Capítulo 21 #2
Se oyó un suave zumbido a nuestras espaldas: estaban abriendo la puerta corredera.
Jennifer se dio la vuelta en su tumbona con un gesto muy severo que se suavizó de inmediato.
Eché un vistazo por encima del hombro y vi que Jakob se acercaba tranquilamente hacia nosotras.
Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta ancha.
Aún tenía el pelo revuelto y rodeaba una taza humeante con sus largos dedos.
Ralentizó el paso y se la llevó a los labios, soplando antes de darle un sorbo cauteloso.
Al ver la sencilla cotidianidad de aquella escena me dio un vuelco el estómago.
Sus ojos se encontraron con los míos sobre el borde de la taza y se oscurecieron, y entonces mi mente se fue directa a la noche anterior, cuando me metió los dedos y yo le acaricié su gruesa polla, los dos jadeando de deseo.
Supongo que los pensamientos se reflejaron en mi cara, porque, cuando se apartó la taza de la boca…
Dios, la curvatura de sus labios no era apta para todos los públicos.
Cualquiera que lo mirara se habría dado cuenta de que su sonrisa rezumaba sexo.
Miré a la nana y a Jennifer, pero ambas estaban giradas. Jakob se reía entre dientes cuando volví a fijar la vista en él.
Al llegar a mi lado, se agachó y susurró:
—La cara siempre te delata. —Por su tono, deduje que eso le gustaba.
Me dio un vuelco el estómago y endurecí la expresión para no dejar que se me notara lo que sentía.
Era muy arriesgado. Qué forma de acelerarme el pulso con solo una mirada.
De ponerme nerviosa porque le gustaba cómo reaccionaba.
De hacer que lo deseara y, de alguna manera, a la vez quisiera estrangularlo.
—Buenos días —dijo Jennifer.
—Buenos días —respondió Jakob, dejándose caer en el asiento que había a mi lado.
Le dio otro sorbo cuidadoso al café.
—Me sorprende que te hayas levantado tan temprano —apuntó Jennifer—. Tu padre y tú os acostasteis tarde.
Jakob se encogió de hombros.
—Me he despertado y Krista ya no estaba.
Lo miré a través de las pestañas, curiosa. Ya no estaba y… ¿para qué se había levantado? ¿Para asegurarse de que yo estaba bien? ¿Para comprobar que seguía ahí? ¿O solo porque quería verme?
Jennifer sonrió, mirándonos alternativamente a su hijo y a mí, con la misma cara de aprobación que la noche anterior cuando dijo que Jakob debía de importarme mucho. Por lo visto, ella también pensaba que yo le importaba mucho a él.
Aparté la mirada, con el corazón encogido.
Ya le había advertido de que Jakob seguramente no querría saber nada de mí después de lo que iba a hacer, pero no le había dicho que ella tampoco.
Eso me dolía, porque Jennifer me caía bien.
Quizá porque me recordaba a su hijo. O porque había cuidado a la nana.
Y, sí, quizá incluso un poco por lo enfadada que se había mostrado con Liam por lo que había hecho.
El teléfono me vibró en la mano y al bajar la vista vi un mensaje de Nick.
Cogiendo un avión. A mediodía estaremos listos
Le respondí cayendo en la jerga militar sin darme cuenta:
Recibido
Siempre me has recibido muy bien
Qué gracioso
Miré el reloj del móvil antes de bloquear la pantalla.
Eran las siete de la mañana. Solo tenía unas horas para salir de ahí sin Jakob pegado a mi culo.
Puede que Nick y compañía no llegaran hasta el mediodía, pero había mucho que hacer antes de que aterrizara su avión.
Tenía que llamar a Magnolia Hills, encontrar una cafetería en Hermannsburg, el pueblo situado entre el territorio de los Jokers y el de los Reyes, y después aún tendría que conducir al menos una hora para llegar allí.
Nick y yo habíamos hablado mucho la noche anterior para repasarlo todo. El plan era bastante sencillo, pero teníamos otros de contingencia por si las cosas se torcían. Si algo habíamos aprendido en el Ejército era que las cosas siempre se torcían.
—¿Cuál es el pueblo más cercano? —pregunté.
—Peterborough —respondió Jennifer.
—¿Tiene farmacia?
—Sí —contestó ella.
—Tendré que ir en algún momento esta mañana.
—Yo te llevo —dijo Jakob.
«Mierda».
Lo miré arqueando una ceja.
—¿No me ves capaz de ir a una tienda y volver sana y salva?
Él me miró directamente a los ojos.
—Con el historial que tienes, no.
—Pues me ha ido muy bien por mi cuenta estos últimos veintiséis años —repliqué.
La abuela resopló.
—Si tú lo dices, pequeña…
Me incliné hacia delante para mirarla.
—No empieces tú también.
Ella sonrió, sin mostrar el más mínimo arrepentimiento.
—Dejad a la mujer que vaya sola —intervino Jennifer, acudiendo en mi ayuda—. Lleva días sin tener un minuto para sí misma. Probablemente necesite un descanso.
Jakob me miró con gesto interrogante.
—Estaría bien pasar algo de tiempo sola —coincidí—. Me daría la oportunidad de aclarar un poco las ideas.
—¿Me llamarás si pasa algo?
Fingí molestarme.
—¿Qué va a pasar? Dudo que los Jokers estén ahí plantados esperándome.
—Nunca se sabe —contestó él con expresión obstinada.
—Vale. Te llamaré si pasa algo —cedí.
Cinco horas más tarde, estaba sentada en una pequeña cafetería de Hermannsburg.
Era un local diminuto, más orientado a pedir para llevar que a sentarse a comer.
Me había hecho con la mesa más próxima a la ventana, después de pagarles a tres chicas de instituto para que se levantaran y se fueran a una del fondo.
Seguían ahí sentadas, cuchicheando y lanzándome miradas desconcertadas.
Hice lo posible por ignorarlas, fijando la vista en la calle.
Hermannsburg era un pueblecito pintoresco.
Los pobladores originales eran alemanes y, como ocurría en otras localidades más grandes de Texas fundadas por germanos, la arquitectura se parecía más a la del viejo mundo europeo que a la de los Estados Unidos de hoy en día.
En el exterior de las tiendas colgaban elaborados carteles que ayudaban a crear atmósfera.
Yo estaba en el Hanks ‘Kaffee. Al otro lado de la calle había un bar llamado Der Platz.
Google me dijo que podía traducirse como «El Lugar».
Era un pueblecito ecléctico y muy guay; decidí volver de visita cuando mi vida recuperase la normalidad.
«Si es que eso pasa», pensé. Había muchas probabilidades de que el tiro nos saliera por la culata.
Daniel King había dicho que Redding era un bala perdida.
Llegó a llamarlo «sociópata». Pensé en cómo me había mirado Redding en la comisaría: ese gesto frío, esos ojos inexpresivos, vacíos de emoción.
Había agredido a una chica en Afganistán y aquí había ordenado que apalizaran a una mujer inocente.
No creía que Daniel se equivocara al llamarlo sociópata.
Le había transmitido toda esa información a Nick la noche anterior y la mayoría de nuestros planes de contingencia giraban en torno a cómo reaccionar si Redding se descontrolaba.
No había forma humana de predecir el comportamiento de alguien como él y eso me preocupaba especialmente, porque, en menos de media hora, cruzaría la puerta de la cafetería en la que yo me encontraba.
En ese momento entró otro hombre. Vestía un traje azul oscuro de corte moderno que parecía hecho a medida.
Llevaba su pelo negro peinado con mucha gracia.
Ocultaba sus ojos oscuros tras unas gafas de aviador.
Giró la cabeza hacia mí y sonrió; la cegadora blancura de sus dientes contrastaba con su piel bronceada.
De la mesa del fondo llegó un coro de suspiros.
Las chicas del instituto debían de haberlo visto.
Estuve a punto de girarme y decirles: «Y además tiene cerebro».
Nick era una de las personas más inteligentes que había conocido.
En cuanto dejó el Ejército, unos años antes que yo, empezaron a lloverle ofertas de trabajo: la CIA, la NSA, un agradable trabajo de oficina en Washington D.
C.… Podría haber hecho lo que le hubiera dado la gana. Al final se unió al FBI.
Nick parecía una estrella de cine y, si le dabas el tiempo suficiente, podía seducir a cualquiera.
Por eso, pocos años después de entrar en la agencia, su jefe de departamento empezó a ponerlo delante de las cámaras.
Tampoco es que fuera famoso. Todavía. De momento solo había salido unas cuantas veces por televisión, informando sobre casos locales no muy relevantes.
Su jefe quería que se hiciera al entorno y se sintiera cómodo hablando con los periodistas y ante las cámaras antes de lanzarlo a la escena nacional.
Probablemente Liam no sería capaz de reconocerlo y apostábamos a que Redding tampoco sabía quién era.
Nick trabajaba en Crimen Organizado, una sección de la División de Investigación Criminal que se ocupaba de grupos violentos como la mafia y los clubes de moteros fuera de la ley.
Por eso se puso en contacto conmigo cuando me mudé a Kearny.
El FBI llevaba años intentando infiltrar a alguien en la zona, sin demasiado éxito.
Me ofreció un trato bastante atractivo: trabajar en algún local del pueblo, como el Charley’s, y mantener los ojos abiertos.
Cada semana informaría a mi superior de lo que había visto y oído.
Nada más. No tenía que ensuciarme las manos.
No tenía que esconderme ni ponerme en peligro, y a cambio recibiría un buen sueldo y un paquete de prestaciones respetable.
Aun así, lo rechacé. Había dejado de trabajar para el Gobierno por algo, y a esas alturas ya había conocido a varios miembros de los Reyes y no quería arriesgar el cuello por andar jodiendo a otros veteranos.
Nick me había pedido que lo avisara si cambiaba de opinión o corría peligro, así que ahí estábamos.