Capítulo 25
—Odio los hospitales —masculló la nana junto a mí.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Hasta donde yo sabía, no había estado ingresada en ninguno. Tuvo a sus dos hijos en casa y el abuelo murió mientras dormía. La única vez que la recordaba en un hospital fue cuando yo… «Ah».
—Desde lo tuyo —dijo dándome un codazo en las costillas.
Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta e intenté hablar a pesar de él.
—Has sido tú la que ha querido venir conmigo.
—Ya lo sé. —Hizo una pausa y miró alrededor.
El puesto de enfermería quedaba a nuestras espaldas.
Los médicos y los celadores se movían con rapidez y eficiencia de un lado a otro del pasillo.
Un hombre en bata se aferraba con todas sus fuerzas al portasueros mientras se arrastraba hacia nosotras.
La abuela se inclinó hacia mí y bajó la voz—.
Pero no sabía que iba a ser todo tan hospitaloso .
Debía de sentirse muy incómoda para llegar al punto de inventarse palabras.
Me enganché a su brazo y le di un tirón.
—Entonces, no perdamos más tiempo aquí fuera y vamos a ver a la doctora.
Nos dirigimos juntas hacia la puerta, ya familiar, situada a mitad de pasillo.
La nana no se separaba de mí y parecía ligeramente mareada.
Habían trasladado a la doctora Perez de la UCI unos días después de despertarse, y yo había empezado a ir a verla en cuanto el médico que la llevaba permitió las visitas.
Ese día había un latino alto y fornido con uniforme de guarda fuera de su habitación, y al verlo no pude evitar fruncir el ceño.
Alzó una mano para detenernos cuando nos acercamos.
—¿Nombres?
—Krista e Izzy Evans —le indiqué.
La nana me tiró del brazo.
—No me habías dicho que la estuvieran vigilando.
—Porque hasta ahora no era así —respondí.
Esa novedad me dejó preocupada. ¿Había pasado algo?
El guarda habló por el walkie-talkie que llevaba sujeto al hombro. Le respondieron que podíamos pasar, así que asintió y nos abrió la puerta.
—Gracias —contestamos la nana y yo al unísono.
Al entrar, vimos a la doctora Perez sentada en la cama.
Mi abuela contuvo el aliento a mi lado. Ya la había avisado de lo que se iba a encontrar, pero aquella era mi cuarta visita y yo aún seguía estremeciéndome cuando posaba la vista sobre la doctora.
Los colores púrpura, verde y amarillo intenso le marcaban la piel del rostro desde la mandíbula izquierda hasta el cuero cabelludo.
Una hilera de hematomas le rodeaba el cuello, justo donde Redding había intentado estrangularla.
Tenía la nariz hinchada y vendada con esparadrapo, y los ojos morados debido a la gravedad de la fractura.
Llevaba media cabeza vendada, como si fuera una momia, para cubrir las grapas que le sujetaban el cuero cabelludo.
Tenía la pierna derecha rota, igual que el brazo izquierdo.
Su postura era rígida porque tenía varias costillas fracturadas.
—Ay, María… —dijo la nana, dando un paso al frente.
La doctora Perez levantó la cabeza al oír su nombre. Estaba leyendo y sostenía el libro en alto con la mano que no tenía lesionada. Le eché un vistazo a la portada. Era una de esas novelas románticas antiguas, tan problemáticas como adictivas. Enseguida dejó el libro a un lado.
Me di cuenta de que lo colocó con la portada hacia abajo y sonreí.
—¿Qué estás leyendo, doctora?
Por su expresión avergonzada, deduje que sabía que la había pillado.
—Nada, un libro que me ha prestado una enfermera. —Arrastró un poco las palabras. Entre los medicamentos que le habían recetado y el dolor de mandíbula, aún le costaba hablar. Todavía no era capaz de sonreír, pero se le iluminaron los ojos al ver a mi abuela—. Izzy, me alegro de verte.
La nana se acercó y le dio un abrazo lleno de ternura.
—¿Cómo lo llevas?
—He estado mejor —afirmó la doctora Perez.
Me aseguré de cerrar bien la puerta detrás de mí antes de unirme a la nana, junto a la cama.
—¿Y ese guarda?
A la doctora Perez se le ensombrecieron los ojos.
—Redding ha pagado la fianza.
Un velo rojizo de rabia tiñó los márgenes de mi visión. La fianza se había fijado en medio millón de dólares. Era uno de los motivos por los que Nick pensaba que podría retener a Redding. Supongo que al final no fue así.
—¿Cuándo? —gruñí.
—Hace unas horas —respondió ella—. La policía se lo comunicó a la administración de aquí y consideraron que la situación era bastante peligrosa, así que me han asignado protección las veinticuatro horas del día.
Nos miramos a los ojos unos segundos y entre nosotras fluyó un mundo de palabras no pronunciadas.
Habíamos hablado mucho durante mis visitas —bueno, yo, al menos—, pero solo habíamos comentado de pasada lo que le había hecho Redding.
Cada día la visitaba un buen terapeuta del hospital para ayudarla a superar el trauma, y yo no podía decirle nada de provecho.
Todas mis palabras estaban impregnadas de mi deseo de ver muerto a ese hombre.
Yo solo le habría podido dar un consejo: «Apuesto a que te sentirías mejor si lo mataras».
Al final la había acabado ayudando de la única forma que podía: dedicando buena parte de nuestro tiempo a hablarle de mi propia convalecencia tras el accidente de avión; lo que me había funcionado, lo que no y lo que podía funcionarle a ella también.
—¿Estás bien? —le pregunté—. ¿Quieres que vea si puedo quedarme a dormir contigo esta noche?
Ya lo había hecho antes. El primer día que la visité fue duro y ella no quería estar sola, así que las enfermeras, aunque a regañadientes, me dejaron quedarme. Esa noche tenía que trabajar, pero no me importaba llamar y decir que estaba enferma, si ella quería.
Negó con la cabeza.
—No, gracias. No debería pasar nada con los guardas armados ahí fuera.
—¿Me llamarás si pasa?
—Claro —aseguró.
Notaba en las manos el picor del deseo de apretar los puños.
—¿Me disculpáis un segundo?
La nana agitó una mano en el aire y dijo:
—Claro, pequeña.
Sin embargo, la doctora Perez se me quedó mirando un buen rato antes de asentir. Se le daba muy bien calar a la gente —eso fue lo que la metió en este lío— y debió de ver algo en mi expresión que la preocupó.
Aparté la mirada y, antes de revelar nada más, me dirigí hacia la puerta.
El guarda me miró con gesto interrogativo cuando salí de la habitación.
—Me voy un momento a hacer una llamada —expliqué—. Enseguida vuelvo.
Asintió.
—Tendrás que salir fuera. Aquí son bastante estrictos con el uso de los móviles.
—Vale, gracias —respondí, ya de camino a los ascensores.
Una de las enfermeras de la planta, una mujer negra de mediana edad algo rellenita que había estado ayudando a la doctora Perez los últimos días, me reconoció y sonrió.
—Hola, Krista.
Me obligué a devolverle la sonrisa.
—Hola, Michelle.
—¿Has venido a ver a la doctora?
—Sí. Solo voy a hacer una llamada rápida. —Sonreí con más ganas, tratando de actuar con normalidad—. ¿Le has prestado tú esa novela romántica?
Michelle soltó una carcajada y se retiró unas trenzas cortas de la cara.
—¿Prestársela? Cariño, le llevé la biblioteca móvil y fue ella misma quien la eligió.
—Lo sabía.
—No te metas demasiado con ella —contestó Michelle.
Le hice un saludo militar.
—Sí, señora.
Su risa se desvaneció en cuanto entré al ascensor.
No había nadie más conmigo, así que, en cuanto se cerraron las puertas, me quité la máscara y me permití lanzar unos leves gruñidos.
Estaba segura de que, si soltaba el grito que amenazaba con salir, me oirían y vendrían corriendo.
Puto Redding. El cabrón se le había escapado a Nick de las manos y, si era tan vengativo como para ir a por Daniel diez años después de que este lo puteara, no tenía la menor duda de que regresaría a Kearny para terminar lo que había empezado.
Pero ni de coña iba a dejar que eso pasara.
Pulsé el botón de la planta baja y di un paso atrás para esperar.
Estaba rodeada de paredes de acero, tan brillantes que me veía reflejada en ellas.
Tenía un aspecto aterrador. Los ojos se me salían de las órbitas.
No dejaba de curvar la comisura izquierda de los labios en una mueca de enfado.
El hospital solo tenía seis pisos y la habitación de la doctora Perez estaba en el último.
Me pasé las seis plantas entreteniéndome con una fantasía breve pero vívida en la que desmembraba a Redding pedazo a pedazo con mis propias manos.
Tal vez podría esconderlo en alguno de los almacenes olvidados de los Reyes.
Si me tomaba mi tiempo, podría alargar el proceso durante meses .
Cuando llegué al piso de abajo se oyó un tintineo e hice lo posible por controlar mi expresión antes de cruzar el vestíbulo. Ya llevaba el teléfono pegado a la oreja cuando puse un pie fuera del ascensor.
—Cógelo, cógelo —musité.
Hacía más de una semana que me había largado de la casa de los Larson.
Durante ese tiempo, la nana y yo habíamos descansado en la granja de Iliza, yo había encontrado otro apartamento, había vuelto a trabajar en el Charley’s y a mi abuela la había instalado de nuevo en Magnolia, ya libre de Jokers.
Jakob y yo no habíamos hablado en todo ese tiempo —me estaba dando el espacio que le había pedido—, pero, todas las noches que me tocaba ir a trabajar, él, sin falta, acudía al bar.
Enviaba a algún esbirro a pedir sus bebidas y él se quedaba en una mesa del fondo.
No me quitaba los ojos de encima. Sentí su intensidad cada minuto de cada turno.