Los reyes de Kearny Epílogo. Jakob #3
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Epílogo. Jakob #3

—Eh… Jakob —dijo—. No es que no me gusten los arrumacos, pero me estás aplastando la vejiga.

Suspiré profundamente y me aparté de ella.

—¿Una ducha?

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza y extendió una mano hacia mí.

Yo la ignoré y la levanté del sofá con los brazos.

Ella frunció el ceño y abrió la boca, seguro que para soltar alguna gracieta, como, por ejemplo, que tampoco se la había metido tan fuerte como para que dejaran de funcionarle las piernas, pero le sellé los labios antes de que lo dijera.

Después de la ducha, deshicimos las bolsas y nos vestimos. Aquella cabaña rústica iba sobrada de encanto, pero, si queríamos alimentarnos mientras estábamos allí, tendríamos que ir al pueblo más cercano y comprar algo de comida.

La felicidad poscoital de Krista desapareció de su rostro mientras se enfundaba unos leggings .

La observé por el rabillo del ojo, como hacía siempre.

Me pareció algo distraída cuando se puso una camiseta de tirantes con un buen escote, pero supe que estaba realmente preocupada en el momento de sentarse para calzarse las zapatillas, porque tenía el ceño muy fruncido.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Se enderezó y levantó la vista hacia mí.

—No sé si podré relajarme sabiendo que él anda por ahí.

Solté un suspiro. Mierda, íbamos a tener que hacerlo ya.

Por su cara, estaba seguro de que no iba a dejarlo estar; cuando se ponía, podía ser incluso más testaruda que yo.

Me habría gustado hacerlo después del fin de semana, disfrutar de un último adiós insensato antes de que todo volviera a torcerse, pero estaba claro que no iba a ser así.

—No anda por ahí —respondí.

Enarcó las cejas.

—¿Qué? ¡Jakob, me prometiste que no ibas a matarlo!

Parecía disgustada, al borde del cabreo, como si lo que le molestara no fuera que yo pudiera haber matado a Redding, sino que no la hubiera dejado participar.

«Por favor, Dios, haz que quiera participar», pensé. Si había malinterpretado la situación, y también a ella, huiría de mí despavorida para siempre por lo que estaba a punto de hacer.

—Vamos —dije—. Tengo algo para ti.

Ella arrugó el entrecejo.

—¿El qué?

Le tendí una mano.

—Tú confía en mí, ¿vale?

Con expresión cautelosa, colocó su mano sobre la mía y dejó que la ayudara a levantarse.

Tiré de ella por toda la casa y la saqué por la puerta de atrás.

La cabaña no era gran cosa, pero estaba aislada y en aquel momento eso no tenía precio.

No le había mentido cuando le dije que ahí no la oirían gritar.

Los terrenos que nos rodeaban formaban parte de una servidumbre de conservación y no había ni un alma en cuarenta kilómetros a la redonda.

Era la casita de vacaciones de Mike. Sí, ese Mike.

El Mike de mi padre. Y toda la mierda con la que él no quería que lo relacionaran solía acabar allí.

Y al decir «mierda» me refería a cadáveres.

En la parte de atrás, había un sendero estrecho entre los árboles.

Le solté la mano a Krista y la guie por él.

El sol se estaba ocultando en el horizonte y proyectaba unas sombras alargadas por el camino, así que me aseguré de ir avisando cuando pisaba una raíz o una roca para que ella no se tropezara.

Cuando nos habíamos adentrado varias decenas de metros en el bosque, llegamos a una pequeña choza.

Apenas era un cobertizo de paredes finas como el papel que sostenían un techo metálico cubierto de óxido.

Krista se detuvo detrás de mí. Me giré y la vi mirando alrededor, ya con más miedo que cautela.

—No irás a hostiarme, ¿no?

La miré con el ceño fruncido.

—¿Hostiarte? ¿Quién habla así?

Ella sonrió tímidamente.

—No —proseguí—. No voy a hostiarte. ¿Puedes seguir? Quiero acabar con esto de una vez para que sigamos pasándonoslo bien.

Lanzó un suspiro y volvió a ponerse en marcha.

La detuve justo delante de la puerta y le puse las manos sobre los hombros.

—Cierra los ojos, no quiero que arruines la sorpresa.

Ella me clavó la mirada, escudriñando mi rostro, pero al final los cerró.

Empujé la puerta y la conduje adentro.

—Vale, ya puedes abrirlos.

Hizo lo que le dije y soltó un grito ahogado.

Ahí mismo, atado en un rincón, se encontraba Spencer Redding. Estaba sentado en el suelo de tierra, con los brazos detrás y la cabeza ladeada. Parecía como si llevara un par de días recibiendo la paliza de su vida. Así era.

En mi defensa, se lo había ganado a pulso. Quería ir a por mi chica. Se las había arreglado para abusar de muchas otras mujeres. Si aún no me había dado por hacerlo pedazos era porque intentaba mantener la compostura ante Krista.

Atraparlo sin que me pillaran habían sido un infierno.

Nick lo había estado vigilando, así que tuve que pedirles a mis colegas más cercanos de los Reyes que crearan alguna maniobra para distraer a los federales mientras yo le echaba el guante.

Un rollo tipo Ocean’s Eleven . A Krista probablemente le habría encantado, pero, como no sabía hasta qué punto estaba Nick al tanto de sus movimientos, en ese momento no me arriesgué a involucrarla.

Se había pasado todo el camino a la cabaña la hostia de confundida.

Habíamos cambiado de vehículo varias veces, pasando de mi camioneta a un monovolumen, después a un todoterreno y, por último, a un sedán de tamaño medio.

No se calló hasta que le dije que lo hacíamos para despistar al tipo que le había puesto Nick a seguirla.

Incluso con los cambios de vehículo, había preferido dar varias vueltas y pedirles a mis colegas y a los matones de mi padre que hicieran más maniobras de despiste y crearan algún atasco a nuestro paso.

Hasta que no estuve convencido de que nos habíamos librado de los federales, no completamos el trayecto.

—Ah —solté—, se me olvidaba.

Me saqué un lazo arrugado del bolsillo, le quité el papel del adhesivo y se lo planté a Redding en la cabeza. Él abrió los ojos y me miró con odio. Tampoco podía hacer otra cosa. Era difícil hablar con la mandíbula recién partida y varios dientes de menos.

—Sorpresa —dije.

Krista no respondió. Tan solo se quedó allí de pie, mirando a Redding.

Yo levanté las manos.

—Antes de que te enfades, déjame subrayar que, técnicamente, no te he mentido. Te dije que no era una amenaza para nadie de Kearny y, como puedes ver —añadí señalándolo—, no lo es.

Ella parpadeó un par de veces. Mierda. Parecía que estaba a punto de entrar en shock. Debí de haberla malinterpretado.

«A la mierda —pensé—. De perdidos al río».

Por si mis intenciones no habían quedado suficientemente claras, me saqué la pistola de la parte de atrás de los pantalones y se la entregué a Krista.

Contuve la respiración mientras ella se volvía hacia mí. Había llegado el momento. Ahí era cuando se daba cuenta de que yo era un puto psicópata y volvía corriendo con Nick en busca de protección.

Levantó la mirada hacia mí. No reflejaba miedo, sino calidez. Radiante de felicidad, se puso de puntillas y me dio un beso dulce en la mejilla.

—Ay, Jakob… —comenzó a decir mientras cogía la pistola—. Es el mejor regalo que me han hecho jamás.

Bajó los talones y se puso frente a Redding. Su sonrisa se volvió tan afilada que podría haber cortado algo con ella.

—Hola, Spencer —saludó—. Me alegro mucho de volver a verte.