Capítulo 23 #3
—Oooh, estabas colado por mí y tardaste tres meses en reunir el valor para pedirme salir.
—Para.
—Es adorable, Jakob. Sabía que por dentro eras un blando.
—Si te prometo amorrarme bien al pilón cuando volvamos, ¿te callas?
—No. Vas a tener que vivir con esto —aseguré—. ¿Algo más que quieras confesar, ya que estamos?
—Tus padres vinieron al pueblo hace como un mes.
No estaba preparada para oír eso, así que me tropecé con mis propios pies y casi me caigo de morros en la acera.
— ¿Qué?
—Los largué antes de que volvieran a joderos la vida a tu abuela y a ti.
Santo Dios.
—Vale. Ya basta. No sé cuántos giros argumentales más sería capaz de soportar.
Se rio. Con ganas.
—¿Cómo sabías que iban a jodernos la vida? —pregunté, sin poder evitarlo.
—Vi sus antecedentes penales. Y las denuncias de protección de menores.
—Ah —dije con un hilo de voz mientras pensaba en aquella simpática señora de los servicios sociales que me preguntó, a mis cuatro años, dónde me había dado el puñetazo mi madre.
—Parecía que te iba bastante bien y sé de primera mano que los padres pueden destrozarte la vida. —Obviamente, se refería a Liam.
—¿Por qué lo aguantas? —pregunté.
—Porque es mejor tenerlo cerca para saber en qué anda metido. Si rompo el vínculo, podría perder la cabeza. Y no vería venir su siguiente manipulación.
Bueno, eso lo explicaba todo. Me sentía estúpida por haberlo visto como una víctima de su padre.
—Y por mi madre —añadió con tono más suave.
—Entiendo —respondí; yo también querría quedarme cerca de Jennifer si fuera mi madre.
Permanecimos en silencio mientras yo caminaba hacia el coche.
Quería decirle y preguntarle de todo, pero no encontraba las palabras.
Una cosa era estar de acuerdo con Nick en que tenía que dar un paso atrás, y otra muy distinta, mantener esa postura cuando hablaba con Jakob.
Sentía que se me escapaba la determinación.
El murmullo grave de su voz me traía demasiados recuerdos: las deliciosas amenazas sexuales que me susurró al oído nuestra primera noche juntos; la discusión a gritos fuera de Magnolia; su sonrisa demente cuando me preguntó si su psicopatía me ponía como una moto…
Por todo eso quería quedarme un poco más con él para ver qué pasaba a continuación.
Bueno, por eso y por la atracción física que ese hombre parecía ejercer sobre mí.
Ya volvía a estar al límite, sin ninguna vía de escape por la que descargar todo mi miedo, mi ira y mi ansiedad, y necesitaba una nueva dosis de vida.
Necesitaba regodearme en el hecho de que Redding no me había pillado.
Desnudar a Jakob y recorrer sus espectaculares músculos con la lengua me parecía una buena manera de conseguirlo.
Pero ¿era saludable? En el Ejército había tomado un par de cursos de tácticas psicológicas.
Sabía lo suficiente sobre psicología humana para comprender que todos anhelábamos lo desconocido.
Por eso había tanta gente enganchada a las redes sociales.
Más que un concurso de popularidad, eran una manipulación mental.
¿Qué nos íbamos a encontrar cuando iniciáramos sesión?
¿Diez «me gusta»? ¿Veinte? ¿O ninguno? El miedo a lo desconocido nos hacía volver una y otra vez, y nos provocaba unos picos de endorfinas que nos estaban convirtiendo a todos en adictos a marchas forzadas.
Y por ese mismo motivo había mujeres que se sentían atraídas por capullos inestables: no es que les gustara que las trataran como basura, sino que eran incapaces de resistir la fascinación por lo desconocido.
¿Era eso lo que había entre Jakob y yo? Él no me trataba como basura, pero, sin duda, era impredecible.
Llegué a mi coche, me detuve y respiré profundamente, fortaleciendo mi voluntad.
Necesitaba dar un paso atrás. Necesitaba, como mínimo, un par de días sin estrés para desconectar de toda esa locura y dar rienda suelta a todos mis sentimientos.
Solo con la mente despejada podría saber qué sentía por Jakob en realidad, y en esos momentos mi mente distaba mucho de estar despejada.
—Estoy en mi coche —le dije—. Supongo que quieres que nos quedemos para seguirme hasta la casa de tus padres, ¿no?
—Sí, pero primero quiero que pases por donde he aparcado para asegurarme de que los federales no te estén siguiendo.
—Buena idea —respondí.
Después de todo lo que había pasado ese día, no creía que volviera a confiar en nadie jamás, así que, por una vez, me alegré de que él fuera tres pasos por delante.
Me subí al coche y seguí las indicaciones de Jakob, que aún no había dejado de rastrearme por GPS.
—Toma la siguiente carretera a la izquierda —señaló.
Giré según sus instrucciones.
—Estoy en la zona de aparcamiento que tienes a la derecha. Cuando llegues al final de la calle, gira a la izquierda y luego da la vuelta.
Levanté la mano y lo saludé al pasar.
—Hola —dijo—. Me alegro de que estés bien.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Yo también me alegro de estar bien —respondí sin saber por qué le estaba mintiendo.
No estaba bien. No estaba bien en absoluto.