Capítulo 24 #3
Liam se me quedó mirando como si intentara prenderme fuego con los ojos.
—¿Algo más? —farfulló.
Ya le había dicho todo lo que necesitaba decirle, pero, después de haber conseguido soltarle todo aquello sin perder los nervios, todavía me quedaba una cosa.
—Sí: que te jodan por ordenarles a tus matones que me destrozaran el apartamento.
Se echó hacia atrás como si le hubiera pegado.
Continué hablando:
—Que te jodan por poner en peligro a personas inocentes como mi abuela. Y que te jodan por no tener ni la decencia de disculparte por ello.
Se irguió todo lo alto que era, flexionando las manos a los costados como si quisiera formar puños.
—Lárgate de mi casa.
—Voy tres pasos por delante de ti, gilipollas —le espeté mientras me daba la vuelta. Me detuve junto a la puerta—. Ah, y, antes de irme, voy a necesitar que me extiendas un cheque de diez mil dólares.
Dio un paso atrás, incrédulo.
—¿Que qué ?
—Se han colado en mi apartamento, han destrozado todas mis cosas, me han dado un susto de muerte y cuando volví me sentí insegura.
Así que ahora vas a pagar el primer mes, el último y la fianza de mi próximo piso; y la sustitución de todo lo que rompiste y un poquito más para ayudarme a superar parte del trauma emocional que me has causado.
Resopló.
—¿Trauma emocional?
—Sí, trauma emocional —repetí sosteniendo su dura mirada—. Ten el cheque listo para cuando me vaya.
Sintiéndome como una gladiadora que acababa de sobrevivir a diez asaltos en la arena, giré triunfalmente sobre los talones y me marché con gesto airado.
Directa hacia Jennifer.
Estaba del otro lado de la puerta y, por su expresión, se notaba que había escuchado hasta la última barbaridad que le había soltado a su marido.
Casi me encojo de miedo. Acababa de plantarle cara a un vikingo gigante e iracundo sin inmutarme, pero la idea de que esa mujer reprobara mi conducta me desarmaba.
Porque, a diferencia de lo que ocurría con Liam, me importaba lo que ella pensara.
Quería gustarle, pero seguramente me odiaba por lo que acababa de hacer.
A ver, seguro que estaba cabreada con Liam, pero, al fin y al cabo, él era su marido.
Yo quería golpear a Daniel por portarse mal con Jakob.
Lo más probable era que Jennifer estuviera a punto de despellejarme viva por lo que acababa de hacerle pasar al hombre que ella amaba.
Se llevó un dedo a los labios, pidiéndome silencio, y señaló con la cabeza hacia la izquierda para que la siguiera por el pasillo. Obedecí arrastrando los pies, como una mujer que camina hacia el cadalso.
Se detuvo cuando llegamos a la cocina. Hice una mueca de dolor, a la espera de recibir su bofetada. Dios, me la había ganado. Entonces ella me atrapó entre los brazos.
—Gracias —dijo.
«¿Gracias?».
Con algo de retraso, le devolví el abrazo.
—Eh…, de nada, supongo.
Me soltó y dio un paso atrás.
—Liam necesitaba oírlo. Creo que hasta te ha escuchado.
—¿Estás segura de que no he empeorado las cosas?
Negó con la cabeza.
—El miedo a perder a Jakob era lo único que podía hacerlo reaccionar, y creo que tu comentario sobre el hecho de que nunca sonríe cuando está con él ha puesto las cosas en su lugar.
—¿No estás enfadada conmigo?
Me sonrió con tristeza.
—No me ha gustado cómo le has hablado, pero la cruda realidad es que alguien tenía que decírselo.
Asentí, con sensación de haber esquivado una bala.
—¿Dónde está mi abuela?
—Recogiendo sus cosas. ¿Estará bien con su hermana?
—Sí. Seguramente esté mejor allí. No te lo tomes a mal.
—Claro que no —respondió Jennifer—. Estoy segura de que todos los recuerdos que tiene de su hermana y su cuñado la ayudarán a estabilizarse. A mi madre le pasaba lo mismo. Siempre se encontraba mejor cuando nos visitaban familiares del viejo continente.
—Muchísimas gracias por cuidar de mi abuela estos días —declaré—. Me preocupaban muchas cosas, pero saber que ella estaba aquí contigo me ha ayudado más de lo que puedo expresar con palabras.
Jennifer esbozó una sonrisa.
—Bajo esa dura coraza hay una chica muy dulce. Como mi Jakob. Asegúrate de decirle adiós antes de irte.
—Lo haré.
—Y dale una oportunidad, ¿vale?
Le devolví la sonrisa.
—Me lo pensaré.
Jennifer se rio.
—Adelante, y tómate el tiempo que consideres necesario.
—Lo dijo como si pensara que fuera tonta por necesitar tiempo para eso.
Pasó junto a mí y avanzó por el pasillo hacia el despacho de Liam.
Se detuvo y, con una mirada por encima del hombro, añadió—: Y no te preocupes.
Me aseguraré de que te firme el cheque antes de irte.
—¡Te he oído! —gritó él.
Jennifer endureció el gesto mientras se daba la vuelta.
—¡Pues vas a oír cosas mucho peores!
Hui de sus voces elevadas bajando al sótano. Las escaleras terminaban en medio de un espacio diáfano. A un lado había un salón con sofás grandes, una televisión plana, una mesa de billar, un futbolín e incluso un pequeño bar en la esquina. El otro lado estaba ocupado por un gimnasio doméstico.
Jakob se había puesto unos pantalones cortos.
Tenía los tatuajes que le cubrían la parte superior del cuerpo empapados de sudor y brillaban bajo las luces del techo mientras apalizaba un saco de boxeo.
Aún no había advertido mi presencia, así que me quedé unos minutos observándolo.
Los músculos de los brazos y la espalda se tensaban cada vez que asestaba un puñetazo, un gancho y luego un directo.
Dio un paso atrás, creando distancia entre él y su oponente imaginario, y luego giró sobre el pie de apoyo y lanzó una patada giratoria tan fuerte que podría haberle arrancado la cabeza a alguien.
Madre de Dios.
Tragué saliva para contener la oleada de lujuria. Debía de estar acercándome a las tinieblas por mi cuenta, porque estar ahí plantada mirándolo no me dio miedo. Tan solo deseaba ver el daño que podría hacerle a otro ser humano con todo ese entrenamiento y esa potencia.
Por supuesto, entonces fue cuando me vio y se dio la vuelta, y, por la brusquedad con la que contuvo el aliento, supe con certeza que se me había quedado cara de «fóllame en público».
Meneé la cabeza e intenté aclarar mis pensamientos. ¿Para qué había bajado allí? Ah, sí.
—La nana y yo nos vamos enseguida.
Jakob se quedó donde estaba, con el pecho agitado y el cuerpo lleno de sudor. Gracias a Dios. No respondería de mis actos si se acercaba.
—¿Adónde vais? —preguntó.
—A casa de mis tíos abuelos, cerca de Austin.
—¿Me enviarás la dirección por mensaje?
—¿No puedes simplemente seguir el rastreador GPS de mi coche?
Me miró a los ojos.
—Si no hay otra emergencia, no. Prefiero que me des la información tú misma.
Suspiré. No me lo ponía nada fácil con su puta decencia.
—Te la enviaré.
Asintió.
—¿Y me llamarás si ves algo raro o si te metes en líos?
—Viven en un pueblecito de ensueño en mitad de la nada. Dudo que me meta en líos.
Levantó las cejas.
—Con el historial que tienes, todo es posible.
Meneé la cabeza.
—No puedes evitar tocarme las narices.
Él me miró a través de las pestañas, con un brillo ardiente en los ojos.
—Me gusta tocarte las narices, ¿recuerdas?
Sí, claro que me acordaba. Le gustaba por cómo reaccionaba yo. Si me quedaba ahí abajo mucho tiempo, igual hasta me sacaba lo que quería. Qué difícil era sostenerle la mirada y no comérmelo con los ojos como la adolescente cachonda en la que me había convertido.
—Tienes dos semanas —dijo.
Mi confusión ayudó a despejar un poco la neblina que envolvía mis pensamientos.
—¿Dos semanas?
Dijo que sí con la cabeza y volvió a golpear el saco de boxeo. Torcí el gesto. Supongo que ya había terminado de hablar. ¿Tenía dos semanas hasta que pasara qué? Tal como lo había dicho, parecía que me estaba amenazando.
Supongo que debería haber tenido miedo.
Pero no fue así.
Madre de Dios, si casi estaba emocionada por descubrir qué iba a hacer cuando se cumplieran esas dos semanas.