I - FUERA DE LA TIERRA DE NADIE #2
De uno de ellos, a la llamada del cabo, salió a trompicones un subalterno somnoliento para atender de mala gana el informe de su subordinado, y sin demora ordenó que el prisionero fuera llevado al cuartel general del regimiento, situado detrás de las líneas.
Un poco más adelante, cautivo y captor se desviaron hacia una trinchera de comunicación estrecha y tortuosa.
Durante más de diez minutos, se abrieron paso por un laberinto de zanjas profundas, angostas y malolientes, con tan poco para diferenciar una de otra que el prisionero se maravilló del seguro sentido de orientación que permitía al cabo encontrar su camino sin dar un paso en falso, con el obstáculo añadido de aquella oscuridad abismal.
Luego, de repente, los lados de la trinchera descendieron abruptamente y ambos desembocaron en un campo amplio y abierto.
Allí dormían muchos hombres, con solo unas lonas impermeables como protección contra aquel amargo diluvio que azotaba la tierra convirtiéndola en un lago de fango viscoso que llegaba hasta los tobillos, y que acentuaba aún más el hedor persistente de la inmundicia y la carne en descomposición.
Un pequeño montículo se interponía entre este campo y la línea de fuego —donde ahora se intercambiaban vivos tiroteos—, y su perfil estaba coronado por una hilera espectral de álamos destrozados por los obuses, nítidamente recortados contra un cielo en el que las bengalas y los cohetes Verey florecían como flores del infierno.
Allí, el cabo ordenó bruscamente a su prisionero que se detuviera, hizo una pausa y se cuadró rígidamente en posición de firmes, saludando a un grupo de tres oficiales que se acercaban con la evidente intención de entrar en la trinchera.
Uno de ellos arrojó sobre el par de hombres el destello de una linterna de bolsillo.
Al ver el abrigo gris, los tres se detuvieron en seco.
Una voz con la entonación de quien está habituado a mandar inquirió:
—¿Qué tenemos aquí?
El cabo respondió:
—Un prisionero, señor... dice que es francés... ha cruzado al descubierto esta noche con información importante... eso es lo que dice.
El haz de luz iluminó el rostro del prisionero. El oficial se dirigió a él directamente.
—¿Cuál es su nombre, buen hombre?
—Eso —dijo el prisionero—, es algo que, al igual que mi información, preferiría comunicar en privado.
Con un gesto de sorpresa, el oficial dio un paso al frente y escrutó con atención aquel rostro manchado de barro.
—Me parece conocer su voz —dijo en tono especulativo.
—Debería —replicó el prisionero.
—Caballeros —dijo el oficial a sus acompañantes—, pueden continuar su ronda. Cabo, sígame con su prisionero.
Se dio la vuelta y se alejó pesadamente, chapoteando a través del barro del campo abierto.
A sus espaldas, el sonido de los disparos en las trincheras de vanguardia aumentó hasta convertirse en un clamor incrementado por el parloteo estridente de las ametralladoras.
Luego, una batería oculta en algún lugar de la negrura frente a ellos entró en acción, ladrando brutalmente.
Los obuses gimieron hambrientos en lo alto.
El prisionero miró hacia atrás: los álamos mutilados se erguían desnudos contra un cielo bañado por oleada tras oleada de luz infernal. ..
Un tiempo después fue consciente de un camino empedrado bajo su calzado empapado. Estaban entrando en las afueras de un pueblo en ruinas. A ambos lados se alzaban fragmentos de muros con ventanas sin cristales y puertas abiertas como máscaras mortuorias de locos atacados por un paroxismo.
En el interior de una de las puertas ardía una luz tenue; por ella se abrió paso el oficial, seguido por el prisionero y el cabo, pasando por delante de un centinela para luego descender por un tramo de escaleras de madera destartaladas hasta un sótano húmedo y lúgubre, de paredes de piedra y techo abovedado.
En el centro del sótano había una mesa ancha en la que un asistente estaba sentado escribiendo a la luz de dos velas metidas en los cuellos de botellas vacías.
En otra mesa, en un rincón, un sargento y un operador del Cuerpo de Señales estaban ocupados con instrumentos de teléfono y telégrafo de campaña.
Sobre un magro lecho de paja húmeda y mohosa, contra la pared más lejana, varios hombres, asistentes y subalternos, descansaban sumidos en un sueño estertoroso.
A pesar del frío, el ambiente era una peste a humo de tabaco, sudor y el vapor de la ropa mojada.
El hombre de la mesa central se levantó y saludó, ofreciendo al oficial al mando un fajo de mensajes e informes garabateados. Tomando la silla así desocupada, el oficial echó un vistazo a los papeles, emitió varias órdenes inspiradas en ellos y luego dirigió su atención al prisionero.
—Puede volver a su puesto, cabo.
El cabo ejecutó una elegante media vuelta y subió los peldaños haciendo ruido con las botas. En respuesta a la firme mirada del oficial, el prisionero dio un paso adelante y se enfrentó a él desde el otro lado de la mesa.
—¿Quién es usted?
—Mi nombre —dijo el prisionero, tras mirar a su alrededor para asegurarse de que ninguno de los otros inquilinos del sótano estaba al alcance de la voz— es Lanyard... Michael Lanyard.
—¡El Lobo Solitario!
Involuntariamente el oficial dio un salto, casi volcando su silla.
—El mismo —afirmó el prisionero, añadiendo con una mueca en sus rasgos demacrados y manchados que pretendía ser una sonrisa—... general Wertheimer.
—Wertheimer no es mi nombre.
—Soy consciente de ello. Lo he pronunciado simplemente para confirmarle mi identidad; es el único nombre por el que le conocí en los viejos tiempos, cuando usted estaba en el Servicio Secreto Británico y yo era un ladrón famoso con precio a mi cabeza, cuando usted y yo jugábamos al escondite por media Europa de un extremo al otro.
.. en los días de Troyon y de "la Manada", los días de De Morbihan y Popinot y. ..
—Ekstrom —aportó el oficial mientras el prisionero dudaba extrañamente.
—Y Ekstrom —asintió el otro.
Se hizo un breve silencio entre los dos; luego el oficial musitó en voz alta:
—¡Todos muertos!
—Todos... menos uno.
El oficial levantó la vista bruscamente.
—¿Cuál...?
—El último nombrado.
—¿Ekstrom? ¡Pero si le vimos morir! Usted mismo disparó el tiro que...
—No era Ekstrom. ¡Confíe en que ese no pondrá en peligro su precioso pellejo cuando puede encontrar a un subordinado que corra el riesgo por él!
Le digo que he visto a Ekstrom durante este último mes, vivo y sirviendo a la Patria como el genio de ese sistema de espionaje que mantiene al enemigo al tanto de todos y cada uno de los movimientos de ustedes, hasta el más insignificante.
.. ese sistema que hace posible que el boche salude a cada regimiento por su nombre cuando se moviliza para cumplir su turno en sus trincheras de avanzada.
—¡Me asombra usted!
—Le convenceré; traigo información de inteligencia que le permitirá destrozar esta red de traición dentro de sus propias líneas y...
La voz de Lanyard se quebró. El oficial reparó en que estaba temblando... temblando tan violentamente que, para sostenerse, debía agarrarse al borde de la mesa con ambas manos.
—¿Está usted herido?
—No... pero estoy helado hasta la médula y desfallecido de hambre. Incluso los soldados alemanes tienen ahora raciones de hambre; los civiles están peor; y yo... yo he estado allí durante años, como un espía, una presa acorralada, ¡subsistiendo tan fortuitamente como un gorrión!
—Siéntese. ¡Asistente!
Y durante un tiempo no hubo más conversación entre los dos.
El oficial no solo se negó a escuchar una palabra más hasta que Lanyard no se hubo atiborrado de comida y bebida, sino que una comunicación urgente desde el frente, transmitida a través del sistema de telefonía de la trinchera, desvió su atención temporalmente.
Royendo vorazmente pan y carne, Lanyard observó con curiosidad las escenas del sótano, siguiendo, como mejor podía, las mareas del combate; deduciendo que el resentimiento alemán por una incursión de bombardeo británica (sin duda obra de aquel mismo pelotón que se había escabullido a su lado en la penumbra de la tierra de nadie) se había transformado en un violento intento de asalto a las trincheras de vanguardia.
En estas se estaba librando una lucha desesperada.
Se necesitaban refuerzos imperativamente.
Las actividades en la mesa de transmisiones se volvieron febriles; el oficial al mando se plantó sobre ella, leyendo los mensajes entrantes a medida que se anotaban y tomando las medidas que su criterio le dictaba.
Los asistentes, sacados medio dormidos de sus nidos de paja, eran sacudidos para que se despertaran y enviados para levantar y lanzar a toda prisa hacia el frente a las tropas que Lanyard había visto dormir en el campo abierto.
Otros asistentes cojeaban o se tambaleaban escaleras abajo, entregaban sus despachos y salían a trompicones por una brecha en la pared para que les atendieran sus heridas en el puesto de socorro de campaña instalado en el sótano contiguo, o bien se arrojaban sobre la paja para quedarse instantáneamente dormidos a pesar del estruendo ensordecedor.
La artillería boche, buscando a ciegas silenciar las baterías de campaña cuyo fuego estaba frustrando su ofensiva, había comenzado a bombardear el pueblo.
Los proyectiles pasaban chillando por encima de sus cabezas, para estallar en bramidos atronadores.
Los muros se derrumbaban con estrépitos espantosos, unas veces cerca, otras lejos.
El flujo y reflujo del fuego de fusilería en el frente aportaba un fondo sonoro nada distinto al rugido de un oleaje furioso.
Las ametralladoras farfullaban como maníacas.
Detrás de las líneas británicas entró en juego artillería más pesada, al parecer a no mucha distancia del pueblo; las mismísimas baldosas del suelo del sótano temblaban ante las sacudidas de los cañones de gran calibre.