X - EN LA BASE #2
—En otra ocasión, tal vez —dijo Lanyard—. Aún puede llegar la noche en que usted y yo nos encontremos en el Metropole o en el Admiral's Palace ... ¿Quién sabe?
—¡Ah! —suspiró el prusiano, encantado—. ¡Qué noche será esa, amigo mío!... Pero ahora, es una lástima, realmente debo pedirle que baje. Esas son mis estúpidas órdenes. Me hacen responsable de usted. ¿Qué le parece la broma, eh?
Se rió de forma vacía pero estridente y, al intentar hincarle un pulgar burlón a Lanyard en las costillas, perdió el equilibrio.
—¡Qué responsabilidad! —dijo Lanyard con gravedad, sosteniéndole.
—Tonterías, eso es lo que es. No tiene usted ninguna posibilidad de escapar.
—Supongamos que la creo... le tiro por la borda y pongo pies en polvorosa...
—Le dispararían como a un conejo antes de que llegara a mitad de camino a la orilla.
—Ah, pero concedamos, en aras de la discusión, ¿que estos valientes, los guardias, tengan mala puntería en esta penumbra?
—¿A dónde iría? Al bosque, naturalmente.
¿Pero hasta dónde? Puede creerme cuando le digo que ni a cien yardas.
Es un verdadero páramo, encinas arbustivas y cedros y vegetación secundaria asfixiada por la maleza, casi sin senderos.
En cinco minutos estaría irremediablemente perdido, en esta negrura, sin estrellas por las que guiarse.
Solo tendríamos que esperar hasta que amanezca para encontrarle caminando en círculo.
—¿No querrá decir —prosiguió Lanyard, aprendiendo algo útil a cada instante— que no hay ningún camino de comunicación?
—El camino principal del bosque, sí: pero está demasiado bien patrullado. Sin el santo y seña, le atraparían o le pegarían un tiro una docena de veces antes de que llegara al final.
—¡Ah, bueno! —con el suspiro de un filósofo—. Entonces supongo que no hay más salida que nadando.
—¿Hacia la playa, quiere decir? Bueno, ¿y entonces qué? Tiene una caminata de veinte millas en cualquier dirección a través de arena profunda que seguro que traicionaría sus huellas. Al amanecer le seguimos y le atrapamos cuando nos apetezca.
—¡Es usted muy descorazonador! —se quejó Lanyard—. Ya veo que lo mejor será que baje y me porte bien. Es una vida aburrida.
—Le diré una cosa —se rió el teniente, guiando a su prisionero hasta la escotilla de la torre de mando y bajando la voz—: haga justo eso, baje y póngase cómodo, y enseguida volveré y abriremos una botella. ¿Qué le parece, eh?
—¡Colosal!
—No es mala idea, ¿verdad? A mí también me gusta. Uno se cansa por la falta de sociedad de un caballero, no se imagina... En cuanto mi comandante esté lo bastante borracho, me escabulliré. ¿Qué le parece?
— ¡Grossartig! —aprobó Lanyard, girándose para descender.
—Espere. Verá por sí mismo lo que significa contar con la amistad de un hombre de mi clase.
—El teniente alzó la voz, dirigiéndose a la guardia de fondeo—: Atención.
Presten mucha atención: este caballero es mi amigo.
Está retenido meramente como una cuestión de forma.
No deseo que se le moleste. ¿Lo entienden?
Deben dejarle a su aire mientras permanezca tranquilo ahí abajo.
Pero no debe volver a subir a cubierta hasta que yo regrese. ¿Está todo claro, imbéciles?
Los imbéciles, saludando maquinalmente, indicaron atisbos de comprensión.
—Entonces, abajo, Dr. Rodiek. Y no se impaciente: me reuniré con usted en cuanto me sea posible.
—No tarde mucho —imploró Lanyard.
Mientras descendía por la escotilla, vio al prusiano tropezar al bajar por la pasarela y tambalearse hacia la orilla.
Satisfecho con su diplomacia, Lanyard se demoró un rato en la torre de mando, estudiando de cerca y memorizando los rasgos más sobresalientes de la isla de Martha's Vineyard, sus aguas adyacentes y el continente, tal y como aparecían delineados en una completísima carta a gran escala publicada por el Almirantazgo alemán a partir de exhaustivos sondeos y levantamientos de sus propios navegantes y tipógrafos, con correcciones de fecha tan reciente como principios de 1917.
Allí se mostraba claramente la brecha en la línea de la costa sur que permitía la utilización de lo que antaño había sido un extenso estanque de agua dulce como esta base secreta de submarinos.
Y un solo vistazo confirmaba la afirmación del teniente sobre su remoto aislamiento de los sectores poblados de la isla.
Un tanto consternado, Lanyard descendió al compartimento central de operaciones y exploró la bodega desde el mamparo de proa hasta la popa, cerciorándose de que gozaba de una privacidad indiscutida.
Y así era; todos y cada uno de los hombres de la dotación del U-boat —agotados hasta la médula por el hacinamiento, el incesante trabajo y vigilancia, los olores insalubres y las siniestras asociaciones— habían aprovechado naturalmente la primera oportunidad para escapar de tan repugnante prisión.
Lanyard, sin embargo, no sentía el menor resentimiento por la condena a este aislamiento solitario.
Su interés por la disposición interior de los sumergibles parecía casi febril, tan intenso como repentino; muestra de ello fue la minuciosa atención al detalle que marcó su segunda ronda de inspección.
En esta ronda se tomó su tiempo. Tenía toda la noche para fraguar su salvación; en su mente bullían los planes más descabellados, el menos fantástico absolutamente impracticable sin un conocimiento exacto de muchas cuestiones; y dicho conocimiento solo podría adquirirse mediante una paciente investigación y una dedicación de tiempo sin escatimar.
Los cronómetros marcaban ya algo más de las diez.
Apenas podía hacer mucho antes del amanecer, a falta del instinto de un indio piel roja para guiarse por aquel páramo boscoso atrapado en la noche.
Así que sentía poca necesidad de menospreciar sus investigaciones por la prisa, excepto a la espera del regreso de su teniente.
Y en cuanto a eso, Lanyard era moderadamente incrédulo: no esperaba volver a ver a aquel recién descubierto amigo, a menos que la ofuscación del prusiano resultara ser mucho más fuerte que su cabeza.
Al dirigirse en primer lugar a los aposentos privados del comandante, un cubículo algo más espacioso que el del otro lado del pasillo en el que a él le habían alojado, su atención fue atraída por una pequeña caja fuerte anclada a la cubierta debajo del escritorio.
Lanyard se dedicó a ella sin dudarlo, y resolvió el secreto de su combinación rápidamente mediante el ejercicio de los principios profesionales más rudimentarios.
El problema que planteaba, de hecho, era un juego de niños para la astucia táctil y auditiva que había cimentado la reputación del Lobo Solitario.
Una vez abierta, la caja fuerte le descubrió una variedad de artículos de interés: unos cinco mil dólares en billetes ingleses y estadounidenses de alta denominación, varios cientos en oro estadounidense; tres códigos de cifrado distintos, uno de ellos totalmente nuevo en la experiencia de Lanyard y, a su juicio, en el conocimiento de los servicios secretos aliados; el cuaderno de bitácora del U-boat y el diario íntimo de su comandante, ambos en criptografía; un directorio compacto de agentes alemanes afincados en puertos de la costa atlántica; una acumulación muy considerable de órdenes del Almirantazgo alemán; junto con muchos documentos de menor importancia.
Tras clasificar rápidamente los más valiosos, Lanyard se los guardó, confiscó luego los billetes como indemnización por su cinturón de dinero robado, devolvió lo descartado, y volvió a cerrar y bloquear la caja fuerte.
Su siguiente interés fue armarse. Tras varias decepciones, descubrió taquillas de armas debajo de las literas de la tripulación, en el compartimento de proa, justo a popa del destinado a los tubos lanzatorpedos.
Allí seleccionó una pistola automática de la marina alemana del último modelo con tres cargadores adicionales y, tras dudar un poco, un fusil de repetición peculiarmente diabólico que disparaba balas explosivas.
Este último lo colocó a mano, aunque fuera de la vista, cerca del pie de la escalera de compañía.
La pistola encajó a la perfección en un bolsillo de los pantalones, ocultando su bulto la caída de su jersey. ..
Un tiempo después, el teniente, que bajaba resbalando por la escalera, encontró a Lanyard estudiando con un aspecto convincente de infantil perplejidad las complicadas combinaciones de la maquinaria que abarrotaban el compartimento central de operaciones.
Recién salido del baño y afeitado, y luciendo un uniforme limpio, el prusiano mostraba una gran mejoría en su aspecto, si no en su equilibrio.
Pero su boca se crispaba espasmódicamente, su mirada vagaba y revelaba una inquietante superabundancia de blanco, y su lengua estaba notablemente más gruesa que antes.
—¡Bueno, amigo mío! —dijo—... es usted verdaderamente decepcionante. El guardia me ha dicho que no ha hecho ni un ruido desde que bajó. Temía otro de esos famosos sueñecitos suyos.
—¿Con la perspectiva de una botella en su compañía? ¡Imposible! Llevo esperando y esperando, con la lengua fuera.
—Una lástima. ¿Por qué no miró a su alrededor, por qué no se sirvió? ¿Por qué no? —inquirió el teniente—. ¿No le he dado libertad en el barco? Es suyo, ¡todo aquí es suyo!
—No quiero nada más que poner fin a esta tremenda sed —protestó Lanyard.
—Entonces... ¡Dios en los Cielos!... ¿por qué estamos aquí de pie? ¡Venga!
Soltando el pasamanos, el prusiano apuntó con cuidado hacia la puerta del pasillo, se lanzó hacia ella, resbaló en la grasienta rejilla metálica y habría caído pesadamente de no ser por Lanyard.
Maldiciendo con irritación, se enderezó, se zafó de los brazos de Lanyard sin dar las gracias y realizó un nuevo intento, esta vez saliendo disparado de bruces por el pasillo, para ir a chocar contra la mesa de ala del tercer compartimento de proa, la cocina y el comedor en uno.