Capítulo 23
La furgoneta blanca había desaparecido.
Me detuve a unos quince metros de la puerta de la cafetería, mirando fijamente el lugar donde estaba aparcada antes.
El flujo del tráfico de la acerca se veía obligado a rodearme y la gente me lanzaba miradas confusas o molestas al pasar.
Lógico: me había parado en seco en medio de la calle y debía de parecer que estaba pensando en las musarañas.
¿Dónde coño estaba la furgoneta del FBI?
Parpadeé un par de veces y luego recorrí la calle de arriba abajo con la mirada, preguntándome si los federales la habrían movido por algún motivo. A lo mejor habían aparcado mal y algún funcionario municipal inoportuno había amenazado con ponerles una multa.
Tenía la frente perlada de sudor. El sol pegaba con ganas y cocía el asfalto. De él ascendían unas ondas de calor que me hicieron plantearme si al final no habría acabado perdiendo la cabeza y estaba alucinando. Volví a comprobar la calle. No, no estaba alucinando. La furgoneta había desaparecido.
Torcí el gesto y me obligué a caminar hacia la cafetería.
Jakob sabía lo de Nick. ¿Cómo? ¿Cóóómo? ¿Y por qué no había dicho nada antes?
¿Por qué me había dejado entrar en Kearny, en el Charley’s, sabiendo que me había acostado con un agente del FBI?
Quizá Jakob también tuviera amigos que aún trabajaban para el Gobierno, alguien de la NSA que se prestó a piratear mi cuenta de Messenger y le dijo a Jakob que había rechazado la oferta de Nick.
O quizá le había contado a Daniel que yo representaba un peligro y ambos habían acordado dejarme entrar solo para darle una lección al FBI.
Asesinándome de forma violenta. ¿A que sería para morirse de risa después de todo lo que me había pasado?
Solté una carcajada. Sonó tan histérica como yo misma me sentía.
La simpática anciana blanca que pasaba junto a mí por la acera me echó una mirada y enseguida aceleró el paso para alejarse de la loca.
Quería disculparme con ella, explicarle que estaba bien, pero no sabía si era cierto.
Jakob tenía razón; no estaba acostumbrada a su mundo.
Por muy desquiciada que estuviera tras sobrevivir a dos guerras y un accidente de avión, aún tenía principios.
Tal vez tuviera algunos rincones oscuros en la mente, pero en ellos también había luz.
Buscaba el lado bueno de la gente. Jakob era la prueba.
Mi primer instinto era hacerme amiga de una persona, no buscar la forma de manipularla.
Lo que pasaba era que me sentía desbordada con tanto cabrón retorcido a mi alrededor.
Con esa idea en la cabeza, abrí la puerta de la cafetería y, por tercera vez en menos de cinco minutos, me quedé paralizada.
Dentro reinaba el silencio. La música suave que hacía un rato llegaba del techo estaba apagada.
No oía ninguna conversación a media voz.
Ni el tintineo de las tazas de cerámica, ni el zumbido de las máquinas, ni el roce de las patas de las sillas sobre las baldosas. Nada.
La puerta se abría al centro del local. Justo enfrente se encontraba el mostrador.
Cuando entré hacía un rato, atendían tres personas: un adolescente con acné manejaba la caja registradora, y, detrás de él, dos baristas que espumaban, batían y servían café.
Ahora la barra estaba vacía y eso me ponía los pelos de punta.
Aparté la vista y observé el resto del espacio.
Toda la puta cafetería estaba vacía.
¿Qué coño estaba pasando?
Noté un movimiento por el rabillo del ojo. Me giré y vi a Nick saliendo de la trastienda.
—¿Dónde está todo el mundo? —pregunté.
Me dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas, como si no pasara nada. Esa vez no me lo tragué.
—Ven, siéntate conmigo —dijo sacando un taburete de la mesa que habíamos compartido antes.
Yo no me moví de la puerta.
—Nick, responde la pregunta.
—Lo haré —contestó sin dejar de sonreír—. Pero ven a sentarte.
Lo obedecí solo porque sentía que mis piernas estaban a punto de ceder.
Habían pasado demasiadas cosas durante las últimas horas — joder , durante los últimos días— y mi mente comenzaba a desmoronarse.
La Krista Evans lógica y tranquila, que, si era sincera consigo misma, se creía más lista que la media, no había dejado de equivocarse una y otra vez, y había acabado en una cafetería vacía con un agente del FBI y sumida en una crisis existencial de las buenas.
Quizá el cielo no era azul, sino morado. Y, en serio, ¿qué es la vida?
Me dejé caer a plomo en el asiento que me había ofrecido.
—¿Dónde coño está todo el mundo?
Nick se sentó grácilmente a mi lado, con aire imperturbable.
—Ahí detrás, haciendo un descanso de quince minutos.
Lo miré a los ojos.
—¿No los has matado a todos?
Se rio con gesto jovial.
—No. Están bien.
—¿Y Redding y su abogado? ¿Qué ha pasado con nuestro plan?
Entonces se puso serio.
—Redding ha dicho una cosa de ti que no me ha gustado, así que lo he arrestado.
«Pero ¿qué coño…?».
Lo observé. No parecía que siguiera sintiendo nada romántico hacia mí. A juzgar por lo que había visto en internet y en persona, parecía que realmente quería a su mujer. No me creía que hubiera detenido a Redding por celos o sobreprotección, así que ¿de qué iba todo aquello?
—¿Acaso estás autorizado? —le pregunté—. ¿Tienes algún motivo para detenerlo?
Se sacó el móvil de un bolsillo interior del traje.
—Anoche, después de hablar contigo, lo investigué un poco más.
—Sí, ya me lo has dicho.
Tocó la pantalla del teléfono y me lo pasó.
—Échales un vistazo.
Lo cogí. Una mujer me devolvió la mirada. Miré a Nick con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto?
—Sigue pasando —indicó.
Bajé la vista hacia su teléfono y deslicé el dedo a la izquierda para pasar a la siguiente foto. Y luego a la siguiente. Mientras las ojeaba, comencé a ver un patrón. Todas eran mujeres de pelo largo y oscuro, piel morena, labios carnosos y ojos marrones. Mujeres muy parecidas a mí.
Nick se ajustó los puños de la chaqueta.
—En las fotos no se aprecia, pero todas miden más de uno setenta.
—¿Son… las víctimas de Redding?
Nick me miró a los ojos.
—Sí. No podemos probar todos los casos. Ha mejorado mucho en lo suyo desde que salió del Ejército, pero cotejé los lugares que sabíamos que rondaba con los casos de violaciones sin resolver de mujeres que encajaban en su perfil y resulta que él estaba a poca distancia en coche de todas y cada una de ellas.
Sentí como si el suelo se hundiera bajo mis pies.
Recordé el momento en el que Redding me vio por primera vez, en Magnolia Hills, y la vaga sensación de que parecía estar comparando mis rasgos con algún tipo de base de datos interna.
Así fue. Esas eran las segundas intenciones de Redding.
Había accedido a reunirse conmigo porque quería sondear su próxima violación.
No solo encajaba en su perfil, sino que salía con un hombre cercano a Daniel King.
¿Qué mejor manera de reírse de él, de que se sintiera acosado, que violando a una mujer que la gente consideraba que estaba bajo la protección de Daniel y los Reyes?
Me invadió una oleada de náuseas al recordar cómo me miró Redding en la comisaría. Aquella sonrisa enfermiza. Y ahí, en la cafetería, la ardiente intensidad de su mirada.
Mientras le devolvía el teléfono a Nick, me temblaban los dedos.
—Por eso no dijiste nada de qué pasaría si los Jokers hablaban con Redding en lugar de matarlo.
Nick asintió, guardándose el móvil en el bolsillo.
—Sabía que no tendrían oportunidad de hacerlo. En cuanto me di cuenta de que encajabas en su perfil, no quise correr el riesgo de que se les escapara y viniera a por ti.
—¿Tienes suficiente para retenerlo o debería preocuparme que al final se te escape a ti ?
—Tengo suficiente para retenerlo durante mucho mucho tiempo —aseguró—. La doctora Perez se ha despertado hace una hora.
Por fin una buena noticia.
—Gracias a Dios.
—Fue Redding quien le dio la paliza.
La rabia anegó mi alivio.
—Puto cabrón de mierda. Por favor, dime que no… —Como le había ocurrido a Beth en el bar la otra noche, no me atreví a decirlo.
—No la agredió sexualmente.
Los hombros se me destensaron un poco. Menos mal que existían esos pequeños milagros.
—¿Cómo se le ocurrió que podría irse de rositas?
Nick negó con la cabeza.
—Creo que no esperaba que la doctora sobreviviera.
Sufrió muchas lesiones. En cuanto al resto…
—Se encogió de hombros—. Los sociópatas tienden a ser más descuidados cuanto más tiempo llevan en activo.
Se les dispara el ego. Cuanto más se salen con la suya, más se convencen de que nunca los atraparán.
Son demasiado listos para nosotros, los necios agentes de la ley.
Súmale que algunos familiares suyos en puestos de poder le echaron una mano.
Cuando lo he arrestado, ha bromeado con que los cargos nunca duraban mucho tiempo.
—Gracias a su tío, el representante estatal.
—Y a otro que es juez federal —añadió Nick.
Me lo quedé mirando.
—¿En serio?
Él asintió con una mueca. Redding era más capullo y elitista de lo que había intuido.
—Por favor, dime que tienes pruebas de que lo han estado encubriendo —dije.
—Todavía no, pero las tendremos para cuando Redding vaya a juicio por lo que le hizo a la doctora Perez.
Parecía tan seguro de sí mismo que estuve a punto de creerlo.
—Y ahora, ¿qué? —pregunté.
Volvió a sacarse algo del bolsillo y lo deslizó hacia mí. Era una memoria USB.
—Todas las fotos que necesitas están ahí. Puede que no consigas eliminar a Redding, pero, en cuanto los Jokers lo vean conmigo, se largarán de Magnolia.
—Gracias —dije—. Encontraré la manera de hacérselas llegar.
Sonrió.
—Seguro que el padre de tu novio sabrá cómo.
Mierda. Todos estaban enterados de todo menos yo. ¿Por qué coño me había metido en aquello?
A Nick se le borró la sonrisa. Mi estúpida y expresiva cara debía de haberme delatado.