Los reyes de Kearny Capítulo 22
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Capítulo 22

La campanilla que había encima de la puerta tintineó y Spencer Redding entró en la cafetería como si el lugar le perteneciera.

Al igual que Nick, llevaba un traje, solo que sin corbata y con la chaqueta desabrochada.

Tenía los dos botones superiores de la camisa abiertos, dejando al descubierto una piel tersa y bronceada y los elegantes músculos de su cuello.

Su atractivo era de los que reflejaban una buena cuna y mucho dinero heredado.

Las chicas del fondo suspiraron de nuevo y en esa ocasión quise girarme y gritarles: «¡Corred!

». Si hubiéramos tenido más tiempo para preparar la llegada de Redding, les habría pagado para que se marcharan, pero, por supuesto, él tenía que llegar insultantemente pronto a la reunión.

A lo mejor quería echarle antes un vistazo al local, como nosotros.

Debía de tener algún motivo oculto para estar ahí tan pronto, porque pareció molesto al ver que nos habíamos adelantado.

O a lo mejor esa era simplemente su cara.

Detrás de él había un hombre blanco alto, de pelo plateado y espalda ancha.

Para que Redding aceptara ir hasta allí, yo le había dicho que quería que nos reuniéramos con nuestros respectivos abogados en un punto neutral e intentáramos resolver los cargos al margen de los tribunales, a ver si podíamos llegar a un acuerdo.

Nick se hacía pasar por el mío. El caballero más mayor debía de ser el de Redding.

Sonrió afablemente cuando nos levantamos.

—Buenas —dijo acercándose hacia nosotros. Tenía una voz grave y nasal, y su aire de «ay, puñetas» me hizo pensar que era de los que llamaban al resto de los hombres «compañero».

Me tendió la mano cuando llegó a mi lado.

—Winston Beaufort, encantado de conocerla.

Se la estreché.

—Krista Evans.

Nos soltamos y, mientras Nick se presentaba tanto a Winston como a Redding, yo introduje la mano en mi bolso y volví a encender el móvil. Llevaba varias horas apagado.

«Venga, Jakob. No me falles».

—¿Quieren algo, amigos? ¿Café? ¿Una bagel? —preguntó Nick, dirigiendo su radiante sonrisa hacia los hombres.

—No —contestó Redding antes de sentarse.

Winston miró a su cliente de reojo con el ceño ligeramente fruncido, como si le desconcertara su brusquedad. Supongo que no lo conocía muy bien. Me pregunté si quizá trabajaba para Magnolia Hills, no para Redding.

El desconcierto del abogado no duró ni un segundo; se le volvió a iluminar el rostro en cuanto se giró hacia Nick

—Tomaré un café, por favor. Con leche y dos terrones de azúcar.

Nick asintió y dio unas zancadas hasta la barra.

Yo volví a sentarme, con cuidado de colocarme de espaldas a la ventana.

Winston se ubicó frente a mí, sacó el pañuelo que llevaba en la abertura delantera de la chaqueta y lo usó para secarse la frente.

A su lado, Redding me miraba como si no hubiera nadie más alrededor.

Yo quería que me tragara la tierra. Nick acababa de confirmarme que era un violador, y ahí lo tenía, sentado tan cerca que solo con alargar la mano podía tocarme.

Tan cerca que sentí la caricia viscosa de su mirada recorriéndome. Casi me dan arcadas.

—Es increíble el calor que hace —comentó su abogado—. Si seguimos así, este verano va a ser abrasador.

Me aferré a la distracción que me brindaba.

—Parece que mañana van a subir aún más las temperaturas.

Winston hizo una mueca que me habría hecho sonreír si no fuera porque, por el rabillo del ojo, veía que Redding seguía mirándome. Cuando estaba a punto de decirle al abogado que el calor remitiría en pocos días, me sonó el teléfono en el bolso.

Fingí apuro.

—Lo siento. Le diré a quien sea que vuelva a llamarme y luego lo silenciaré.

Winston asintió con gesto comprensivo. Redding continuaba observándome, inexpresivo pero absorto, y mi ansiedad se convirtió en un miedo atroz.

Aparté la mirada y me centré en la pantalla del teléfono. Era Jakob. Gracias a Dios. Deslicé el dedo hacia la derecha para contestar y me llevé el dispositivo a la oreja.

—¿Hola?

—¿DÓNDE COÑO ESTÁS? —rugió, tan alto que lo oyó toda la cafetería.

Retiré el teléfono de golpe para evitar que me reventara el tímpano. Frente a mí, Winston enarcó las cejas sorprendido.

—Eh…, ¿me disculpan un momento? —les pregunté a los hombres mientras me levantaba de la silla.

Me llevé el teléfono fuera, agachando la cara para que no vieran mis expresiones, y me alejé de la cafetería, dejando juntos a Redding, a su abogado y a un agente del FBI. Casi oía el clic de las cámaras al otro lado de la calle.

—Jakob —dije.

—¿Dónde coño estás y por qué llevas tres horas con el móvil apagado? —espetó.

—Me estoy tomando un café con un amigo —respondí. Técnicamente, no era mentira—. Nos hemos encontrado por casualidad. Apagué el móvil dentro de la farmacia y se me debe de haber olvidado volver a encenderlo. Lo siento. —Esa era una trola en toda regla.

—Así que acabas de encontrarte con tu amigo, ¿eh? —prosiguió Jakob, con un tono más seco que el Sáhara—. ¿En Hermannsburg?

Me quedé de piedra. ¿Cómo cojones sabía dónde estaba?

—¿Hermannsburg? —pregunté tratando de ocultar el pánico en mi voz.

—Es lo que indica el rastreador GPS de tu coche.

Mierda, no.

—¿Le has puesto un rastreador GPS a mi coche? —pregunté volviendo a acelerar el paso. Seguro que los federales habían puesto micrófonos ocultos en la cafetería y no necesitaba que oyeran ningún fragmento más de esa conversación—. Eso no está bien, Jakob.

—No he sido yo. Es cosa de mi padre.

Puto Liam.

—Pero aun así lo has usado para localizarme.

—Sí, después de pasarme dos horas tratando de ponerme en contacto contigo y de que mi padre finalmente me dijera lo que había hecho, lo he usado para localizarte. Pensé que Redding o los putos Jokers te habían raptado. ¿Por qué no me has escrito para decirme que estabas bien?

Porque todo aquello era parte del plan. Yo no era mejor que Liam, manipulando a su hijo, asustándolo deliberadamente, contando con que iba a llamarme una y otra vez, para que, cuando por fin volviera a encender el teléfono dentro de la cafetería, su llamada me diera una excusa para irme.

La culpa me carcomía. Me sentía fatal, no solo por traicionar su confianza, sino también por…

Un momento. ¿Ha estado dos horas de los nervios hasta que su padre le ha contado lo del GPS? Pero si ha dicho que sabía que llevaba apagado tres horas… ¿Qué había estado haciendo la hora que llevaba rastreándome?

El estómago me dio un vuelco. «No, por Dios».

—Jakob, ¿dónde estás? —pregunté.

—Tomando la salida de Hermannsburg en la autopista.

¡Mierda! Ni siquiera Nick podría haber previsto que las cosas se torcieran tanto .

—Da la vuelta —le dije a Jakob.

—Dime qué estás haciendo allí —repuso.

—Esto no es una negociación. No puedes venir.

Mi confianza en Nick tenía un límite. Compartíamos un pasado.

Joder, casi podría decirse que una vez le salvé la vida, cuando impedí que tocara algo en el avión que lo habría dejado frito.

Ese hombre me debía una y no creía que me la fuera a jugar.

Pero Jakob… Si no le había hablado de él a Nick había sido por algo.

Matón de los Reyes e hijo de uno de los fundadores de los Espectros…

: quizá era una lombriz demasiado suculenta como para que Nick se resistiera.

Si Jakob se presentaba allí, me preocupaba que el agente encontrara la forma de meterlo en aquello, sacarle fotos o chantajearlo para que colaborara con los federales.

—Lo sabía —soltó—. En cuanto mi madre ha empezado a actuar de manera evasiva, he sabido que estabas haciendo alguna estupidez.

—No estoy haciendo ninguna estupidez. Estoy haciendo una cosa lógica y calculada, y no puedes estar aquí. Da la vuelta, joder.

—No.

Quería matarlo.

Me aparté el teléfono de la oreja y respiré hondo varias veces.

¿Cómo iba a quitármelo de encima? Se le había metido entre ceja y ceja que, o bien yo necesitaba que me salvaran, o él necesitaba estar al corriente de lo que yo estaba haciendo, y el tono inflexible de su voz me indicaba que yo no podía hacer nada para que cambiara de opinión.

Aunque quizá sí había una cosa por la que no querría ir a rescatarme nunca más: la verdad.

Volví a pegarme el teléfono a la oreja.

—Es verdad que he quedado con un amigo —repetí bajando la voz para que los transeúntes no me oyeran—. En eso no he mentido. Se llama Nick y trabaja para el FBI.

Al otro lado de la línea se oyó un silencio sepulcral.

—He engañado a Redding para que viniera con una trola sobre no ir a juicio; le he dicho que nuestros abogados lo resolverían todo —añadí—.

Y, sí, sé que probablemente ese no sea el verdadero motivo por el que él ha accedido a reunirse conmigo, y es posible que tenga segundas intenciones con este cara a cara, pero era un riesgo que debía correr.

Nick es una figura destacada del FBI. Ahora mismo, hay varios agentes federales haciéndoles fotos a él y a Redding en una cafetería.

Vamos a enviarles las imágenes a los Jokers para hacerles creer que Redding lleva todo este tiempo haciendo de topo y que los federales están al tanto de su pequeña operación en Magnolia.

Más silencio.

Respiré hondo.

—Es un plan inteligente, Jakob. Los Jokers se asustarán y se largarán de Magnolia. Con un poco de suerte, ellos mismos acabarán con Redding.

Aún más silencio.

—Di algo, Jakob.

—¿Has sido un topo de los federales todo este tiempo? —preguntó con voz falsamente neutra.

—No. Nick me pidió que trabajara para él cuando me mudé aquí y yo rechacé la oferta. De todo lo que te he contado, créete al menos eso. Confía en mí; yo confié ayer en ti en el coche.

—Krista, si me estás mintiendo…

Tendrá morro, el tío.

Entonces me invadió la calma. La que precedía a la batalla. Esa que solo alcanzaba cuando me habían llevado al límite de la exasperación y que luego me sumía en una auténtica ira.

—Tú me has metido en esto —le recordé—. Viniste a mi bar y me arrastraste a este lío, y ahora tanto mi abuela como yo corremos peligro.

Eres tú quien ha estado mintiendo todo este tiempo.

¿Cómo te atreves a lanzarme esas acusaciones, cuando lo único que intento es manteneros a salvo a ti, a tus padres y al resto de las personas a las que has involucrado en esta mierda?

—Mi padre…

—Tu padre te ha enseñado bien —solté—. Te quejas de él, pero la cruda realidad es que, desde el principio, me has estado tratando igual que él a ti.

—Eso no es justo —sentenció.

—Ah, ¿no? ¿Acaso no manipulaste mis emociones y te aprovechaste del miedo que sentía por lo que pudiera pasarle a mi abuela aquella primera noche?

¿No me sedujiste para conseguir lo que querías de la forma más fácil que se te ocurrió?

¿No mentiste para protegerme y evitar que me viera inmersa en un lío del que no podría salir?

Todo mientras te decías a ti mismo que aquello lo hacías por mi bien a largo plazo…

De nuevo, el silencio. Le había tocado la fibra.

—Y pese a todo, Jakob, decidí perdonarte.

Decidí creer que no pretendías comportarte como tu padre.

Que, si no me habías dicho nada antes, era porque no sabías cómo contarme todo aquello sin perderme.

Que no volverías a tratarme así, porque eras consciente de que entonces me marcharía. Porque en realidad te importo.

—Así es —dijo él.

Gracias a Dios.

—Tú también me importas —proseguí—. Siento haber apagado el móvil y haberte asustado. Siento haber llamado a los federales, pero no voy a disculparme por hacer lo que creo que es correcto. Por hacer lo único que se me ha ocurrido para evitar que haya más inocentes envueltos en esta pesadilla.

—Tienes razón —respondió Jakob—. Siento no haber confiado en ti.

Volví a detenerme y me apoyé contra la pared de una tienda de chocolates. Así, sin más, había admitido que se había equivocado. No era fácil seguir enfadada con él cuando se mostraba tan comprensivo, se disculpaba con tanta facilidad y parecía que de verdad quería arreglar las cosas.

—Voy a parar —añadió.

—No tienes que parar. Tienes que dar la vuelta.

—No.

Abrí la boca para discutírselo, pero entonces él me interrumpió a mí.

—No estoy tan cerca del centro de Hermannsburg como para que me vean los federales.

No sabrán que estoy aquí. Me cabrea que vayas a hacer esto, pero confío en que lo sacarás adelante.

Eso sí, nunca confiaré en los federales y, joder, ni de coña confío en Redding.

Si se pasa de la raya, quiero estar cerca para darle al menos un buen porrazo antes de que lo mates.

Casi me eché a reír. Dios, creí que estaba a punto de perder la cabeza.

—Llámame cuando acabes —dijo—. Te seguiré de vuelta al rancho y allí ya resolveremos todo lo demás.

Madre de Dios, parecía que estaba dispuesto a darme una oportunidad.

—¿Qué más hay que resolver? —pregunté.

—Para empezar, tenemos que idear un plan para ver qué hacemos si los Jokers hablan con Redding antes de matarlo y descubren que fue mi novia quien lo engañó para que se reuniera con el FBI.

Pasé por alto el hecho de que me hubiera llamado «novia» y me fui directamente al «Ay, mierda».

Tanto hacer planes y, no sé cómo, había obviado esa posibilidad.

Había dado por sentado que los Jokers iban a responder de forma instintiva a las imágenes.

Que iban a actuar movidos por la emoción y con una violencia extrema, porque eso era lo que esperaba de ese tipo de clubes.

Los trataba como si no fueran más que un grupo de delincuentes estúpidos tan solo porque no me caían bien.

¿No me había enseñado lo de Daniel a no subestimar a las personas?

Y aun así casi cometo otro error fatídico.

¿Qué coño iba a hacer si se paraban a hablar con Redding?

¿Lo creerían a él antes que a las fotos?

—No se me había ocurrido —admití con un hilo de voz.

Siempre me enorgullecía de ser lógica, de pensar las cosas en detalle y de analizar los planes desde diferentes ángulos. Ese descuido era imperdonable y podría haberme costado la vida y haber empeorado las cosas justo para las personas a las que intentaba proteger.

—No se te había ocurrido porque tomaste una decisión precipitada y no estás acostumbrada a nuestro mundo —contestó Jakob—. Pero, Krista…

—¿Qué? —pregunté, nerviosa por el tono que había utilizado.

—Nick sí que está entrenado para pensar mierdas así. Dudo mucho que él haya pasado por alto esa posibilidad. Podrías preguntarte por qué no te lo mencionó antes de seguir confiando ciegamente en tu antiguo follamigo.

«Mierda, mierda, ¡MIERDA!».

—¿Cómo… sabes que es un antiguo follamigo?

—Ya te dije que te investigué cuando llegaste al pueblo.

Y, con esa última réplica, me colgó.

Me aparté el teléfono de la oreja, con el corazón a mil. Madre mía, Jakob sabía lo de Nick desde el principio.

Al parecer, aún no me había cansado de subestimar a la gente.