Capítulo 19
Daniel King tenía un aspecto horrible. Estábamos en el vestíbulo de su casa, pero tan adentro que la luz del sol que entraba por la puerta principal, que habíamos dejado abierta, no lo alcanzaba.
Tenía los ojos inyectados en sangre y la piel cenicienta.
Cada vez que alguien se movía demasiado rápido o hablaba demasiado alto, él hacía una mueca.
Jakob había dicho que las acciones de la noche anterior no tendrían consecuencias para nadie.
Qué mala suerte para Daniel que eso no se aplicara a las resacas.
—¡Buenos días! —le chillé, porque, sí, era tan rencorosa que me gustaba verlo estremecerse.
—¿Qué queréis? —preguntó con una voz áspera como el papel de lija.
—Tenemos que hablar —dijo Jakob. Justo en ese momento, un chaval con un chaleco de los Reyes pasó a toda prisa cargando una caja de botellas de cerveza vacías. Jakob esperó a que se fuera antes de decir nada más—. En algún sitio tranquilo.
Daniel asintió; parecía aliviado ante la oportunidad de tomarse un descanso del vestíbulo.
Se dio la vuelta y nos condujo hacia el interior de la casa.
Al pasar junto a su foto con Redding, Jakob alargó la mano y la arrancó de la pared, tan silenciosamente que no oí más que el murmullo suave del cuero.
Se lo metió en la chupa antes de que nadie lo viera, apretando el brazo para sujetarlo.
Pensaba que Daniel y Eva se verían obligados a quemar la casa hasta los cimientos y empezar de cero en algún otro lugar tras los destrozos de la noche anterior, pero los nuevos reclutas se estaban tomando muy en serio las tareas de limpieza.
Todos habían servido en el Ejército y, si sus primeros años se parecían algo a los míos, sabían mantener la cabeza gacha y sacar adelante un trabajo difícil quejándose lo mínimo.
Daniel se abrió paso entre el bullicioso gentío y nos hizo subir una escalera que había en la parte de atrás. Conducía a un pasillo de la planta superior que parecía haber escapado de las perversiones más extremas de la fiesta.
—Por aquí —indicó Daniel empujando una puerta y accediendo a la estancia con paso firme.
Era un despacho amplio, pintado de un verde intenso.
Parecía más propio de una mansión rural inglesa que de un rancho del sur de Texas, con un escritorio de madera maciza, estanterías y tres sillones de cuero incluidos.
Debía de ser obra de Eva; a Daniel no le pegaba nada.
Para empezar, era demasiado elegante. Ese hombre tenía más pinta de soltar sus peroratas en un sórdido club social con las paredes cubiertas de parafernalia militar y de moteros.
Daniel se acercó a un carrito de bebidas vintage y se sirvió un vaso de whisky.
No nos preguntó si queríamos uno. Si fuera cualquier otra persona, habría dado por sentado que no pretendía ser un anfitrión descortés, sino que simplemente estaba demasiado resacoso para funcionar con normalidad.
Con Daniel, no me cabía la menor duda de que aquello era una sutil maniobra de poder.
«Gilipollas».
Jakob se sentó sin esperar a que se lo ofrecieran, así que yo hice lo propio en el sillón de al lado. Daniel se dejó caer frente a nosotros, haciendo equilibrios con el whisky en la rodilla. Se frotó la cara con una mano y logró disipar parte de su aturdimiento.
—¿De qué va todo esto? —preguntó.
—¿Quién coño es Redding? —exigió saber Jakob.
Me agarré a los brazos del sillón, tensando los músculos, lista para incorporarme de un salto. Por Dios, Jakob. Menos mal que íbamos a ir poco a poco.
Daniel debía de tener los nervios de acero, porque ni siquiera parpadeó.
—Ni idea.
Jakob se sacó la foto de la chupa y se la arrojó.
El tío era un buen actor. Frunció el ceño al cogerla y se la quedó mirando unos segundos antes de poner cara de haberlo reconocido.
—Ah, este chaval. —Dejó la foto a un lado—. No es más que un tipo con el que serví en el Ejército.
Levantó el vaso y bebió whisky lentamente, como si no pasara nada y aquello fuera una conversación cualquiera. Me recordó a la primera noche en el apartamento de Jakob. Pero, mientras bajaba la mano libre por el lateral del sillón, sus ojos lo delataron. Debía de tener un arma sujeta debajo.
Yo estaba a punto de lanzar un grito de aviso cuando Jakob habló.
—Ni se te ocurra apuntarme con un arma —dijo—. Yo no tengo nada que ver con los asuntos de mi padre.
Daniel detuvo la mano. Una oscura sonrisa se le extendió por el rostro.
—No te creo.
Jakob suspiró con brusquedad.
—No quiero dirigir el club. Soy feliz tal y como estoy. No te lo voy a repetir.
Daniel se inclinó hacia delante tan rápido que el whisky se derramó por el borde del vaso.
—Entonces ¿por qué te quedas en casa de Liam? —exigió saber—. ¿Para presentarle a tu novia falsa?
Me recliné en el sillón, sorprendida. Joder, era bueno.
Tan solo había fingido que caía en nuestra trampa; nos había seguido el juego, había hecho todo lo posible para difundir el rumor por todo el pueblo y, todo ese tiempo, sabía que estábamos mintiendo.
Jakob había intentado engañarlo y él nos la había devuelto. No volvería a subestimarlo.
—Me quedo en su casa porque me ha obligado —explicó Jakob—. Y no hay nada de falso entre Krista y yo.
Estuve a punto de atragantarme.
Daniel volvió la vista hacia mí, con los ojos fuera de las órbitas, como el animal herido que Jakob me había advertido que era, a punto de estallar.
—¿Tú también estás metida en esto?
La puerta se abrió con un clic detrás de nosotros.
—Ya basta —sentenció una voz suave y femenina.
Me giré y vi entrar a Eva King. Llevaba su oscuro cabello recogido en un moño alto, dejando al descubierto sus impresionantes facciones.
En lugar del acostumbrado atuendo profesional, llevaba unos pantalones de chándal holgados y una camiseta ceñida.
Nos abarcó a los tres de un vistazo con sus ojos felinos, un poco menos sanguinolentos que los de su marido.
Cerró la puerta tras de sí y se acercó a él.
—Deja de comportarte como un cabrón paranoico. Si Jakob tuviera algo que ver, no estaría aquí haciendo preguntas. Cuéntaselo.
Daniel la miró fijamente, con expresión obstinada.
Eva entrecerró los ojos y le clavó un dedo en el hombro.
—O se lo cuentas tú o se lo cuento yo.
Él lanzó un suspiro y se reclinó en el sillón.
—Redding es un puto sociópata que estuvo en mi unidad hace unos diez años.
Agredió sexualmente a una chica afgana de la zona durante un despliegue y yo intenté que lo juzgara un tribunal militar.
Su tío era senador o representante estatal o algo por el estilo, así que movió unos cuantos hilos para que lo licenciaran con honores.
Llevo sin verlo desde entonces, pero, cuando se despidió de mí, hace todos estos años, me prometió que se vengaría, y aquí estamos.
—¿Qué hace en Magnolia? —preguntó Jakob.
—¿Tú qué crees? —respondió Daniel, mirándolo como si fuera idiota—. Tu padre lo encontró y lo trajo aquí para joderme.
Al oír eso, Eva se dejó caer sobre el brazo del sillón de su marido y empezó a frotarle la espalda.
—Liam tiene que parar —le dijo a Jakob.
Este los miró alternativamente a ella y a Daniel.
—¿Estáis seguros de que mi padre está detrás de esto?
Él asintió e hizo un simple apunte:
—Mike.
Jakob se sacó el móvil del bolsillo y se lo entregó. Me dio tiempo a entrever la pantalla. Mostraba la foto de Redding y Mike.
Daniel resopló, sacó su teléfono y se lo dio a Jakob. Yo me incliné y observé cómo pasaba con el pulgar varias fotos de Redding y Mike que parecían tomadas a lo largo de varias semanas. Jakob tenía razón: Daniel se había enterado antes que él.
—Sigo pensando que esto es demasiado chapucero para mi padre —opinó Jakob mientras le devolvía el teléfono.
—¿Os alertó la doctora? —preguntó Eva.
Fruncí el entrecejo y pregunté:
—¿Te refieres a Perez?
Ella asintió.
—No es propio de Liam ordenar que apalicen a una mujer inocente.
—Creo que Redding se le descontroló —supuso Daniel—. Es un capullo consentido con sed de venganza y cero disciplina. Tu padre no habría podido mantenerlo a raya durante mucho tiempo.
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo. Qué puto lío.
—Necesito hablar con mi padre —resolvió Jakob.
Eva se cruzó de brazos.
—Tienes que decirle que deje de entrometerse. No es bueno para el club, no es bueno para Kearny y, desde luego, no es bueno para mi familia.
Jakob meneó la cabeza.
—Nunca dejará de entrometerse. Mi padre es así. Se le ha metido en la cabeza que tengo que dirigir un club y no dejará de intentarlo por todos los medios. —Miró a Daniel—. Tampoco ayuda que tú seas un capullo y no le caigas bien.
¡Sutileza! Tu nombre es Jakob.
Me puse tensa mientras esperaba la reacción de Daniel, que simplemente sonrió. No era agradable de ver.
—Convéncelo para que nos deje en paz —pidió Eva.
—Nadie puede convencer a ese hombre de que haga nada que no quiera —le contestó Jakob.
Me incliné hacia delante y pregunté:
—¿Ni siquiera después de esto? ¿De que esta mierda se le haya ido de las manos y haya puesto en peligro justo a la persona a la que intentaba ayudar?
Daniel soltó una risa ahogada antes de contestarme:
—Ni siquiera entonces.
Eva bajó la mirada hacia él.
—¿Y si Jakob se va del pueblo? Podría trasladarse a Hill Country y pasarse a los Espectros, ¿no?
Daniel negó con la cabeza.
—Liam podría intentar expulsarme por rencor.
Vaya, pues sí que lo odiaba. Me preguntaba desde cuándo existía esa inquina entre ellos y cuántas putadas le habría hecho a Jakob para que Liam lo odiara tanto.
Eva se puso de pie.
—Entonces, se acabó.
Daniel se la quedó mirando.
—¿Qué?
—Se acabó —dijo—. Por si se te había olvidado, tenemos tres hijas.
Estoy harta de tener que mandarlas lejos cada vez que te da por destrozar nuestra casa.
Estoy harta de tener que preocuparme por si se verán envueltas en el fuego cruzado de Liam.
—Dio medio vuelta y se dirigió hacia la puerta—.
Si me necesitas, estaré con ellas en casa de mis padres.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó él.