II - DESDE UN PUERTO BRITÁNICO
«Y un hombre en su tiempo desempeña muchos papeles»: pocos han desempeñado más que este mismo Lanyard.
En nada se podía identificar a la criatura acorralada que se arrastró hacia las líneas británicas desde la tierra de nadie con el monsieur Duchemin que, diez días después de aquella invernal medianoche, se embarcó rumbo a Nueva York desde «un puerto británico» a bordo del vapor Assyrian .
André Duchemin era el nombre inscrito en las credenciales que se le habían proporcionado en reconocimiento a la señalada ayuda prestada al Servicio Secreto Británico en su tarea de desbaratar el sistema de espionaje prusiano.
Y la personalidad que decidió asumir se adaptaba bien al nombre.
Un hombre de modales modestos y afables, que contemplaba el mundo con ojos inteligentes y curiosos, cuyo temperamento reaccionaba a sus contratiempos en clave de grave humor, monsieur Duchemin se desenvolvía pacíficamente en sus quehaceres legítimos, se tomaba la vida como venía y sacaba el mejor partido de las circunstancias engorrosas.
Esta última idiosincrasia le resultó muy útil.
Pues el Assyrian no logró zarpar en la fecha prevista y, durante toda la semana siguiente, se impacientó amarrado a su embarcadero, con la presión al máximo, la carga estibada, sin que faltara más que el permiso del Almirantazgo para iniciar su viaje hacia el oeste; un permiso inescrutablemente denegado, lo que dio lugar a un descontento general que los pasajeros disimularon como buenamente pudieron, es decir, en la mayoría de los casos de forma poco convincente o no disimulando en absoluto.
Sin embargo, ninguno de ellos era un ser irracional.
Todos y cada uno habían subido a bordo en un estado de gran tensión nerviosa, perdonable en quienes deben confiar sus vidas a la temible aventura de la zona de exclusión, sin desear otra cosa que acabar con ello, fuera cual fuese el resultado.
¡Y aquella eterna procrastinación les obligaba día tras día a volver a blindar sus corazones contra aquel Terror que seguía sus furtivos derroteros bajo las plomizas aguas del Canal!
Solo este monsieur Duchemin exhibía con éxito entre ellos una falsa máscara de resignación, sin protestar predilección alguna por una tumba en el mar, ni prisa insensata por desafiar al huno en su coto de caza elegido.
Cuando llegara el momento oportuno, se le permitiría hacerse a la mar en este barco.
Mientras tanto, encontraba aparentemente agradable y relajante explorar los sinuosos caminos empedrados de aquella anticuada comunidad costera, transformada por la mano de la Guerra en un bullicioso puerto marítimo, o caminar por los senderos hundidos que surcaban aquellas verdes y viejas colinas de Cornualles que abrazaban las amplias aguas del puerto, o holgazanear por las anchas cubiertas blancas del Assyrian observando el tráfico diurno del refugio: un inquieto desfile bélico.
A diario, en las primeras luces del alba, los que estaban despiertos podían contemplar la salida de una flota de pequeñas embarcaciones extrañamente surtida, la patrulla de día, para relevar a una patrulla de noche igual de extrañamente heterogénea.
A diario, a todas horas, los dragaminas iban y venían, de dos en dos, en bandadas, en bancos; y a diario las estruendosas detonaciones mar adentro anunciaban su éxito en la recolección de aquellas negras semillas cornudas de la muerte que el huno y sus parientes se afanaban por sembrar en los canales de navegación.
Mientras que a diario los acorazados, grandes y pequeños, llegaban exhaustos para reabastecerse y curar sus heridas, o partían veloces en misiones sombrías y secretas.
Además, no era infrecuente el espectáculo de algún buque de guerra menor —probablemente un destructor gris y truculento— pastoreando a un escurridizo submarino, como una ballena delincuente acorazada y extrañamente enjaezada en acero gris pardo, para ser amarrada con cadenas junto a una considerable compañía de sus congéneres en el lado opuesto de la rada, mientras su tripulación era llevada a tierra y consignada a algún oscuro limbo de olvido.
Y una vez, con un crucero ligero pisándole los talones, un monótono carguero noruego entró hoscamente a puerto; un minador sorprendido con las manos en la masa, ejerciendo su oficio de asesino bajo una bandera neutral.
Poco después de que su tripulación hubiera desembarcado, las descargas de mosquetería resonaron en el patio de la cárcel del pueblo.
Uno de los tres hombres que holgazaneaban en la cubierta de paseo del Assyrian , Lanyard, se volvió bruscamente y miró con los ojos entornados en la dirección de la que provenían los sonidos.
El hombre a su lado, un estadounidense de complexión desgarbada perteneciente a la casta comercial, hizo una pausa momentánea en su tarea de masticar un grueso y oscuro puro.
—Por aquí se sale —comentó pensativo.
Lanyard asintió; pero el tercero, un regordete y zalamero nativo de Ginebra, conocido en el barco como Emil Dressler, frunció el ceño, perplejo.
—Perdón, monsieur Crane, pero ¿qué es eso de «por aquí se sale»?
—Simplemente —explicó Crane—, interpreto que los disparos significan la ejecución de nuestros neutrales amigos de Noruega.
El suizo se estremeció.
—¡Es terrible!
—Bueno, yo no estaría tan seguro. Han hecho todo lo posible por prepararnos para ahogarnos en algún lugar de ahí fuera, en el agradable y frío Canal de la Mancha.
Me doy por satisfecho con que sean ellos, en cambio, con las espaldas contra un muro de piedra a la cálida luz del sol, recibiendo su merecido.
Eso no es más que justicia. ¿No es así, monsieur Duchemin?
—Es la guerra —dijo Lanyard con un encogimiento de hombros.
—Y la guerra es... No: Sherman se equivocaba de cabo a rabo. El infierno tiene motivos más que suficientes para una demanda por difamación contra William Tecumseh por lo que se atrevió a decir sobre él y sobre la guerra, todo en el mismo aliento.
Lanyard sonrió débilmente, pero Dressler meditó esta oscura referencia con evidente angustia. Crane masticó su puro pensativamente.
—Lo que nos importa más —dijo al cabo de un momento— es que no me sorprendería que esto significara el fin de nuestra cura de reposo aquí. Este es el tercer minador que han recogido esta semana... dos submarinos, y ahora este benévolo neutral. ¿Me equivoco, monsieur Duchemin?
—¿Quién sabe? —respondió Lanyard con una sonrisa—. Incluso ahora la flotilla de dragaminas regresa a casa, como puede ver; lo cual significa que las aguas vecinas han sido despejadas. Es del todo posible que se nos permita zarpar esta noche.
Y así fue: mientras el sol de aquel día declinaba en medio de un portentoso revoltijo de carmesí, púrpura y oro, se soltaron las amarras y el Assyrian fue remolcado hasta el centro del canal, donde echó el ancla para pasar la noche.
Puesto que debía zarpar aprovechando la marea, un poco antes de la salida del sol, se aconsejó a los pasajeros que se retiraran a sus literas a una hora temprana.
Treinta minutos antes de que el vapor entrara en la zona de peligro (lo cual ocurriría poco después de abandonar el puerto), se les despertaría y se esperaba que se reunieran puntualmente en cubierta, con chalecos salvavidas, y se colocaran cerca de los botes a los que estaban asignados individualmente.
Para su mayor tranquilidad, se les ofreció, en el reflujo del frío crepúsculo azul, un simulacro de botes y las instrucciones finales para el ajuste correcto de los cinturones salvavidas.
Una compañía preocupada se reunió en el comedor para lo que podría ser su última comida.
Bajo la sombra de la aprensión general, la conversación languideció; las expresiones de alivio por parte de aquellos que habían sido más ruidosos en sus quejas por los retrasos no se oyeron; incluso Crane, el vecino de mesa más cercano a Lanyard, estaba anormalmente apagado.
Al pasar revista a aquel despliegue de rostros sobrios y ansiosos, Lanyard observó —no por primera vez, pero con renovada gratitud— que en toda la lista de pasajeros no había niños y solo dos mujeres: la viuda estadounidense de un oficial inglés y su hija, muy inglesa, una solterona angulosa y altiva.
Evitando el habitual simposio de sobremesa en la sala de fumadores, Lanyard se escabulló con su puro para dar una vuelta en solitario por la cubierta.
Bajo un cielo pesadamente encapotado, la noche era de un negro intenso y ruidosa por el choque de las aguas.
Un viento caprichoso jugaba a ráfagas, unas veces siniestro, otras a tientas, como una cosa perdida que deambulaba a ciegas en aquella profunda oscuridad.
En tierra firme, unas pocas luces tenues, muy espaciadas, parpadeaban inciertas, retiradas en una vasta lejanía; las cercanas, de los barcos anclados, saltaban, se balanceaban y titilaban en locos laberintos de danza de duendes.
Para quien se paseaba por aquellas cubiertas vacías y a oscuras, la sensación de disociación de todos los fenómenos comunes y amables de la civilización era algo íntimo e ineludible.
La melancolía también cabalgaba sobre aquel viento de alas negras.
Al detenerse bajo el puente, el aventurero apoyó los codos en la barandilla de madera de teca y, con ojos apremiantes, escrutó el rostro enmascarado de su destino.
Había un gran temor en su corazón, no a la muerte, sino a que la muerte lo alcanzara antes de aquella hora escarlata en la que debía encontrarse con el hombre en quien siempre debía pensar como «Ekstrom».
Después de aquello, nada importaría: que la Muerte viniera entonces tan rápido como quisiera...