Los reyes de Kearny Capítulo 24
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Capítulo 24

Colgamos el teléfono en cuanto establecimos que no me estaban siguiendo.

Jakob conducía la furgoneta con micrófonos, sin duda para que su padre pudiera rastrearnos a los dos, y yo no dejaba de imaginarme a Liam inclinado sobre la pantalla de un teléfono mirando nuestros puntitos del GPS rebotando por todo Hermannsburg como en un juego de arcade de los de antes.

En cuanto Jakob me dio luz verde, me metí en la autopista.

Nada más incorporarme, se puso detrás de mí y, a partir de entonces, lo llevé pegado a mi parachoques como una lapa.

¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Poner mi coche de mierda al límite, que, en un día bueno, podía ser de unos cien kilómetros por hora, e intentar despistarlo?

Improbable. Además, la nana seguía con sus padres.

De vez en cuando, echaba un vistazo por el retrovisor y me encontraba con el pétreo semblante de Jakob.

Antes de colgar el teléfono se había mostrado borde, rozando el mal genio, y en ese momento, con su cara de «que te jodan» en todo su esplendor, me di cuenta de lo poco que se la había visto esos últimos días.

Tal vez no fuera la única que necesitaba un respiro.

Aunque antes me hubiera parecido que Jakob estaba dispuesto a darme una oportunidad, él también debería tomarse un tiempo de reflexión.

Mi traición había sido descomunal. Imperdonable, para muchos.

Yo sabía lo mal que estaba llevar allí a los federales, y aun así lo había hecho.

Vale, había tomado la decisión porque quería protegerlos a todos, pero mis intenciones eran lo de menos.

Las de Liam también eran buenas y mira cómo había acabado todo el mundo.

Me mordí el labio mientras conducía, preguntándome las consecuencias de mis acciones.

Nick sabía con quién me acostaba y tenía la sensación de que no iba a ser la última vez que viera a mi viejo amigo.

Una cosa era que supiera de mi trabajo en uno de los locales del club, y otra muy distinta, que se enterara de hasta qué punto estaba involucrada en los asuntos de los Reyes.

Volví a mirar por el retrovisor. Jakob sujetaba el móvil contra la oreja, esperaba que poniendo al corriente de todo a su padre para que no tuviera que hacerlo yo.

Ese día ya había tenido suficientes emociones y no me apetecía revivir cada uno de los momentos humillantes mientras explicaba que había subestimado a todo el mundo y malinterpretado gran parte de las situaciones.

Al ver a Jakob al teléfono, recordé que yo también tenía que hacer algunas llamadas.

La primera, a la mujer de Charley, Lisa.

Ella era la encargada de organizar los turnos en el bar y necesitaba pedirle la noche libre.

Me preparé para mantener una conversación de lo más frustrante.

Normalmente era igual de estricta que su marido, pero contestó al teléfono con tono amable.

—Hola, cariño —saludó—. ¿Cómo lo llevas?

—Bien, gracias. ¿Qué tal tú?

—No me puedo quejar. ¿Cómo está tu abuela?

Fruncí el ceño hacia la carretera que tenía delante, preguntándome quién le habría contado lo de la nana, antes de recordar lo cotillas que eran los Reyes.

El otro día coincidimos con varios de ellos en la residencia de ancianos.

A esas alturas, el rumor de lo que había ocurrido ya debía de haberse propagado por todo el club, exagerado en cada nueva versión hasta acabar convirtiendo a Jakob en un caballero andante que habría acudido en mi rescate y a mí en su damisela en apuros.

En la historia que ella había oído, seguramente él derrotaba a los Jokers sin ayuda de nadie bajo una tormenta de balas, y luego me cargaba sobre su hombro y conducía hacia el atardecer como el conquistador que todos creían que era.

—Mi abuela está bien. Gracias por preguntar —respondí—. Oye, te llamo porque necesito tomarme la noche libre. Sé que te lo estoy diciendo a última hora, y lo sien…

—Hecho —contestó.

Parpadeé.

—Ah, vale.

—Jakob ha llamado esta mañana y ha dicho que quizá necesitaras unos días libres. No te he puesto ningún turno hasta el viernes. ¿Te va bien o necesitas más tiempo?

Vaya, estaba siendo muy maja. ¿Qué coño le había dicho Jakob? ¿O acaso se mostraba tan servicial precisamente porque era él quien se lo había pedido? En cualquier caso, lo tenía claro: a caballo regalado…

—Me va bien —me apresuré a decir—. Gracias, Lisa. Te lo agradezco.

—No hay problema, cariño.

Nos despedimos y colgamos el teléfono. Tener libre hasta el viernes era una maravilla.

Me daría tiempo a ver qué podía salvar de mi apartamento, a encontrar otro sitio en el que vivir y a volver a instalar a la nana en Magnolia.

Mientras tanto, podría llevarla al norte, a la pequeña granja que tenía su hermana Iliza a las afueras de Austin.

Hacía tiempo que no la visitaban y la última vez que hablé con ella me dijo que allí siempre seríamos bienvenidas.

La llamé y, efectivamente, estaba encantada de que nos quedáramos con ellos.

Después de colgar, se me destensaron los hombros.

La granja de Iliza y su marido Fred era un trocito de cielo en los campos de Texas, y no se me ocurría un lugar mejor para tomar distancia, relajarme y aclarar las ideas.

No podía quedarme con los Larson ni una noche más.

Para empezar, acabaría acostándome otra vez con Jakob, y ya tenía bastante lío en la cabeza como para añadir además una dosis de hormonas borrachas de sexo.

En segundo lugar, lo más seguro era que Liam ya hubiera decidido echarme de casa igualmente.

Si no por lo que había hecho, sin duda por la conversación que pensaba mantener con él.

Me pasé el resto del trayecto ensayando qué decir.

Quería causar el mayor impacto posible sin dejar que la conversación descarrilara.

Por muy tentador que fuera entregarse a una pelea imaginaria a gritos donde yo terminaba dándole una patada en tijera a Liam en la garganta, era consciente de lo inútil que sería.

Además de insano. Y, pensándolo bien, ese hombre medía como su hijo, así que no estaba segura de poder saltar tan alto para patearle el cuello.

Sin coger carrerilla, quiero decir, pero entonces me vería venir a un kilómetro de distancia.

Tenía que inspirarme en Katherine Jenkins.

Su calma inalterable durante la charla en comisaría era algo a lo que aspirar.

Si lograba mantener la compostura y decía todas las cosas que Liam necesitaba oír, quizá podría detener una guerra civil y evitar la destrucción de una relación.

Para mis padres y para mí ya era demasiado tarde, pero había visto de primera mano lo mucho que Liam quería a Jakob y creía que quizá él aún estuviera a tiempo de arreglar lo que se había roto entre ellos.

Cuando aparqué en la entrada de los Larson estaba…

, bueno, no sé si calmada, pero sí centrada en lo que tenía que hacer.

Jakob se detuvo a mi lado y salió de la furgoneta antes incluso de que yo me desabrochara el cinturón de seguridad.

Por su forma de acercarse hacia mi coche, con paso firme, supe que seguía enfadado.

En lugar de salir, sostuve su agria mirada mientras reclinaba lentamente el asiento, desapareciendo de su vista.

Apenas llegué a ver la exasperación apoderándose de sus rasgos antes de acabar tumbada en el asiento, sin ningún sitio adonde ir.

—Sal del coche, Krista —gruñó con la voz amortiguada al otro lado de la ventanilla.

—No. ¡Llevas la cara de dar miedo! —le grité.

Él apoyó la frente contra el cristal y se me quedó mirando.

—Esta no es mi cara de dar miedo. Es mi cara de preocupación.

—¿Me prometes que no vas a asesinarme brutalmente? —pregunté.

Su mirada indicaba que estaba tentado a hacerlo.

—No. Deja de comportarte como una cría y sal del coche.

Le saqué la lengua.

Él cerró los ojos, como si estuviera rogando paciencia.

Sabía que estaba siendo infantil, pero era la única forma que se me ocurría de aliviar la tensión del momento. La única que no implicaba desnudarnos, al menos.

—Krista —dijo Jakob empañando mi ventanilla con el aliento.

Me armé de valor y pulsé el botón de desbloqueo.

Él tiró de la puerta en cuanto oyó el clic y, antes de que me diera cuenta, me vi fuera del coche bajo el calor y con la espalda pegada a la ardiente puerta de atrás mientras Jakob me oprimía.

Abrí la boca para decirle que esperara un segundo, pero me calló con un beso apasionado.

Me clavó los dedos en el cuero cabelludo mientras me sujetaba la cabeza con sus enormes manos.

Me dio una patada en el pie bueno para abrirme las piernas lo suficiente para encajarse, acortando la distancia que nos separaba.

Había pasión, sí, pero sentí algo más en su abrazo.

Era como si necesitara meterse en mi espacio para asegurarse de que yo seguía ahí. De que estaba a salvo.

Me embistió con la lengua y gemí, dejándome llevar durante incontables minutos.

Se apartó lo justo para mordisquearme la comisura de la boca antes de cogerme el labio con los dientes.

Después volvió a la carga, entrelazando la lengua con la mía y echándome la cabeza hacia atrás con ímpetu para conseguir un mejor ángulo.

Espera, ¿qué estaba haciendo? Necesitaba espacio. «¡Espacio, Krista! ¿Recuerdas?». Pero mis malditas manos tenían voluntad propia y, en lugar de empujarlo, lo agarré por la camiseta y lo atraje hacia mí.

—Joder, no vuelvas a hacerme eso nunca más —jadeó contra mis labios.

—De acuerdo —respondí.

—Lo digo en serio. Para que esto funcione, tienes que ser tan sincera conmigo como quieres que yo lo sea contigo.

Hice un gesto vacilante.

Se apartó lo justo para mirarme.

—Ahora es tu cara la que da miedo.

—Ah, ¿sí? —No sentía que le estuviera poniendo cara de «que te jodan», sino más bien que estaba al borde del llanto.

Asintió.

—Dilo.

—¿El qué?

—Eso que me hace sentir que estás a punto de marcharte.