Los reyes de Kearny Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Dios mío, él pensaba que estaba a punto de irme, por eso se había asustado al ver mi cara. «Ay, Jakob…». Justo cuando me había armado de valor para hacer lo que consideraba mejor para los dos, va él y vuelve a ponerse cariñoso.

—Es que voy a marcharme —le dije.

Se le endureció la mirada y su característica expresión intratable se le extendió por las facciones.

Me apresuré a hablar antes de que dijera nada.

—Unos días, al menos. Necesito un respiro, tiempo para pensar, y al parecer soy incapaz de hacerlo cuando estoy contigo.

—¿Y eso no te lo dice todo? —preguntó—. Tienes buen instinto y él no quiere que te vayas. Confía en él.

Me reí con amargura.

—Ahora mismo no puedo confiar en mí misma. Me he equivocado en todo estos últimos días, así que, evidentemente, mi instinto no es tan bueno como tú te empeñas en decir.

—Sí que lo es. Lo que pasa es que solo te ha llegado parte de la información y has estado tomando decisiones basándote en lo poco que te hemos contado. No es culpa tuya no haberte enterado de nada la mitad de las veces.

Negué con la cabeza.

—No es solo eso. No es solo por nosotros. Llevo todo este tiempo en un estado constante de hipervigilancia, sintiéndome al borde del peligro, y necesito descansar de tanto estrés.

Se echó hacia atrás, sonriendo con aire burlón.

—¿En serio?

—¿Qué? Sí, claro.

Afiló la sonrisa.

—He estado observándote. Puedes decirte a ti misma lo que quieras, pero fuiste tú la que quiso meterse en esto.

Fuiste tú la que se ofreció a ayudar, a formar parte de la venganza contra los Jokers.

—Volvió a inclinarse, me rozó la oreja con los labios y, con la voz peligrosamente grave, añadió—: Y has disfrutado cada segundo.

Así que no hagas como si no te sintieras más viva que nunca desde que dejaste de volar.

Me quedé inmóvil, acorralada por él. Hostia puta.

Esa sí que era una verdad incómoda que no quería oír.

Por muy estresada y asustada que estuviera, por mucho que me preocuparan la nana, yo misma y todo el pueblo de Kearny, me sentía como…

mi yo de antes. Como la Krista que sacaba medio cuerpo fuera de la puerta abierta de la plataforma, a trescientos metros del suelo, riéndose contra el viento que nos azotaba mientras sobrevolábamos el campo de batalla.

Pero ¿quería ser ella? ¿Me sentía tan saturada como para renunciar a la poca luz a la que me había estado aferrando?

¿Como para descender con Jakob hacia las tinieblas y deleitarme en las sórdidas entrañas de la sociedad?

No lo sabía. Él estaba muy cerca. Igual que yo de él, de todo aquello, y su revelación no hacía más que confirmar que debía poner distancia de por medio.

—Si habéis acabado de fornicar en mi entrada, ¡moved el culo y entrad! —gritó Liam detrás de nosotros.

Eché un vistazo por un costado de Jakob y lo vi plantado junto a la puerta principal, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho y el semblante nublado.

Miré a su hijo.

—Por favor, dime que se lo has contado todo de camino aquí.

Jakob asintió y dio un paso atrás, ignorando a su amenazante padre, con los ojos clavados en mí.

—Lo nuestro no ha acabado.

—No digo que haya acabado. Digo que necesito un par de días.

Tensó la mandíbula. Sin decir nada más, giró sobre los talones y entró en la casa a zancadas.

Saqué mis cosas del coche y, unos minutos más tarde, lo seguí. Liam bloqueaba la puerta. No había ni rastro de Jakob.

—¿Adónde ha ido? —pregunté.

Él me miró con la misma atención inquebrantable que su hijo.

—Al sótano, supongo, a darle una paliza a un saco de boxeo.

—Bien. Tú y yo tenemos que hablar.

Extendió una mano. Por la cara que tenía, estaba tan enfadado conmigo como yo con él.

—Primero dame la memoria USB.

La saqué del bolso y se la entregué.

Se volvió hacia la casa en dirección a su despacho trasero. Lo seguí, pero me detuve unos segundos a charlar con la nana y Jennifer, que jugaban a las cartas en el salón.

—¿Cómo va? —pregunté.

Jennifer resopló.

—Me está destrozando.

Crucé una mirada con mi abuela por encima de su cabeza y sonreí.

—Ya te dije que era una pájara.

La nana me devolvió la sonrisa.

—¿Quieres jugar?

Hice un gesto de negación con la cabeza.

—Iliza nos ha invitado a quedarnos con ella y con Fred unos días.

A la nana se le iluminó la cara.

—¿De verdad?

Asentí.

—¿Recoges tus cosas? Quiero salir pronto para llegar a tiempo para la cena.

—En cuanto terminemos esta mano —dijo la nana.

Jennifer soltó un gruñido quejumbroso y tiró su siguiente carta. Por el brillo hambriento que reflejaban los ojos de mi abuela, estaba a punto de acabar con ella.

Liam estaba en su escritorio cuando entré en el despacho.

Miraba la pantalla de ordenador que tenía delante, con unas gafas apoyadas en la nariz.

La imagen me recordó que, al fin y al cabo, era un ser humano que envejecía y erraba, como el resto de nosotros.

La nana y Jennifer estaban en la habitación de al lado; Jakob, abajo, gritando a poca distancia.

No debía temer a Liam. Su única forma de lastimarme eran las palabras, y la experiencia me decía que la gente solo te hacía daño si tú se lo permitías.

Lo bueno era que su opinión no me importaba tanto como para que me molestara lo que pensara de mí y, mientras me centraba en esa idea, comencé a prepararme para entrar en guerra con él.

—Ya está —dijo cerrando el portátil. Dejó las gafas a un lado y se volvió hacia mí—. Le he enviado las fotos a Mike. Él se las pasará a los Jokers. Deberían abandonar Magnolia en unas horas.

—Bien. Gracias —respondí, porque no pasa nada por ser educada.

—Lo que has hecho… —dijo Liam.

Lo interrumpí.

—No.

Frunció el ceño.

—¿Perdona?

—No —repetí—. No tienes derecho a sentarte ahí y juzgarme. Y menos después de toda la mierda por la que nos has hecho pasar a Jakob, a mi abuela, a tu mujer, a mí y sabe Dios a cuántas personas más.

—Escúchame bien… —intervino, iracundo.

—No —proferí con voz tranquila pero firme. Y luego, igual de calmada, dije—: Vas a perder a tu hijo.

Parpadeó. Lo había pillado desprevenido. Perfecto.

—No me hablo con mis padres —expliqué—. Son unas personas horribles y estoy mucho mejor sin ellos en mi vida. Jakob está a un paso de sentir lo mismo por ti. Lo sé bien. Reconozco las señales de alerta.

—La relación que tenga con mi hijo no es asunto tuyo —espetó Liam.

Me encogí de hombros, ya lejos de que me importara lo más mínimo. Ni siquiera su tono enfadado lograba sacarme de quicio. Me habían pasado demasiadas cosas e iba a decir lo que tenía que decir antes de largarme de allí.

—Tal vez no, pero ahora sí es asunto mío, porque nadie más va a decirte esto y necesitas oírlo.

La relación que tienes con tu hijo es una cagada tras otra.

Jakob no me trajo aquí para que conociera a la familia.

No quería presumir de novia ni ver si su padre la aprobaba, porque a él le importa una mierda lo que hagas o dejes de hacer.

Me trajo aquí porque sabía que lo estabas manipulando y él quería devolvértela siguiéndote el juego.

No vino aquí para pasar tiempo contigo, sino para espiarte.

Que te quede claro. Y, ya que estamos, me dijo que la única razón por la que aún tiene algo que ver contigo es que quiere ver venir la siguiente manipulación.

Liam se puso de pie y apuntaló los nudillos en el escritorio.

—¿Cómo te atreves a hablarme de mi propio hijo como si no supiera nada de él? ¿Quién coño te crees que eres? —preguntó con una voz más parecida a un gruñido. Me recorrió con ojos desdeñosos—. Acabas de conocerlo. El mes que viene se estará follando a otra.

Me tragué la virulenta respuesta que se me había subido a la lengua y me obligué a mantener la calma.

—Puede —repliqué—. Pero he pasado tiempo de sobra con Jakob y conozco sus dos facetas.

He visto su cara pública, pero también lo he visto relajarse cuando está rodeado de gente en quien confía.

Se ríe. Hace bromas. A veces hasta deja de fruncir el ceño.

—Apuntalé los nudillos al otro lado del escritorio de Liam y me incliné hacia delante, negándome a sentirme intimidada—.

Dime, Liam, ¿cuándo te sonrió tu hijo por última vez?

Abrió la boca, pero no dijo nada. Dudaba que, aparte de su familia, nadie le hubiera hablado así en los últimos tiempos, y el hombre no sabía cómo reaccionar.

Jennifer tenía razón: el poder se le había subido a la cabeza.

La gente hacía lo que él decía sin cuestionarle nada y, si alguien viraba a la derecha cuando él le había dicho que virara a la izquierda, no era capaz de encajar el golpe y adaptarse.

Mi lado sádico aullaba de júbilo al ver que mis golpes estaban dando en el blanco.

Que estaba abriéndole los ojos. Pero lo que más me alegraba era saber que le estaba haciendo daño, igual que él a mí.

—No es demasiado tarde —señalé—, pero por poco tiempo. Tienes que dejar atrás lo de Daniel.

Al oír ese nombre, Liam puso mala cara.

—Créeme, lo entiendo —proseguí. Dios, vaya si lo entendía—.

He hablado con él menos de cinco veces y todas y cada una de ellas ha dicho o hecho algo que me ha dado ganas de partirle la boca.

He visto cómo trata a tu hijo y no me gusta.

Me imagino que, a estas alturas, tú ya has visto suficiente como para odiar de por vida a ese cabrón adulador.

Pero ese hombre no es problema tuyo, sino de tu hijo y de los Reyes.

Deja que ellos se encarguen. A nadie le va a parecer bien que te entrometas, y menos aún a Jakob.

¿Te has parado a pensar que, cada vez que te involucras, lo dejas de débil?

Liam parpadeó.

Seguí insistiendo.

—Como si no fuera capaz de resolver sus problemas sin la ayuda de papá.

—Eso no es lo que estoy haciendo —aseguró Liam, pero por el tono de sus palabras supe que ya no se creía sus propias gilipolleces.

—Es justo lo que estás haciendo —razoné—. Y, si sigues por ahí, presionando a Jakob para que adopte un rol que no desea, acabarás perdiéndolo.