IX - BAJO EL MAR #3
Pronto, el aire viciado comenzó a hacer mella en las percepciones de Lanyard. A pesar de su largo descanso, una nueva somnolencia embotó sus sentidos. Se rindió sin luchar, sabiendo que pronto necesitaría cada onza de fuerza y vitalidad que el sueño pudiera proporcionarle...
El estruendo de un infierno lo despertó sobresaltado.
Aquellas estrechas paredes de metal hacían eco a un clamor de maquinaria de carácter maniático y volumen abrumador.
Traqueteos, golpeteos, siseos, toses, estrépitos, estridencia de una chispa inalámbrica, zumbido de dinamos, reproches furiosos de motores diésel desarrollando dos mil caballos de potencia, esfuerzos individuales de unas dos mil válvulas, combinados —o, si no querían combinar—, en una cacofonía como nada bajo el sol, a excepción del canto de un sumergible navegando en la superficie.
Lanyard, agradecido de percibir una corriente de aire fresco barriendo la bodega, rodó fuera de la litera para encontrarse con que, mientras dormía, le habían proporcionado ropa, tosca pero adecuada: ropa interior y calcetines de lana gruesa, un jersey, una chaqueta de faena, pantalones de la misma tela, todo asquerosamente húmedo, y un par de zapatos solitarios y empapados en aceite: los restos de una docena de taquillas, pero tan bienvenidos como de mala fama.
Vestido, se dirigió hacia popa por el pasillo, entrando inmediatamente en la sala central de operaciones y centro de la tormenta de aquel tifón de ruido, un desierto de maquinaria pulida en plena actividad.
De la veintena o más de maquinistas vestidos de cuero, silenciosos en sus puestos, ninguno le prestó más atención que una mirada fugaz y sin curiosidad mientras se acercaba a una estrecha escalera de compañía de acero y subía a la torre de mando.
La encontró desierta; pero su escotilla de cubierta estaba abierta. Salió al puente.
La noche estaba en calma y muy encapotada, sin más mar que un oleaje largo y lento.
A través de su calma sin viento, el U-boat armaba un alboroto con el abandono delirante del Espíritu de la Discordia de juerga en una fábrica de calderas.
Al alboroto de su lucha interna se sumaba la protesta de las aguas cortadas por la proa y arrojadas hacia atrás por los costados, un siseo prolongado y estertoroso como el desgarro de una interminable sábana de lona.
Para unos ojos recién salidos de la iluminación eléctrica de la bodega, la negrura era absoluta, con la cualidad palpable de un elemento, solo aliviada por el brillo apagado de la bitácora que albergaba el chivato del giroscopio, del que apenas un levísimo reflejo dorado devolvía para iluminar un par de puños aparentemente cercenados que agarraban los mangos de la rueda del timón del puente con un singular efecto de desesperación.
Durante unos instantes, Lanyard no pudo ver nada más.
La risita apagada del teniente sonó a su lado.
—Conque el buen Herr Doctor ha pensado que sería mejor salir a tomar el aire, ¿eh? Amigo mío, los mismísimos muertos envidiarían la sinceridad de tu sueño. Llevamos media hora en la superficie, con todo este alboroto... ¡y tú te acabas de despertar!
—¿Media hora? —repitió Lanyard pensativo—. Entonces deberíamos estar cerca...
—¡Danos diez minutos más... si no encallamos en esta maldita oscuridad!
Un cuerpo de anchos hombros pasó entre Lanyard y la bitácora, eclipsando momentáneamente su luz. Abajo, en la sala de operaciones, sonó una campana estridente, y de repente los diésel se silenciaron.
El silencio sepulcral que siguió a la brusca extinción de aquel estrépito fue tan asombroso como lo había sido la detonación del alto explosivo.
A través de esta repentina quietud, el submarino se deslizó sigilosamente, y el siseo bajo la proa se apagó hasta convertirse en un suave silbido.
Desde proa se oyeron los cantos de un sondador invisible. En respuesta, el comandante profirió órdenes guturales al timonel que tenía a su lado, y aquellas manos independientes desplazaron el timón minuciosamente.
Lanyard empezó a hablar, pero un gruñido del capitán y el roce de la mano del teniente en su manga le advirtieron que guardara silencio.
Hubo una breve pausa. El buque parecía haber perdido el impulso por completo, navegando como un barco fantasma por aquella marea estigia.
El teniente se adelantó, dejando a Lanyard solo.
La voz del sondador enmudeció. Junto al timón, el capitán permanecía absolutamente inmóvil, con el cuerpo vagamente silueteado contra el resplandor de la bitácora.
Las manos que agarraban el timón con tal fiereza estaban tan firmes como si estuvieran talladas en piedra.
Una atmósfera de suspense envolvía al barco como una nube.
Lanyard fue consciente de algo enorme y formidable, una sombra más densa en la oscuridad más allá de la proa, el perfil de la tierra.
A estribor apareció de pronto un punto de luz, exactamente como si un alfiler de oro hubiera perforado el negro manto de la noche.
El capitán profirió gruñidos de alivio y de mando.
Las manos en el timón se desplazaron, maniobrando con suma precisión.
Una segunda luz brilló a babor, y luego se desplazó lentamente para alinearse con la primera, hasta que ambas se convirtieron en una sola.
De nuevo cantó la campana en la sala de operaciones, y el buque avanzó silenciosamente impulsado solo por los motores eléctricos.
Aparecieron una tercera y una cuarta luz, muy separadas a babor y a estribor, con las luces de enfilación exactamente equidistantes entre ellas.
Entre ellas se movió rápidamente el U-boat .
Se desplazaron hacia atrás a ambos lados y se apagaron bruscamente, como si la noche, resentida por su insolente intromisión, se hubiera tragado ambas de un bocado.
La temperatura se volvió sensiblemente más cálida y el aire salado del mar se tiñó fuertemente con el dulce olor a pinos y a tierra de bosque.
Hacia la proa, los carbones chisporrotearon y escupieron; se desenfundó un reflector y cortó la penumbra como si fuera mantequilla, paseando rápidamente sobre la orilla arbolada de una laguna de un negro bruñido, iluminando en passant varias estructuras de madera sin pintar, y luego deteniéndose en un embarcadero largo y sólido, en el que varios hombres esperaban.