Los reyes de Kearny Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Me dejé envolver por él. Seguía acariciándome la mejilla, inclinándome la cabeza hacia atrás mientras profundizaba con su lengua en mi boca. Me deslizó la otra mano por la espalda y flexionó el bíceps a mi costado para atraerme hacia él.

Entonces supe que había tomado la decisión correcta. Nunca me había sentido así por nadie. Me volvía loca de la peor y la mejor manera posible, y ya no podía concebir conformarme con menos.

Me hizo una última caricia y se apartó lo justo para hablar.

—¿Te apuntas, Evans?

—Me apunto —respondí.

Dejó caer el brazo que tenía en mi cintura mientras daba un paso atrás.

—Pues coge lo que necesites y larguémonos de una vez.

Quería hacerlo, Dios, vaya si quería, pero no podía abandonar el pueblo sin saber si existía el riesgo de que Redding encontrara a la doctora Perez o a mi abuela.

No podía preguntárselo directamente, porque Nick podría estar escuchándonos de alguna manera —joder, si me había puesto micros en el apartamento, juro por Dios que iba a hacérselo pagar—, así que le hablé a Jakob como cuando descubrí que Liam tenía micrófonos en la furgoneta.

—¿Podemos irnos del pueblo ahora mismo?

Jakob asintió, nivelando su mirada con la mía.

—Sí. —Lo dijo con tanta convicción que lo creí.

—Vale, voy a hacer la bolsa —decidí—. ¿Adónde vamos?

Sonrió.

—A un sitio en el que no se oirán los gritos que vas a dar durante los próximos tres días.

Parpadeé.

—¿Se supone que eso es sexy o terrorífico?

Su sonrisa se tornó demencial.

—Sí.

Me reí. Debió de ser la reacción que él quería, porque su sonrisa volvió a ser la de siempre. Mejor que la de siempre, en realidad. Me sonrió con más ganas que nunca. Con tantas ganas que le aparecieron dos pequeños hoyuelos cerca de las comisuras de los labios.

Me aparté para ir a hacer la bolsa, porque si no iba abalanzarme sobre él, y, si en ese instante le ponía las manos encima, nos pasaríamos el fin de semana follando en un apartamento vacío.

Eso no iba a funcionar, porque él me había prometido que me dejaría atarlo y ahí no había nada que resistiera su fuerza.

Llamé a la nana mientras hacía la bolsa para decirle que estaría fuera unos días.

—¿Con Jakob? —preguntó; y la oí sonreír.

—Sí —respondí metiendo ropa a puñados en mi bolsa de viaje.

—No hagas nada que yo no haría —soltó con voz cantarina.

Tuve que resoplar.

—Me has contado historias traumáticas de sobra como para saber que hay muy pocas cosas que tú no harías.

La nana se echó a reír a carcajadas.

—Pues, entonces, diviértete.

—Lo haré. Te llamaré cuando lleguemos.

—Vale. Te quiero, pequeña.

—Yo también te quiero —contesté.

En cuanto colgamos, llamé a Nina para cancelar los planes que habíamos hecho para la mañana siguiente. La idea era que se viniera a probar la piscina conmigo. Al principio pareció decepcionada, pero su tono cambió cuando supo por qué tenía que echarme atrás.

—Más te vale que cuando vuelvas me cuentes hasta los detalles más sórdidos —dijo.

—Trato hecho.

—Bueno, conducid con cuidado.

—Lo haremos.

Después de colgar, fruncí el ceño mientras terminaba de hacer la bolsa a toda prisa.

—Oye —dije al salir del dormitorio—. ¿Vamos a coger mi coche? No aguantaría un viaje largo en la parte de atrás de tu moto.

Negó con la cabeza.

—Iremos en mi camioneta.

Ni siquiera estaba al tanto de que tenía una. Eso me recordó lo poco que sabía realmente de su vida. Sentía que lo conocía : a él, sus motivaciones, cómo le funcionaba la mente…, pero los detalles del día a día se me escapaban. Esperaba descubrirlos los próximos días, semanas y, con suerte, meses.

Mantuvimos la distancia mientras cerraba el apartamento con llave. En ese momento no podía tocarlo y, por cómo me miraba, él tampoco a mí sin que acabáramos desnudos en el suelo.

Me quitó la bolsa de las manos y se la colgó al hombro mientras bajábamos las escaleras.

—Es increíblemente ligera —observó.

—Porque no llevo más que lencería y tacones altos.

Se enganchó la punta de la bota en el siguiente escalón y casi se tropieza. Me anoté un punto en la cabeza.

—Virgen santa —musitó casi gruñendo.

Mi carcajada retumbó por toda la escalera.

Tenía la camioneta aparcada en la plaza que había junto a mi coche.

Era un modelo antiguo de Ford, negro, para sorpresa de nadie.

Le había instalado un kit de elevación y era tan alta que, dondequiera que fuéramos, no tendríamos que preocuparnos por el tráfico, ya que podíamos pasar por encima del resto.

Me abrió la puerta y tiró mi bolsa a la parte de atrás.

—¿Te las apañas? —preguntó.

Levanté un poco la vista, y luego un poco más, hacia el asiento.

—Échame una mano y sin problemas.

Me la tendió y se la agarré, sirviéndome a su vez del tirador de la puerta. Me impulsé con los brazos y con el pie bueno, que había apoyado en el reposapiés.

—Pan comido —concluí mientras me acomodaba.

Él no se movió.

—Últimamente te lo estás tomando con más calma en el bar. ¿Ha empeorado la pierna?

Hice un gesto de negación con la cabeza.

—No. Es que estoy harta de fingir que no me duele todo el rato.

—Bien —respondió.

Me cerró la puerta y enseguida lo tuve sentado a mi lado.

—Aquí dentro podemos hablar, ¿no? —pregunté mientras salía del aparcamiento.

—Sí, y, antes de que lo menciones, no, no he matado a Redding. Te dije que podrías participar en la venganza y no pienso volver a romper mi palabra contigo.

—Pero ¿estás seguro de que no pasa nada si nos vamos? El hospital ha puesto un guarda en la puerta de la doctora Perez.

—Estoy seguro —contestó—. Tengo a Redding bajo vigilancia. Ahora mismo ni siquiera está cerca de Kearny, pero, si eso cambiara, serías la primera en saberlo.

—¿Y si vuelve a escaparse? ¿Y si consigue despistar a quien tienes siguiéndolo?

Me lanzó una mirada mientras conducía.

—¿De verdad crees que se ha escapado?

—No lo sé —respondí—. Quiero pensar que sí, que Nick no dejaría libre a un violador solo para tendernos una trampa a cualquiera de los dos.

Jakob soltó un gruñido.

—No subestimes a tu viejo amigo. Puede que en algún momento compartierais algo, pero ahora su lealtad es hacia el FBI.

—¿Crees que han puesto micros en mi apartamento? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—He estado fuera unos días. Quién sabe qué habrá pasado en mi ausencia. Podrían haber instalado micrófonos en tu apartamento o haberte puesto un localizador GPS en el coche.

—Genial… —ironicé, mirando con rabia a través del parabrisas.

¿Cómo narices iba a disfrutar del fin de semana sin estar todo el rato dándole vueltas a la cabeza?

—Oye —dijo Jakob acercándose para entrelazar los dedos con los míos—.

Olvídalo. Olvídate de todo. Te juro que Redding no va a hacerle daño a nadie mientras estemos fuera, y lo demás puede esperar unos días sin sufrir un colapso.

Ya nos ocuparemos de todo cuando volvamos.

Me prometiste un fin de semana y no creo que seas una mujer que falta a su palabra.

—No lo soy —confirmé con un suspiro—. E intentaré olvidarme de todo.

Asintió con la cabeza.

—Por ahora me conformo con eso.

—¿Y adónde vamos?

—A Lost Maples —contestó—. Un amigo de mi padre tiene una cabaña allí, en medio del bosque.

Contemplé su perfil mientras conducía.

—Claro. Donde no me oigan gritar.

Se giró hacia mí y me echó una mirada abrasadora.

—Ni gemir, ni jadear, ni suplicar.

Le levanté una ceja como gesto de desafío.

—El único que va a suplicar eres tú. Recuerda lo que me prometiste.

Gesticuló con la cabeza hacia la plataforma de la camioneta y dijo:

—Lo recuerdo.

Me giré en mi asiento y me quedé paralizada. En la parte de atrás había un rollo de cuerda de color blanquecino.

—Es de lino —apuntó Jakob—. La mujer de la tienda erótica me dijo que no rozaba tanto como las demás.

¿«La mujer de la tienda erótica»? Dios, me lo imaginé eligiendo su propia cuerda y a esa pobre mujer desprevenida mirándolo como un pasmarote mientras él comprobaba su resistencia a la tensión.

Me partí de risa. Puede que el fin de semana acabara siendo más relajante de lo que pensaba.