Capítulo 21
A la mañana siguiente, me desperté antes que Jakob.
Por las cortinas se filtraba una suave luz dorada y supe que debía de ser temprano.
El aire acondicionado zumbaba ligeramente sobre mí, generando corriente en la habitación.
El frescor no me llegaba. Tenía calor por todas partes, porque Jakob, estando dormido, había vuelto a acercarse a mi lado de la cama, había apoyado la cabeza sobre mi almohada y me había pasado su pesado brazo por la cintura.
La noche anterior se había colado en el dormitorio muy tarde, bien pasadas las doce, cuando volvía de planear la dominación del mundo con su padre.
Sus movimientos habían sido cautelosos, furtivos, como si intentara no desvelarme, pero yo no podía dormir y ya estaba despierta.
Cuando se deslizó bajo las sábanas, yo me volví hacia él y le recorrí los brazos y su amplio pecho con las manos.
Quería tocarlo todo lo posible mientras pudiera.
Él se giró hacia mí para devolverme las caricias.
Entonces bajamos las manos y nos tocamos, nos masajeamos y nos acariciamos mutuamente hasta alcanzar el clímax.
Nos quedamos dormidos desnudos, con los brazos entrelazados bajo las sábanas. Era bastante entrañable que siguiera acurrucándose así contra mí, como si su subconsciente quisiera acortar la distancia que nos separaba.
Suspiré. Si el día iba según lo previsto, su parte consciente pronto querría poner toda la tierra que pudiera de por medio.
En el interior de la casa se oían los ruidos de la vida cotidiana.
Liam y Jennifer eran madrugadores, lo que estaba muy bien, porque a la nana le pasaba lo mismo.
Renuncié a volver a pegar ojo y, con cuidado, me zafé de Jakob.
Él se puso boca arriba, pero no se despertó.
Me quedé un momento de pie junto a la cama, observándolo, con sentimientos encontrados.
Vale, aquello era un poco raro, pero podría ser mi última oportunidad de verlo completamente relajado, con el pelo revuelto, las facciones suavizadas por el sueño.
Me empapé de la belleza de sus tatuajes, de la complejidad de sus patrones ensortijados, y luego desplacé la mirada hacia los definidos músculos de su pecho antes de llevarla aún más abajo.
Las sábanas se le habían arremolinado en las caderas, dejando al descubierto su abdomen perfectamente cincelado.
Alcé la vista hasta su rostro y estudié sus rasgos, memorizando la carnosidad de sus labios, esa nariz algo torcida, la afilada línea de su mandíbula y sus marcados pómulos.
«Por favor, perdóname por lo que estoy a punto de hacer», recé.
Porque no quería que esa fuera la última vez.
Jennifer tenía razón: si había llegado tan lejos era porque él me importaba de verdad.
No quería que le hicieran daño. No quería que arriesgara su vida solo para satisfacer el estúpido ego de su padre o para ayudarlo a resolver un problema que nunca debería haber existido.
No habían pasado más que unos días, pero no necesitaba más tiempo para saber que quería varios más con ese hombre, semanas, joder, meses.
Era voluble, reservado y, sí, demasiado temperamental.
A veces se dejaba llevar por su carácter.
Cuando creía estar en posesión de la verdad, era un cabrón prepotente.
Pero también sabía pedir perdón. Confiaba en mí para tomar la iniciativa incluso en situaciones peligrosas.
Y, cuando se soltaba, era divertido, con ese humor seco, ligeramente macabro, a veces hasta algo tonto, que sacaba a relucir cuando estábamos los dos solos.
Quería tiempo para disfrutar ese lado suyo.
Quería más mañanas como esa y noches interminables de exploración y placer.
Volvió a moverse en sueños, girando la cabeza hacia mí, y yo me aparté antes de que abriera los ojos y me viera inclinada sobre él en la oscuridad, como si me estuviera preguntando a qué sabe su médula ósea.
Me vestí a toda prisa y salí a hurtadillas por la puerta.
La nana, Jennifer y Liam estaban en la cocina, de pie alrededor de la isla, tomando café.
Miré a mi abuela y analicé sus facciones, tratando de interpretarlas, como había hecho Jennifer conmigo la noche anterior.
¿Tenía un buen día? ¿Se había despertado confusa, sola y asustada?
Con muy buen criterio, Jennifer había decidido instalarla en una habitación justo al lado de la de ellos.
Había dicho que tenía el sueño ligero y que, si la nana se despertaba y llamaba a alguien, ella la oiría y estaría cerca para ayudarla.
La nana parecía relajada. Sonrió afablemente por algo que había dicho Liam y, al volverse hacia Jennifer, me vio plantada en la entrada al pasillo.
—Te has levantado temprano —observó—. Hay café.
Se me relajaron los hombros. Parecía que estaba bien.
Lúcida. Como si recordara quién era esa gente y tal vez incluso por qué estábamos allí.
Gracias a Dios. El día anterior su confusión me había sentado como un jarro de agua fría y, aunque sabía que había hecho lo correcto al llevarla allí, la culpa me comía por dentro.
Esbocé una sonrisa y avancé con paso firme, diciéndome a mí misma que sí, quizá perdiera a Jakob, pero mis acciones también podían garantizar la seguridad de la nana y su vuelta a la residencia más pronto que tarde.
—Buenos días —dije deteniéndome para darle un abrazo rápido y un beso en la mejilla.
Liam se dirigió a la nevera.
—¿Cómo lo tomas? —preguntó.
Casi me parto de risa al recordar que su hijo me había hecho esa misma pregunta y casi le suelto un comentario totalmente inapropiado.
—Solo con leche —logré balbucir—. Gracias.
—Estás de buen ánimo —señaló la nana advirtiendo mi estallido de humor.
—Es que hace un día precioso —le respondí.
Ella me lanzó una sonrisa traviesa.
—Sí, seguro que es por eso y que no tiene nada que ver con esa maravilla de la naturaleza que tú… ¡Ay!
Le acababa de dar un codazo.
Liam se rio entre dientes mientras me servía el café. Jennifer disimuló un poco mejor y se giró antes de que la nana la viera sonreír.
—Así no hacéis más que animarla —afirmé.
—Avergonzar a los niños es una de las cosas más divertidas de ser una figura parental —contestó Liam.
Me entraron ganas de darle un puñetazo. Su tono era despreocupado e informal, igual de relajado que su cara, como si no les hubiera jodido por completo la vida a todos los que se habían visto envueltos en sus intrigas, incluida yo.
Asentí, con una sonrisa un poco forzada, y le di un sorbo al café antes de que mi boca tomara el control. Si no hubiera estado allí mi abuela, la conversación habría sido completamente distinta y, cuando miré a Liam a los ojos antes de apartar la mirada, entendí que él lo sabía.
—Ven a sentarte conmigo fuera —dijo la nana cogiéndome del brazo—. Tienes que ver el amanecer sobre la meseta. Es precioso.
Dejé que me guiara hacia la puerta corredera.
—¿Puedo ir con vosotras? —preguntó Jennifer.
—Cuantos más, mejor —respondió la abuela.
Por el rabillo del ojo, vi que Liam hacía ademán de venir, pero Jennifer se volvió hacia él con una mirada de advertencia y el gesto abiertamente hostil, y se lo pensó mejor. Era evidente que ella tampoco estaba lista para perdonarlo todavía.
«Cosechas lo que siembras, gilipollas».
Si, por puro milagro, Jakob llegara a perdonarme, seguiría estando el tema de Liam.
Mis padres me enseñaron unas durísimas lecciones desde muy pequeña y siempre pensé que aquello de «la familia es lo primero» era una verdadera gilipollez.
Cada vez que se la oía decir a alguien, me entraban ganas de pegarle fuego a algo.
Por esa frase la gente se mantenía atada a familiares tóxicos que más les valdría tener lejos.
Las acciones de Liam podían nacer del amor que sentía por su hijo, pero eran tan retorcidas que yo sabía que nunca volvería a confiar en él aunque al final encontrara la manera de perdonarlo.
No quería tenerlo cerca ni meterme en su camino, pero era el padre de Jakob, formaba parte de su vida, y eso implicaba que probablemente tuviera que aprender a lidiar con él.
Iba a ser muy complicado. A mí no me temblaba la mano a la hora de cortar lazos con la familia si sabía que iba a estar mejor sin ellos, y me costaba entender que un hombre tan decidido como Jakob se expusiera a las manipulaciones de Liam.
Pero no era culpa suya, no era su bagaje, sino el mío.
Tenía que ser más empática, más comprensiva.
El problema era que mi vena sobreprotectora medía como un kilómetro de ancho.
A mí puedes decirme lo que quieras, pero, si le haces daño a alguien que me importa, te borro del mapa.
Con todo lo que Liam les había hecho pasar a Jakob y a la nana, iba a necesitar cantidades ingentes de plutonio para la bomba que ese hombre merecía.
—Y hasta aquí tu buen humor —soltó la nana mientras se sentaba.
Parpadeé, volviendo en mí. Supongo que mi cara había delatado mis pensamientos homicidas. Forcé una sonrisa y me senté en la tumbona que había junto a la suya.
—Me estaba dando el sol en los ojos.
Ella resopló.
—Sí, claro.
Aparqué mis pensamientos sombríos en un rincón de la mente y me centré en el paisaje.
Era tan temprano que el sol apenas asomaba por el horizonte.
La noche anterior había habido tormenta y sus rayos bañaban las nubes que aún no se habían ido, tiñéndolas de rosas, naranjas y morados vivos.
A nuestros pies, el pavimento de pizarra seguía húmedo y las gotitas de agua centelleaban bajo la luz dorada como si hubieran derramado miles de cuentas de cristal.
Era realmente hermoso.