Capítulo 25 #2
La gente había empezado a darse cuenta. Sabían que algo pasaba entre nosotros, pero, como ni Jakob ni yo decíamos qué era, no tenían más remedio que hacer elucubraciones.
Al parecer, la más aceptada era que yo había hecho algo para cabrear al vikingo, así que todos habían empezado a evitarme como la peste, cosa que habría celebrado si no fuera porque implicaba que casi nadie me pedía bebidas, con lo que mis propinas se habían desplomado.
Por suerte, aún tenía guardados un par de los grandes del cheque de Liam.
Podría vivir de eso hasta que la gente recobrara el sentido común y entendiera que Jakob no iba a matarlos solo por hablar conmigo.
El teléfono sonó varias veces antes de que él contestara.
—Aún no han pasado tus dos semanas —soltó—. ¿Es que vas a tirar la toalla antes de tiempo, Evans?
Ignoré su provocación y fui directa al grano.
—Redding ha salido bajo fianza.
Lo oí coger aire. Y luego se rio.
—Aleluya, joder.
Se cortó la línea.
Aparté el teléfono y me quedé mirando la pantalla. Tenía cuatro barras de cobertura, así que la llamada no se me había cortado. Jakob debía de haber colgado.
Volví a llamarlo. No lo cogió. Intenté escribirle un mensaje.
Qué vas a hacer? Quiero participar!
No me contestó. Mierda. Volví a escribirle.
Ten cuidado. Seguro que Nick lo está vigilando
Seguía sin responder.
Apreté los dientes, giré sobre los talones y volví a entrar.
—¿Todo bien? —preguntó la abuela cuando reaparecí en la habitación de la doctora Perez.
—Sí, genial —contesté con una sonrisa de oreja a oreja.
Arrugó el entrecejo. Debía de parecer trastornada. Así me sentía yo.
Jakob tenía razón sobre mí. En cuanto me había enterado de que Redding había salido bajo fianza, mi reacción había sido idear un plan para localizarlo y acabar con él.
No dejarlo en manos de la ley, no confiar en que la policía protegería a la doctora Perez, sino asegurarme de que Redding recibiera el castigo que en mi opinión merecía.
Y mi plan no era una fantasía de venganza improbable.
Hablaba muy en serio cuando decía que quería matarlo.
La cárcel no era suficiente. Ese hombre tenía que morir por lo que le había hecho a la doctora Perez.
Por lo que les había hecho a todas esas otras mujeres.
Por lo que quería hacerme a mí. Si Jakob me dejaba formar parte de lo que estaba a punto de hacer, yo intervendría encantada y luego no perdería ni un minuto de sueño.
El hecho de que Jakob tuviera razón tampoco resultó muy revelador.
Yo misma me había dado cuenta a las pocas horas de alejarme de él.
Iliza y Fred nos habían recibido a la nana y a mí con los brazos abiertos.
Disfrutamos de una cena maravillosa mientras recordábamos visitas anteriores y comentábamos lo bien que nos sentaba volver a vernos.
Después, salí y me senté en el porche delantero de la granja para tomarme un par de cervezas y relajarme.
Iliza tenía colgadas unas evocadoras guirnaldas de luces en el techo.
Su casa estaba tan alejada de la carretera que no se oía ni un solo ruido de maquinaria humana.
Los grillos me hacían compañía. De vez en cuando balaba una oveja o relinchaba un caballo en alguno de los establos cercanos.
Era un lugar apacible, más tranquilo incluso que el porche acristalado que los Larson tenían junto al río.
Lo disfruté media hora. Y luego me aburrí.
Entonces empecé a preguntarme qué estaría haciendo Jakob.
¿Pensaría mucho en mí? ¿Se habría ido de casa de sus padres para volver a su pequeño y ordenado apartamento?
¿Le habría contado Jennifer mi discusión con su padre?
¿Estaría orgulloso o molesto por que me hubiera enfrentado a Liam?
Me imaginé la cara ceñuda y reprobatoria de Jakob y sonreí.
Mi sonrisa se desvaneció poco después, cuando me di cuenta de que llevaba años sin sentirme tan viva como durante esos últimos días con él, algo que tenía tanto que ver con el hombre con el que los había pasado como con los sucesos disparatados que habían tenido lugar.
Después de todo aquello, ¿cómo iba a volver a agachar la cabeza como una buena ciudadana, atender el bar, visitar a la nana y luego irme sola a casa, a un apartamento vacío?
La respuesta era que no podría.
Pero aun así me tomé mi tiempo. Me mantuve alejada de Jakob y le di vueltas al asunto sin parar mientras estuvimos separados.
No cambió nada pese a lo mucho que lo deseaba.
No me convertí de pronto en una persona decente.
Si acaso, esos días con mis tíos abuelos en la graja no habían hecho más que reforzar la idea de que no quería ser una persona decente.
No quería llevar una vida tranquila y estable.
Quería violencia, pasión, bullicio, que cada día trajera una nueva sorpresa.
En definitiva, quería formar parte de todo aquello, con Jakob, quizá hasta con los Reyes, lo que me hizo preguntarme si no me parecería más a mis padres de lo que pensaba.
Unos días más tarde, dejamos la granja y volvimos a Kearny.
Instalé a la nana en la residencia y fui a firmar el contrato de un nuevo apartamento que había alquilado al otro lado del pueblo, más cerca del bar y el territorio del club.
Después, lo primero que hice fue ir a una tienda de muebles y comprar una cama California King.
Ocuparía casi todo mi minúsculo dormitorio.
No necesitaba algo tan grande solo para mí, pero visualicé el inmenso cuerpo de Jakob y supe que él no iba a estar cómodo en nada que fuera más pequeño.
El dependiente de la tienda me miró raro cuando empecé a darle tirones al cabecero, preguntándome cuántos golpes aguantaría, pero lo ignoré y seguí con mi prueba de resistencia.
Ya me importaba una mierda lo que nadie pensara de mí.
Esa noche volví a hacer un turno en el bar.
Al principio contenía la respiración, tratando de mantener la calma mientras echaba miradas furtivas hacia la multitud, buscándolo.
Y ahí estaba, como si lo hubiera invocado, mirándome fijamente a través de aquel mar de moteros que se extendía entre nosotros.
Me estremecí cuando cruzamos la mirada, con la excitación recorriéndome las venas, amenazando con salir a la superficie y evidenciar ante cualquiera que nos observara lo mucho que deseaba a ese hombre.
Estuve a punto de ir hacia él, pero me contuve.
¿Y si no cedía? ¿Y si esperaba las dos semanas enteras antes de responderle?
Me sentía tan tensa que pensaba que iba a estallar, pero, por Dios, cómo me miraba…
Quería que siguiera mirándome así, como si acabara de salir tambaleándose del desierto y yo fuera la primera gota de agua que veía en días.
¿Cómo reaccionaría Jakob cuando se cumplieran las dos semanas?
¿Cuánta tensión podría yo generar entre nosotros hasta entonces?
Quería averiguarlo y alargar la situación todo lo posible, supongo que impulsada por mi pequeño —vale, probablemente más grande de lo que estaba dispuesta a admitir por el momento— lado sádico.
Por eso empecé a sonreírles a hombres desconocidos durante mis turnos, solo para provocarlo, pero él se limitaba a quedarse ahí sentado, con cara imperturbable y un destello en los ojos, como si le pareciera mono que yo intentara ponerlo celoso.
Unas noches atrás, una pelirroja guapa se sentó a su lado en la mesa y le restregó la cadera, y él se lo permitió .
Estuve a punto de saltar por encima de la barra, pero entonces vi cómo se le contraían los labios.
Nadie más se habría dado cuenta, pero yo ya era toda una experta interpretando sus expresiones, detectando sus estados de ánimo, como hacen los sumilleres con las añadas de vino poco comunes, y supe que le gustó la posesividad reflejada en mi rostro.
Como venganza, no volví a mirarlo durante el resto del turno.
Nina me dijo que lo había visto marcharse con cara de querer matar a alguien, algo que me tomé como una victoria.
Y así seguimos, asumiendo cada vez más riesgos en ese juego suicida. La noche anterior, Nina se había inclinado hacia mí para decirme que paráramos si no queríamos provocar una pelea.
La miré con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—La tensión que hay entre vosotros está contagiando a todos los demás —afirmó.
Observé a la multitud con otros ojos, fijándome en las caras rígidas y los hombros encogidos, como si todos estuvieran conteniendo la respiración conmigo, esperando a que lo que estaba pasando entre Jakob y yo acabara explotando.
Mientras charlaba con la abuela y la doctora Perez, comencé a plantearme si aguantar esas dos semanas enteras era buena idea.
Tal vez yo no fuera la mejor persona del mundo, pero estar sentada en la cama de hospital de la doctora me había hecho entender que no iba a permitir que nadie más saliera herido solo porque Jakob y yo encontráramos algún tipo de placer torturándonos.
El resto de la visita me lo pasé convenciéndome de que no pasaba nada por ceder, por mostrarme como una persona madura si así conseguía proteger a los demás.
Nos despedimos de la doctora Perez justo antes de cenar.
Dejé a la abuela en la residencia, volví a casa, me cambié de ropa y fui a hacer mi turno, dispuesta a tragarme el orgullo y fingir que entre Jakob y yo todo iba bien.
Esa noche necesitaba hablar con él. Aún no me había devuelto la llamada ni me había contestado el mensaje, y teníamos que decidir qué íbamos a hacer con Redding.
Me había prometido que me dejaría participar en la revancha, y no me parecía la clase de persona que da su palabra a la ligera.
Pero esa noche no apareció por el bar.
Y tampoco estuvo por allí la noche siguiente.
Ni la de después.