Los reyes de Kearny Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Lo sé. Quizá mejor de lo que imaginas. Pero no es conmigo con quien deberías estar enfadada.

—Perdona —me disculpé, pasándome una mano por la cara—. No quería que sonara así. Estoy enfadada en general, por toda esta situación.

Se rio sin ganas.

—Pues ya somos dos.

—¿Y lo del tío del ascensor? —pregunté.

—Eso no fue cosa de Liam —aseguró—, sino del desgraciado que trajo.

—¿Y la doctora Perez?

—También fue Redding.

Me invadió una sensación de alivio. ¿Estaba mosqueada con Liam?

Sí, pero era de esos enfados que podía superar si recibía una disculpa sincera y me daban algo de tiempo para perdonar…

, unos años, por ejemplo. En cambio, que me atacaran o que una mujer inocente acabara en el hospital era el tipo de ofensa que nunca perdonaría.

—¿Dónde demonios encontró a Redding? —pregunté.

—A través de un amigo de un amigo —contestó ella.

—Y, déjame adivinar, ¿a que no ha tenido mucho contacto con él en persona?

Ella negó con la cabeza.

—Ninguno, por lo que nos ha contado.

—No hay manera de evaluar a una persona si no la conoces.

Sus ojos verdes brillaban bajo la cálida luz.

—Tienes toda la razón. No hay manera de saber, por ejemplo, si alguien es un sociópata peligroso que está a punto de hacer que descarrile todo el puto tren.

—Entonces ¿Redding se rebeló y Liam ha estado intentando meterlo en vereda desde entonces?

Me señaló con su cerveza.

—Bingo. —Le dio un trago a la botella y luego meneó la cabeza, y sus brillantes rizos pelirrojos le bailaron sobre los hombros—.

El problema del poder es que uno se acostumbra a él, a cómo te responde la gente.

En el mundo de los clubes de moteros, Liam es una figura reconocida.

Los hombres y las mujeres con los que interactúa a diario lo conocen, conocen su reputación, respetan su autoridad y, por lo general, hacen lo que él dice.

Está acostumbrado a eso, así que, cuando trata con gente ajena a nuestro entorno, se vuelve un poco…

; «arrogante» quizá no sería la palabra.

Casi se me escapa la risa. A mí me parecía que la palabra era bastante acertada.

—«Ciego» sería más preciso —se corrigió—.

Sus expectativas están sesgadas por su experiencia.

Espera que todos sigan órdenes, que hagan lo que él quiere.

Se está volviendo incapaz de lidiar con lo inesperado.

No vio venir que Redding pudiera rebelarse o romper filas; incluso ahora, lo trata como si fuera un motero díscolo y envía a Mike a arreglarlo en lugar de cortar lazos con él o resolver el puto lío en el que nos ha metido.

—A medida que hablaba, su acento irlandés se volvía más marcado y la ira se iba apoderando de sus palabras.

Liam tendría que disculparse con mucha gente por ese motivo. Con suerte, hacerlo le costaría tan poco como a su hijo.

Aparté la vista de Jennifer, hacia la oscuridad de la noche, y empecé a darle vueltas a la cabeza.

—Y ahora que todos sabemos lo de Redding, a Liam se le ha acabado el tiempo para resolver este asunto con discreción.

—Justo —respondió Jennifer—. Al menos Daniel tuvo a bien callarse esta mierda. Su silencio es lo único que me da esperanzas de que la situación sea remediable.

Me volví hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Por qué dices eso?

—Si él le hubiera contado al club lo que ha hecho Liam, todos se habrían vuelto en contra de mi marido. Daniel sabe lo feas que se pondrían las cosas y le está dando una última oportunidad para arreglarlas antes de organizar una rebelión a gran escala.

—Mencionó que el club le era más leal a él que a Liam —recordé.

Ella asintió.

—Es lo que pasa cuando fundas tu propio club. Mi marido ha metido la pata hasta el fondo. Los miembros de los Reyes no son idiotas. Se dan cuenta de esas microagresiones a su líder y no les gustan. Si Daniel da la orden, irán a la batalla por él.

—¿Liam ha accedido a dar marcha atrás y a que Daniel integre ese club de Georgia?

—Sí —respondió—, pero solo porque lo he amenazado con divorciarme de él si no lo hacía.

—¿Y qué hay del alto el fuego entré él y Daniel?

Su gesto se volvió inexpresivo.

—Lo firmará si quiere seguir casado.

Me pasé una mano por el pelo, introduciendo bien las uñas, dominada por la ira.

—Menudo lío de mierda.

—Y que lo digas. Debería haberme casado con algún irlandés agradable —musitó—, como quería mi madre…, pero no, tenía que ser el americano alto y guapo.

Solté una carcajada.

Ella arrugó las comisuras de los ojos, ocultando su diversión.

—Para ti no es demasiado tarde, ¿sabes?

Sonreí.

—Lo sé.

—¿Y aun así quieres seguir adelante?

Se me borró la sonrisa y asentí con la cabeza.

—Entonces, bienvenida a nuestro mundo —dijo—. ¿Estás segura de que puedes con esto?

—Puedo con esto —afirmé.

La pregunta era si Jakob querría seguir adelante conmigo después de lo que estaba a punto de hacerle. Llevé la vista hasta la casa, señalándola con la cerveza.

—¿Qué crees que están tramando esos dos?

Ella siguió mi gesto con la mirada y, al llegar a la casa, su rostro se llenó de preocupación.

—Algo violento para enviar un mensaje. Que Redding haya roto filas deja a Liam de débil, así que querrá darle un castigo ejemplar.

—¿Ejemplar para quién? —pregunté—. Las únicas personas que lo sabemos somos nosotros, Mike, Daniel y a quienquiera que se lo haya contado Daniel.

Respondió con una sonrisa amarga.

—Más gente de la debida.

Meneé la cabeza.

—¿Y si hubiera otra forma de arreglar las cosas?

Ella aguzó la mirada.

—¿A qué te refieres?

—¿Y si pudiéramos joder a Redding y a los Jokers sin que el resto nos viéramos arrastrados con ellos?

—¿Cómo? —preguntó.

—No puedo decírtelo. Necesitas poder alegar negación plausible. Tú y todos.

Se le arrugó aún más el entrecejo.

—¿Y Liam no tendría oportunidad de vengarse?

Negué con la cabeza.

—Nadie pensaría que tuvo algo que ver. Ni él, ni Jakob, ni nadie de ninguno de los dos clubes.

—No va a darte las gracias por dejarlo sin su venganza —señaló ella.

—Al menos seguirá vivo para enfadarse conmigo.

Me observó unos instantes, tratando de determinar mis intenciones.

—¿Qué necesitas de mí?

—Que retrases sus planes todo lo que puedas y que me ayudes a salir de aquí cuando llegue el momento —respondí.

Ella asintió.

—De acuerdo. ¿Qué más?

—¿Me oirá alguien si hago una llamada desde aquí fuera? —pregunté.

Hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Entonces ¿podrías volver dentro y dejarme unos minutos a solas?

Sin decir nada, se levantó para marcharse. Cuando llegó a mi lado, se detuvo y me puso una mano en el hombro.

—Espero que sepas lo que haces.

—Así es, pero después de esto Jakob no querrá saber nada de mí.

Me sorprendió que esbozara una sonrisa.

La miré frunciendo el ceño.

—Debe de gustarte mucho para llegar tan lejos. —Me apretó el hombro y se marchó.

Esperé a que desapareciera en el interior de la casa antes de coger mi teléfono y desplazarme por la lista de contactos hasta dar con el nombre de Nicholas Nguyen-Forrester, aquel soldado vietnamita-estadounidense de la inteligencia de la Fuerza Aérea con el que había volado en Siria.

Dada la escasez de recursos, nuestro avión podía usarse tanto para funciones de ataque como de reconocimiento, por lo que él y otros agentes de inteligencia volaron un par de veces con nosotros después de acoplar un sistema de antenas a nuestro equipo para recopilar datos de comunicaciones de los vehículos terrestres rusos de la zona.

Era un bombón de metro ochenta con la espalda ancha, una sonrisa increíble y un cuerpo de infarto.

Empezamos a coquetear en el momento en que nos vimos, con una química que no era posible ignorar.

Pasamos un par de noches en vela sobre el terreno y el sexo fue tan maravilloso como cabía esperar.

Sin embargo, la cosa no pasó de ahí y perdimos el contacto cuando él y los suyos se fueron a otro avión.

Nos habíamos hecho amigos en Facebook hacía unos años y para entonces él estaba casado y tenía una hija que aún llevaba pañales y otro bebé en camino.

Mantuvimos un contacto propio de conocidos no muy allegados: dándole a «me gusta» de vez en cuando en las publicaciones del otro o escribiendo «LOL» si alguno publicaba un meme especialmente gracioso.

Cuando me mudé a Kearny, él le había dado «me gusta» a mi estado y se había puesto en contacto conmigo por Messenger.

El hecho de que Jakob no supiera nada de él significaba que en realidad no me había investigado tan a fondo.

Porque, si hubiera sabido de la existencia de Nick, nunca me habrían dejado entrar en el Charley’s.

Contestó al segundo tono, con la voz pastosa por el sueño.

—¿Krista? —dijo—. ¿Va todo bien?

Me aparté el teléfono de la oreja y miré la hora. Eran casi las diez.

—Siento llamar tan tarde —me disculpé—. Pero ¿y si te dijera que sé cómo puedes fastidiar a un club de moteros? Lo único que tendrías que hacer es ir a tomar un café conmigo.

—Dime dónde y cuándo, y ahí estaré —respondió.