Los reyes de Kearny Epílogo. Jakob
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Epílogo. Jakob

Epílogo

JAKOB

Krista Evans iba a acabar conmigo.

Con los tacones, esa mujer era un pecado de más de un metro ochenta envuelto en oscuridad.

La bata de seda apenas le cubría la parte superior de los muslos.

La llevaba bien ceñida a la cintura, lo que acentuaba y de algún modo también ocultaba esas curvas que me volvían loco desde el día en que llegó al pueblo.

Si supiera cuánto hacía que la deseaba, y en qué medida, nunca dejaría de recordármelo.

El sol se deslizaba hacia el horizonte y la cabaña en la que nos alojábamos estaba bañada en sombras.

Krista se acercó a mí contoneando las caderas y yo la recorrí con la mirada de los pies a la cabeza.

Su oscura melena le ondeaba hasta la cintura.

Normalmente no usaba maquillaje, pero en ese momento llevaba un poco.

Se lo notaba en los ojos, delineados de negro, y en la boca, más carnosa de lo habitual y con los labios brillantes, como si acabara de chupármela.

Aún no lo había hecho, y seguro que tenía algo que ver con la maliciosa sonrisita que lucía en el rostro.

Estuve a punto de gruñir. Todavía no habíamos hecho nada , aparte de tirar nuestras bolsas en el dormitorio, y, como tardara mucho en meterme mano, iba a empezar a poner a prueba esos amarres.

Me había tomado medio en broma lo de dejar que me atara, incluso después de comprar la cuerda.

Pensaba que no sería más que otro de nuestros juegos, pero, cuando ya nos habíamos deshecho de las bolsas, me lo pidió con un dulce ronroneo, y ahí estaba yo, con el culo al aire en medio del salón y los brazos en tensión por encima de la cabeza.

Me había atado a una puta viga. Y, como ella no era tan alta para hacerlo sola, había acabado ayudándola.

De modo que, sí, estaba loco por esa mujer.

Y tenía que dejar de fingir lo contrario.

Me había pasado las dos últimas semanas intentando, sin éxito, darle el espacio que me había pedido.

Conseguí no llamarla ni conducir hasta su apartamento, pero seguía yendo todas las noches al bar.

No dejaba de decirme a mí mismo que parara, que me apartara un poco, pero entonces la veía mirarme entre la multitud y pensaba que quizá, solo quizá, ella también era bastante retorcida y disfrutaba de nuestros jueguecitos.

—¿Vas a hacer algo? —le pregunté—. ¿O piensas dejarme aquí hasta que se me duerman los brazos?

Se detuvo como a un metro de distancia y ladeó la cabeza mientras me miraba de arriba abajo.

—¿Es que no puedo mirarte ni un minuto sin que te pongas de mal humor?

Solté un bufido.

—No estoy de mal humor, estoy impaciente. Probablemente no lleves nada debajo de esa bata y no puedo tocarte. Cuanto antes hagamos realidad tu pequeña fantasía, antes podré follarte como queremos los dos.

Conseguí la respuesta que quería. Separó los labios y el negro de sus ojos se impuso al marrón cuando se le dilataron las pupilas.

Joder, era preciosa. Los hombres de los Reyes —bueno, y también muchas de las mujeres— se volvieron locos cuando Krista empezó a trabajar en el Charley’s.

Los fue rechazando uno tras otro. Pero a mí no, algo que me hacía sentir muchísimo mejor de lo que debería.

Me hacía sentir mucho más posesivo con ella de lo que se consideraría sano.

Me sentía como un puto hombre de las cavernas cada vez que le sonreían.

«Ella fuerte. Hacer bebés bonitos. MÍA. Como tú sonreír, cojo palo».

Quizá por eso disfruté tanto tirándole del pelo la primera vez que follamos.

Me sonrió con aire burlón y dijo:

—Debería haber traído una mordaza. Eres tan bocazas como yo.

La miré arqueando una ceja.

—¿Es que tenías mordazas a mano? ¿De verdad te gusta todo este rollo del bondage ? —A mí no, pero, si a ella le gustaba, intentaría poner de mi parte.

Ella negó con la cabeza.

—No, y en realidad tampoco. Pero me encanta la idea de ponerte a mil y que tú no puedas moverme a tu antojo.

Puse voz grave y dije:

—Te gusta cuando te muevo a mi antojo.

Ella se estremeció.

—Sí, es verdad. Pero volverte loco me gusta casi tanto como eso.

Se llevó las manos al cinturón de la bata.

Lo soltó con un rápido movimiento de dedos.

Sacudió los hombros con delicadeza y la seda negra cayó al suelo, detrás de ella.

Contuve el aliento, que comenzó a vibrarme en el pecho.

En efecto, no llevaba nada debajo. Me miró a los ojos mientras permanecía ahí de pie, sin ningún pudor, gloriosamente desnuda.

La luz del sol se colaba por las ventanas en un ángulo muy pronunciado, dejándola medio iluminada, medio en penumbra.

Yo no sabía dónde coño mirar. Su cuerpo era firme y esbelto por todos lados.

Estaba claro que hacía ejercicio, pero aun así sus curvas eran de infarto.

La turgencia de sus pechos y la redondez de sus caderas me atraían como el canto de una sirena.

Cuando dio un paso adelante, entendí por qué se había puesto tacones.

Estábamos casi a la misma altura. Solo tenía que agachar la cabeza para alcanzar sus labios.

Me acerqué un poco y le sellé la boca. Ella se inclinó hacia mí, y noté sus suaves tetas contra el pecho y sus dedos sobre el abdomen.

Fue un beso casto, con los labios cerrados, y cuando traté de intensificarlo se apartó.

Lancé un gruñido casi animal. Ella dio un paso atrás y se rio.

Estaba perdiendo esta ronda, pero, joder, no había podido tocarla en dos semanas y casi me vuelvo majareta.

Así que tenerla tan cerca sin poder hacerle lo que yo quería…

Debía de ser más sádica de lo que yo creía para estar disfrutando de aquello.

Y seguramente a mí la situación no debería excitarme tanto, pero noté la polla tensa entre nosotros, como si tuviera vida propia.

Cuando se dio la vuelta, volví a gruñir. Qué culo. Me cago en la puta.

La vi dirigirse hacia el sofá con esos imponentes tacones sin apenas titubear en el paso.

Me encantaba que se estuviera tratando mejor, que estuviera siendo más amable con su cuerpo.

Me alegraba por ella, pero, egoístamente, también me alegraba por mí.

Significaba que podríamos guarrear un poco más.

Por mi parte, había mucha tensión acumulada que descargar.

Si la pierna empezaba a molestarle a mitad del fin de semana, daba igual.

Ya encontraría la forma de llevarla en brazos por toda la cabaña para que ella ahorrara energías.

Reuniría todos los cojines de la casa y le haría un pequeño trono con ellos.

Buscaría maneras de hacer que se corriera sin que tuviera que moverse.

Ansiaba los ruiditos que hacía cuando se dejaba llevar, desesperado por oír mi nombre de sus labios mientras alcanzaba el clímax.

Cogió un cojín del sofá y, mientras volvía hacia mí, lo lanzó a mis pies.

—Ven aquí —dije agachando la cabeza.

Quería besarla. Quería provocarla con la lengua, llevarla al mismo frenesí al que ella me había conducido, pero no hizo más que sonreír con picardía y negar con la cabeza.

Con un movimiento fluido, se arrodilló a mis pies. Casi le pregunto si iba a estar bien así, pero me contuve. Era una mujer hecha y derecha que conocía sus límites físicos. Si ella pensaba que la rodilla no iba a causarle problemas durante un rato, yo tenía que confiar en que así sería.

Me deslizó suavemente las uñas por los muslos. Se me volvió a endurecer la polla y una gota brillante asomó por la punta. Ella la ignoró y giró la cabeza para besarme la parte interna del muslo. Tan cerca y, mierda, a la vez tan lejos.

Me dio otro beso en la pierna, esa vez un poco más arriba, y luego me susurró:

—Aquella mañana hablaba en serio.

—¿Qué mañana? —solté.

Esa mujer me iba a provocar un infarto.

Me miró a través de las pestañas y estuve a punto de colapsar.

«Joder, qué bellezón». Flexioné los brazos para probar las ataduras.

Aquella cabaña era vieja y apenas se usaba.

La viga a la que me había atado crujió, así que me detuve.

Podría estar carcomida por las termitas y, si se nos caía el techo encima en mi intento de liberarme, luego ya no podría tocarla.

—En casa de tus padres —contestó, y yo volví a centrar toda mi atención en ella—. Cuando te dije que deberías ir siempre desnudo. Iba en serio.

—Puedes verme en cueros cuando quieras. Solo tienes que decirlo.

Ella sonrió y continuó atormentándome. Me presionó un poco más fuerte con los labios, me clavó un poco más las uñas.

Sus preciosas tetas, grandes y pesadas, tenían los pezones endurecidos por el deseo.

Quería chupárselas y acariciárselas hasta hacerla gemir.

Por fin levantó los dedos y me los deslizó por el miembro.

Se me tensaron las pelotas y la presión comenzó a acumulárseme en la parte baja de la columna.

Estaba a un instante de correrme en su mano como un puto adolescente.

Me frotó el capullo con el pulgar y usó el líquido para deslizar la mano hacia abajo más fácilmente.

Me apretó la base y a mí se me cayó la barbilla sobre el pecho mientras gruñía.

Entonces se inclinó hacia delante y me tomó con la boca.

Yo la miraba desde arriba, viendo cómo mi polla desaparecía entre sus voluminosos labios, sintiendo su lengua resbalando sobre mi piel ardorosa.

Cerró los párpados con un aleteo y lanzó un sonido gutural que parecía un gemido ahogado.

Dios bendiga a las mujeres que sienten placer al darlo.