Los Rostros Falsos (Crónicas de El Lobo Solitario 2) II - DESDE UN PUERTO BRITÁNICO #3
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II - DESDE UN PUERTO BRITÁNICO #3

—La historia no natural no es lo mío —objetó Crane—. ¿Por qué es un lobo solitario, de todos modos?

La voz del brasileño adquirió un acento de exasperación.

—Señores, no bromeo. Soy un estudiante de psicología, más concretamente de psicología criminal. Viví mucho tiempo en París antes de esta guerra y me interesé profundamente por el caso del Lobo Solitario.

—Bueno, pues ya me ha emocionado usted. Continúe con su historia.

—Con mucho gusto... Este caballero, pues, este Michael Lanyard, como se hacía llamar, era una figura parisina distinguida, un hombre de dotes extraordinarias, estimado el principal connoisseur d'art de toda Europa.

De pronto, en el cenit de su carrera, desapareció.

Posteriormente se supo que había sido idéntico a aquel gran criminal parisino, el Lobo Solitario, un superhombre de los ladrones que había saqueado a toda Europa con éxito invariable durante casi una década.

—Entonces, ¿qué hizo que el estúpido lo dejara?

—Según mi información, se ganó el amor de una joven...

—Y se reformó por ella, por supuesto.

—Al contrario, señor; Lanyard renunció a su doble vida a causa de una teoría en la que había fundamentado su asombroso éxito.

Según esta teoría, cualquier hombre de inteligencia puede desafiar a la sociedad todo el tiempo que quiera, siempre y cuando no tenga a ningún amigo, amante o cómplice en quien confiar.

Un hombre independiente nunca puede ser traicionado; la estúpida policía rara vez aprehende ni siquiera al criminal más estúpido, a no ser por la traición de algún íntimo.

Este Lanyard demostró su teoría confundiendo no solo los máximos esfuerzos de la policía, sino también la envidiosa enemistad de esa asociación de criminales continentales conocida como la Bande Noire .

.. hasta que se convirtió en amante. Entonces demostró su inteligencia: de un solo golpe burló a la policía, entregó a sus manos el círculo íntimo de la Bande Noire y se desvaneció con la mujer que amaba.

—Y luego, ¿qué?

—El resto —dijo el brasileño— es silencio.

—Pues es para esta noche, de todos modos —observó Crane, bostezando—. Es hora de acostarse. Aquí viene el ajetreado camarero para apagar las luces y a nosotros.

Hubo un revuelo general; los hombres apuraron los vasos, vaciaron las pipas, se levantaron, murmuraron las buenas noches.

Lanyard cerró la novela estadounidense sobre un dedo índice, levantó la vista distraídamente, se levantó y se dirigió a la puerta.

El máximo esfuerzo de unas excepcionales facultades de observación encubierta le aseguró que, en ese momento, ninguno de los presentes le prestaba especial atención; el autor de aquel interés cuya intensidad había pesado tanto en su conciencia había sido rápido en disimularlo.

En su camino hacia proa intercambió saludos y sonrisas con Crane y uno o dos más, con un gesto completamente casual.

Sin embargo, cuando entró en el callejón de estribor llevaba consigo un catálogo completo de los que habían contribuido a la conversación.

Con todos ellos, gracias a siete días de convivencia, mantenía una relación de conocidos de barco.

Ninguno, a su juicio, era potencialmente más pernicioso que otro.

.. ni siquiera el brasileño Velasco, aunque había sido el primero en nombrar al Lobo Solitario.

Además, era muy posible que la mención de su antiguo apodo hubiera sido totalmente fortuita.

Y, sin embargo, a uno no se le podía olvidar esa sensación de estar bajo una intensa vigilancia...

En su camarote, Lanyard permaneció varios minutos escudriñando gravemente el espejo sobre el lavabo.

El rostro que escrutaba era enjuto y de rasgos desgastados, oscuramente curtido, enmarcado en un cabello cuyo color azabache ya ostentaba un acento plateado en cada sien.

.. el rostro de un hombre acostumbrado a las penurias, curtido en el sufrimiento, fuerte en el conocimiento de sí mismo.

La incandescencia de una inteligencia fríamente desapasionada, viva y sagaz, iluminaba aquellos ojos oscuros.

Un rostro de inconfundibles rasgos galos, tres años de prolongados tormentos habían servido en parte para borrar de él casi toda semejanza tanto con el brillante filibustero social del París de antes de la guerra como con aquel indeseable extranjero al que las autoridades habían intentado deportar de Estados Unidos.

Una asombrosa facilidad para la imitación había hecho el resto; irreconocible en cuanto a lo que había sido, hoy era de forma impecable la encarnación de lo que había elegido parecer: monsieur Duchemin, caballero, de París.

Imposible creer que su disfraz hubiera sido penetrado tan pronto...

Y sin embargo, de nuevo, aquellos chismorreos de la sala de fumadores...

¿Trabajo policial? ¿O es que las criaturas de Ekstrom habían vuelto a seguir su rastro?

Bajo aquella máscara urbana suya, un animal asustado y salvaje se debatía en dudas, desconfiando del propio viento, con las orejas enhiestas, los colmillos relucientes y los ojos torvamente aprensivos...

Un pequeño sonido, el más mínimo de los chasquidos metálicos, rompiendo el silencio de su soledad, congeló la atención del aventurero.

Solo su mirada se desvió rápidamente hacia una puerta cerrada en el tabique de proa, pues su camarote era el de más a popa de los tres que podían juntarse para formar una suite.

El picaporte niquelado estaba siendo probado con infinita precaución.

Al dar media vuelta se frenó con una leve repetición del clic.

Luego, la puerta misma tembló casi imperceptiblemente por la presión, aunque no cedió ni una fracción de pulgada.

La mirada de Lanyard se endureció. No se movió de donde estaba, pero una mano sacó rápidamente una automática del bolsillo, mientras la otra se lanzaba hacia la caja de interruptores junto a la cabecera de su litera y apagaba la luz.

Al instante, un destello de luz en el camarote de proa se asomó a través de una estrecha tira de rejilla de hierro colocada en la parte superior del tabique para fines de ventilación.

Simultáneamente se soltó con suavidad el picaporte de la puerta y, con otro clic más fuerte, se apagó la luz del cubículo contiguo.

Desconcertado, Lanyard se desvistió y se metió en la cama, pero no para dormir... no durante un rato, por lo menos.

¿Quién podía ser aquel vecino que probaba su puerta tan sigilosamente?

Antes de esta noche aquella habitación no había tenido inquilino.

Al parecer, uno de los pasajeros había creído oportuno cambiar de alojamiento.

¿Con qué fin? ¿Para vigilar con celo al Lobo Solitario, tal vez?

Tanto mejor, entonces: Lanyard solo tenía que indagar por la mañana para identificar a su enemigo.

Cerrando deliberadamente los ojos, desechó el enigma.

Poseía en grado superlativo aquel atributo del genio: la capacidad de ordenar el sueño a voluntad.

Con rapidez se calmaron las turbulentas profundidades de los pensamientos; en su plácida superficie se reflejaron oscuras e intrascendentes visiones, escenas fugitivas del almacén de la memoria subconsciente: la fisonomía de mandíbula prominente de Crane, sus ojos agudos semiocultos por unos párpados cómicamente caídos, la comisura extrema de su boca abultada alrededor de su eterno puro.

.. los mugrientos leones de Trafalgar Square en una tarde de lluvia.

.. la habitación octogonal de L'Abbaye Theleme a las tres de la mañana, un remolino de formas bacanales.

.. la figura militar de Wertheimer junto a la mesa de los telegrafistas en aquella fétida cueva del frente.

.. la cubierta de un ténder en la oscuridad barrida por un haz de luz amarilla que revelaba momentáneamente a un grupo de personas con los rostros levantados, unas enaguas ondeando en medio de ellos. ..