Los reyes de Kearny Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Lo llamé y le escribí media docena de veces más sin obtener ningún tipo de respuesta, así que, cuando llegó el viernes, yo ya estaba preocupada de verdad.

¿Y si había ido a por Redding y este se había resistido más de lo que él había previsto?

Era exmilitar, como Jakob. A saber qué tipo de entrenamiento tenía.

Podría encontrarse en apuros. Podría estar herido en algún sitio, a merced de ese sociópata.

Al final cedí y el viernes por la mañana llamé a Jennifer.

—Hola, Krista —saludó ella.

—Hola, Jennifer.

—¿Qué pasa?

Respiré hondo.

—Sé que ahora mismo probablemente yo no sea tu persona favorita, pero no consigo localizar a Jakob. ¿Has sabido algo de él?

—Sí —contestó ella.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Se encuentra bien? —pregunté.

—Se encuentra bien.

—¿Sabes dónde está?

—No —respondió, ya algo intranquila—. ¿Debería preocuparme?

—No creo —le dije.

—¿Me avisas si pasa algo?

—Claro. Gracias por hablar conmigo.

Ella soltó una risita.

—Tranquila, Krista. No tengo ningún problema contigo. —La risa se desvaneció de su voz—. Pero, si le rompes el corazón a mi hijo, iré a por ti.

Eeeh… ¡Guau! Parecía que hablaba muy en serio. De ahí debía de venirle a Jakob su lado aterrador.

—Intentaré no hacerlo —aseguré.

Nos despedimos, colgamos y luego me dejé llevar por la ira .

No quería romperle el corazón a su hijo, pero en ese momento me habría conformado con romperle algún que otro hueso.

Una cosa era que me provocara en el bar con una pelirroja cualquiera, pero si aquel era otro de sus jueguecitos se estaba pasando.

Me tenía realmente preocupada. Hasta el punto de que se me revolvía el estómago.

Estaba tan preocupada que, si Jennifer no hubiera sabido nada de él, habría ido a casa de los Larson y habría colaborado con el enemigo, alias Liam, para intentar localizar a Jakob mediante GPS, algún satélite espía o cualquier otro sistema que ese hombre tuviera a su alcance.

Pero su madre acababa de confirmarme que su hijo se encontraba bien, así que ¿qué coño estaba haciendo y por qué no me respondía?

Dejé el móvil en la isla de la cocina y me di la vuelta.

La zona principal de mi nuevo apartamento era un espacio abierto que integraba la cocina, el comedor y el salón.

En la pared del fondo había una puerta corredera que daba a un balconcito con vistas a una piscina mucho más bonita que la de mi antiguo piso.

Empecé a ir de un lado a otro mientras le daba vueltas a la cabeza.

Todo ese tiempo no había hecho otra cosa que centrarme por completo en mis mierdas, en asimilar lo que había sucedido y en cómo me sentía al respecto.

Había interpretado las provocaciones de Jakob en el bar como un juego.

Creía que, como yo, él estaba disfrutando extrañamente de aquella pequeña separación.

Me había dicho que le gustaba tocarme las narices, así que la suposición tenía su lógica.

Pero ¿y si yo había malinterpretado la situación, como me había pasado con todo lo demás?

¿Y si en lugar de provocarme para tocarme las narices estaba siendo cruel conmigo?

Yo lo había perdonado, lo quería, con todas consecuencias, pero ¿me había perdonado él a mí? ¿Seguía queriéndome?

Iba de un lado a otro como una posesa. La pierna apenas me dolía.

Había ido al fisioterapeuta hacía unos días y me había recomendado una serie de ejercicios que me estaban yendo la mar de bien.

Además, me lo estaba tomando todo con más calma.

Después de los descubrimientos de la semana anterior, no quería seguir mintiéndome a mí misma.

No estaba al cien por cien y es probable que nunca volviera a estarlo.

Forzarme demasiado no había demostrado nada y, al final, lo único que había conseguido era hacerme daño.

Ya iba siendo hora de dejar de comportarme como si no padeciera un dolor crónico.

En el bar, había empezado a sentarme en un taburete acolchado entre cliente y cliente y, milagrosamente, nadie me dijo nada al respecto.

Cada noche, antes de acostarme, hacía una larga serie de estiramientos y luego me masajeaba las articulaciones y los músculos para aliviar la rigidez.

Repetía la misma rutina por la mañana, poniéndome hielo en la rodilla para evitar la hinchazón y tomándome una aspirina si notaba que ese día necesitaba un poco más de ayuda.

Apenas había transcurrido una semana, pero ya notaba la diferencia, y me daban ganas de darme cabezazos contra la pared por haber sido tan idiota respecto a mi pierna durante tanto tiempo.

Llamaron a la puerta.

Mis pies ya iban en esa dirección antes de que mi cerebro hubiera acabado de procesar el ruido.

¿Era Jakob? Me detuve en seco. ¿O Redding?

Llevaba unos días sumida en un estado de paranoia extrema, mirando a mi espalda cada vez que me sentía expuesta, pidiendo a algún compañero que me escoltara a casa todas las noches y se quedara en la entrada por si había que llamar a emergencias mientras yo comprobaba si habían forzado la puerta o había algún intruso.

Tenía armas guardadas por toda la casa y, con Redding en mente, me di la vuelta y cogí una pistola de la cocina antes de dirigirme hacia la puerta.

Eché un vistazo por la mirilla y lancé un suspiro cuando vi a Jakob de pie al otro lado.

Dios, qué guapo estaba ahí plantado en el descansillo, iluminado como un pequeño fragmento de noche.

Abrí la puerta de golpe y él entró sin esperar a que le diera permiso.

La cerró tras de sí, se dio la vuelta y los dos nos observamos en silencio.

Me recorrió de arriba abajo con los ojos, recreándose hasta en el más mínimo detalle.

Yo no dejaba de mirarle la cara, en busca de alguna pista que me indicara cómo estaba y qué sentía por mí.

Cuando me vio la mano arqueó una ceja. Ups.

Aún sostenía la pistola. La dejé sobre la encimera de la cocina y me giré hacia él.

—¿Dónde has estado? —pregunté.

—Preparándolo todo para nuestro fin de semana largo —respondió.

Me alegraba mucho de volver a oír su voz. Sus palabras me provocaron una oleada de alivio, pero no podía dejar que eso me distrajera.

—¿Por eso me colgaste y ni siquiera te has molestado en enviarme un mensaje estos últimos días? Jakob, me estaba volviendo loca.

Dibujó una sonrisa burlona.

—¿Verdad que es una mierda?

Contuve el aliento. Joder, ¿me estaba castigando por haber apagado el móvil cuando fui al encuentro de Nick? A lo mejor no me había perdonado, después de todo.

Cuando vio mi expresión se ablandó.

—Siento haberte asustado.

—En serio, ¿qué has estado haciendo? —pregunté.

Se le endurecieron las facciones y entonces reconocí su mirada de advertencia.

—Organizando nuestro viaje —repitió lentamente.

Ya. Por algún motivo, en ese momento no podía ser sincero conmigo.

¿Por qué? ¿Creía que me estaban vigilando?

Quizá Liam o Daniel, tal vez, incluso…, Nick.

Si fuera Liam o Daniel, a Jakob no le importaría decir: «En realidad, lo que estaba haciendo era asesinar brutalmente a un puto sociópata», así que debía de pensar que era Nick quien me estaba observando.

«Dios mío de mi vida».

Justo cuando pensaba que por fin iba a tener un respiro va y se tuerce todo.

¿Acaso lo de Redding había sido una trampa?

¿Podía ser que Nick lo hubiera dejado salir para ver qué hacía yo?

¿Para ver qué hacía Jakob? Si lo matábamos y él se enteraba, o bien nos metería a los dos en la cárcel, o, más probablemente, nos chantajearía para que lo ayudáramos a acabar con los Reyes o los Espectros.

«Esto era lo que querías», me recordé a mí misma.

Respiré hondo. Sí, así era. Y empezaba a darme cuenta de lo mal de la cabeza que estaba, pero a la mierda. Había decidido que participaría y eso iba a hacer. Tendría que confiar en que Jakob me contara la verdad cuando él lo creyera conveniente.

—Vale —dije.

Me lanzó una mirada penetrante.

—¿Seguro?

Asentí.

Por primera vez, desvió la vista de mí, hacia el apartamento.

—Me gusta tu nuevo piso.

Yo seguí su mirada por encima de mi hombro.

Todavía estaba un poco vacío; el único mueble del salón era un sofá.

Aún no había tenido tiempo de cambiar la tele, y no tenía mesitas auxiliares, alfombras ni mantas que hicieran el espacio más cálido y acogedor, pero todo se andaría.

Esa vez estaba decidida a crear un verdadero hogar.

—Gracias —respondí, girándome hacia él.

—¿Pudiste cubrirlo todo con el cheque de mi padre?

—Y sobró un poco —dije—. Bueno, ¿cuándo nos vamos de viaje?

—Ahora mismo.

Arrugué el entrecejo.

—No puedo. Tengo que trabajar todo el fin de semana.

Negó con la cabeza.

—Le he pedido a Lisa que te cambie los turnos.

Bueno, eso zanjaba el tema.

Me llené de emoción, pero intenté contenerla para que no se escapara y yo acabara haciendo alguna tontería, como soltar una risita.

—¿Significa eso que me has perdonado?

Dio un paso adelante, acortando por fin la distancia que nos separaba. Tenía los ojos clavados en los míos.

—Hiciste lo que creías que debías hacer. Quizá no me gustara o no estuviera de acuerdo, pero funcionó. Resolvió la mayor parte de nuestros problemas. Hasta mi padre parece menos perturbado.

Joder, a lo mejor mis palabras habían calado en Liam.

—Además —continuó diciendo mientras alzaba la mano para acariciarme la mejilla—, después de todo lo que te he hecho pasar, sería un hipócrita si no te perdonara.

Me entregué a su caricia.

—Sí, es verdad.

—No quiero convertirme en mi padre —añadió.

Le agarré la muñeca y lo miré fijamente.

—Eso no va a pasar.

Se le formó un pequeño pliegue entre las cejas. Estaba a punto de fruncir el ceño.

—No soy perfecto. Ni siquiera soy una buena persona, pero voy a intentar no volver a tratarte así.

Levanté la cara y posé la mirada en su boca.

—No más tonterías.

—No más tonterías —convino sellándome la boca con los labios.