas de humanidad que caían en cascada sobre ellos desde las cubiertas inclinadas.

Otros, además, ni siquiera habían llegado a ser lanzados al agua.

Los máximos esfuerzos del destructor, fortuitamente tan cercano, habían servido para rescatar a tan solo treinta y un pasajeros y ciento ochenta tripulantes.

En la lista de supervivientes Lanyard encontró estos nombres:

Becker, Julius — Nueva York

Brooke, Cecelia — Londres

Crane, Robert T. — Nueva York

Dressler, Emil — Ginebra

O'Reilly, Edmund — Detroit

Putnam, Bartlett — Filadelfia

Velasco, Arturo — Buenos Aires

Entre los heridos, el teniente Lionel Thackeray, D.S.O., figuraba como aquejado de conmoción cerebral, supuestamente contraída a causa de una caída mientras intentaba ayudar en el lanzamiento de un bote salvavidas.

En la larga lista de los ahogados aparecían estos nombres:

Bartholomew, Archer — Londres

Duchemin, André — París

Von Harden, barón Gustav — Ámsterdam

Osborne, capitán E. W. — Londres

De todos los oficiales, el señor Sherry era el único superviviente, pescado en el mar tras hundirse con su barco.

Ninguna lista alardeaba del nombre de «Karl».

Al no disponer de alojamiento para los rescatados, se afirmaba que el destructor había llamado por radio al carguero de vapor Saratoga rumbo al este, que había transbordado a los desdichados y había dado la vuelta hacia Nueva York...

Durante la mayor parte del trayecto de Providence a Nueva York, Lanyard permaneció sentado, mirando inexpresivamente al negro espejo de la ventanilla junto a su butaca, dando vueltas a los planes para su futuro inmediato a la luz de la información obtenida, tanto indirecta como directamente, de aquellos artículos periodísticos.

Una consideración retrospectiva de aquel viaje dejaba poco lugar a dudas de que los designios de los agentes alemanes habían sido cuidadosamente madurados.

Habían permanecido bastante tranquilos entre su primer golpe en la oscuridad y el último, entre el robo en el camarote de Cecelia Brooke la primera noche de viaje y los asaltos asesinos contra Bartholomew y Thackeray.

Indudablemente, habían aguardado su momento hasta la hora en que, según su información, el sumergible se encontraría frente a Nantucket, a la espera de su señal para hundir el Assyrian .

.. una señal que nunca se habría dado si sus planes hubieran tenido éxito, si no hubieran hecho que el barco fuera demasiado peligroso para ellos y, en definitiva, si no hubieran tomado todas las precauciones para su propia huida al hundirse el barco.

Lanyard estaba seguro de que se había avisado a todo su grupo para que se mantuvieran preparados y, en consecuencia, habían salido impunes... es decir, todos menos aquella víctima de traición, el desdichado barón von Harden.

Si el número de aquel grupo que Lanyard había seleccionado por comprender a la mayoría de sus enemigos, aquellos nueve que habían discutido sobre el Lobo Solitario en la sala de fumadores, se reducía ahora a cinco —Becker, Dressler, O'Reilly, Putnam y Velasco—, o a cuatro, eliminando a Putnam, de cuya lealtad no cabía duda alguna.

.. Lanyard seguía sin tener medios para saber cuántos compinches entre los demás pasajeros podían haber tenido estos cuatro.

E incluso cuatro hombres que valoraban el peligro que el Lobo Solitario entrañaba para sus planes, incluso cuatro, constituían un grupo nada desdeñable de enemigos desesperados andando sueltos por Nueva York, con los que se podía tropezar en cualquier esquina, y capaces en cualquier momento de atisbarle y reconocerle sin su conocimiento.

Esta situación le imponía dos grandes tareas de importancia inmediata: debía dar caza a esos cuatro uno por uno y convencerse de su inocencia de intenciones dañinas, o bien dejarlos permanentemente fuera de combate; y debía extinguir por completo, de una vez y para siempre, aquella amable personalidad cuya breve existencia se había limitado a las cubiertas del Assyrian : monsieur André Duchemin.

A aquel había que enterrarlo en lo más hondo, más allá de cualquier contingencia de resurrección involuntaria.

Afortunadamente, el último paso hacia la metamorfosis definitiva señalada se había dado aquella misma mañana, cuando la barba gala de monsieur Duchemin fue borrada por la navaja de un barbero de Nueva Inglaterra, cuyas tijeras habían erradicado asimismo todo rastro de un estilo de peinado continental.

Quedaba en Lanyard poco que recordara a André Duchemin a excepción de sus ojos; y la mirada de los ojos de uno, como sabe todo buen actor, es algo mucho más fácil de disfrazar de lo que se cree comúnmente.

Pero apenas era propio de la naturaleza humana no lamentar el prematuro deceso de un cuerpo tan útil, alguien que portaba tan hermosas credenciales y tan serviciales cartas de presentación, cuyo personaje atesoraba tanto encanto con un único defecto: una vulnerabilidad demasiado fácil ante los ojos entrometidos de aquellos para quienes París significaba aquellos días y estratos sociales en los que Michael Lanyard se había movido y existido.

Testigo de ello —según Crane— era la demoníaca inteligencia del brasileño al desenmascarar el incógnito de Duchemin.

En las reflexiones de Lanyard empezaba a cobrar forma la sospecha de que había prestado muy poca atención al señor Arturo Velasco, de Buenos Aires, cuya declarada afición a la criminología amateur bien podría ser sinónimo de intereses mucho menos inocuos.

¿O por qué había sido Velasco tan rápido en comunicar su reconocimiento de Lanyard a un empleado del Servicio Secreto de los Estados Unidos?

Para el caso, ¿por qué se había sentido en la obligación de disertar tan públicamente sobre la historia natural del Lobo Solitario? ¿Para centrar en aquel la atención de sus enemigos? ¿O para ponerle en guardia?

Resultaba del todo desconcertante. ¿Había que estimar a Velasco como amigo o como enemigo?

Lanyard solo podía consolarse con la promesa de que algún día lo sabría, y ello sin demasiada demora.

Al apearse en la Grand Central Terminal a altas horas de la noche, se dirigió a la calle Cuarenta y Dos y allí, en los llamativos titulares de una «Edición Extra Tardía», leyó la noticia de que el vapor Saratoga había sufrido un grave accidente en la sala de máquinas y avanzaba a duras penas hacia puerto, a unas dieciocho horas de distancia.