Capítulo 20
Tuve tiempo de sobra para darle vueltas a mi plan después de volver a casa de los Larson.
Jakob quería hablar con sus padres a la vez, contarle a su madre lo que había estado haciendo su padre para que ella lo ayudara a que Liam entrara en razón.
Parecía una discusión reservada para la familia.
No necesitaban ninguna voyeur involuntaria de su drama y, entre todo lo que había descubierto esa mañana y el enfrentamiento con Daniel, tenía los nervios a flor de piel. Necesitaba un descanso.
La nana y yo nos sentamos juntas en el salón a ver una de sus películas favoritas, Magnolias de acero . Molly estaba tumbada en el suelo frente a nosotras, casi encima de los pies de mi abuela. Jakob, Liam y Jennifer se habían encerrado juntos en el despacho de Liam, al otro lado de la casa.
Supe que las cosas no iban bien cuando oí a Jennifer gritar: «¿Qué has hecho qué ?».
Le quité el mando a distancia a la nana y subí el volumen un par de niveles.
Supongo que la mujer no estaba al tanto de los planes de Liam, después de todo.
En el trayecto de vuelta, me había preguntado si ella sabría lo que él tramaba, pero me había guardado mis pensamientos para mí.
Jakob ya tenía suficientes problemas como para dudar también de su madre, y yo no conocía a Jennifer tanto como para verbalizar mi suposición.
El único motivo por el que se me había venido el tema a la cabeza era que, después de lo de esa mañana, dudaba de todos menos de mi abuela.
¿Quién decía la verdad? ¿Quién mentía? ¿Quién seguía intentando engañarnos?
Llegué a cuestionarme lo que había pasado en casa de Daniel. ¿Habló en serio cuando dijo que Redding quería vengarse de él? ¿O eran solo más mentiras, destinadas a quitarse a Jakob de encima y echarle toda la culpa a Liam?
Mis dudas se disiparon cuando entramos por la puerta y Jakob le dijo a su padre:
—Tenemos que hablar de por qué está aquí Redding en realidad.
Liam se puso rígido y su rostro reflejó arrepentimiento y una determinación férrea. Si esa no era la viva imagen de la culpa, estaba dispuesta a tragarme mis palabras.
—Krista —dijo la nana.
Me giré hacia ella.
—¿Mmm?
—Esa era tu frase favorita y ni siquiera te has reído. ¿Qué pasa? —preguntó.
Suspiré.
—Estoy cansada, nada más. Ha sido un día muy largo.
Me miró arqueando una ceja.
—Cariño, aún no es ni la hora de cenar.
—Lo sé, pero igualmente ha sido un día muy largo.
—¿Quieres hablar de ello?
Se oyeron voces al final del pasillo y negué con la cabeza. Si parábamos la película, oiría todo lo que dijeran los Larson, y no necesitaba que la volvieran a arrastrar a ese circo.
—¿Estás segura? —preguntó—. Me da la impresión de que quieres desahogarte.
—Estoy segura. Solo es cansancio, de verdad. —La mentira me pesaba y el rostro debió de delatarme, porque la nana frunció el ceño con preocupación.
Dio unas palmaditas sobre el cojín que tenía al lado.
—¿Por qué no te tumbas junto a mí, como hacías antes? —propuso—. Y te acaricio el pelo.
Mi aspecto exterior debía de corresponderse con cómo me sentía por dentro.
Cuando era niña, la nana solía leerme todas las noches antes de acostarme, pasándome los dedos por el pelo o acariciándome suavemente la espalda hasta que me quedaba dormida.
Era un ritual nocturno que me hacía sentir segura y querida en una época muy inestable de mi vida.
Dejó de hacerlo cuando entré en la secundaria y anunció que ya era demasiado mayor para que me estuvieran leyendo como si fuera un bebé.
A partir de entonces, solo en momentos de extrema adversidad se ofrecía a acariciarme el pelo, su manera de consolarme cuando no podía hacer ninguna otra cosa para sacarme del lío en el que me hubiera metido.
La última vez que me lo propuso, estaba despertándome de una operación.
Si aceptaba la oferta que acababa de hacerme, se daría cuenta de lo mal que iba todo en realidad, pero, tras los últimos días, yo necesitaba desesperadamente algo familiar, sentirme segura y querida aunque fuera durante unos instantes robados.
Asentí y me tumbé, apoyando la cabeza junto a su muslo, en un cojín.
Deslizó los dedos por mi melena, peinando los largos mechones, y entonces cerré los ojos y dejé que la mente me transportara a tiempos más sencillos, cuando lo único que me perturbaba era que me mandara a la cama a una hora determinada o que me limitara el consumo de tele.
Tenía una frase muy ingeniosa sobre los dibujos animados y el deterioro mental que siempre me hacía poner los ojos en blanco, pero que sin duda iba a robarle si alguna vez llegaba a tener hijos.
Debí de quedarme frita —la falta de sueño de las dos últimas noches había acabado pasándome factura—, porque cuando abrí los ojos ya había oscurecido.
La abuela se había ido. De la cocina llegaba el sonido de los platos chocando con el mármol y el olor a carne chisporroteante.
En algún lugar cercano, Molly lanzó un ladrido sordo.
De pronto, Jakob apareció en mi campo de visión y se agachó delante de mí.
En el salón las luces seguían apagadas, seguro que porque la nana había querido dejarme dormir, y la escasa iluminación que me permitía distinguir a Jakob provenía de la cocina, rodeándolo a la vez de luz y oscuridad. Muy apropiado.
Sus ojos brillaron como el mercurio cuando se encontraron con los míos, y entonces levantó una mano y me apartó el pelo de la cara, bordeando con los dedos la parte de atrás de mi oreja antes de retirarlos.
—¿Cómo ha ido? —susurré.
Respondió frunciendo el ceño y negando con la cabeza. Sabía por el grito que la cosa no había empezado bien, pero esperaba que hubiera mejorado durante mi siesta. Al parecer, no.
—Lo siento —le dije.
—Yo también —contestó él.
Nuestras palabras estaban cargadas de significado. No sabía qué lastraba las de Jakob, pero las mías se veían arrastradas por lo que iba a ocurrir. Por lo que sentía que debía hacer, aunque ello implicara que él no volviera a hablarme jamás.
Después de cenar, Liam y Jakob desaparecieron en el despacho del padre mientras Jennifer los observaba con recelo. La nana ya se había acostado, así que solo quedábamos nosotras dos en la cocina.
—¿Adónde han ido? —pregunté.
—A planear la mejor forma de hacer que los maten, sin duda —respondió Jennifer con amargura.
Le eché un vistazo al pasillo y luego miré a la oscuridad, más allá de las ventanas.
—¿Puedo hablar contigo un momento ahí fuera? —propuse.
No sabía si Liam era tan paranoico como para ocultar micrófonos en su propia casa, pero necesitaba decirle unas cuantas cosas a Jennifer sin que él me escuchara.
Se me quedó mirando antes de responder, recorriendo mi cara con los ojos como si buscara algo en ella.
Al observar a Liam, se notaba enseguida que Jakob era su hijo: por el color de los ojos, la elevada estatura y sus labios carnosos.
En el caso de Jennifer, el parecido era más sutil.
Tenía que ver con su forma de asimilar toda una estancia de un solo vistazo, con su manera tranquila de observar a los que tenía alrededor y con lo poco que hablaba, ya que solo decía lo que realmente merecía la pena ser dicho.
Tras una pequeña eternidad, asintió con la cabeza.
Exhalé, sintiendo como si acabara de superar algún tipo de prueba, y luego fui a coger un par de cervezas de la nevera. Tenía la impresión de que esa charla iba a requerir de algún tipo de bebida.
Crucé la puerta corredera con ellas en la mano y salí a la brisa nocturna. Eran las nueve, pero aún debíamos de estar al menos a veinticinco grados, así que agradecí haberme puesto unos pantalones cortos y una camiseta holgada de tirantes antes de cenar.
—Toma —dije mientras le daba a Jennifer su cerveza.
Ella chocó su botella con la mía.
—Gracias. Salud.
Le respondí con el mismo brindis y di un trago, preguntándome cómo plantear la conversación.
—Jakob me ha dicho que la cosa no ha ido bien… —dije con cautela.
Ella miró a través de la puerta corredera y luego me agarró del codo.
—Aquí no —soltó mientras me arrastraba por el patio hacia un cenador acristalado construido justo al borde del precipicio.
Hostia puta, ¿de verdad había micros en su casa?
Salimos del pavimento de pizarra y tomamos un sendero flanqueado por ladrillos.
A medida que las luces de la casa se desvanecían a nuestras espaldas, el cielo nocturno se abría ante nosotras.
El terreno era tan llano que parecía como si las estrellas bailaran justo a un palmo de distancia, casi tan cerca como para tocarlas y tan brillantes que resplandecían cual diamantes sobre un lecho de terciopelo negro.
Los grillos cantaban entre la hierba. Las luciérnagas danzaban sobre el césped como una alfombra viviente de luces de hadas.
Se oyó una vaca mugiendo en un campo aledaño.
Era un sitio tranquilo y bucólico que contrastaba totalmente con el estrés y la preocupación que me invadían.
Mantuve la boca cerrada hasta que nos refugiamos en el cenador. Apenas veía a Jennifer con tanta oscuridad, pero al menos no había mosquitos.
—Un momento —dijo trasteando a ciegas cerca de una de las vigas de madera.
Un segundo después, una guirnalda de luces se encendió sobre nosotras y sus bombillas de estilo antiguo nos bañaron en una luz ámbar.
Jennifer lanzó un profundo suspiro y se hundió en una de las tumbonas.
Yo me senté frente a ella y le di otro trago a mi cerveza, esperando a que hablara.
—No ha ido bien —anunció. Tenía los ojos entrecerrados y los labios contraídos—. Mi marido, Dios lo bendiga, se cree más listo que nadie y no es capaz de admitir que la ha cagado.
Exhalé un suspiro tembloroso. Así que al final había sido Liam. Pero ¿en qué medida era culpable?
—Me destrozaron el apartamento por culpa suya —declaré.
Ella torció el gesto.
—Sí, lo siento mucho. Te pagaremos lo que cueste cambiarlo todo.
—No se trata de mis cosas —aclaré con un tono más duro de lo que pretendía.
Me lanzó una mirada penetrante.