Capítulo 19 #2
Ella se giró de golpe, con la mano en el pomo de la puerta y fuego en los ojos.
—Lo que tardes en arreglar esta mierda. —Y después se marchó.
Daniel se volvió hacia nosotros y nos fulminó con la mirada. Se inclinó hacia delante en su asiento y apuñaló con el dedo índice el aire que había entre él y Jakob.
— Tú eres quien tiene que arreglarlo —afirmó—. Es tu padre el que está desestabilizando Kearny y trayendo drogas al pueblo. Y todo por culpa del imbécil malcriado de su hijo.
—Lo arreglaré —aseguró Jakob.
—¿Cómo? —quiso saber Daniel.
Jakob lo observó.
—No te va a gustar.
—Últimamente no me gusta nada que tenga que ver contigo, así que suéltalo de una vez.
—Los Espectros quieren anexionar un club de Georgia al que le tienen echado el ojo —apuntó Jakob—. Si hablo con mi padre, quizá lo convenza de que te deje integrarlos como una subdivisión de los Reyes.
Daniel frunció el ceño, con una mirada reflexiva en sus oscuros ojos.
—¿Mi primera subdivisión?
—Sí —contestó Jakob.
Le eché una mirada, admirando su ingenio por segunda vez en menos de una hora. Parecía una buena jugada. Daniel era avaricioso y estaba sediento de poder; solo podía tentarlo con una oferta así.
—Tendría que irme un tiempo a Georgia —observó el otro.
Jakob asintió con la cabeza.
—Podrías llevarte a Eva y a las niñas, salir del pueblo, lejos de la influencia de mi padre; mientras, yo encuentro la manera de hacer que se retire de una vez por todas.
Daniel agudizó la mirada.
—Quiero una tregua entre Liam y yo, con testigos, por escrito, para que no cambie de idea y me apuñale por la espalda en cuanto me vaya de Kearny.
—Me ocuparé de ello —respondió Jakob.
—Pero aún queda el tema de Redding.
—Eso déjamelo a mí —repuso—. Es una cagada de mi padre. Entre él y yo encontraremos la forma de solventarlo.
Daniel se limitó a mirarlo fijamente.
—Solo tienes una oportunidad. Si no lo consigues, estás fuera.
—Se recostó en el sillón, con los ojos encendidos—.
Me la pela quién seas; tu pertenencia a los Reyes se está convirtiendo en un problema.
Yo creé este club desde cero y esta gente me es más leal a mí que a tu padre.
No caeré sin luchar. Si Liam no se relaja de una puta vez, le va a estallar un buen motín en las manos, y sé que no somos el único club que está hasta las narices de su microgestión y sus jueguecitos de poder.
—Necesito que me expliques con pelos y señales por qué aguantas a ese gilipollas —dije cuando estábamos de vuelta en el coche.
No hubo respuesta.
Terminé de abrocharme el cinturón de seguridad y me giré hacia Jakob.
Tenía las manos en el volante, con los nudillos blancos y el cuero crujiendo bajo sus dedos.
Se le marcaban los músculos de los brazos.
Tenía los ojos cerrados y apretaba la mandíbula mientras respiraba por la nariz.
Parecía un hombre a punto de cometer un asesinato y lo único que lo mantenía conmigo en el coche era su violenta forma de aferrar el volante.
«Oh, oh».
Alargué la mano y lo agarré por el hombro. Parecía de hierro.
—No pasa nada —lo calmé mientras trataba de encontrar la forma de convencerlo para que no se tirara al vacío—.
Lo has hecho muy bien ahí dentro. Has mantenido la calma y el juicio incluso cuando él se estaba comportando como un imbécil.
Y muy buena idea lo de la subdivisión de Georgia.
Creo que a Eva también le gustará, así que nos ayudará a convencer a Daniel de que es una buena jugada, sobre todo teniendo en cuenta que sus hijas estarán más seguras allí hasta que pase la tormenta con tu padre.
Giró la cabeza lo justo para echarme una mirada y me quedé inmóvil en el asiento.
De algún modo, durante los últimos días había olvidado lo peligroso que era ese hombre.
Resultaba difícil centrarse en su mala reputación de violento cuando no paraba de besarme con tanta pasión.
Su mirada me dio ganas de encogerme y convertirme en un objetivo lo más pequeño posible, y eso que ni siquiera era yo el foco de su rabia.
Que Dios se apiadara de Daniel si alguna vez se pasaba de la raya con Jakob.
En lugar de encogerme, me incliné hacia delante y apoyé la frente en la suya.
—Ey —dije—. Lo has conseguido. Has averiguado quién es Redding y has ideado una forma de evitar que Daniel y tu padre entren en guerra. Estoy muy orgullosa de ti.
Él cerró los ojos y respiró hondo, y parte de la tensión que notaba en la mano comenzó a aliviarse.
—En serio, Jakob —proseguí—. No sé cómo lo has hecho. Yo me habría tirado al cuello de Daniel en el minuto uno. Tienes todo el derecho del mundo a estar cabreado. No soporto cómo te habla.
Jakob volvió a abrir los ojos. El hielo que antes reflejaban se había derretido un poco y ya no sentí que estuviera a punto de dejarme tiesa en mi asiento.
—¿Quieres volver ahí dentro y defender mi honor? —preguntó.
Puse los ojos en blanco.
—Ja, ja.
Él apretó los labios.
—¿Cantarle las cuarenta por tratarme tan mal?
—Para —lo frené, aunque me sentía aliviada de que estuviera haciendo bromas.
Se le arrugaron las comisuras de los ojos.
—¿Seguro que no quieres darle una paliza? Tiene una buena resaca. A lo mejor se rinde solo con que vuelvas a gritarle hola.
Sonreí.
—Has pillado esa pequeña maldad, ¿eh?
Asintió con la cabeza.
—Nunca te había visto tan animada. —Soltó el volante con una mano, dejando una serie de marcas perfectamente definidas sobre él.
Guau.
Entrelazó esos dedos brutales con mi cabello y me rodeó la nuca con una suavidad sorprendente. Bajó la vista hasta mi boca y dijo:
—¿Tienes una parte sádica que desconozco?
Me entregué a su caricia con intención de mantenerlo distraído, contenta de que la lujuria fuese una forma sencilla de cambiarle el humor.
—Supongo que sí, porque no dejo de fantasear con atarte.
Se le iluminaron los ojos al posarlos sobre los míos.
—Vente conmigo una vez que arreglemos esto y podrás atarme a lo que quieras.
Y así, sin más, mi aprensión desapareció.
El deseo me atravesó. Dios, cuántas opciones…
Una silla. La cama. Joder, hasta podríamos alquilar un piso antiguo con vigas a la vista para atarlo, con los brazos en tensión por encima de la cabeza, incapaz de hacer nada más que empujar mientras yo me arrodillaba delante de él y…
—Tienes esa mirada que me da ganas de follarte en público —dijo Jakob.
—Me estoy imaginando todas las cosas a las que podría atarte —confesé.
La sonrisa traviesa que se le dibujó en el rostro me hizo sentir cosas .
—Entonces ¿vendrás conmigo?
Asentí. Después de tanto estrés, los dos necesitábamos un descanso y, madre mía, estaba más que dispuesta a disfrutar de un fin de semana largo de sexo desenfrenado con ese hombre. Quería pasar tiempo con él, conocerlo lejos del club, saber quién era en realidad .
Jakob se inclinó hacia delante y me plantó la boca en los labios en un beso arrebatador.
—Pues acabemos con esta mierda para largarnos cuanto antes —dijo mientras arrancaba.
El motor rugió con un sonido gutural, y Jakob pisó el acelerador y salió del camino de entrada de los Reyes a toda velocidad. Yo suspiré aliviada mientras girábamos hacia la carretera principal, con la sensación de que todos acabábamos de esquivar una bala. Quizá hasta en sentido literal.
—No le falta razón —apuntó Jakob.
—¿A quién, a Daniel? —pregunté.
Dijo que sí con la cabeza, cambiando de marcha mientras cogíamos velocidad.
—Mi padre se está extralimitando. Es verdad que trabajar con Redding ha desestabilizado Kearny. Nuestra regla de oro es nada de drogas, y él la ha roto solo para que Daniel pareciera débil. Yo también estaría cabreado de cojones si estuviera en su piel.
—Ya, pero ¿hace falta que se comporte como un puto gilipollas por eso? —pregunté tirando mi bolso al asiento de atrás con más fuerza de la necesaria.
Jakob se rio entre dientes y me echó una mirada.
—¿Seguro que no quieres que dé la vuelta?
—No —respondí mientras lo visualizaba dándole una somanta de puñetazos a Daniel—. Demasiados testigos.
—Bien visto.
—¿Va a ser mucho peor la conversación con tu padre? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Depende de lo que entiendas por «peor».
—¿Debería preocuparme?
Asintió.
—Con mi padre, siempre hay que estar preocupado.
«Genial».
Me recosté en el asiento y empecé a tamborilearme el muslo con los dedos.
La ansiedad se apoderó de mi mente, mezclada con una buena dosis de miedo.
Aunque la conversación con Liam fuera mejor que la que acabábamos de mantener con Daniel, e incluso en el hipotético caso de que el padre de Jakob aceptara sus condiciones para el alto el fuego entre él y Daniel, aún tendríamos que lidiar con el tema de Redding y los Jokers.
Llevaba en Kearny tiempo de sobra para haber sido testigo de cómo impartían justicia los Reyes.
Para los clubes de moteros la debilidad era una cosa execrable, y los Jokers habían conseguido que el control de los Reyes sobre Kearny pareciera débil.
Iban a pagarlo con creces. Y, con la presencia de los Jokers en Magnolia Hills, tan cerca de Kearny, me preocupaba que la violencia se extendiera por nuestro pueblo.
Los hombres querrían hacer alarde de su poder. Demostrar su superioridad. Quizá hasta darse golpes en el pecho y rugir sobre los cadáveres de sus enemigos, por si acaso. Pero ¿y si hubiera una forma que no implicara violencia? Con la que nadie, excepto Redding, saliera herido.
En mi mente se estaba formando un plan, pero, si lo llevaba a cabo, podía perder a Jakob incluso antes de haberlo tenido de verdad.