Capítulo 23 #2
—No te lo tomes como algo personal, Skywalker.
Llevamos años vigilándonos mutuamente. Conocer los movimientos del otro jugador es parte de nuestro trabajo.
—Me echó una mirada antes de continuar—.
Cuando todo se calme, quizá quieras dar un paso atrás y tomarte un respiro para pensar si de verdad quieres meterte en este mundo.
No estás tan dentro como para no poder salir.
El «todavía» del principio de la frase quedaba claramente implícito.
Cuanto más tiempo pasara rodeada de aquella gente, más cómplice me volvería, más mierdas vería y más difícil me resultaría salir de ahí.
Nick tenía razón. Esa semana todo había sucedido muy rápido.
Era como en la peli Speed , y Jakob y yo éramos Keanu y Sandra.
Nos habíamos visto obligados a estar juntos.
El peligro nos había obligado a crear un vínculo rápido para trabajar por un objetivo común, con la sombra del desastre acechando a cada paso.
En el Ejército aprendí lo mucho que unían a la gente esas situaciones.
Si a eso le añadíamos nuestra química, estaba claro que iba a enamorarme de él rápidamente y a lo bestia.
Una vez que pasara la amenaza de la destrucción inminente, ¿qué quedaría?
¿Estaba dispuesta a seguir adelante para averiguarlo?
—Piénsatelo —concluyó Nick, levantándose de su asiento para marcharse.
Asentí con la cabeza, mirando por la ventana, recordando la locura de los últimos días.
Tanto estrés había causado estragos en mi cuerpo.
Me dolía todo, no solo la pierna. Tenía el cerebro embotado.
Ya no estaba segura de nada y una extraña clase de desconexión se estaba apoderando de mi psique.
El miedo anticipatorio se aferraba a lo más recóndito de mi mente.
¿Qué sería lo próximo? ¿A quién más había subestimado?
¿Cuando saliera de esa cafetería descubriría que Jakob llevaba todo ese tiempo trabajando con su padre?
¿O que Daniel no se había ido a Georgia, sino que se había quedado para desatar la Tercera Guerra Mundial?
Si había aprendido algo desde que me había metido en aquello era que se me daba fatal anticipar el siguiente giro en el camino.
Nick se detuvo a mi lado y me puso la mano en el hombro.
—¿Estás bien?
Negué con la cabeza.
—No. Pero ya me conoces, saldré adelante.
Me dio un apretón y me soltó. Luego se fue.
Yo debería hacer lo mismo. No quería estar ahí cuando los empleados de la cafetería volvieran y se preguntaran qué coño había pasado después de que Nick les hubiera ordenado marcharse. Estaba tan fuera de mí que era capaz de decir la verdad.
Empujé la silla hacia atrás y me levanté. Al salir, el calor me golpeó en la cara y acabé empapada en sudor al instante. Tenía que llamar a Jakob.
Contestó al primer tono.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
El mero hecho de que me lo preguntara significaba que todavía debía de importarle un poco.
Eso podría haberme dado esperanzas si no hubiera estado tan hecha polvo.
¿De verdad quería que hubiera esperanza?
¿O era mejor que simplemente me alejara?
Dios mío, no quería, pero sentía que quizá no tenía más remedio si pretendía aclarar las ideas, al menos durante un tiempo.
—Estoy bien —respondí.
Oí su brusca exhalación a través del teléfono. Sí, le importaba. Tal vez más de lo que debería.
—Tenías razón sobre lo de que Nick me estaba ocultando cosas —anuncié—. Cuando he vuelto, en la cafetería no había nadie. Había detenido a Redding.
—¿Qué? —soltó Jakob.
Lo puse al corriente de todo mientras volvía a mi coche, empezando por que la doctora Perez estaba consciente, y de ahí hacia atrás. Tuve que apartarme el móvil de la oreja cuando llegué a la parte en la que Nick me había mostrado a las víctimas de Redding.
—¿QUÉ QUIERES DECIR CON QUE ENCAJAS EN SU PERFIL?
—¿Puedes dejar de gritar? Me va a sangrar el oído.
Bajó la voz.
—¿Dónde lo tienen?
Me entró un escalofrío a pesar del calor.
Tal vez era mejor que gritara que esa aterradora calma en la que había caído.
Era como estar de nuevo en la comisaría, cuando, como quien no quiera la cosa, mencionó que asaltaría una instalación del Gobierno para dar conmigo.
No podía ayudarlo a descubrir dónde estaba Redding. Solo conseguiría que lo mataran.
—No sé dónde lo tienen y, aunque lo supiera, no te lo diría.
—Llama a Nick. Averígualo.
—No, psicópata. No voy a colaborar en tu intento de suicidio.
Su voz se convirtió en un murmullo grave y relajado.
—Tienes que dejar de subestimar de lo que soy capaz.
Casi me doy una palmada en la frente. Madre mía, ¿no era justamente eso lo que acababa de decirme a mí misma?
—Tienes razón —contesté—. Tengo de dejar de hacer eso. A propósito, ¿cómo sabías lo de Nick?
—Les eché un vistazo a tus amigos de Facebook e investigué un poco a todos los que habían estado en el ejército o en algún cuerpo de seguridad.
—Sí, pero ¿cómo sabías que me había acostado con él?
—El mundo es un pañuelo. Aún tengo amigos en activo y les hice las preguntas adecuadas a las personas adecuadas.
—Pero no sabías que me había pedido que trabajara para él…
Jakob suspiró.
—No, pero lo supuse.
—Y aun así me dejaste entrar en el Charley’s. ¿Por qué? ¿Para darme una lección y usarme de ejemplo?
Se rio con ironía.
—No estoy tan mal de la cabeza. Te dejé entrar en el Charley’s porque vi cómo interactuabas con los miembros del club. No parecía que fueras a delatarnos, así que seguí mi instinto.
—Tienes buen instinto —afirmé en referencia a las palabras que su padre había pronunciado la otra noche.
—Pero ningún mérito. Si te dejé entrar fue, en buena parte, porque me gustabas.
—¿Te gustaba? —pregunté. Podría haber dicho «porque quería acostarme contigo», pero no lo hizo. Su elección de palabras denotaba que sentía algo por mí desde mucho antes de que yo lo sintiera por él, y que ya al principio para él aquello era más que sexo.
—Sí, me gustabas. —Lo soltó como si fuera una confesión que no quería hacer.
Casi sonreí. Sentí que mi lado más retorcido se ponía en alerta.