Los reyes de Kearny Epílogo. Jakob #2
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Epílogo. Jakob #2

La punta de mi polla encontró resistencia y sentí las contracciones de su garganta.

Ella deslizó la boca hacia atrás sobre mi miembro antes de que la contracción se convirtiera en una arcada.

Vale, no iba a ser posible hacer un garganta profunda.

No pasaba nada. La tengo bastante grande, así que era de esperar, aunque, si ella quería, yo estaba dispuesto a enseñarle cómo metérsela entera durante los próximos días, semanas o, con suerte, meses.

Por el momento hacía lo que podía y el resto lo trabajaba con una mano.

Con la otra me acariciaba los huevos, sintiendo su peso, tirando suavemente hasta que yo apretaba la mandíbula.

Volví a tensar los brazos, sin pensarlo, con la cuerda quemándome la piel de las muñecas. Quería liberarme de esas malditas ataduras. Quería tocarla, introducir los dedos en su pelo y guiarla. Por encima de mí, la viga hizo otro ruido inquietante. Respiré hondo y me obligué a relajarme.

Se le hundían las mejillas mientras me la chupaba de nuevo.

Tal como estaba atado, solo podía empujar.

Eché las caderas hacia delante, procurando no ahogarla.

La necesidad de tener cuidado no hacía más que empeorar mi frustración.

Esa mujer me estaba volviendo loco. Podría correrme en ese mismo momento, pero ella había querido hacer aquello y yo deseaba que le mereciera la pena.

Si descargaba nada más empezar, ella podría sentir que no había tenido ocasión de torturarme lo suficiente y era probable que acabara atado a cualquier otro objeto inanimado que le llamara la atención.

Cuando giró la lengua alrededor del capullo, casi me atraganto.

«Béisbol. Piensa en béisbol, gilipollas de mierda».

Intenté llenarme la cabeza de pensamientos sobre el gran pasatiempo estadounidense mientras ella seguía currándoselo. No sé cuántos minutos pasaron, pero entonces volvió a hacer algo con la lengua que me devolvió a la realidad entre jadeos.

«O cróquet. Sí, piensa en un montón de ingleses estirados golpeando pelotas para que atraviesen unos aros que han puesto en el jardín delantero de casa. Ahí no hay nada sexual».

Empezó a mover la boca y las manos más rápido, y al final perdí el control. La embestí con fuerza. Ella hizo un ruidito de avaricia y me acarició con más vigor.

—Krista, si sigues así me voy a correr en tu boca —gruñí.

Era mi forma de avisarla, de darle la opción de apartarse para que lo hiciera en otro sitio, como en sus preciosas tetas.

Su respuesta fue metérsela más, con la garganta ya un poco más relajada.

Aquello fue demasiado. Eché la cabeza hacia atrás y me perdí en el placer.

Dejé de autoconvencerme de no caer en el abismo.

Era inútil cuando me la chupaba así. Opté por permitirme sentirlo todo: el abrazo húmedo de su boca, el roce suave y casi imperceptible de sus dientes, su lengua, que no dejaba de lamer, y su mano apretándome la base.

Sentí que el corazón se me salía del pecho.

La presión se acumulaba en mi interior. Empezó a mover la boca y la mano aún más rápido, y mi polla se puso rígida entre sus labios.

Tras una incontestable palpitación en la parte baja del abdomen, de repente, los ojos me hicieron chiribitas.

Me corrí, mucho, y perdí el ritmo mientras seguía embistiéndola.

El placer acabó tan deprisa como había llegado y mis piernas decidieron que estaban hartas de sostenerme.

De pronto, todo mi peso recayó sobre las muñecas atadas.

Vale, no, definitivamente ese no era mi rollo.

O sea, que ella me llevara al límite sí, pero las muñecas me dolían de la hostia y eso no me producía ningún placer, solo molestias.

—Desátame —le dije.

Ella no opuso resistencia. Pasándose el pulgar por sus labios relucientes, se puso de pie y cogió unas tijeras de la cocina.

Tuvo que subirse a una silla a mi lado para llegar hasta la cuerda, dejando mi nariz a la altura de su ombligo.

Yo me puse de puntillas, pero sus tetas estaban demasiado altas para alcanzarlas.

De acuerdo, podía adaptarme. Decidí agacharme, pero tampoco llegaba a su coño.

—Date prisa, Krista —farfullé con la polla volviendo a la vida.

—Eso hago —dijo con tono agobiado—. ¿Qué tipo de cuerda has comprado? Me cuesta cortarla con las tijeras.

—No sé. La que me recomendó la señora erótica.

La oí atragantarse por encima de mí.

—La «señora erótica» —repitió derritiéndose en risitas.

Miré hacia arriba para dedicarle mi ceño fruncido y olvidé lo que estaba a punto de decir. Joder, ahora entendía a toda esa gente que estaba obsesionada con la parte de abajo de los senos.

—No dejo de imaginarte en la tienda erótica pidiéndole cuerda a esa pobre dependienta —explicó, bajando la vista hacia mí—. Seguro que estuvo a punto de desmayarse mientras te visualizaba enlazado como un regalo.

—La verdad es que se ruborizó más de lo que cabría esperar de alguien con su trabajo.

Krista se echó a reír de nuevo, olvidándose por completo de las tijeras.

—Te lo juro —dije—. Como no te des prisa, me pongo boca abajo y corto la cuerda con los dientes.

Ella articuló el saludo militar.

—¡Sí, señor!

Menuda listilla.

Tras unos minutos en los que se oyeron muchos tacos, la cuerda por fin cedió.

Mis brazos cayeron a peso; ya ni siquiera los sentía.

La sangre volvió a mis extremidades entumecidas con una oleada de dolor.

Apreté los dientes y lo aguanté; luego me libré de las ataduras, en cuanto recuperé el control de mis manos.

Y después me abalancé sobre ella. Habíamos tenido una conversación fascinante de camino a la cabaña.

Ella tomaba la píldora y los dos nos habíamos hecho análisis hacía poco y estábamos limpios, así que acordamos prescindir de los condones.

Yo quería estar dentro de ella. Ya. La idea de meter la polla en su coño cálido y mojado sin nada entre nosotros me torturaba más de lo que ella podría jamás.

Aunque acababa de hacer que me corriera con tanta fuerza que casi me desmayo, estaba más que preparado para la segunda ronda.

El dormitorio quedaba muy lejos, pero teníamos el sofá ahí mismo, así que la tiré encima.

Ella dio un gritito al caer, pero lo transformó en una risita al ver que aterrizaba con la espalda sobre unos cojines suaves, sin dejar de buscarme con las manos.

La abarqué con cuidado de no aplastarla bajo mi peso.

Nuestros labios se encontraron en un beso rápido y ardiente, y luego me desplacé hacia abajo, mordiéndola y lamiéndola.

Tenía tanta hambre de ella que la habría devorado.

Soltó un jadeo cuando me metí un pezón en la boca.

—Jakob…

Pasé al otro y se lo lamí hasta que empezó a retorcerse debajo de mí.

—Te necesito —musitó.

Ya había tenido toda la satisfacción aplazada que era capaz de soportar en una noche, así que me cerní sobre ella y la penetré con una embestida dura y brutal.

Ella gimió, clavándome las uñas en los hombros.

—Otra vez —dijo.

Me retiré y volví a penetrarla con fuerza hasta tocar fondo. Esa vez gemimos los dos. Joder, era incluso mejor de lo que podría haber imaginado. Notaba su calor y su humedad, y su apretado coño me ceñía como si intentara atraerme más hacia dentro.

Estar en su interior era como volver a casa.

Me agarró los hombros más fuerte.

—Ven aquí —jadeó.

Yo me agaché y apoyé los codos a ambos lados de su cabeza.

Ella subió las caderas y el ángulo cambió.

La siguiente vez que empujé hacia delante, le rocé el clítoris con el bajo vientre.

Por su forma de gemir, era justo lo que necesitaba.

Le agarré el pelo y empecé a follármela de verdad, marcando un ritmo constante e implacable que la llevaría al borde del precipicio.

Ella me miró fijamente, con unos ojos marrones profundos y penetrantes incluso cuando empezaron a perder el foco.

Se le arrugaron las cejas, conformando un ligero pliegue entre ellas.

La penetré con fuerza y observé cómo se deshacía a escasos centímetros de su cara.

El sudor le perlaba la frente. Deslizó las manos hasta mi trasero y me lo agarró, urgiéndome a seguir.

Separó sus esponjosos labios con un gemido.

— Dios , Jakob…

Cerró fuerte los ojos y, en lo más profundo de su ser, también contrajo los músculos.

Hacía ruidos roncos, desesperados y primitivos, y yo no pude aguantar más.

Me desplacé hacia arriba mientras ella se corría, penetrándola hasta el fondo.

Me arañó la espalda como una gata salvaje, gritando.

Le agarré la cadera buena con una mano, la embestí por última vez y descargué dentro de ella.

—Joder —gruñí.

Salieron otras palabras de mis labios, pero no tenía ni idea de qué coño dije. Estaba al borde del delirio. Correrme dentro de ella fue como ver a Dios.

Prácticamente me desplomé sobre ella, con la mejilla entre los pechos. Notaba su respiración agitada. El estruendo de sus latidos me resonaba con fuerza en el oído.

Se estremeció y me di cuenta de que se estaba riendo.

—Como ver a Dios, ¿eh? —preguntó.

Mierda, lo había dicho en voz alta.

Asentí con la cabeza. No estaba seguro de que no se me escapara nada más si volvía a abrir la boca.

De si resistiría el impulso de pedirle que se deshiciera de su nuevo apartamento y se mudara conmigo para que me hiciera ver a Dios ininterrumpidamente hasta que los dos muriéramos de inanición por estar demasiado ocupados follando como para acordarnos de comer.

Me dio un beso en la coronilla y me rodeó con los brazos para acercarme a ella.

Teníamos que asearnos. Mierda, seguro que habíamos echado a perder los cojines del sofá.

Pero su cuerpo era tan cálido y de pronto yo me sentía tan cansado que cerrar los ojos y dormirme encima de ella me parecía una idea excelente.

No podría volver a escaparse de mí si conseguía mantenerla así atrapada.

Quizá atarla no era tan mala idea, después de todo.